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La deriva de los Dallas Cowboys

César Martín @CesarMrtn 04-05-2020

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Dallas Cowboys NFL

Los Dallas Cowboys llevan dos décadas anclados en la mediocridad de la NFL. Para desesperación de sus fans, que no son pocos precisamente, las temporadas buenas en Texas se cuentan con los dedos de una mano desde hace muchísimo tiempo.

La mística del America’s Team

Los Cowboys son el Equipo de América (Estados Unidos). Un honor que bien podrían reclamar otras franquicias del país, pero que recae en los de Dallas desde la década de los setenta y así será por los siglos de los siglos. Y es que de un modo u otro, a todo el mundo le suenan los Dallas Cowboys. Hasta al que no sigue la NFL.

Para el gran público europeo, los Cowboys son ese equipo que inexplicablemente (o quizá no tanto) copa todos los años el primer puesto del ranking de la revista Forbes de los clubes deportivos más valiosos del mundo. Siempre por delante del Real Madrid y del Barça, posiblemente los dos equipos más famosos del mundo. En 2019 Forbes tasó el valor de los Dallas Cowboys en 5000 millones de dólares. Da vértigo imaginar a cuánto ascendería esa cifra si sobre el césped las cosas estuvieran a la altura de la historia y del envoltorio de la franquicia.

Los Cowboys forjaron su mística en los años setenta. En esa década, guiados por su quarterback Roger Staubach, los texanos llegaron a cinco Super Bowls: ganaron dos y perdieron tres. Fue su primera era dorada. La segunda fue en los años noventa, con tres Super Bowls más para la colección de la mano del trío Troy Aikman-Emmitt Smith-Michael Irvin. Sin embargo, el de 1995 es el último Trofeo Vince Lombardi que ha entrado en las vitrinas del equipo texano.

El siglo XXI, cuyo inicio coincidió con el final de la era Aikman-Smith-Irvin, está siendo nefasto para los de Texas. De diecinueve temporadas de NFL que ha habido en este siglo, en Dallas han visto los Playoffs por televisión en doce. Es decir, un pobre 37% de presencia en postemporada que ya lo quisieran los Cleveland Browns, pero para un equipo como el texano es poquísimo. Y no sólo eso: en esos siete viajes a Playoffs, únicamente han ganado tres partidos y no han superado la barrera de la ronda divisional. La última vez que los Cowboys jugaron el NFC Championship Game fue en la temporada de 1995, la de la última Super Bowl.

En el deporte norteamericano los propietarios juegan la carta de la construcción de un nuevo estadio cuando a sus equipos no les va bien en el terreno de juego. Es la cortina de humo perfecta y en los Cowboys también sucedió. En 2008 disputaron su última temporada en el Texas Stadium para en 2009 dar paso al hoy conocido como AT&T Stadium, un estadio impresionante tanto por su arquitectura como por lo que supone como recinto de eventos deportivos y no deportivos. La primera piedra de Jerry World fue colocada en 2005 tras un lustro con una única presencia en Playoffs (2003).

Jason Garrett y la mediocridad permanente

Jason Garrett accedió al puesto de entrenador jefe en 2010 de forma interina en sustitución del despedido Wade Phillips. El que fuera suplente de Troy Aikman en los años noventa logró maquillar el horrible inicio de su antecesor (de 1-7 a 6-10), lo que le valió continuar al frente del equipo en los nueve años siguientes. Su balance final al frente de los Cowboys acabó siendo de 85-67, con cuatro temporadas de 8-8, sólo tres presencias en Playoffs (dos victorias)… y un premio al Entrenador del Año en 2016.

De las nueve campañas completas de Garrett como entrenador jefe en Dallas, sólo hay dos destacables: 2014 (12-4) y 2016 (13-3). Entremedias, un 4-12 con, eso sí, muchas lesiones de por medio. Lo bueno es que eso les dio el cuarto puesto del Draft de 2016, un pick que emplearon en Ezekiel Elliott.

De Elliott se esperaba un impacto inmediato y así fue. Lo inesperado fue el desempeño de su quarterback de cuarta ronda, Dak Prescott. La dupla de rookies, protegida por su poderosa línea ofensiva, llevó a Dallas a un sensacional 13-3, incluyendo once victorias consecutivas. Los nombres de Zeke y Dak aparecieron en las votaciones para el MVP y el siempre cuestionado Garrett fue elegido Entrenador del Año. Algunos aún siguen sin creérselo.

En los Playoffs cayeron de nuevo en la ronda divisional ante los Green Bay Packers. Un partido épico resuelto sobre la bocina en el que Aaron Rodgers fue Aaron Rodgers. Los Cowboys volvieron a irse a casa mucho antes de lo previsto, pero había motivos para la ilusión. Sin embargo, esos brotes verdes fueron pisoteados en 2017 por Roger Goodell. El comisionado suspendió a Elliott seis partidos por un caso de violencia doméstica del que había sido absuelto. Resultado: 9-7 y adiós a Playoffs. Y 2018 no iba mejor, pero a mitad de año adquirieron a Amari Cooper y el equipo remontó el vuelo… para volver a estrellarse en, cómo no, la ronda divisional.

2019 terminó en otro 50% raspado de victorias, un porcentaje siempre insuficiente para obtener el billete de Playoffs. El culmen a una temporada que comenzó con la negativa de Ezekiel Elliott a acudir a los entrenamientos veraniegos para forzar la negociación de un nuevo contrato que logró tres días antes del primer partido de liga: seis años y 90 millones de dólares. A Garrett se le acabó su crédito con los Jones y no fue renovado.

La mala suerte también ha jugado su papel. No fue Garrett quien consideró que Dez Bryant no había atrapado ese balón en Green Bay en 2014. Tampoco fue Garrett quien castigó a Ezekiel Elliott en 2017, ni era quien negociaba los contratos de los jugadores. El ex alumno de Princeton no podía controlar esas situaciones. Pero donde sí podía, en la banda, no se le han visto maneras de entrenador grande. Pasarse los partidos dando palmas desde luego que no lo es.

Pero no sería justo culpar a Garrett de todos los males de los Cowboys a lo largo de estos años. Esto no es cosa de nueve años y medio y no son pocos quienes señalan al palco del AT&T Stadium. Porque desde que compró los Dallas Cowboys en 1989, Jerry Jones ha sido su propietario, presidente y mánager general. Una gestión que ha tenido muchas luces (las tres Super Bowls, el valor económico de la franquicia) pero también muchísimas sombras (véase cómo le han ido las cosas a los texanos en el aspecto deportivo desde mediados de los noventa). Jones siempre se ha caracterizado por tomar decisiones muy personalistas, haciéndole muy poco caso a otros directivos. A estas alturas de la película (tiene 77 años) no parece que eso vaya a cambiar.

Mike McCarthy y el futuro más inmediato

Dos días después del adiós a Jason Garrett, los Cowboys anunciaron la contratación de Mike McCarthy. El fichaje del que fuera entrenador jefe de los Green Bay Packers entre 2006 y 2018 ha generado bastante optimismo entre los aficionados. Es un técnico con experiencia, sabe lo que es ganar en temporada regular y en Playoffs (fue campeón en 2010 con el equipo de Wisconsin) y desarrolló el talento de Aaron Rodgers.

En su contra de McCarthy pesan sus dos últimos años en Green Bay y el deterioro de su relación con Rodgers. Los Packers no han vuelto a pisar la gran final de la NFL desde aquella victoria en la Super Bowl XLV y la mayoría de las culpas han recaído en el head coach. Por otro lado, habrá que ver cómo aceptará las intromisiones de Jerry Jones, que las habrá. Y además, el de Pittsburgh no es un entrenador de vocación defensiva (el aspecto donde más tiene que mejorar Dallas) y su predilección es el ataque aéreo, si bien es cierto que nunca ha tenido un arma terrestre del calibre de Ezekiel Elliott.

En Dallas solventaron rápido la búsqueda del nuevo entrenador jefe, pero esa sólo era el principio. Los Jones afrontaban un mes de marzo de mucho trabajo, con más de la mitad de los jugadores (30 de 52 para ser exactos) siendo agentes libres. Las bajas más reseñables han sido Randall Cobb (Texans), Jason Witten y Jeff Heath (Raiders) y, sobre todo, Travis Frederick (retirado). En el apartado de renovaciones destaca por encima de todas la de Amari Cooper (100 millones de dólares por cinco años) pero las de Blake Jarwin, Anthony Brown y Sean Lee son también buenas noticias.

Gerald McCoy, Ha Ha Clinton-Dix y Blake Bell son las principales incorporaciones de la agencia libre. Los dos primeros son jugadores rodados (McCoy es todo un veterano) que deben contribuir en defensa desde el primer día, mientras que Bell cumplirá una función similar a la que tenía en los Chiefs como recambio principal de Travis Kelce. En este caso, de Blake Jarwin. Otro fichaje sonado fue el del kicker Greg Zuerlein y sus 7,5 millones por tres años. Dan Bailey, el mejor pateador de la historia del equipo texano, fue cortado en 2018 para ahorrar dinero pero su más económico reemplazo, Brett Maher, no salió rentable en sus dos años. La llegada de Zuerlein es en cierto sentido reconocer que prescindir de Bailey fue un error.

Donde sobre el papel los Cowboys no han cometido errores ha sido en el último Draft. CeeDee Lamb, Trevon Diggs, Neville Gallimore, Tyler Biadasz… Sobre el papel, uno de los equipos que mejor trabajo ha hecho. Sí, el puesto de receptor no era una prioridad, pero Lamb era demasiado bueno como para dejarlo escapar. Y Diggs es un refuerzo de auténtico lujo para la línea secundaria.

Con la mayor parte del trabajo hecho, el único frene importante que queda abierto en Dallas es el de Dak Prescott. En septiembre de 2019, cuando Ezekiel Elliott firmaba su nuevo vínculo con los Cowboys, los medios estadounidenses señalaron que el QB había rechazado una extensión de 30 millones de dólares anuales… ¡porque quería 40! En 2019 firmó los mejores números de su carrera en muchos apartados, pero los Cowboys no parecen dispuestos a darle esa cantidad. Para evitar complicaciones, le colocaron en marzo un franchise tag exclusivo. Si lo firma, el QB cobrará 33 millones en 2020. El problema es que en el momento de la publicación de este artículo, aún no lo ha hecho.

Prescott parece decidido a forzar unas nuevas negociaciones que sólo puede tener con la familia Jones por ese tag. Se avecina culebrón, así que en Frisco se han cubierto las espaldas firmando a Andy Dalton, aunque desde el Equipo de América señalan que no tiene nada que ver. En principio el ex de los Cincinnati Bengals (nacido en Texas) llega para ser un suplente de garantías, pero puede ser titular sin ningún problema en caso de que Prescott no se presente en las instalaciones del equipo.

Los Cowboys son un equipo con mucho margen de mejora. Su roster es joven y tanto en ataque como en defensa tienen muy buenas piezas para derribar la barrera de la ronda divisional e intentar asaltar la cima de su conferencia. En cualquier caso, dejada atrás la era Garrett, en Dallas miran al futuro con esperanza.

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Los Dallas Cowboys llevan dos décadas anclados en la mediocridad de la NFL. Para desesperación de sus fans, que no son pocos precisamente, las temporadas buenas en Texas se cuentan con los dedos de una mano desde hace muchísimo tiempo.

La mística del America’s Team

Los Cowboys son el Equipo de América (Estados Unidos). Un honor que bien podrían reclamar otras franquicias del país, pero que recae en los de Dallas desde la década de los setenta y así será por los siglos de los siglos. Y es que de un modo u otro, a todo el mundo le suenan los Dallas Cowboys. Hasta al que no sigue la NFL.

Para el gran público europeo, los Cowboys son ese equipo que inexplicablemente (o quizá no tanto) copa todos los años el primer puesto del ranking de la revista Forbes de los clubes deportivos más valiosos del mundo. Siempre por delante del Real Madrid y del Barça, posiblemente los dos equipos más famosos del mundo. En 2019 Forbes tasó el valor de los Dallas Cowboys en 5000 millones de dólares. Da vértigo imaginar a cuánto ascendería esa cifra si sobre el césped las cosas estuvieran a la altura de la historia y del envoltorio de la franquicia.

Los Cowboys forjaron su mística en los años setenta. En esa década, guiados por su quarterback Roger Staubach, los texanos llegaron a cinco Super Bowls: ganaron dos y perdieron tres. Fue su primera era dorada. La segunda fue en los años noventa, con tres Super Bowls más para la colección de la mano del trío Troy Aikman-Emmitt Smith-Michael Irvin. Sin embargo, el de 1995 es el último Trofeo Vince Lombardi que ha entrado en las vitrinas del equipo texano.

El siglo XXI, cuyo inicio coincidió con el final de la era Aikman-Smith-Irvin, está siendo nefasto para los de Texas. De diecinueve temporadas de NFL que ha habido en este siglo, en Dallas han visto los Playoffs por televisión en doce. Es decir, un pobre 37% de presencia en postemporada que ya lo quisieran los Cleveland Browns, pero para un equipo como el texano es poquísimo. Y no sólo eso: en esos siete viajes a Playoffs, únicamente han ganado tres partidos y no han superado la barrera de la ronda divisional. La última vez que los Cowboys jugaron el NFC Championship Game fue en la temporada de 1995, la de la última Super Bowl.

En el deporte norteamericano los propietarios juegan la carta de la construcción de un nuevo estadio cuando a sus equipos no les va bien en el terreno de juego. Es la cortina de humo perfecta y en los Cowboys también sucedió. En 2008 disputaron su última temporada en el Texas Stadium para en 2009 dar paso al hoy conocido como AT&T Stadium, un estadio impresionante tanto por su arquitectura como por lo que supone como recinto de eventos deportivos y no deportivos. La primera piedra de Jerry World fue colocada en 2005 tras un lustro con una única presencia en Playoffs (2003).

Jason Garrett y la mediocridad permanente

Jason Garrett accedió al puesto de entrenador jefe en 2010 de forma interina en sustitución del despedido Wade Phillips. El que fuera suplente de Troy Aikman en los años noventa logró maquillar el horrible inicio de su antecesor (de 1-7 a 6-10), lo que le valió continuar al frente del equipo en los nueve años siguientes. Su balance final al frente de los Cowboys acabó siendo de 85-67, con cuatro temporadas de 8-8, sólo tres presencias en Playoffs (dos victorias)… y un premio al Entrenador del Año en 2016.

De las nueve campañas completas de Garrett como entrenador jefe en Dallas, sólo hay dos destacables: 2014 (12-4) y 2016 (13-3). Entremedias, un 4-12 con, eso sí, muchas lesiones de por medio. Lo bueno es que eso les dio el cuarto puesto del Draft de 2016, un pick que emplearon en Ezekiel Elliott.

De Elliott se esperaba un impacto inmediato y así fue. Lo inesperado fue el desempeño de su quarterback de cuarta ronda, Dak Prescott. La dupla de rookies, protegida por su poderosa línea ofensiva, llevó a Dallas a un sensacional 13-3, incluyendo once victorias consecutivas. Los nombres de Zeke y Dak aparecieron en las votaciones para el MVP y el siempre cuestionado Garrett fue elegido Entrenador del Año. Algunos aún siguen sin creérselo.

En los Playoffs cayeron de nuevo en la ronda divisional ante los Green Bay Packers. Un partido épico resuelto sobre la bocina en el que Aaron Rodgers fue Aaron Rodgers. Los Cowboys volvieron a irse a casa mucho antes de lo previsto, pero había motivos para la ilusión. Sin embargo, esos brotes verdes fueron pisoteados en 2017 por Roger Goodell. El comisionado suspendió a Elliott seis partidos por un caso de violencia doméstica del que había sido absuelto. Resultado: 9-7 y adiós a Playoffs. Y 2018 no iba mejor, pero a mitad de año adquirieron a Amari Cooper y el equipo remontó el vuelo… para volver a estrellarse en, cómo no, la ronda divisional.

2019 terminó en otro 50% raspado de victorias, un porcentaje siempre insuficiente para obtener el billete de Playoffs. El culmen a una temporada que comenzó con la negativa de Ezekiel Elliott a acudir a los entrenamientos veraniegos para forzar la negociación de un nuevo contrato que logró tres días antes del primer partido de liga: seis años y 90 millones de dólares. A Garrett se le acabó su crédito con los Jones y no fue renovado.

La mala suerte también ha jugado su papel. No fue Garrett quien consideró que Dez Bryant no había atrapado ese balón en Green Bay en 2014. Tampoco fue Garrett quien castigó a Ezekiel Elliott en 2017, ni era quien negociaba los contratos de los jugadores. El ex alumno de Princeton no podía controlar esas situaciones. Pero donde sí podía, en la banda, no se le han visto maneras de entrenador grande. Pasarse los partidos dando palmas desde luego que no lo es.

Pero no sería justo culpar a Garrett de todos los males de los Cowboys a lo largo de estos años. Esto no es cosa de nueve años y medio y no son pocos quienes señalan al palco del AT&T Stadium. Porque desde que compró los Dallas Cowboys en 1989, Jerry Jones ha sido su propietario, presidente y mánager general. Una gestión que ha tenido muchas luces (las tres Super Bowls, el valor económico de la franquicia) pero también muchísimas sombras (véase cómo le han ido las cosas a los texanos en el aspecto deportivo desde mediados de los noventa). Jones siempre se ha caracterizado por tomar decisiones muy personalistas, haciéndole muy poco caso a otros directivos. A estas alturas de la película (tiene 77 años) no parece que eso vaya a cambiar.

Mike McCarthy y el futuro más inmediato

Dos días después del adiós a Jason Garrett, los Cowboys anunciaron la contratación de Mike McCarthy. El fichaje del que fuera entrenador jefe de los Green Bay Packers entre 2006 y 2018 ha generado bastante optimismo entre los aficionados. Es un técnico con experiencia, sabe lo que es ganar en temporada regular y en Playoffs (fue campeón en 2010 con el equipo de Wisconsin) y desarrolló el talento de Aaron Rodgers.

En su contra de McCarthy pesan sus dos últimos años en Green Bay y el deterioro de su relación con Rodgers. Los Packers no han vuelto a pisar la gran final de la NFL desde aquella victoria en la Super Bowl XLV y la mayoría de las culpas han recaído en el head coach. Por otro lado, habrá que ver cómo aceptará las intromisiones de Jerry Jones, que las habrá. Y además, el de Pittsburgh no es un entrenador de vocación defensiva (el aspecto donde más tiene que mejorar Dallas) y su predilección es el ataque aéreo, si bien es cierto que nunca ha tenido un arma terrestre del calibre de Ezekiel Elliott.

En Dallas solventaron rápido la búsqueda del nuevo entrenador jefe, pero esa sólo era el principio. Los Jones afrontaban un mes de marzo de mucho trabajo, con más de la mitad de los jugadores (30 de 52 para ser exactos) siendo agentes libres. Las bajas más reseñables han sido Randall Cobb (Texans), Jason Witten y Jeff Heath (Raiders) y, sobre todo, Travis Frederick (retirado). En el apartado de renovaciones destaca por encima de todas la de Amari Cooper (100 millones de dólares por cinco años) pero las de Blake Jarwin, Anthony Brown y Sean Lee son también buenas noticias.

Gerald McCoy, Ha Ha Clinton-Dix y Blake Bell son las principales incorporaciones de la agencia libre. Los dos primeros son jugadores rodados (McCoy es todo un veterano) que deben contribuir en defensa desde el primer día, mientras que Bell cumplirá una función similar a la que tenía en los Chiefs como recambio principal de Travis Kelce. En este caso, de Blake Jarwin. Otro fichaje sonado fue el del kicker Greg Zuerlein y sus 7,5 millones por tres años. Dan Bailey, el mejor pateador de la historia del equipo texano, fue cortado en 2018 para ahorrar dinero pero su más económico reemplazo, Brett Maher, no salió rentable en sus dos años. La llegada de Zuerlein es en cierto sentido reconocer que prescindir de Bailey fue un error.

Donde sobre el papel los Cowboys no han cometido errores ha sido en el último Draft. CeeDee Lamb, Trevon Diggs, Neville Gallimore, Tyler Biadasz… Sobre el papel, uno de los equipos que mejor trabajo ha hecho. Sí, el puesto de receptor no era una prioridad, pero Lamb era demasiado bueno como para dejarlo escapar. Y Diggs es un refuerzo de auténtico lujo para la línea secundaria.

Con la mayor parte del trabajo hecho, el único frene importante que queda abierto en Dallas es el de Dak Prescott. En septiembre de 2019, cuando Ezekiel Elliott firmaba su nuevo vínculo con los Cowboys, los medios estadounidenses señalaron que el QB había rechazado una extensión de 30 millones de dólares anuales… ¡porque quería 40! En 2019 firmó los mejores números de su carrera en muchos apartados, pero los Cowboys no parecen dispuestos a darle esa cantidad. Para evitar complicaciones, le colocaron en marzo un franchise tag exclusivo. Si lo firma, el QB cobrará 33 millones en 2020. El problema es que en el momento de la publicación de este artículo, aún no lo ha hecho.

Prescott parece decidido a forzar unas nuevas negociaciones que sólo puede tener con la familia Jones por ese tag. Se avecina culebrón, así que en Frisco se han cubierto las espaldas firmando a Andy Dalton, aunque desde el Equipo de América señalan que no tiene nada que ver. En principio el ex de los Cincinnati Bengals (nacido en Texas) llega para ser un suplente de garantías, pero puede ser titular sin ningún problema en caso de que Prescott no se presente en las instalaciones del equipo.

Los Cowboys son un equipo con mucho margen de mejora. Su roster es joven y tanto en ataque como en defensa tienen muy buenas piezas para derribar la barrera de la ronda divisional e intentar asaltar la cima de su conferencia. En cualquier caso, dejada atrás la era Garrett, en Dallas miran al futuro con esperanza.

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