_Betis

La línea más recta

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 12-11-2018

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Decía Johan Cruyff que para que un pase pudiese considerarse como tal y no como un simple y mero toque este tenía que eliminar al menos un contrario o una línea rival en su recorrido. Y, normalmente, para cumplir con dicho propósito, el envío tiene que ser lo más a ras de suelo, lo más tenso y lo más recto posible. Y para hacer exactamente eso fue para lo que el Real Betis de Quique Setién se plantó en el Camp Nou, solo que, en su caso particular, como añadido, con cada pase ejecutado de esa forma también se derribaba una de las tantas críticas desaforadas y se silenciaba uno de los varios injustos pitos recibidos por el equipo y por el cuerpo técnico en las últimas semanas por parte de un impaciente sector de la afición verdiblanca. Nada convierte detractores en aplaudidores como las victorias, pero nada te acerca tanto a ellas como la persistencia en una idea buena en los días malos.

Sabedor de que compitiendo por acaparar el mayor manejo de la pelota puede medirse a casi cualquier rival hoy día y plenamente consciente asimismo de que es el equipo de La Liga que más se define a través del balón, el Betis cimentó su victoria en Barcelona sobre una primera premisa de muchísimo riesgo para su primera línea, la de igualar a sus tres centrales uno por uno con los tres atacantes azulgranas en el día del regreso de un Messi hambriento tras su lesión en el brazo y con un Suárez en un momento de forma actual voraz. Un uno por uno que se extendió sin pelota por todo el campo y que, tras la recuperación de la posesión por medio generalmente de la excelente colocación de las piezas o de la anticipación, permitió a los verdiblancos encontrar casi siempre y con relativa facilidad al hombre libre en un escalón superior en la gran mayoría de sus ataques.

Sin embargo, más allá de esta primera premisa, el primer y gran obstáculo que tuvo que sortear el equipo de Setién fue el pressing altísimo durante los primeros compases del juego al que sometió el Barça a sus tres centrales. Una intensidad y una altura máximas que a punto estuvieron de hacer saltar por los aires el plan de partido de los andaluces, incapaces de superar los treinta primeros metros de su propio campo y obligados a arriesgar hasta el extremo en su salida rasa desde atrás para no traicionarse a sí mismos. Gracias exclusivamente a la ejemplar gestión del estrés en esa crítica fase del partido, a la sobresaliente fe en su propia idea y a una tremenda personalidad colectiva, cuando cualquier otro equipo hubiese optado por el constante voleón al segundo pase de supuesta seguridad fallido, el Betis pudo contener el huracán y trasladar su ojo hasta hacerlo cambiar de zona e incluso de colores.

Desde la citada asunción de ese gran peligro para sortear el inicial agobio barcelonista y a partir de la presión a todo campo en un 3-4-1-2 muy particular, el Betis erigió todo lo demás. Y todo lo demás fue ganar el partido al Barça de Messi en su casa. Con Bartra cortocircuitando el recurso más directo de los de Valverde imponiéndose repetidas veces a Luis Suárez lejos del área y con la solidaridad del incansable Guardado siempre cerca, William Carvalho se sintió más arropado que nunca en tareas defensivas, apenas tuvo que correr hacia atrás y cuando recibía el cuero en fase de tenencia de la posesión lo hacía normalmente perfilado hacia la izquierda y con el suficiente espacio para que su pausa innata fuese esta vez un atributo que acercó a los suyos a la victoria y no un lastre. El portugués otorgó poso y repartió envíos verticales y profundos por doquier para activar constantemente a sus compañeros en campo rival en situaciones de ventaja bastante claras y firmó, sin duda, su mejor partido hasta la fecha con la casaca verdiblanca.

El principal beneficiario de esos pases filtrados fue un Lo Celso que picó de forma excelente por delante de Guardado y Carvalho para explotar los espacios a la espalda y los lados de Busquets por todo el ancho del terreno de juego, para atraer rivales en un último y ventajoso escalón de la maniobra ofensiva al poder conducir de cara al arco con metros, para organizar con su talento creativo-ofensivo el tercio final al completo del ataque verdiblanco, para erigirse en el segundo bastión de los tres principales que supusieron con un mayor grado de incidencia la consecución de los tres puntos y para activar al espacio, como surtidor principal junto al citado William Carvalho, al tercer gran nombre propio en discordia. Un Junior con un timing muy puntual en sus apariciones, preciso como pocos en el centro atrás y con una frecuencia y unas piernas idóneas para sacar rédito una y otra vez del problemático carril derecho para los hombres de Ernesto Valverde. Un mecanismo que fue un regalo para los que pedían verticalidad a gritos sin importar el contexto y una constatación de que el carrilero de origen dominicano no para de crecer y crecer.

Fue a través de ese instante de pausa en los pases previos a cruzar la divisoria por parte de William Carvalho principalmente con los que el Betis encontró la continuidad y la profundidad requeridas para poder avanzar y con los que, al mismo tiempo, evitó colaborar con pérdidas dañinas en las transiciones cortas y demoledoras que Leo Messi, como conductor o finalizador o todo a la vez, hubiese comandado una y otra vez hasta acabar por completo con las posibilidades béticas de triunfo más pronto que tarde. Y fue allí también, en el sector al que más tendieron los tres protagonistas principales del excelso encuentro del Betis en el Camp Nou donde Quique Setién encontró la definitiva ventaja táctica a exprimir para terminar por imponerse. 

Obviamente, una vez que los verdiblancos pudieron ejecutar su salida de una forma más cómoda con el paso de los minutos, Messi ya no seguía ni a Sidnei, que podía ganar metros con la pelota al pie, ni por supuesto a Junior, que jugó más liberado que nunca.  Rakitic se debatía entre cerrar por dentro el flujo del conducto entre Carvalho y un Lo Celso que lo desesperó o acudir a la ayuda al costado y a Sergi Roberto le ocurría más o menos lo mismo unos cuantos metros más atrás, sin poder saltar tan lejos a por Junior ante la posibilidad latente de un desmarque a su espalda de Joaquín y su categoría, de un Loren valiosísimo sin balón para el sistema con su movilidad y su fortaleza en los duelos cuerpo a cuerpo de espaldas a portería o incluso de un Giovanni Lo Celso que fue la gran pesadilla no solo para el centrocampista croata, sino para todo el balance defensivo azulgrana tras recibir entre líneas.

El Betis reforzó de este modo su inviolable identidad, pudo reponerse con entereza a cada revés culé en forma de gol que amenazaba con tirar todos los esfuerzos previos por la borda y volvió a afianzar, por si todavía hacía falta hacerlo, la firmeza de su atrevida idea futbolística y la competitividad cada día más contrastada de la misma sumando el Camp Nou al Santiago Bernabéu, al Sánchez Pizjuán y al Giuseppe Meazza a la lista de territorios conquistados por el grueso de la actual plantilla y por el cuerpo técnico del club en apenas año y medio. Y es que el Betis juega como un grande incluso ante los más grandes. Y no hay una línea más recta para aspirar a ser él mismo un grande a nivel deportivo que esa. Como decía Johan Cruyff, el camino más corto para ganar es jugar bien. ¿El resto? El resto son solamente tres puntos más o tres puntos menos. Lo esencial de este Betis, que nació grande futbolísticamente por ideología e intenciones, es la ambición de ser grande a secas y la determinación a prueba de bombas de estar caminando hacia ello por la línea más recta posible, aunque a veces sea esta la más fina de todas.

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Decía Johan Cruyff que para que un pase pudiese considerarse como tal y no como un simple y mero toque este tenía que eliminar al menos un contrario o una línea rival en su recorrido. Y, normalmente, para cumplir con dicho propósito, el envío tiene que ser lo más a ras de suelo, lo más tenso y lo más recto posible. Y para hacer exactamente eso fue para lo que el Real Betis de Quique Setién se plantó en el Camp Nou, solo que, en su caso particular, como añadido, con cada pase ejecutado de esa forma también se derribaba una de las tantas críticas desaforadas y se silenciaba uno de los varios injustos pitos recibidos por el equipo y por el cuerpo técnico en las últimas semanas por parte de un impaciente sector de la afición verdiblanca. Nada convierte detractores en aplaudidores como las victorias, pero nada te acerca tanto a ellas como la persistencia en una idea buena en los días malos.

Sabedor de que compitiendo por acaparar el mayor manejo de la pelota puede medirse a casi cualquier rival hoy día y plenamente consciente asimismo de que es el equipo de La Liga que más se define a través del balón, el Betis cimentó su victoria en Barcelona sobre una primera premisa de muchísimo riesgo para su primera línea, la de igualar a sus tres centrales uno por uno con los tres atacantes azulgranas en el día del regreso de un Messi hambriento tras su lesión en el brazo y con un Suárez en un momento de forma actual voraz. Un uno por uno que se extendió sin pelota por todo el campo y que, tras la recuperación de la posesión por medio generalmente de la excelente colocación de las piezas o de la anticipación, permitió a los verdiblancos encontrar casi siempre y con relativa facilidad al hombre libre en un escalón superior en la gran mayoría de sus ataques.

Sin embargo, más allá de esta primera premisa, el primer y gran obstáculo que tuvo que sortear el equipo de Setién fue el pressing altísimo durante los primeros compases del juego al que sometió el Barça a sus tres centrales. Una intensidad y una altura máximas que a punto estuvieron de hacer saltar por los aires el plan de partido de los andaluces, incapaces de superar los treinta primeros metros de su propio campo y obligados a arriesgar hasta el extremo en su salida rasa desde atrás para no traicionarse a sí mismos. Gracias exclusivamente a la ejemplar gestión del estrés en esa crítica fase del partido, a la sobresaliente fe en su propia idea y a una tremenda personalidad colectiva, cuando cualquier otro equipo hubiese optado por el constante voleón al segundo pase de supuesta seguridad fallido, el Betis pudo contener el huracán y trasladar su ojo hasta hacerlo cambiar de zona e incluso de colores.

Desde la citada asunción de ese gran peligro para sortear el inicial agobio barcelonista y a partir de la presión a todo campo en un 3-4-1-2 muy particular, el Betis erigió todo lo demás. Y todo lo demás fue ganar el partido al Barça de Messi en su casa. Con Bartra cortocircuitando el recurso más directo de los de Valverde imponiéndose repetidas veces a Luis Suárez lejos del área y con la solidaridad del incansable Guardado siempre cerca, William Carvalho se sintió más arropado que nunca en tareas defensivas, apenas tuvo que correr hacia atrás y cuando recibía el cuero en fase de tenencia de la posesión lo hacía normalmente perfilado hacia la izquierda y con el suficiente espacio para que su pausa innata fuese esta vez un atributo que acercó a los suyos a la victoria y no un lastre. El portugués otorgó poso y repartió envíos verticales y profundos por doquier para activar constantemente a sus compañeros en campo rival en situaciones de ventaja bastante claras y firmó, sin duda, su mejor partido hasta la fecha con la casaca verdiblanca.

El principal beneficiario de esos pases filtrados fue un Lo Celso que picó de forma excelente por delante de Guardado y Carvalho para explotar los espacios a la espalda y los lados de Busquets por todo el ancho del terreno de juego, para atraer rivales en un último y ventajoso escalón de la maniobra ofensiva al poder conducir de cara al arco con metros, para organizar con su talento creativo-ofensivo el tercio final al completo del ataque verdiblanco, para erigirse en el segundo bastión de los tres principales que supusieron con un mayor grado de incidencia la consecución de los tres puntos y para activar al espacio, como surtidor principal junto al citado William Carvalho, al tercer gran nombre propio en discordia. Un Junior con un timing muy puntual en sus apariciones, preciso como pocos en el centro atrás y con una frecuencia y unas piernas idóneas para sacar rédito una y otra vez del problemático carril derecho para los hombres de Ernesto Valverde. Un mecanismo que fue un regalo para los que pedían verticalidad a gritos sin importar el contexto y una constatación de que el carrilero de origen dominicano no para de crecer y crecer.

Fue a través de ese instante de pausa en los pases previos a cruzar la divisoria por parte de William Carvalho principalmente con los que el Betis encontró la continuidad y la profundidad requeridas para poder avanzar y con los que, al mismo tiempo, evitó colaborar con pérdidas dañinas en las transiciones cortas y demoledoras que Leo Messi, como conductor o finalizador o todo a la vez, hubiese comandado una y otra vez hasta acabar por completo con las posibilidades béticas de triunfo más pronto que tarde. Y fue allí también, en el sector al que más tendieron los tres protagonistas principales del excelso encuentro del Betis en el Camp Nou donde Quique Setién encontró la definitiva ventaja táctica a exprimir para terminar por imponerse. 

Obviamente, una vez que los verdiblancos pudieron ejecutar su salida de una forma más cómoda con el paso de los minutos, Messi ya no seguía ni a Sidnei, que podía ganar metros con la pelota al pie, ni por supuesto a Junior, que jugó más liberado que nunca.  Rakitic se debatía entre cerrar por dentro el flujo del conducto entre Carvalho y un Lo Celso que lo desesperó o acudir a la ayuda al costado y a Sergi Roberto le ocurría más o menos lo mismo unos cuantos metros más atrás, sin poder saltar tan lejos a por Junior ante la posibilidad latente de un desmarque a su espalda de Joaquín y su categoría, de un Loren valiosísimo sin balón para el sistema con su movilidad y su fortaleza en los duelos cuerpo a cuerpo de espaldas a portería o incluso de un Giovanni Lo Celso que fue la gran pesadilla no solo para el centrocampista croata, sino para todo el balance defensivo azulgrana tras recibir entre líneas.

El Betis reforzó de este modo su inviolable identidad, pudo reponerse con entereza a cada revés culé en forma de gol que amenazaba con tirar todos los esfuerzos previos por la borda y volvió a afianzar, por si todavía hacía falta hacerlo, la firmeza de su atrevida idea futbolística y la competitividad cada día más contrastada de la misma sumando el Camp Nou al Santiago Bernabéu, al Sánchez Pizjuán y al Giuseppe Meazza a la lista de territorios conquistados por el grueso de la actual plantilla y por el cuerpo técnico del club en apenas año y medio. Y es que el Betis juega como un grande incluso ante los más grandes. Y no hay una línea más recta para aspirar a ser él mismo un grande a nivel deportivo que esa. Como decía Johan Cruyff, el camino más corto para ganar es jugar bien. ¿El resto? El resto son solamente tres puntos más o tres puntos menos. Lo esencial de este Betis, que nació grande futbolísticamente por ideología e intenciones, es la ambición de ser grande a secas y la determinación a prueba de bombas de estar caminando hacia ello por la línea más recta posible, aunque a veces sea esta la más fina de todas.

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