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La entropía culé

Conocí a Juan Carlos Unzué en una mesa de tertulia en Gol Televisión. Coincidimos en un programa previo a un Clásico entre Barça y Madrid hace un par de años. En cada pausa publicitaria,  yo le iba lanzando preguntas sobre el Celta (equipo en el que había entrenado recientemente), La Liga española, las diferencias entre el fútbol moderno y el balompié de los 90’. Unzué sonreía y me daba su versión sobre cada una de las cuestiones que yo le iba planteando, todo ello fuera de cámara. Al final de de cada respuesta o, incluso, a mitad de argumentación me soltaba ‘¿y tú qué piensas?’. Un tipo que te invita a reflexionar y a salir del discurso enlatado que impera en la mayoría de aspectos de actualidad. Después de varias tertulias compartidas, fichó como entrenador del Girona y, obviamente, ya no le volví a ver más. Una de esas personas que dejan su sello allá por donde pasa.

Hoy en día, Juan Carlos debe convivir con una enfermedad implacable: la ELA. Lejos de encerrarse en la autocompasión, Unzué ha decidido que el tiempo que le queda va a servir para dar enseñanzas de vida. La semana pasada, me crucé en Twitter con una charla suya en un instituto en Barcelona. Empezó a hablar del valor de lo esencial, de aprovechar el tiempo que nos queda y de la importancia de saborear la vida. A medio discurso preguntó a la chavalada si alguien conocía la palabra “entropía”. La tendencia al caos de las organizaciones si nadie actúa. Una reflexión posterior me hizo pensar en cuántas dinámicas negativas se instalan en una organización sin que nadie le ponga remedio. Intentas no pensar en ello. Esperas que ese caos se acabe disolviendo solo. Pero no; miras debajo de la cama y el monstruo sigue ahí.

La segunda ley de la termodinámica define la entropía como “una magnitud que mide el número de microestados para un mismo macrosestado de un sistema”. Es decir, cómo se organiza un sistema según su disposición más probable. ¿Puede un jarrón roto en 100 pedazos volver a su estado original de manera natural? Improbable. ¿Puede un niño librarse del castigo después de tirar ese jarrón de una estantería de un balonazo mientras jugaba al fútbol en el salón? Improbable, también. Ese jarrón solo puede acercarse a su estado original si hay una acción de reconstrucción. Esas piezas no van a volver por sí mismas a proyectar esas imágenes ancestrales chinas sobre la cerámica de un jarrón.

Ayer, hacia las 15.43h de la tarde, el caos volvió a aprisionar al Barça. En una temporada repleta de errores individuales, el macroestado del equipo de Koeman no logra alcanzar el equilibrio. La tendencia al caos siempre está asomando ahí, con la segunda ley de la termodinámica tatuada en la piel. Después de 90 minutos de control del balón, de múltiples llegadas a la portería de Ledesma y de unas estadísticas demoledoras a favor de los azulgrana, el marcador reflejaba un exiguo 1 a 0. Distancia insuficiente para un equipo con tendencia natural al error defensivo. En el minuto 87 de partido, en una jugada sin aparente peligro en el área, Sobrino se anticipa y Lenglet golpea el pie del atacante cadista. Penalti. Caos. Alex Fernández consigue empatar en el único tiro a portería del Cádiz en todo el partido.

Echando la vista atrás, uno se da cuenta de que esa situación no es aislada. Durante esta temporada han sido múltiples los errores defensivos graves que han llevado al Barça al desorden. El malentendido entre Piqué y Neto en Mendizorroza. La salida en falso de Ter Stegen en el Metropolitano. El remate hacia su propia portería de Mingueza y la cesión atrás de Lenglet en el Ramón de Carranza. El penalti de Lenglet por agarrón a Ramos en el Camp Nou. La mala decisión de Araujo ante el Éibar de Kike García. Ha habido otros, como las desconexiones de Umtiti frente al Granada en Copa, que no han tenido impacto directo en el resultado final, pero alimentan esa sensación de que el error individual defensivo repercute claramente en el caos de la organización. Algunos pensarán, seguramente con razón, que si los atacantes azulgranas convirtieran en gol más ocasiones, esos errores atrás pesarían menos.

Recordemos la relación y el impacto de los microestados en el funcionamiento global del macroestado. No se pueden separar. Son indivisibles.

Desde aquí quiero enviar un fuerte abrazo a Juan Carlos Unzué y os invito a todos a que le escuchéis cuando habla. El ex portero del Barça nos anima a actuar, a sentir, a crear y a valorar cada instante. A no abandonarse a la entropía. En definitiva a vivir.

Imagen de cabecera: JOSEP LAGO/AFP via Getty Images

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Conocí a Juan Carlos Unzué en una mesa de tertulia en Gol Televisión. Coincidimos en un programa previo a un Clásico entre Barça y Madrid hace un par de años. En cada pausa publicitaria,  yo le iba lanzando preguntas sobre el Celta (equipo en el que había entrenado recientemente), La Liga española, las diferencias entre el fútbol moderno y el balompié de los 90’. Unzué sonreía y me daba su versión sobre cada una de las cuestiones que yo le iba planteando, todo ello fuera de cámara. Al final de de cada respuesta o, incluso, a mitad de argumentación me soltaba ‘¿y tú qué piensas?’. Un tipo que te invita a reflexionar y a salir del discurso enlatado que impera en la mayoría de aspectos de actualidad. Después de varias tertulias compartidas, fichó como entrenador del Girona y, obviamente, ya no le volví a ver más. Una de esas personas que dejan su sello allá por donde pasa.

Hoy en día, Juan Carlos debe convivir con una enfermedad implacable: la ELA. Lejos de encerrarse en la autocompasión, Unzué ha decidido que el tiempo que le queda va a servir para dar enseñanzas de vida. La semana pasada, me crucé en Twitter con una charla suya en un instituto en Barcelona. Empezó a hablar del valor de lo esencial, de aprovechar el tiempo que nos queda y de la importancia de saborear la vida. A medio discurso preguntó a la chavalada si alguien conocía la palabra “entropía”. La tendencia al caos de las organizaciones si nadie actúa. Una reflexión posterior me hizo pensar en cuántas dinámicas negativas se instalan en una organización sin que nadie le ponga remedio. Intentas no pensar en ello. Esperas que ese caos se acabe disolviendo solo. Pero no; miras debajo de la cama y el monstruo sigue ahí.

La segunda ley de la termodinámica define la entropía como “una magnitud que mide el número de microestados para un mismo macrosestado de un sistema”. Es decir, cómo se organiza un sistema según su disposición más probable. ¿Puede un jarrón roto en 100 pedazos volver a su estado original de manera natural? Improbable. ¿Puede un niño librarse del castigo después de tirar ese jarrón de una estantería de un balonazo mientras jugaba al fútbol en el salón? Improbable, también. Ese jarrón solo puede acercarse a su estado original si hay una acción de reconstrucción. Esas piezas no van a volver por sí mismas a proyectar esas imágenes ancestrales chinas sobre la cerámica de un jarrón.

Ayer, hacia las 15.43h de la tarde, el caos volvió a aprisionar al Barça. En una temporada repleta de errores individuales, el macroestado del equipo de Koeman no logra alcanzar el equilibrio. La tendencia al caos siempre está asomando ahí, con la segunda ley de la termodinámica tatuada en la piel. Después de 90 minutos de control del balón, de múltiples llegadas a la portería de Ledesma y de unas estadísticas demoledoras a favor de los azulgrana, el marcador reflejaba un exiguo 1 a 0. Distancia insuficiente para un equipo con tendencia natural al error defensivo. En el minuto 87 de partido, en una jugada sin aparente peligro en el área, Sobrino se anticipa y Lenglet golpea el pie del atacante cadista. Penalti. Caos. Alex Fernández consigue empatar en el único tiro a portería del Cádiz en todo el partido.

Echando la vista atrás, uno se da cuenta de que esa situación no es aislada. Durante esta temporada han sido múltiples los errores defensivos graves que han llevado al Barça al desorden. El malentendido entre Piqué y Neto en Mendizorroza. La salida en falso de Ter Stegen en el Metropolitano. El remate hacia su propia portería de Mingueza y la cesión atrás de Lenglet en el Ramón de Carranza. El penalti de Lenglet por agarrón a Ramos en el Camp Nou. La mala decisión de Araujo ante el Éibar de Kike García. Ha habido otros, como las desconexiones de Umtiti frente al Granada en Copa, que no han tenido impacto directo en el resultado final, pero alimentan esa sensación de que el error individual defensivo repercute claramente en el caos de la organización. Algunos pensarán, seguramente con razón, que si los atacantes azulgranas convirtieran en gol más ocasiones, esos errores atrás pesarían menos.

Recordemos la relación y el impacto de los microestados en el funcionamiento global del macroestado. No se pueden separar. Son indivisibles.

Desde aquí quiero enviar un fuerte abrazo a Juan Carlos Unzué y os invito a todos a que le escuchéis cuando habla. El ex portero del Barça nos anima a actuar, a sentir, a crear y a valorar cada instante. A no abandonarse a la entropía. En definitiva a vivir.

Imagen de cabecera: JOSEP LAGO/AFP via Getty Images

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