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La luz al final del túnel

Alberto Edjogo-Owono @albertoowono 07-12-2020

Sirva este nefasto 2020 como ejemplo de resistencia frente a la adversidad. En los momentos más crudos, la realidad nos parece insoportable. Una carga demasiado pesada para el ser humano, exhausto de tanto batallar frente a un destino que se presenta cruel e inmisericorde.

Un año 2020 que nos ha robado la primavera, ha mutilado el verano y va camino de descuartizar la navidad. Miles de personas nos han dejado de manera repentina. Negocios que han bajado la persiana definitivamente, cortando de raíz la fuente de ingresos de muchas familias. El daño ya está hecho. Una cicatriz que nos va a quedar para siempre. Inmersos en esa espiral de fatalidades nos parece que esa caída libre no tiene fin. Tenemos sensación de que estamos metidos en un pozo y que no paramos de caer. Deseamos, como como consuelo desesperado, tocar fondo para hacer pie de una vez.

Entonces nos agarramos a las pequeñas buenas noticias. Parece que remite la curva de contagios en tal territorio o que tal laboratorio está trabajando en una vacuna altamente efectiva. Hay algo de luz ahí al fondo. Quizá no estemos en un pozo, sino en un túnel cuya salida aún no sabemos a cuánta distancia está. Hemos visto un destello luminoso allí al final. No sabemos si es la salida a toda esta situación o un camión que viene de frente contra nosotros, pero algo hay ahí. Es el comienzo de algo.

La vida del delantero no es nada sencilla. Todo el mundo quiere salir en la portada celebrando un gol, pero cuando el balón no entra, esa misma gente mira hacia otro lado. En los partidos del patio del colegio o de la plaza del barrio, era obligatorio elegir un jugador. Las porterías podían ser dos papeleras o los límites del portón de un garaje. Podíamos ser nueve contra seis y jugar con un balón hecho jirones, pero allí no se empezaba hasta que todos hubieran elegido a un jugador.  ‘Yo me elijo a Romario’, saltaba el más avispado. ‘Yo me pido a Zamorano’ decía otro más allá. Y así hasta que todos teníamos un ‘alter ego’ asignado.

En el fútbol actual, cada vez se le piden más cosas al delantero de un equipo. Tiene que estirar al equipo para generar espacio a los centrocampistas, debe descolgarse para participar en la asociación, es imprescindible que haga desmarques de ruptura al espacio y la lucha por cada balón aéreo cuando el equipo opta por el juego directo es innegociable. Todo esto sin descuidar su principal función: marcar goles. A veces, los atacantes están tan pendientes de cumplir con rigor todas sus funciones que se olvidan de lo más importante: perforar la portería rival. Las malas rachas goleadoras de los delanteros se convierten en un bucle infinito. Empiezan a perder la confianza porque el gol no llega. Y como el gol no llega, empiezan a hacerlo todo peor. El sprint para buscar un balón al espacio empieza un segundo antes e incurre en fuera de juego. Cuando ataca al primer palo un centro desde la banda, ese balón acaba bombeadito lejos de su alcance. Reacciona un poco tarde al juego directo, permitiendo que el central le gane la posición. Como no marca goles, juega peor y como juega peor está más lejos de marcar goles. Es un círculo vicioso.

No existe mejor sensación para un delantero que anotar el gol que le da la victoria al equipo. Convertir todo el trabajo y esfuerzo de todo el equipo en un numerito que sube al marcador.

Ayer Borja Iglesias rompió una racha que parecía eterna. El atacante gallego del Betis acumulaba casi un año sin ver puerta. 25 partidos sin hacer lo que ha hecho siempre en su carrera: mandar balones a la red. En una situación crítica para el equipo verdiblanco, apareció Ruibal para meterse en el área y servir un balón muy suculento que el Panda devoró, saboreando cada uno de los matices de ese manjar que llevaba tanto sin degustar. Nadie sabe si esto va a ser el inicio de una racha goleadora de Borja, pero sí sabemos de que hay un destello luminoso allí al fondo. Es la luz al final del túnel.

Imagen de cabecera: Imago

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Sirva este nefasto 2020 como ejemplo de resistencia frente a la adversidad. En los momentos más crudos, la realidad nos parece insoportable. Una carga demasiado pesada para el ser humano, exhausto de tanto batallar frente a un destino que se presenta cruel e inmisericorde.

Un año 2020 que nos ha robado la primavera, ha mutilado el verano y va camino de descuartizar la navidad. Miles de personas nos han dejado de manera repentina. Negocios que han bajado la persiana definitivamente, cortando de raíz la fuente de ingresos de muchas familias. El daño ya está hecho. Una cicatriz que nos va a quedar para siempre. Inmersos en esa espiral de fatalidades nos parece que esa caída libre no tiene fin. Tenemos sensación de que estamos metidos en un pozo y que no paramos de caer. Deseamos, como como consuelo desesperado, tocar fondo para hacer pie de una vez.

Entonces nos agarramos a las pequeñas buenas noticias. Parece que remite la curva de contagios en tal territorio o que tal laboratorio está trabajando en una vacuna altamente efectiva. Hay algo de luz ahí al fondo. Quizá no estemos en un pozo, sino en un túnel cuya salida aún no sabemos a cuánta distancia está. Hemos visto un destello luminoso allí al final. No sabemos si es la salida a toda esta situación o un camión que viene de frente contra nosotros, pero algo hay ahí. Es el comienzo de algo.

La vida del delantero no es nada sencilla. Todo el mundo quiere salir en la portada celebrando un gol, pero cuando el balón no entra, esa misma gente mira hacia otro lado. En los partidos del patio del colegio o de la plaza del barrio, era obligatorio elegir un jugador. Las porterías podían ser dos papeleras o los límites del portón de un garaje. Podíamos ser nueve contra seis y jugar con un balón hecho jirones, pero allí no se empezaba hasta que todos hubieran elegido a un jugador.  ‘Yo me elijo a Romario’, saltaba el más avispado. ‘Yo me pido a Zamorano’ decía otro más allá. Y así hasta que todos teníamos un ‘alter ego’ asignado.

En el fútbol actual, cada vez se le piden más cosas al delantero de un equipo. Tiene que estirar al equipo para generar espacio a los centrocampistas, debe descolgarse para participar en la asociación, es imprescindible que haga desmarques de ruptura al espacio y la lucha por cada balón aéreo cuando el equipo opta por el juego directo es innegociable. Todo esto sin descuidar su principal función: marcar goles. A veces, los atacantes están tan pendientes de cumplir con rigor todas sus funciones que se olvidan de lo más importante: perforar la portería rival. Las malas rachas goleadoras de los delanteros se convierten en un bucle infinito. Empiezan a perder la confianza porque el gol no llega. Y como el gol no llega, empiezan a hacerlo todo peor. El sprint para buscar un balón al espacio empieza un segundo antes e incurre en fuera de juego. Cuando ataca al primer palo un centro desde la banda, ese balón acaba bombeadito lejos de su alcance. Reacciona un poco tarde al juego directo, permitiendo que el central le gane la posición. Como no marca goles, juega peor y como juega peor está más lejos de marcar goles. Es un círculo vicioso.

No existe mejor sensación para un delantero que anotar el gol que le da la victoria al equipo. Convertir todo el trabajo y esfuerzo de todo el equipo en un numerito que sube al marcador.

Ayer Borja Iglesias rompió una racha que parecía eterna. El atacante gallego del Betis acumulaba casi un año sin ver puerta. 25 partidos sin hacer lo que ha hecho siempre en su carrera: mandar balones a la red. En una situación crítica para el equipo verdiblanco, apareció Ruibal para meterse en el área y servir un balón muy suculento que el Panda devoró, saboreando cada uno de los matices de ese manjar que llevaba tanto sin degustar. Nadie sabe si esto va a ser el inicio de una racha goleadora de Borja, pero sí sabemos de que hay un destello luminoso allí al fondo. Es la luz al final del túnel.

Imagen de cabecera: Imago