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La flor

Con la de gente que tenemos en las redes sociales recomendando películas y libros (ya no hablamos de los que dan toques con el rollo papel) a uno le da por mirar por finales de liga que quedan en la retina. Muchos equipos han protagonizado desenlaces de infarto y uno de ellos es el Real Madrid, conjunto que por el momento sigue siendo el que más títulos tiene y que, además, está acostumbrado a eso, al drama de los últimos instantes. A Quentin Tarantino. A la sangre. A lo épico. Como en el curso 16-17. Lo volvió a hacer el club de Chamartín: levantar el título con ese resoplido final, el que espeta un “menos mal” al terminar. Porque muchos partidos se solventaron en los últimos instantes. Como casi siempre.

Era la primera temporada entera de Zinedine Zidane al cargo, tras aparecer en mitad del filme anterior con pose tranquila y chulesca para golpear a los colosos europeos y sumar otro título continental. Pero eso ya había pasado y el pasado es ese lapso que en el fútbol solo existe en momentos como este, de reclusión, o sea nunca. De esa guisa continuó el técnico francés, contradiciendo el clásico mantra blanco: el de los bemoles y los espíritus que reviven cada vez que pierden fuera de casa en Europa. Zidane era la antítesis, el que no sabía mucho de táctica, en palabras suyas, pero que gestionaba el vestuario a las mil maravillas. Solo de esa manera se veía siendo campeón doméstico, guiando a una plantilla de campanillas que podía acabar enfurecida al mínimo descuido. Sin embargo, y pese a las posteriores marchas de algunos de los hombres importantes, ninguno parecía manifestar con fiereza un descontento tremebundo. Todo lo contrario. Sus apariciones eran estelares y denotaban un compromiso con el escudo.

Dile tú a Álvaro Morata, James Rodríguez, Isco, Kovacic o Asensio, entre otros, que tenían que formar parte de un equipo B que viajara a los campos donde menos apetecía jugar. Eso era, sencillamente, como cuando en PES o FIFA tenías los 22 mejores jugadores del mundo y podías cambiar a unos por otros sin que nadie se quejara porque esa opción no existía. Zidane, sin tener a los 22 mejores, pero teniendo la mejor plantilla de aquel momento, lo consiguió sin un descontento, incluso con la aprobación de un Cristiano Ronaldo que asumió que era clave confiar en el otro destacamento para descansar adecuadamente. Y no les fue mal.

Y eso que a finales de abril cayeron en el Santiago Bernabéu ante un FC Barcelona que se quedó a tres puntos de lo alto de LaLiga. Era el momento en el que ‘Crackóvia’, programa de humor de TV3, iluminaba el mundo del fútbol con sus irrepetibles gags. Cristiano Ronaldo se tenía que quedar porque ‘Los Manolos’ cantaban que el bicho era para siempre y te lo creías porque sí, porque lo decían ellos. Desde aquel resbalón ante los culés, no volvieron a conocer la derrota en todo el curso, excepto un tropiezo en el Calderón que les consentía el pase a la final de la Champions League que ganaron semanas más tarde. Igual que el trofeo nacional. Esa fue la última vez que se ganó. Y esa es una de las obsesiones de Zidane en la actualidad: ser colosos en un trofeo clásico como el liguero, aunque sea ganando encuentros sobre la bocina. Aunque se recurra a su sempiterna flor. Qué más le dará a él.   

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Con la de gente que tenemos en las redes sociales recomendando películas y libros (ya no hablamos de los que dan toques con el rollo papel) a uno le da por mirar por finales de liga que quedan en la retina. Muchos equipos han protagonizado desenlaces de infarto y uno de ellos es el Real Madrid, conjunto que por el momento sigue siendo el que más títulos tiene y que, además, está acostumbrado a eso, al drama de los últimos instantes. A Quentin Tarantino. A la sangre. A lo épico. Como en el curso 16-17. Lo volvió a hacer el club de Chamartín: levantar el título con ese resoplido final, el que espeta un “menos mal” al terminar. Porque muchos partidos se solventaron en los últimos instantes. Como casi siempre.

Era la primera temporada entera de Zinedine Zidane al cargo, tras aparecer en mitad del filme anterior con pose tranquila y chulesca para golpear a los colosos europeos y sumar otro título continental. Pero eso ya había pasado y el pasado es ese lapso que en el fútbol solo existe en momentos como este, de reclusión, o sea nunca. De esa guisa continuó el técnico francés, contradiciendo el clásico mantra blanco: el de los bemoles y los espíritus que reviven cada vez que pierden fuera de casa en Europa. Zidane era la antítesis, el que no sabía mucho de táctica, en palabras suyas, pero que gestionaba el vestuario a las mil maravillas. Solo de esa manera se veía siendo campeón doméstico, guiando a una plantilla de campanillas que podía acabar enfurecida al mínimo descuido. Sin embargo, y pese a las posteriores marchas de algunos de los hombres importantes, ninguno parecía manifestar con fiereza un descontento tremebundo. Todo lo contrario. Sus apariciones eran estelares y denotaban un compromiso con el escudo.

Dile tú a Álvaro Morata, James Rodríguez, Isco, Kovacic o Asensio, entre otros, que tenían que formar parte de un equipo B que viajara a los campos donde menos apetecía jugar. Eso era, sencillamente, como cuando en PES o FIFA tenías los 22 mejores jugadores del mundo y podías cambiar a unos por otros sin que nadie se quejara porque esa opción no existía. Zidane, sin tener a los 22 mejores, pero teniendo la mejor plantilla de aquel momento, lo consiguió sin un descontento, incluso con la aprobación de un Cristiano Ronaldo que asumió que era clave confiar en el otro destacamento para descansar adecuadamente. Y no les fue mal.

Y eso que a finales de abril cayeron en el Santiago Bernabéu ante un FC Barcelona que se quedó a tres puntos de lo alto de LaLiga. Era el momento en el que ‘Crackóvia’, programa de humor de TV3, iluminaba el mundo del fútbol con sus irrepetibles gags. Cristiano Ronaldo se tenía que quedar porque ‘Los Manolos’ cantaban que el bicho era para siempre y te lo creías porque sí, porque lo decían ellos. Desde aquel resbalón ante los culés, no volvieron a conocer la derrota en todo el curso, excepto un tropiezo en el Calderón que les consentía el pase a la final de la Champions League que ganaron semanas más tarde. Igual que el trofeo nacional. Esa fue la última vez que se ganó. Y esa es una de las obsesiones de Zidane en la actualidad: ser colosos en un trofeo clásico como el liguero, aunque sea ganando encuentros sobre la bocina. Aunque se recurra a su sempiterna flor. Qué más le dará a él.   

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