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La comida de la abuela

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 15-01-2021

Están de moda los cambios de entrenador con efecto inmediato en el rendimiento de sus equipos entre los clubes de La Liga. Tan solo hace falta mirar hacia Vigo para recordar el fulgurante inicio del ‘Chacho’ Coudet en el banquillo del Celta. Y ahora también a Bilbao, donde Marcelino García Toral, con unos métodos muy distintos al del preparador argentino pero igualmente cristalinos, ya ha dejado en las semifinales de la Supercopa de España la primera gran impronta de lo que será su Athletic Club, derrotando con aplomo al Real Madrid.

El asturiano es un entrenador que tiene tan claro cuál es su método, sus porqués, sus ideas y cómo implantarlas que es capaz de reducir a un tiempo récord el siempre necesario periodo de adaptación recíproco para que su fútbol y sus jugadores consigan encontrarse de manera simbiótica como si se conociesen de toda la vida. Un poco como le sucede a Antonio Conte —precisamente en un club al que Marcelino estuvo cerca de llegar hace no tantas temporadas—, que es un técnico de una tendencia similar en cuanto a su intervencionismo preconcebido. El entrenador puede matizar su propuesta en base a la plantilla, pero es la plantilla la que debe amoldarse por completo a la propuesta del entrenador. Una fórmula que, en su caso, funciona.

Los equipos de Marcelino se erigen en base a este axioma: tener más claro que nadie lo que quiere y trabajar cada día para ello, esculpiendo su juego y sus variantes con el cincel de sus certezas. Por eso, aunque no es para nada habitual que un equipo se parezca a su técnico en tan poco tiempo, tampoco extraña a nadie que haya seguido la trayectoria de Marcelino, quien además, aunque su origen se aleje del sentimiento de pertenencia que normalmente alberga el banquillo del Athletic y de una sensibilidad en vena hacia su filosofía y su cantera, encaja totalmente con el carácter histórico del club, con su memoria futbolística, con la garra, con la intensidad defensiva, con el juego directo, vertical, veloz, con el dominio del juego aéreo…

Pocos entrenadores defienden mejor el espacio entre sus dos primeras líneas sin verse obligados a meter al equipo en el área que Marcelino. Con su 4-4-2 de marca registrada y un bloque medio ajustadísimo, el Athletic controló y se impuso con empaque ante un Madrid carente de imaginación ofensiva. Le bastaron su bloque estrecho para no conceder nada en el carril central, la cercanía de sus piezas para evitar que los blancos contactasen con el balón entre líneas, una defensa por alto del área impecable y liderada por un Iñigo Martínez que puede dar el salto adelante definitivo en su carrera de la mano de Marcelino, y un elemento añadido que no forma parte de la idiosincrasia habitual del asturiano: la presión adelantada.

Sabedor de necesitar un acicate para hacer creer firmemente al grupo que la adhesión a su estilo es indispensable para competir al máximo de sus posibilidades, de requerir una victoria importante y de personalidad a modo de piedra fundacional para empezar a escribir un relato conjunto, Marcelino planteó un pressing alto y fue a buscar a su propia frontal del área a los de Zinedine Zidane. El Ahtletic se mantuvo muy cerca del poseedor del balón en la salida, aunque sin meter el pie, replegando de forma gradual y grupal en caso de que el Madrid progresase, priorizando tapar el campo de visión y la potencial línea de pase y acosando estrechamente al receptor del envío, generalmente situado de espaldas, obligando de esta forma al Real Madrid a ser en todo momento extremadamente preciso para no cometer un error fatal —que acabó llegando por parte de Lucas Vázquez— tras el que lanzarse al cuello de Thibaut Courtois.

Está por ver qué tipo de planteamiento propondrá Marcelino en los partidos en casa ante rivales teóricamente más débiles y qué efecto tendrá entonces su propuesta y también si esta interesante presión adelantada tiene continuidad, ya que puede ser un elemento indispensable para la generación de ocasiones de peligro y sustituir así, en cierto modo, la figura de Rodrigo Moreno cayendo entre líneas con la que tanto dinamizaba y enriquecía su fase ofensiva en el Valencia. Más si cabe, si Iker Muniain, como parece, va a partir acostado en la banda izquierda, aunque después pueda moverse desde ahí por todo el frente del ataque, en un sistema que apenas cuente con especialistas para crear y asociarse en zonas interiores.

De momento, las salidas de campo propio del Athletic se realizan a muy pocos toques y siempre verticales. Un clásico en Marcelino, aunque en esta ocasión, por lo recientemente comentado, parece que se focalizará más en las cadenas exteriores, saltándose el centro del campo —no todos pueden contar con un Dani Parejo—, donde el Athletic tiene un déficit creativo bastante considerable. La intención primordial es poder lanzar arriba y por sorpresa a los laterales o hacer que Iñaki Williams ataque la profundidad o caiga mucho a los costados para evitar que el rival pueda salir sin mayor preocupación en busca del lateral llegador o, en el caso de ataques en mayor inferioridad o aún más directos, generar la amplitud en el último tercio con una recepción en esas zonas exteriores y, a continuación, devolver el balón dentro, ya en las inmediaciones del área o directamente en ella, en busca de finalizar con Raúl García o por medio de los desmarques largos desde el lado opuesto al punto de penalti de Muniain.

El fútbol de Marcelino es como la comida de la abuela. Todos conocen y reconocen perfectamente su sabor, los comensales saben lo que les espera en lo alto de la mesa y encima del plato antes de sentarse a comer, pero no por ello deja de generarse una expectación, no por ello deja de ser un acontecimiento, una receta que pase lo que pase funciona por completo, que deja a todos satisfechos, aunque haya que trabajar el estómago para ir un puntito más allá de la saciedad y no quedar mal con la matriarca. Puede que no sea un sabor digno de tener tres estrellas Michelin, pero siempre abriga, siempre reconforta, siempre te hace sentir unido a los tuyos, juntos, codo con codo, y no importa que se repita una y otra vez porque las sensaciones son siempre igual de buenas. Pues eso. Que aproveche, Bilbao.

Imagen de cabecera: JORGE GUERRERO/AFP via Getty Images

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Están de moda los cambios de entrenador con efecto inmediato en el rendimiento de sus equipos entre los clubes de La Liga. Tan solo hace falta mirar hacia Vigo para recordar el fulgurante inicio del ‘Chacho’ Coudet en el banquillo del Celta. Y ahora también a Bilbao, donde Marcelino García Toral, con unos métodos muy distintos al del preparador argentino pero igualmente cristalinos, ya ha dejado en las semifinales de la Supercopa de España la primera gran impronta de lo que será su Athletic Club, derrotando con aplomo al Real Madrid.

El asturiano es un entrenador que tiene tan claro cuál es su método, sus porqués, sus ideas y cómo implantarlas que es capaz de reducir a un tiempo récord el siempre necesario periodo de adaptación recíproco para que su fútbol y sus jugadores consigan encontrarse de manera simbiótica como si se conociesen de toda la vida. Un poco como le sucede a Antonio Conte —precisamente en un club al que Marcelino estuvo cerca de llegar hace no tantas temporadas—, que es un técnico de una tendencia similar en cuanto a su intervencionismo preconcebido. El entrenador puede matizar su propuesta en base a la plantilla, pero es la plantilla la que debe amoldarse por completo a la propuesta del entrenador. Una fórmula que, en su caso, funciona.

Los equipos de Marcelino se erigen en base a este axioma: tener más claro que nadie lo que quiere y trabajar cada día para ello, esculpiendo su juego y sus variantes con el cincel de sus certezas. Por eso, aunque no es para nada habitual que un equipo se parezca a su técnico en tan poco tiempo, tampoco extraña a nadie que haya seguido la trayectoria de Marcelino, quien además, aunque su origen se aleje del sentimiento de pertenencia que normalmente alberga el banquillo del Athletic y de una sensibilidad en vena hacia su filosofía y su cantera, encaja totalmente con el carácter histórico del club, con su memoria futbolística, con la garra, con la intensidad defensiva, con el juego directo, vertical, veloz, con el dominio del juego aéreo…

Pocos entrenadores defienden mejor el espacio entre sus dos primeras líneas sin verse obligados a meter al equipo en el área que Marcelino. Con su 4-4-2 de marca registrada y un bloque medio ajustadísimo, el Athletic controló y se impuso con empaque ante un Madrid carente de imaginación ofensiva. Le bastaron su bloque estrecho para no conceder nada en el carril central, la cercanía de sus piezas para evitar que los blancos contactasen con el balón entre líneas, una defensa por alto del área impecable y liderada por un Iñigo Martínez que puede dar el salto adelante definitivo en su carrera de la mano de Marcelino, y un elemento añadido que no forma parte de la idiosincrasia habitual del asturiano: la presión adelantada.

Sabedor de necesitar un acicate para hacer creer firmemente al grupo que la adhesión a su estilo es indispensable para competir al máximo de sus posibilidades, de requerir una victoria importante y de personalidad a modo de piedra fundacional para empezar a escribir un relato conjunto, Marcelino planteó un pressing alto y fue a buscar a su propia frontal del área a los de Zinedine Zidane. El Ahtletic se mantuvo muy cerca del poseedor del balón en la salida, aunque sin meter el pie, replegando de forma gradual y grupal en caso de que el Madrid progresase, priorizando tapar el campo de visión y la potencial línea de pase y acosando estrechamente al receptor del envío, generalmente situado de espaldas, obligando de esta forma al Real Madrid a ser en todo momento extremadamente preciso para no cometer un error fatal —que acabó llegando por parte de Lucas Vázquez— tras el que lanzarse al cuello de Thibaut Courtois.

Está por ver qué tipo de planteamiento propondrá Marcelino en los partidos en casa ante rivales teóricamente más débiles y qué efecto tendrá entonces su propuesta y también si esta interesante presión adelantada tiene continuidad, ya que puede ser un elemento indispensable para la generación de ocasiones de peligro y sustituir así, en cierto modo, la figura de Rodrigo Moreno cayendo entre líneas con la que tanto dinamizaba y enriquecía su fase ofensiva en el Valencia. Más si cabe, si Iker Muniain, como parece, va a partir acostado en la banda izquierda, aunque después pueda moverse desde ahí por todo el frente del ataque, en un sistema que apenas cuente con especialistas para crear y asociarse en zonas interiores.

De momento, las salidas de campo propio del Athletic se realizan a muy pocos toques y siempre verticales. Un clásico en Marcelino, aunque en esta ocasión, por lo recientemente comentado, parece que se focalizará más en las cadenas exteriores, saltándose el centro del campo —no todos pueden contar con un Dani Parejo—, donde el Athletic tiene un déficit creativo bastante considerable. La intención primordial es poder lanzar arriba y por sorpresa a los laterales o hacer que Iñaki Williams ataque la profundidad o caiga mucho a los costados para evitar que el rival pueda salir sin mayor preocupación en busca del lateral llegador o, en el caso de ataques en mayor inferioridad o aún más directos, generar la amplitud en el último tercio con una recepción en esas zonas exteriores y, a continuación, devolver el balón dentro, ya en las inmediaciones del área o directamente en ella, en busca de finalizar con Raúl García o por medio de los desmarques largos desde el lado opuesto al punto de penalti de Muniain.

El fútbol de Marcelino es como la comida de la abuela. Todos conocen y reconocen perfectamente su sabor, los comensales saben lo que les espera en lo alto de la mesa y encima del plato antes de sentarse a comer, pero no por ello deja de generarse una expectación, no por ello deja de ser un acontecimiento, una receta que pase lo que pase funciona por completo, que deja a todos satisfechos, aunque haya que trabajar el estómago para ir un puntito más allá de la saciedad y no quedar mal con la matriarca. Puede que no sea un sabor digno de tener tres estrellas Michelin, pero siempre abriga, siempre reconforta, siempre te hace sentir unido a los tuyos, juntos, codo con codo, y no importa que se repita una y otra vez porque las sensaciones son siempre igual de buenas. Pues eso. Que aproveche, Bilbao.

Imagen de cabecera: JORGE GUERRERO/AFP via Getty Images

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