_Betis

La condena del gol

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 09-05-2019

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Tengan cuidado. Los resultadistas que decían no ser resultadistas cuando los resultados les permitían no ser resultadistas llevan semanas saliendo en masa y con prisa de sus realmente resultadistas madrigueras ahora que los resultados ya no les permiten vestirse de no resultadistas.

Todo aquel que sepa contar sabe enumerar puntos, victorias, empates y derrotas y puede comprobar que el balance del Betis durante la presente temporada está lejos de ser el satisfactorio, pero lo primero que seguramente debería enumerarse son las casi innumerables situaciones claras de gol generadas por la ahora tan defenestrada idea de juego que las individualidades llevan toda la campaña sin ser capaces de aprovechar. Ese sí sería un dato bastante más interesante.

Que el Betis de Quique Setién se ha terminado por caer cuando todos los estaban zarandeando desde fuera desde hace meses es una obviedad casi tan grande como leer números de un papel. El conjunto verdiblanco ha recibido seis goles menos que el curso pasado a estas mismas alturas, pero le faltan una veintena de ellos a favor a dos jornadas del final del campeonato. Y el último partido ante el Eibar, donde el cuadro bético envió al menos tres goles nítidos al limbo, fue el clímax definitorio de una falta de definición que ha terminado por llevarse todo por delante en términos de una competitividad a la altura de las expectativas y de las ilusiones generadas. Generadas, precisamente, por el pulso del mismo timonel al que ahora se desea defenestrar, aunque a más de uno se le haya olvidado.

Evidentemente, son varios los problemas que ha tenido el Betis a lo largo de este año. Problemas que se han ido convirtiendo en un lastre cada vez más grande a medida que la pelotita seguía sin entrar. Una plantilla ciertamente descompensada en varios puestos y roles, la falta de solidez en la transición defensiva –especialmente dañina en las dos derrotas más dolorosas del curso ante Rennes y Valencia –, la defectuosa defensa del balón parado, la escasa profundidad si no es perdiendo equilibrio colectivo por el camino, el bajón de rendimiento en momentos críticos de piezas estructurales como Pau López, Marc Bartra o incluso Giovanni Lo Celso durante el mes de marzo en el que tanto costó al Betis encajar los golpes de las dos eliminaciones correlativas… Sin embargo, la falta de acierto de cara a gol se ha impuesto por goleada a todos ellos, los ha enfatizado hasta el extremo y los ha vuelto ciertamente insalvables cada partido.

Sin embargo, a pesar del apagón general, el Betis ha aumentado incluso su número de disparos totales por partido respecto al curso pasado y sigue estando entre los siete primeros equipos de la Liga que más chutan a portería por encuentro (4,3). Es, además, equipo “Champions” en cuanto al porcentaje de disparos totales que ven puerta (37%) y, sin embargo, es el tercer peor equipo en conversión de gol respecto a sus remates entre los tres palos (26,1%), tan solo por detrás del Valladolid (24,4%) y del Girona (25,7%).

Es cierto que es muy exigente ser el nueve tan específico que necesita este Betis de Setién. Un nueve que haga pivotar al equipo jugando muchas veces de espaldas, que la guarde como oro en paño y se relacione de fábula entre líneas, que se mueva a las mil maravillas sin el balón, que tire apoyos y descargue jugando lejos del área y que a su vez tenga presencia entre centrales y remate en la zona de gol, sabiendo en todo ese complejo proceso que va a ser el que menos veces la toque del equipo. Pero la efectividad de los delanteros del Betis no es que haya estado lejos de las mejores referencias goleadoras del campeonato, es que directamente se ha quedado a años luz de distancia. 

El 19% de efectividad por tiro a puerta realizado de Loren en Liga, el aún más pírrico 11% de Jesé o el 0% de Sergio León en sus dos chuts entre palos de los trece totales que ha registrado en la Liga son números que tienen poco o, mejor dicho, absolutamente nada que ver con las cifras oscilantes entre el 40% y el 60% en este mismo apartado de los Stuani, Mata, Borja Iglesias, Ben Yedder, William José, Charles, Roger Martí, De Tomás y un largo etcétera. Si el Betis acaba prescindiendo de Setién a final de curso, deberían darle al que venga los mismos delanteros que tiene ahora mismo la plantilla por curiosidad comparativa.

Estos datos no son, evidentemente, una cuestión de mala suerte, son una pura cuestión de falta de acierto flagrante, que tiene poco que ver con la mala suerte. Contemos, ya que tanto gusta: la de Sanabria en Mendizorroza que saca bajo palos Aguirregabiria, el cabezazo del propio paraguayo ante el Athletic, el testarazo también mal conectado por parte de Inui ante el Valladolid, las dos cristalinas de Canales en el duelo en el Villamarín ante el Celta, el increíble empate de nuevo ante el Alavés como local con los fallos de Jesé y Loren, el duelo frente al Valencia finalizado con 23 disparos a favor sin premio… son algunos de los ejemplos más llamativos hasta llegar al penalti fallado por Lo Celso en Ipurúa y el mano a mano de gol o gol marrado por Guardado ante Dmitrovic por el simple hecho de no tener la pericia de ajustar mínimamente su remate con clarividencia hacia el palo izquierdo.

Todos ellos, por cierto, en partidos que el Betis no ganó y en los que, estadísticamente, sí generó más fútbol y más volumen de ocasiones de gol que el rival para acabar llevándose los tres puntos. Que cada uno cuente a su manera todos los tantos dejados por el camino, generados pero desperdiciados. Es entendible la decepción de muchos béticos, pero es consecuencia de un horizonte competitivo antes inexistente, de un estatus redimensionado con respecto a los últimos años. Y, por descontado, no toda la culpa de la decepcionante segunda mitad de campaña reside en el entrenador. Ni muchísimo menos. Ni tampoco en los procesos y los caminos de un estilo que siempre está bajo una lupa mayor a ojos de la opinión pública y muy a menudo desde ámbitos y personas a los que normalmente el juego como tal es lo que menos les importa del fútbol y también lo que más simplifican. Curiosamente, una vez más.

Nada convierte detractores obtusos en aplaudidores fáciles como las victorias, pero nada te acerca tanto a ellas como la persistencia en una idea buena en los momentos malos. Incluso en los peores. Sí, pese a todo este panorama, sigue habiendo razones deportivas y futbolísticas para ser optimistas con Setién al frente del Betis de cara al futuro inmediato. No hay un técnico mejor al alcance verdiblanco para mantener esa filosofía de jugar con grandeza sin importar dónde, para conocer qué ha fallado y aportar soluciones, para seguir sacando plusvalías por jugadores, lanzar canteranos al fútbol profesional o atrayendo a tipos mejores que los que ya había tan solo por su propuesta y método. 

Y es precisamente a través de esas convicciones, o más bien a través de la revitalización de esas convicciones ideológicas y, al mismo tiempo, tan sumamente identitarias –y he aquí lo más importante– también para los mejores jugadores de la actual plantilla, cómo el Betis puede volver de una forma más rápida y firme a la senda correcta, con ajustes profundos y no con superficiales revoluciones (anti)estéticas. Esa senda que con una cuota de gol ya no por encima sino a la misma altura que la de sus rivales directos nunca habría abandonado del todo.

Sí, sigue habiendo razones deportivas y futbolísticas para ser optimistas con Setién al frente del Betis de cara al futuro inmediato, aunque el beticismo de meme, el beticismo ‘bordalasista’ –ojo, porque es real–, el beticismo que aún no se ha enterado, quizá porque ningún medio de los que consume se lo ha explicado porque interesan más otros menesteres que poco tienen que ver con el juego, de cuestiones como por qué Bartra perdió su puesto en el centro de la línea de tres o por qué se recuperó el 4-3-3 en las últimas fechas (entre otras mil), el beticismo que abucheó a Francis, el beticismo de una exigencia rayana en la enajenación, aunque ese beticismo haya ganado la batalla de la opinión pública desde la grada y abogue por volver a quemar la tierra ahora que por fin ha demostrado dar frutos. 

Sí, sigue habiendo razones deportivas y futbolísticas para para ser optimistas con Setién al frente del Betis de cara al futuro inmediato, porque la alternativa a los problemas deportivos derivados en buena parte de una falta de gol acuciante es arrasar con un proyecto ambicioso desde el aspecto principal, el futbolístico, un proyecto que supone un claro atractivo para futbolistas de una calidad con la que el Betis ni soñaba hace tres o cuatro años y que aporta un sello, el de querer dominar a través de la pelota sea en el Bernabéu o en el Camp Nou, que es lo más cercano que ha tenido el club al cántico que se oye impaciente cada quince días en La Palmera y que dice “yo quiero un Betis campeón”

Y lo quiero para mañana mismo, quizá les falte añadir, sin reparar, por cierto, en que este Betis ha sido el que más cerca ha estado de lograr ser campeón desde el año 2005. Algo ha llovido desde entonces. Tengan cuidado. Los resultadistas que decían no ser resultadistas cuando los resultados les permitían no ser resultadistas llevan semanas saliendo en masa y con prisa de sus realmente resultadistas madrigueras ahora que los resultados ya no les permiten vestirse de no resultadistas. Y, además, al parecer, solo utilizarán los datos y los resultados que a cada momento mejor les convengan. Después no digan que no estaban avisados desde el principio.

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Tengan cuidado. Los resultadistas que decían no ser resultadistas cuando los resultados les permitían no ser resultadistas llevan semanas saliendo en masa y con prisa de sus realmente resultadistas madrigueras ahora que los resultados ya no les permiten vestirse de no resultadistas.

Todo aquel que sepa contar sabe enumerar puntos, victorias, empates y derrotas y puede comprobar que el balance del Betis durante la presente temporada está lejos de ser el satisfactorio, pero lo primero que seguramente debería enumerarse son las casi innumerables situaciones claras de gol generadas por la ahora tan defenestrada idea de juego que las individualidades llevan toda la campaña sin ser capaces de aprovechar. Ese sí sería un dato bastante más interesante.

Que el Betis de Quique Setién se ha terminado por caer cuando todos los estaban zarandeando desde fuera desde hace meses es una obviedad casi tan grande como leer números de un papel. El conjunto verdiblanco ha recibido seis goles menos que el curso pasado a estas mismas alturas, pero le faltan una veintena de ellos a favor a dos jornadas del final del campeonato. Y el último partido ante el Eibar, donde el cuadro bético envió al menos tres goles nítidos al limbo, fue el clímax definitorio de una falta de definición que ha terminado por llevarse todo por delante en términos de una competitividad a la altura de las expectativas y de las ilusiones generadas. Generadas, precisamente, por el pulso del mismo timonel al que ahora se desea defenestrar, aunque a más de uno se le haya olvidado.

Evidentemente, son varios los problemas que ha tenido el Betis a lo largo de este año. Problemas que se han ido convirtiendo en un lastre cada vez más grande a medida que la pelotita seguía sin entrar. Una plantilla ciertamente descompensada en varios puestos y roles, la falta de solidez en la transición defensiva –especialmente dañina en las dos derrotas más dolorosas del curso ante Rennes y Valencia –, la defectuosa defensa del balón parado, la escasa profundidad si no es perdiendo equilibrio colectivo por el camino, el bajón de rendimiento en momentos críticos de piezas estructurales como Pau López, Marc Bartra o incluso Giovanni Lo Celso durante el mes de marzo en el que tanto costó al Betis encajar los golpes de las dos eliminaciones correlativas… Sin embargo, la falta de acierto de cara a gol se ha impuesto por goleada a todos ellos, los ha enfatizado hasta el extremo y los ha vuelto ciertamente insalvables cada partido.

Sin embargo, a pesar del apagón general, el Betis ha aumentado incluso su número de disparos totales por partido respecto al curso pasado y sigue estando entre los siete primeros equipos de la Liga que más chutan a portería por encuentro (4,3). Es, además, equipo “Champions” en cuanto al porcentaje de disparos totales que ven puerta (37%) y, sin embargo, es el tercer peor equipo en conversión de gol respecto a sus remates entre los tres palos (26,1%), tan solo por detrás del Valladolid (24,4%) y del Girona (25,7%).

Es cierto que es muy exigente ser el nueve tan específico que necesita este Betis de Setién. Un nueve que haga pivotar al equipo jugando muchas veces de espaldas, que la guarde como oro en paño y se relacione de fábula entre líneas, que se mueva a las mil maravillas sin el balón, que tire apoyos y descargue jugando lejos del área y que a su vez tenga presencia entre centrales y remate en la zona de gol, sabiendo en todo ese complejo proceso que va a ser el que menos veces la toque del equipo. Pero la efectividad de los delanteros del Betis no es que haya estado lejos de las mejores referencias goleadoras del campeonato, es que directamente se ha quedado a años luz de distancia. 

El 19% de efectividad por tiro a puerta realizado de Loren en Liga, el aún más pírrico 11% de Jesé o el 0% de Sergio León en sus dos chuts entre palos de los trece totales que ha registrado en la Liga son números que tienen poco o, mejor dicho, absolutamente nada que ver con las cifras oscilantes entre el 40% y el 60% en este mismo apartado de los Stuani, Mata, Borja Iglesias, Ben Yedder, William José, Charles, Roger Martí, De Tomás y un largo etcétera. Si el Betis acaba prescindiendo de Setién a final de curso, deberían darle al que venga los mismos delanteros que tiene ahora mismo la plantilla por curiosidad comparativa.

Estos datos no son, evidentemente, una cuestión de mala suerte, son una pura cuestión de falta de acierto flagrante, que tiene poco que ver con la mala suerte. Contemos, ya que tanto gusta: la de Sanabria en Mendizorroza que saca bajo palos Aguirregabiria, el cabezazo del propio paraguayo ante el Athletic, el testarazo también mal conectado por parte de Inui ante el Valladolid, las dos cristalinas de Canales en el duelo en el Villamarín ante el Celta, el increíble empate de nuevo ante el Alavés como local con los fallos de Jesé y Loren, el duelo frente al Valencia finalizado con 23 disparos a favor sin premio… son algunos de los ejemplos más llamativos hasta llegar al penalti fallado por Lo Celso en Ipurúa y el mano a mano de gol o gol marrado por Guardado ante Dmitrovic por el simple hecho de no tener la pericia de ajustar mínimamente su remate con clarividencia hacia el palo izquierdo.

Todos ellos, por cierto, en partidos que el Betis no ganó y en los que, estadísticamente, sí generó más fútbol y más volumen de ocasiones de gol que el rival para acabar llevándose los tres puntos. Que cada uno cuente a su manera todos los tantos dejados por el camino, generados pero desperdiciados. Es entendible la decepción de muchos béticos, pero es consecuencia de un horizonte competitivo antes inexistente, de un estatus redimensionado con respecto a los últimos años. Y, por descontado, no toda la culpa de la decepcionante segunda mitad de campaña reside en el entrenador. Ni muchísimo menos. Ni tampoco en los procesos y los caminos de un estilo que siempre está bajo una lupa mayor a ojos de la opinión pública y muy a menudo desde ámbitos y personas a los que normalmente el juego como tal es lo que menos les importa del fútbol y también lo que más simplifican. Curiosamente, una vez más.

Nada convierte detractores obtusos en aplaudidores fáciles como las victorias, pero nada te acerca tanto a ellas como la persistencia en una idea buena en los momentos malos. Incluso en los peores. Sí, pese a todo este panorama, sigue habiendo razones deportivas y futbolísticas para ser optimistas con Setién al frente del Betis de cara al futuro inmediato. No hay un técnico mejor al alcance verdiblanco para mantener esa filosofía de jugar con grandeza sin importar dónde, para conocer qué ha fallado y aportar soluciones, para seguir sacando plusvalías por jugadores, lanzar canteranos al fútbol profesional o atrayendo a tipos mejores que los que ya había tan solo por su propuesta y método. 

Y es precisamente a través de esas convicciones, o más bien a través de la revitalización de esas convicciones ideológicas y, al mismo tiempo, tan sumamente identitarias –y he aquí lo más importante– también para los mejores jugadores de la actual plantilla, cómo el Betis puede volver de una forma más rápida y firme a la senda correcta, con ajustes profundos y no con superficiales revoluciones (anti)estéticas. Esa senda que con una cuota de gol ya no por encima sino a la misma altura que la de sus rivales directos nunca habría abandonado del todo.

Sí, sigue habiendo razones deportivas y futbolísticas para ser optimistas con Setién al frente del Betis de cara al futuro inmediato, aunque el beticismo de meme, el beticismo ‘bordalasista’ –ojo, porque es real–, el beticismo que aún no se ha enterado, quizá porque ningún medio de los que consume se lo ha explicado porque interesan más otros menesteres que poco tienen que ver con el juego, de cuestiones como por qué Bartra perdió su puesto en el centro de la línea de tres o por qué se recuperó el 4-3-3 en las últimas fechas (entre otras mil), el beticismo que abucheó a Francis, el beticismo de una exigencia rayana en la enajenación, aunque ese beticismo haya ganado la batalla de la opinión pública desde la grada y abogue por volver a quemar la tierra ahora que por fin ha demostrado dar frutos. 

Sí, sigue habiendo razones deportivas y futbolísticas para para ser optimistas con Setién al frente del Betis de cara al futuro inmediato, porque la alternativa a los problemas deportivos derivados en buena parte de una falta de gol acuciante es arrasar con un proyecto ambicioso desde el aspecto principal, el futbolístico, un proyecto que supone un claro atractivo para futbolistas de una calidad con la que el Betis ni soñaba hace tres o cuatro años y que aporta un sello, el de querer dominar a través de la pelota sea en el Bernabéu o en el Camp Nou, que es lo más cercano que ha tenido el club al cántico que se oye impaciente cada quince días en La Palmera y que dice “yo quiero un Betis campeón”

Y lo quiero para mañana mismo, quizá les falte añadir, sin reparar, por cierto, en que este Betis ha sido el que más cerca ha estado de lograr ser campeón desde el año 2005. Algo ha llovido desde entonces. Tengan cuidado. Los resultadistas que decían no ser resultadistas cuando los resultados les permitían no ser resultadistas llevan semanas saliendo en masa y con prisa de sus realmente resultadistas madrigueras ahora que los resultados ya no les permiten vestirse de no resultadistas. Y, además, al parecer, solo utilizarán los datos y los resultados que a cada momento mejor les convengan. Después no digan que no estaban avisados desde el principio.

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