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La guinda del pastel

Xavi Vallés @xavivalles14 01-05-2018

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Estamos en una época de agitación constante dentro del mundo del fútbol.
Las prisas, el frenesí y la inmediatez nos hacen digerir y valorar todo lo que
le pasa a nuestro equipo de una forma poco relajada. Sucede con los proyectos,
los entrenadores, los fichajes y con los títulos. A la vez, tenemos un foco
mediático que nos acompaña, vive con nosotros, elabora mensajes y crea
tendencias. Se les llama medios de comunicación, y rigen su actividad partiendo
de un código y de unos valores que buscan, ante todo, un tratamiento
profesional, veraz y riguroso de la información. La causante de la cuestión que
expongo hoy es la alteración que ciertos sectores han hecho de este código para
crear un relato que, casi sin que nos demos cuenta, ha calado en el aficionado.

Crecí con la idea de que la Champions League es el título más ilusionante
y, de hecho, sigo creyéndolo.  Ganar ante
los ojos de toda Europa da un prestigio muy alto, y te abre las puertas para
conquistar dos títulos más en la siguiente temporada. Pero lo que no me atrevo
es a definirla como el trofeo más importante, y creo que sería positivo empezar
a alejarnos, entre todos, de aquellos discursos que quieren hacernos creer que
ganar la Champions va de la mano con ser el mejor equipo de la temporada. En
primer lugar, por las voces autorizadas de entrenadores (quizás habría que
escucharles más a ellos que a según qué individuos que aparecen en televisión)
que aseguran que, para una plantilla, la Liga es el trofeo más exigente y más
reconfortante. Además, este año ha habido un dato revelador que ayuda a
refrendar esta teoría: tres de los cuatro semifinalistas de Champions (Roma,
Real Madrid y Liverpool) han llegado a marzo-abril sin opciones de ganar su
campeonato doméstico. ¿Podemos decir, entonces, que estos tres equipos han
hecho mejor temporada que los campeones de sus Ligas, que además, han ganado
sus Copas (Manchester City y Barça) o tienen opciones de ganarla (Juventus)?
Creo que la respuesta está muy clara.

Estos equipos optan al título más ilusionante, al más deseado por todos,
pero decir que han sido los mejores del año es un comentario muy interesado y partidista.
Es por eso que no entiendo el empequeñecimiento que se le trata de dar a un
doblete. Entiendo que la Champions League posea este foco gigante, pero no
acepto que nos enfoque directamente a los ojos y nos impida ver todo lo demás.
Habría que empezar a sanear toda esta vorágine a la que me refería en las primeras
frases de este artículo: a no desprestigiar copas y ligas en función de quien
las gane, a felicitar sin ningún tipo de problema a los rivales, a aceptar que
si un equipo gana doblete y su rival gana la Champions no hace faltar entrar en
guerras de quien ha sido mejor, a ser capaces de repartir méritos por igual…

El Barça se ha proclamado campeón de Liga y Copa del Rey, conquistando el
doblete por octava vez en su historia. Las últimas Champions de su rival más
directo influyen en el aficionado, sí. Pero hay que aceptar que las cualidades,
la mentalidad y las circunstancias que ellos tienen en este tipo de
eliminatorias nos han faltado a nosotros en los últimos años. El mérito que
tienen es gigantesco, pero no sé hasta qué punto le conviene a un equipo la
situación con la que han convivido este año: vivir desde enero jugándote toda
la temporada a una sola carta.

Los distintos Team Messi que
hemos tenido a lo largo de la última década han asegurado un alto índice de
éxitos partido a partido, dándonos un ‘siete de diez’ en el título que premia
precisamente esto: la regularidad. Para hacernos una idea de lo que ha llegado
a conseguir este equipo, conviene destacar que el Barça ha sido líder en 236 de
las 380 jornadas de Liga que han compuesto estos diez años. Este acaparador
dominio se ha traducido en una década prodigiosa en Liga, que sumada a
numerosos títulos de Copa del Rey y Champions League han convertido al Barça en
el club más sólido del campeonato, a la vez que se ha conseguido equiparar el
palmarés total de títulos con el gran rival, que partía con una notable ventaja
numérica antes de la irrupción de Leo Messi en la historia del fútbol. La
dimensión del argentino se resume a la perfección al comprobar que desde su
debut, el saldo de títulos de los azulgranas con los merengues es de 32-18.

Sin embargo, es fácil admitir que no estamos teniendo una buena época en
Champions League, como también es cierto que produce aún más dolor comprobar
que quien se las está llevando es el Real Madrid. A su lado está cayendo el
título que produce más ilusión, sí. Un título del que siempre me habían dicho
que era la guinda de un pastel llamado temporada. Lo que hay que tener claro es
que este pastel que los culés recibimos tan a menudo, pese a no tener la
guinda, sigue siendo digno de saborear. Vale la pena sentarse en grupo, soplar
las velas, cortarlo como es debido, repartirlo con una sonrisa y comerlo con
ganas. Porque aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario, la Champions
League siempre será la guinda. Nunca será el pastel entero.

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Estamos en una época de agitación constante dentro del mundo del fútbol.
Las prisas, el frenesí y la inmediatez nos hacen digerir y valorar todo lo que
le pasa a nuestro equipo de una forma poco relajada. Sucede con los proyectos,
los entrenadores, los fichajes y con los títulos. A la vez, tenemos un foco
mediático que nos acompaña, vive con nosotros, elabora mensajes y crea
tendencias. Se les llama medios de comunicación, y rigen su actividad partiendo
de un código y de unos valores que buscan, ante todo, un tratamiento
profesional, veraz y riguroso de la información. La causante de la cuestión que
expongo hoy es la alteración que ciertos sectores han hecho de este código para
crear un relato que, casi sin que nos demos cuenta, ha calado en el aficionado.

Crecí con la idea de que la Champions League es el título más ilusionante
y, de hecho, sigo creyéndolo.  Ganar ante
los ojos de toda Europa da un prestigio muy alto, y te abre las puertas para
conquistar dos títulos más en la siguiente temporada. Pero lo que no me atrevo
es a definirla como el trofeo más importante, y creo que sería positivo empezar
a alejarnos, entre todos, de aquellos discursos que quieren hacernos creer que
ganar la Champions va de la mano con ser el mejor equipo de la temporada. En
primer lugar, por las voces autorizadas de entrenadores (quizás habría que
escucharles más a ellos que a según qué individuos que aparecen en televisión)
que aseguran que, para una plantilla, la Liga es el trofeo más exigente y más
reconfortante. Además, este año ha habido un dato revelador que ayuda a
refrendar esta teoría: tres de los cuatro semifinalistas de Champions (Roma,
Real Madrid y Liverpool) han llegado a marzo-abril sin opciones de ganar su
campeonato doméstico. ¿Podemos decir, entonces, que estos tres equipos han
hecho mejor temporada que los campeones de sus Ligas, que además, han ganado
sus Copas (Manchester City y Barça) o tienen opciones de ganarla (Juventus)?
Creo que la respuesta está muy clara.

Estos equipos optan al título más ilusionante, al más deseado por todos,
pero decir que han sido los mejores del año es un comentario muy interesado y partidista.
Es por eso que no entiendo el empequeñecimiento que se le trata de dar a un
doblete. Entiendo que la Champions League posea este foco gigante, pero no
acepto que nos enfoque directamente a los ojos y nos impida ver todo lo demás.
Habría que empezar a sanear toda esta vorágine a la que me refería en las primeras
frases de este artículo: a no desprestigiar copas y ligas en función de quien
las gane, a felicitar sin ningún tipo de problema a los rivales, a aceptar que
si un equipo gana doblete y su rival gana la Champions no hace faltar entrar en
guerras de quien ha sido mejor, a ser capaces de repartir méritos por igual…

El Barça se ha proclamado campeón de Liga y Copa del Rey, conquistando el
doblete por octava vez en su historia. Las últimas Champions de su rival más
directo influyen en el aficionado, sí. Pero hay que aceptar que las cualidades,
la mentalidad y las circunstancias que ellos tienen en este tipo de
eliminatorias nos han faltado a nosotros en los últimos años. El mérito que
tienen es gigantesco, pero no sé hasta qué punto le conviene a un equipo la
situación con la que han convivido este año: vivir desde enero jugándote toda
la temporada a una sola carta.

Los distintos Team Messi que
hemos tenido a lo largo de la última década han asegurado un alto índice de
éxitos partido a partido, dándonos un ‘siete de diez’ en el título que premia
precisamente esto: la regularidad. Para hacernos una idea de lo que ha llegado
a conseguir este equipo, conviene destacar que el Barça ha sido líder en 236 de
las 380 jornadas de Liga que han compuesto estos diez años. Este acaparador
dominio se ha traducido en una década prodigiosa en Liga, que sumada a
numerosos títulos de Copa del Rey y Champions League han convertido al Barça en
el club más sólido del campeonato, a la vez que se ha conseguido equiparar el
palmarés total de títulos con el gran rival, que partía con una notable ventaja
numérica antes de la irrupción de Leo Messi en la historia del fútbol. La
dimensión del argentino se resume a la perfección al comprobar que desde su
debut, el saldo de títulos de los azulgranas con los merengues es de 32-18.

Sin embargo, es fácil admitir que no estamos teniendo una buena época en
Champions League, como también es cierto que produce aún más dolor comprobar
que quien se las está llevando es el Real Madrid. A su lado está cayendo el
título que produce más ilusión, sí. Un título del que siempre me habían dicho
que era la guinda de un pastel llamado temporada. Lo que hay que tener claro es
que este pastel que los culés recibimos tan a menudo, pese a no tener la
guinda, sigue siendo digno de saborear. Vale la pena sentarse en grupo, soplar
las velas, cortarlo como es debido, repartirlo con una sonrisa y comerlo con
ganas. Porque aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario, la Champions
League siempre será la guinda. Nunca será el pastel entero.

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