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La Era Open del tenis cumple 50 años: así se gestó todo

David Sánchez @dasanchez__ 24-04-2018

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El tenis moderno no se
entendería sin una fecha crucial: 22 de abril de 1968. El día en el que el
británico John Clifton y el australiano Owen Davidson disputaron el primer
encuentro de la denominada Era Open (Era Abierta) en el complejo de The West
Hants Lawn Tennis Club de Bournemouth, al sur de Inglaterra. 

Esa primavera de 1968,
tan convulsa políticamente, alumbró un nuevo camino en el deporte de la raqueta
y los revolucionarios años 60 sentaron las bases del nuevo paradigma que rige
el tenis hasta nuestros días cincuenta años después. 

Fueron momentos previos
de confusión en el seno de los despachos de los diferentes organismos del tenis.
Hasta entonces se distinguían jugadores amateurs
y profesionales. Los amateurs no
cobraban por su participación en eventos mientras que los profesionales tenían
vetada su entrada en los Grand Slams (Open de Australia, Roland Garros,
Wimbledon y el US Open), la Copa Davis o los Juegos Olímpicos. A cambio
competían de la mano de promotores que dirigían circuitos, gestionaban sus
inscripciones en torneos y les garantizaban cuantiosas cantidades de dinero por
seguirles la corriente

Esto era la teoría. En
la práctica, la situación llevaba a que algunos de los mejores tenistas amateurs cobraran “bajo cuerda” por
participar en eventos de Grand Slam y, muchos de los que entraban a formar
parte del circuito profesional, no tenían el rango necesario. Una situación de
caos interno que derivó en sucesivas protestas, firmas y una gran presión
social para adaptar las reglas del circuito profesional. 

Pese a ello, los
mandatarios del tenis se mostraron inflexibles. Ya en diciembre de 1967 una
pequeña “revuelta” en Gran Bretaña favorecida también por el apoyo de la USTA
–Federación de Tenis de los Estados Unidos- a la Era Open, fue el primer conato
que hizo que los jerarcas tuvieran mano dura. En vez de aceptar la propuesta
británica de abolir la distinción entre amateus
y profesionales, se reafirmaron en su posición hasta que claudicaron, en
1968, fecha en la que no hubo vuelta atrás: la Era Open estaba en marcha. 

Pese a las anomalías
propias de la transición y los desacuerdos entre Federaciones y Comités
Olímpicos, la decisión fue la mejor que pudo tomarse. El tenis vivió un
progreso hacia la internacionalización de su juego y su popularidad comenzó a
ser más notoria que hasta entonces. 

Con todo ello, Roland
Garros fue el primer Grand Slam en abrirse
a la nueva era. Inmerso en los disturbios estudiantiles de Mayo del 68 y, en
medio de una enorme división entre partidarios y detractores de los nuevos
tiempos del tenis, vio como los denominados ‘Handsome Eight’ (Dennis Ralston,
John Newcombre, Cliff Drysdale, Niki Pilic, Tony Roche, Earl Buchholz, Pierre
Barthes y Tony Roche) declinaban disputar el major galo. 

Pero como relatan las
crónicas de la época, escritas por Rex Bellamy para el periódico London Times, “el primer major de la Era Open se jugó en ese
clima en el que están hechas las pesadillas. Pero el tenis era como un sueño”.
Miles de personas acudieron al Stade Roland Garros de la ciudad de la luz para
presenciar en directo el torneo. El 9 de junio de 1968, Ken Rosewall se
convertía en el primer tenista en levantar un Grand Slam en la Era Open. Lo
hizo ante su compatriota Rod Laver, leyenda del tenis y único jugador en
hacerse con todos los Grand Slams, en un mismo año, en la historia y, por
supuesto, en las dos Eras (1962 y
1969). 

El tenis dio un salto
cualitativo para ser lo que es hoy esta misma semana hace medio siglo. Aquello
fue el paso necesario para unir, definitivamente, a adeptos y tenistas de todo
el mundo en torno a un rectángulo que es toda una vida en miniatura. 

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El tenis moderno no se
entendería sin una fecha crucial: 22 de abril de 1968. El día en el que el
británico John Clifton y el australiano Owen Davidson disputaron el primer
encuentro de la denominada Era Open (Era Abierta) en el complejo de The West
Hants Lawn Tennis Club de Bournemouth, al sur de Inglaterra. 

Esa primavera de 1968,
tan convulsa políticamente, alumbró un nuevo camino en el deporte de la raqueta
y los revolucionarios años 60 sentaron las bases del nuevo paradigma que rige
el tenis hasta nuestros días cincuenta años después. 

Fueron momentos previos
de confusión en el seno de los despachos de los diferentes organismos del tenis.
Hasta entonces se distinguían jugadores amateurs
y profesionales. Los amateurs no
cobraban por su participación en eventos mientras que los profesionales tenían
vetada su entrada en los Grand Slams (Open de Australia, Roland Garros,
Wimbledon y el US Open), la Copa Davis o los Juegos Olímpicos. A cambio
competían de la mano de promotores que dirigían circuitos, gestionaban sus
inscripciones en torneos y les garantizaban cuantiosas cantidades de dinero por
seguirles la corriente

Esto era la teoría. En
la práctica, la situación llevaba a que algunos de los mejores tenistas amateurs cobraran “bajo cuerda” por
participar en eventos de Grand Slam y, muchos de los que entraban a formar
parte del circuito profesional, no tenían el rango necesario. Una situación de
caos interno que derivó en sucesivas protestas, firmas y una gran presión
social para adaptar las reglas del circuito profesional. 

Pese a ello, los
mandatarios del tenis se mostraron inflexibles. Ya en diciembre de 1967 una
pequeña “revuelta” en Gran Bretaña favorecida también por el apoyo de la USTA
–Federación de Tenis de los Estados Unidos- a la Era Open, fue el primer conato
que hizo que los jerarcas tuvieran mano dura. En vez de aceptar la propuesta
británica de abolir la distinción entre amateus
y profesionales, se reafirmaron en su posición hasta que claudicaron, en
1968, fecha en la que no hubo vuelta atrás: la Era Open estaba en marcha. 

Pese a las anomalías
propias de la transición y los desacuerdos entre Federaciones y Comités
Olímpicos, la decisión fue la mejor que pudo tomarse. El tenis vivió un
progreso hacia la internacionalización de su juego y su popularidad comenzó a
ser más notoria que hasta entonces. 

Con todo ello, Roland
Garros fue el primer Grand Slam en abrirse
a la nueva era. Inmerso en los disturbios estudiantiles de Mayo del 68 y, en
medio de una enorme división entre partidarios y detractores de los nuevos
tiempos del tenis, vio como los denominados ‘Handsome Eight’ (Dennis Ralston,
John Newcombre, Cliff Drysdale, Niki Pilic, Tony Roche, Earl Buchholz, Pierre
Barthes y Tony Roche) declinaban disputar el major galo. 

Pero como relatan las
crónicas de la época, escritas por Rex Bellamy para el periódico London Times, “el primer major de la Era Open se jugó en ese
clima en el que están hechas las pesadillas. Pero el tenis era como un sueño”.
Miles de personas acudieron al Stade Roland Garros de la ciudad de la luz para
presenciar en directo el torneo. El 9 de junio de 1968, Ken Rosewall se
convertía en el primer tenista en levantar un Grand Slam en la Era Open. Lo
hizo ante su compatriota Rod Laver, leyenda del tenis y único jugador en
hacerse con todos los Grand Slams, en un mismo año, en la historia y, por
supuesto, en las dos Eras (1962 y
1969). 

El tenis dio un salto
cualitativo para ser lo que es hoy esta misma semana hace medio siglo. Aquello
fue el paso necesario para unir, definitivamente, a adeptos y tenistas de todo
el mundo en torno a un rectángulo que es toda una vida en miniatura. 

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