_Otros

La de ahora, la de siempre

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 26-06-2018

etiquetas:

Le ha costado mucho dar con la
tecla al Maestro Óscar Washington Tabárez en los tres partidos de la fase de
grupos del Mundial y, sin embargo, Uruguay luce orgullosa su pleno de puntos y,
sobre todo, el cero en el casillero de los goles recibidos. Un nueve de nueve
conseguido exclusivamente con jugadas de balón parado en todos y cada uno de
los cinco goles convertidos y que nace de la solidez extrema de su pareja de
centrales, donde José María Giménez es un baluarte y Diego Godín es
directamente el escudo, defensores del área como si dentro de su perímetro
estuviese en peligro su propia familia. Porque lo está. Porque esta es también
su familia. Pura definición celeste.

Los charrúas no han encontrado
todavía su once tipo, pero eso poco importa. Mientras tanto, ellos siguen
evolucionando sin apenas evolucionar, a pesar de haber dado paso a una nueva
generación y regeneración en su zona ancha, con jugadores de mucho más poso con
pelota que los guerreros de pierna dura y cuchillo entre los dientes que hasta
hace bien poco poblaban su centro del campo. Uruguay se estrenó ante Egipto con
un 4-4-2 muy plano, en el que Nahitan Nández y Giorgian De Arrascaeta pisaban
demasiado zonas interiores y los laterales apenas subían la banda. Introdujo a
Carlos Sánchez y al Cebolla Rodríguez, a los que ya había dado media hora
contra los africanos para al menos colmar el área de centros, como alas de cara
al duelo ante Arabia Saudí y acabó igualmente sin transmitir grandes
sensaciones, sin desborde por fuera ni pase por dentro, y defendiendo el 1-0
llovido del cielo ante la selección más débil de toda la Copa del Mundo.

Y volvió a cambiar, esta vez
también de sistema, y aunque el encuentro ante los anfitriones se le puso
rápidamente de cara, Uruguay sí consiguió por fin dibujar un camino más
interesante y alzar la expectativa del juego, porque la de la competitividad
siempre se mantiene allí arriba intacta, muy por encima de la estética, de los
individuos y su puntual rendimiento, o de un mejor o peor fútbol. Una nueva
vuelta de tuerca que siguió el mismo patrón que la anterior, dando la
titularidad a los dos hombres que ya habían disputado treinta minutos en el
choque anterior: un Diego Laxalt muchísimo más ducho, ágil y dúctil que Cáceres
para ser incisivo por la banda izquierda hasta la misma línea de fondo y un
Lucas Torreira al que será muy difícil desde ahora volver a sacar de la
alineación titular. El cinco de la Sampdoria se puso el traje de organizador de
los charrúas, permitió cambiar el dibujo a un 4-3-1-2 y ganar un nuevo y
necesario escalón por delante de la medular al que filtrar su maravillosa
aptitud para el pase vertical, con la figura de Rodrigo Bentancur por delante.
Un rol fundamental, más que el nombre propio del futbolista de la Juventus,
para que Luis Suárez y Edinson Cavani se acerquen juntos al área y no tengan
que seguir ocupándose ellos solos de las zonas centrales de los últimos
cuarenta metros del ataque uruguayo, una tarea demasiado vasta y para la que no
parecen ya capacitados a lo largo de noventa minutos.

Tabárez ha dado paso a un nuevo
capítulo en Uruguay dentro de una época que lleva siendo la misma desde hace
más de una década y al menos un guiño a sus nuevos chicos, entreverados por una
calidad técnica superior, tenía que hacer para saber que también esta versión
matizada, llevada a la máxima exigencia, puede responder con toda la
contundencia del gen ganador del país y de sus futbolistas. Ahora, ante
Portugal en busca de un puesto entre las ocho mejores selecciones del mundo, el
Maestro deberá volver a elegir entre la rectitud de sus líneas y la máxima
efusividad de su repliegue o la inclusión del faro Torreira y su necesario
receptor en tres cuartos de cancha con el que alimentar a sus dos cazadores
arriba. Sea como sea, esta alternativa solo puede reforzar las posibilidades de
una selección que no necesita mucho más que vestirse la piel celeste de la
camiseta para competir en un Mundial ante cualquiera, llámese como se llame.
Nunca favorita, pero siempre temible. Nunca espectacular, pero siempre fiable.
El objetivo es uno y es el mismo que cuando jugaban en blanco y negro los
héroes del Maracaná hace setenta años. Agarrarse a los partidos como el
depredador al cuello de su presa. Una tarea que, como dice la letra del himno
nacional, heroicos sabrán cumplir. Igual ahora que siempre.

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

Le ha costado mucho dar con la
tecla al Maestro Óscar Washington Tabárez en los tres partidos de la fase de
grupos del Mundial y, sin embargo, Uruguay luce orgullosa su pleno de puntos y,
sobre todo, el cero en el casillero de los goles recibidos. Un nueve de nueve
conseguido exclusivamente con jugadas de balón parado en todos y cada uno de
los cinco goles convertidos y que nace de la solidez extrema de su pareja de
centrales, donde José María Giménez es un baluarte y Diego Godín es
directamente el escudo, defensores del área como si dentro de su perímetro
estuviese en peligro su propia familia. Porque lo está. Porque esta es también
su familia. Pura definición celeste.

Los charrúas no han encontrado
todavía su once tipo, pero eso poco importa. Mientras tanto, ellos siguen
evolucionando sin apenas evolucionar, a pesar de haber dado paso a una nueva
generación y regeneración en su zona ancha, con jugadores de mucho más poso con
pelota que los guerreros de pierna dura y cuchillo entre los dientes que hasta
hace bien poco poblaban su centro del campo. Uruguay se estrenó ante Egipto con
un 4-4-2 muy plano, en el que Nahitan Nández y Giorgian De Arrascaeta pisaban
demasiado zonas interiores y los laterales apenas subían la banda. Introdujo a
Carlos Sánchez y al Cebolla Rodríguez, a los que ya había dado media hora
contra los africanos para al menos colmar el área de centros, como alas de cara
al duelo ante Arabia Saudí y acabó igualmente sin transmitir grandes
sensaciones, sin desborde por fuera ni pase por dentro, y defendiendo el 1-0
llovido del cielo ante la selección más débil de toda la Copa del Mundo.

Y volvió a cambiar, esta vez
también de sistema, y aunque el encuentro ante los anfitriones se le puso
rápidamente de cara, Uruguay sí consiguió por fin dibujar un camino más
interesante y alzar la expectativa del juego, porque la de la competitividad
siempre se mantiene allí arriba intacta, muy por encima de la estética, de los
individuos y su puntual rendimiento, o de un mejor o peor fútbol. Una nueva
vuelta de tuerca que siguió el mismo patrón que la anterior, dando la
titularidad a los dos hombres que ya habían disputado treinta minutos en el
choque anterior: un Diego Laxalt muchísimo más ducho, ágil y dúctil que Cáceres
para ser incisivo por la banda izquierda hasta la misma línea de fondo y un
Lucas Torreira al que será muy difícil desde ahora volver a sacar de la
alineación titular. El cinco de la Sampdoria se puso el traje de organizador de
los charrúas, permitió cambiar el dibujo a un 4-3-1-2 y ganar un nuevo y
necesario escalón por delante de la medular al que filtrar su maravillosa
aptitud para el pase vertical, con la figura de Rodrigo Bentancur por delante.
Un rol fundamental, más que el nombre propio del futbolista de la Juventus,
para que Luis Suárez y Edinson Cavani se acerquen juntos al área y no tengan
que seguir ocupándose ellos solos de las zonas centrales de los últimos
cuarenta metros del ataque uruguayo, una tarea demasiado vasta y para la que no
parecen ya capacitados a lo largo de noventa minutos.

Tabárez ha dado paso a un nuevo
capítulo en Uruguay dentro de una época que lleva siendo la misma desde hace
más de una década y al menos un guiño a sus nuevos chicos, entreverados por una
calidad técnica superior, tenía que hacer para saber que también esta versión
matizada, llevada a la máxima exigencia, puede responder con toda la
contundencia del gen ganador del país y de sus futbolistas. Ahora, ante
Portugal en busca de un puesto entre las ocho mejores selecciones del mundo, el
Maestro deberá volver a elegir entre la rectitud de sus líneas y la máxima
efusividad de su repliegue o la inclusión del faro Torreira y su necesario
receptor en tres cuartos de cancha con el que alimentar a sus dos cazadores
arriba. Sea como sea, esta alternativa solo puede reforzar las posibilidades de
una selección que no necesita mucho más que vestirse la piel celeste de la
camiseta para competir en un Mundial ante cualquiera, llámese como se llame.
Nunca favorita, pero siempre temible. Nunca espectacular, pero siempre fiable.
El objetivo es uno y es el mismo que cuando jugaban en blanco y negro los
héroes del Maracaná hace setenta años. Agarrarse a los partidos como el
depredador al cuello de su presa. Una tarea que, como dice la letra del himno
nacional, heroicos sabrán cumplir. Igual ahora que siempre.

etiquetas:

_Otros

Proyectos que suman

Sara Giménez @_SaraGimenez
22-12-2021

_Otros

La mentira de Serdar Çoban

Diego G. Argota @DiegoGArgota21
17-12-2021