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La ‘justicia’ del VAR

Borja Pardo @Borja_Pardo 11-02-2020

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fútbol español VAR

Justicia. (Del lat, iustitia.) 1. f. Principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde.


Definición que incluye ‘principio moral’ y ‘verdad’, casi nada. La justicia es un concepto tan manido como conflictivo, buscarla es tan admirable como naif. Y es que objetivizar la justicia es imposible desde el momento en que la moral es siempre personal y la verdad es siempre subjetiva. Empezando por ahí, podéis seguir discutiendo.

Os voy a contar una triste historia. En la primavera de 1986, con 5 años, me gustaba mucho una niña, compartíamos juguetes, bocadillos de nocilla y dibujábamos juntos, todo era fantástico. Me toreó unos meses y al final le dio un beso a un chico más alto y más guapo que yo. No me pareció justo. A ella le pareció justísimo.

Más tarde, con 17 años, me enamoré como un perro de una compañera de clase guapísima. Una tarde en el cine, le acaricié la mano viendo ‘Titanic’ y suerte. Un mes después de aquel epic fail acabó saliendo con un chico malote dos años mayor. No me pareció justo, como tampoco se lo pareció a ella cuando el sujeto de marras la engañó con otra al cabo de unos meses.

Sirva este breve anecdotario vintage como prueba empírica que la justicia, como la suerte, va por barrios. Es libre, atrevida y tiene sus propias reglas del juego. Que el icono de la Diosa de la Justicia sea una dama ciega que sostiene una balanza no es casual ni una cuestión baladí, es toda una declaración de intenciones.

Trabajé de abogado durante 13 años, tiempo suficiente para realizar más de un centenar de juicios, ganar algo de dinero, que mi madre estuviera orgullosa de mi, entrar gratis al ‘Luz de Gas’ y hastiarme del sistema judicial de este país. Si algo aprendí en esos años de traje y toga, es que la justicia es relativa y la verdad tiene muchos padres.

Hay algo cierto, y es que más allá de las pruebas, al final la justicia depende de la interpretación del caso concreto que haga un juez en un juicio. Una sentencia muchas veces viene condicionada por factores personales, sociales y jurisprudencia. Con el fútbol y el VAR ocurre lo mismo. Hay un partido (juicio), en el que dos clubes (las partes) tratan de ganar los tres puntos (sentencia). Un árbitro (juez) imparte justicia, su justicia, y lo hace condicionado por las pruebas (VAR), su interpretación, la presión ambiental y los antecedentes en casos análogos.

«El VAR traerá la justicia al fútbol». ¿Seguro?. «Con el VAR se acabará la polémica». Pues va a ser que no.

La introducción de la tecnología en el fútbol era algo demandado desde muchos sectores y a la gran mayoría de la comunidad balompédica le parecía una gran idea, de hecho lo es. La tecnología ya está aquí y nos hemos familiarizado con ella en un tiempo récord. En mi opinión el VAR en sí no es el problema, el problema estriba en lo humano: quién juzga, cómo lo hace y en base a qué.

Creemos que el hecho que los árbitros puedan disponer de imágenes congeladas y repeticiones objetiviza la verdad. Eso es una temeridad. La tecnología ‘solo’ debería acercar a una mejor toma de decisiones y a un fútbol sin errores de bulto, con eso debería bastar. Si ya en Twitter, vomitorio digital por excelencia, ni siquiera hay quórum en situaciones que pueden parecer más o menos claras, imaginemos en situaciones donde entra en juego ‘la interpretación del colegiado’.

Esa interpretación del árbitro supone el gran vacío legal del VAR, el cajón de sastre de la indignación partidista de los aficionados y la gasolina que desata el fuego de la polémica. Falta tiempo para homogeneizar criterios y entender que la balanza a veces cae de un lado y a veces de otro. Asumámoslo, como yo asumí que aquella niña y aquella chica se fueran con otro.

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Justicia. (Del lat, iustitia.) 1. f. Principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde.


Definición que incluye ‘principio moral’ y ‘verdad’, casi nada. La justicia es un concepto tan manido como conflictivo, buscarla es tan admirable como naif. Y es que objetivizar la justicia es imposible desde el momento en que la moral es siempre personal y la verdad es siempre subjetiva. Empezando por ahí, podéis seguir discutiendo.

Os voy a contar una triste historia. En la primavera de 1986, con 5 años, me gustaba mucho una niña, compartíamos juguetes, bocadillos de nocilla y dibujábamos juntos, todo era fantástico. Me toreó unos meses y al final le dio un beso a un chico más alto y más guapo que yo. No me pareció justo. A ella le pareció justísimo.

Más tarde, con 17 años, me enamoré como un perro de una compañera de clase guapísima. Una tarde en el cine, le acaricié la mano viendo ‘Titanic’ y suerte. Un mes después de aquel epic fail acabó saliendo con un chico malote dos años mayor. No me pareció justo, como tampoco se lo pareció a ella cuando el sujeto de marras la engañó con otra al cabo de unos meses.

Sirva este breve anecdotario vintage como prueba empírica que la justicia, como la suerte, va por barrios. Es libre, atrevida y tiene sus propias reglas del juego. Que el icono de la Diosa de la Justicia sea una dama ciega que sostiene una balanza no es casual ni una cuestión baladí, es toda una declaración de intenciones.

Trabajé de abogado durante 13 años, tiempo suficiente para realizar más de un centenar de juicios, ganar algo de dinero, que mi madre estuviera orgullosa de mi, entrar gratis al ‘Luz de Gas’ y hastiarme del sistema judicial de este país. Si algo aprendí en esos años de traje y toga, es que la justicia es relativa y la verdad tiene muchos padres.

Hay algo cierto, y es que más allá de las pruebas, al final la justicia depende de la interpretación del caso concreto que haga un juez en un juicio. Una sentencia muchas veces viene condicionada por factores personales, sociales y jurisprudencia. Con el fútbol y el VAR ocurre lo mismo. Hay un partido (juicio), en el que dos clubes (las partes) tratan de ganar los tres puntos (sentencia). Un árbitro (juez) imparte justicia, su justicia, y lo hace condicionado por las pruebas (VAR), su interpretación, la presión ambiental y los antecedentes en casos análogos.

«El VAR traerá la justicia al fútbol». ¿Seguro?. «Con el VAR se acabará la polémica». Pues va a ser que no.

La introducción de la tecnología en el fútbol era algo demandado desde muchos sectores y a la gran mayoría de la comunidad balompédica le parecía una gran idea, de hecho lo es. La tecnología ya está aquí y nos hemos familiarizado con ella en un tiempo récord. En mi opinión el VAR en sí no es el problema, el problema estriba en lo humano: quién juzga, cómo lo hace y en base a qué.

Creemos que el hecho que los árbitros puedan disponer de imágenes congeladas y repeticiones objetiviza la verdad. Eso es una temeridad. La tecnología ‘solo’ debería acercar a una mejor toma de decisiones y a un fútbol sin errores de bulto, con eso debería bastar. Si ya en Twitter, vomitorio digital por excelencia, ni siquiera hay quórum en situaciones que pueden parecer más o menos claras, imaginemos en situaciones donde entra en juego ‘la interpretación del colegiado’.

Esa interpretación del árbitro supone el gran vacío legal del VAR, el cajón de sastre de la indignación partidista de los aficionados y la gasolina que desata el fuego de la polémica. Falta tiempo para homogeneizar criterios y entender que la balanza a veces cae de un lado y a veces de otro. Asumámoslo, como yo asumí que aquella niña y aquella chica se fueran con otro.

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