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Kryptonita

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 12-11-2018

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Parecía improbable detener a este Chelsea, un conjunto que -al contrario que Roma- se construyó prácticamente en un día para discutirle el título liguero a Manchester City y Liverpool. Eden Hazard, desde los cimientos, era el futbolista que llegaba, veía y vencía con un elenco de lugartenientes en el centro del campo que no solo le escoltaban en tareas defensivas: también formaban parte del plan de ataque. Sin embargo, el choque del 11 de noviembre frente al Everton espetó que hay planes de juego lo suficientemente poderosos para hacer temblar a todo un ejército. Incluso en los que Jorginho está al mando de las operaciones. 

El ítalo-brasileño no es Superman pese haber exhibido una serie de características colosales desde que se vistió la zamarra del Chelsea. Desde su etapa en Napoli, fue de la estirpe de jugadores que no se escondían, tratando siempre de ordenar a su equipo desde el juego y sus propias manos, siendo el poder ejecutivo de los blues. Jorginho, desde fuera, infiere que posee el poder de una plantilla que venía de estar acogotada el pasado curso por un autócrata transalpino. Por él, por decreto-ley, debe pasar el cuero para que el fútbol de los londinenses transpire, como las famosas zapatillas. Sin embargo, frente al Everton, aparecieron Richarlison y Sigurdsson.     

El tándem dio la sensación de haber leído la noche anterior un boceto muy bien escrito por Marco Silva, que afirmaba que el 4-4-2 toffee tenía que liberar a los centrales para seguir muy de cerca al ex del Napoli. Los de Liverpool tenían como condición sine qua non juntar mucho las líneas -con los centrales adelantados- para que los interiores del conjunto de Maurizio Sarri, Kanté y Kovacic, no pudieran tener la altura necesaria para recibir y girar. Así, el Everton consiguió matar a dos pájaros de un tiro porque ni Jorginho podía relacionarse con el balón ni Hazard tenía espacio para pisar su zona de influencia, donde sus picotazos son mortales. 

De hecho, Jorginho acabó siendo sustituido cuando faltaba algo menos de media hora con 50 pases completados, su peor cifra desde que llegó a la Premier League. Sarri ya sabe que habrá conjuntos en Inglaterra que le plantearán preguntas difíciles, ahora solo falta saber si las podrá responder, aunque sea con su precario inglés. Quizás, como diría Superman, la respuesta es el plomo. 

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Parecía improbable detener a este Chelsea, un conjunto que -al contrario que Roma- se construyó prácticamente en un día para discutirle el título liguero a Manchester City y Liverpool. Eden Hazard, desde los cimientos, era el futbolista que llegaba, veía y vencía con un elenco de lugartenientes en el centro del campo que no solo le escoltaban en tareas defensivas: también formaban parte del plan de ataque. Sin embargo, el choque del 11 de noviembre frente al Everton espetó que hay planes de juego lo suficientemente poderosos para hacer temblar a todo un ejército. Incluso en los que Jorginho está al mando de las operaciones. 

El ítalo-brasileño no es Superman pese haber exhibido una serie de características colosales desde que se vistió la zamarra del Chelsea. Desde su etapa en Napoli, fue de la estirpe de jugadores que no se escondían, tratando siempre de ordenar a su equipo desde el juego y sus propias manos, siendo el poder ejecutivo de los blues. Jorginho, desde fuera, infiere que posee el poder de una plantilla que venía de estar acogotada el pasado curso por un autócrata transalpino. Por él, por decreto-ley, debe pasar el cuero para que el fútbol de los londinenses transpire, como las famosas zapatillas. Sin embargo, frente al Everton, aparecieron Richarlison y Sigurdsson.     

El tándem dio la sensación de haber leído la noche anterior un boceto muy bien escrito por Marco Silva, que afirmaba que el 4-4-2 toffee tenía que liberar a los centrales para seguir muy de cerca al ex del Napoli. Los de Liverpool tenían como condición sine qua non juntar mucho las líneas -con los centrales adelantados- para que los interiores del conjunto de Maurizio Sarri, Kanté y Kovacic, no pudieran tener la altura necesaria para recibir y girar. Así, el Everton consiguió matar a dos pájaros de un tiro porque ni Jorginho podía relacionarse con el balón ni Hazard tenía espacio para pisar su zona de influencia, donde sus picotazos son mortales. 

De hecho, Jorginho acabó siendo sustituido cuando faltaba algo menos de media hora con 50 pases completados, su peor cifra desde que llegó a la Premier League. Sarri ya sabe que habrá conjuntos en Inglaterra que le plantearán preguntas difíciles, ahora solo falta saber si las podrá responder, aunque sea con su precario inglés. Quizás, como diría Superman, la respuesta es el plomo. 

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