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Kazu Miura, un Óliver Atom de carne y hueso

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 23-10-2018

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Con
solo 15 años, hizo la mochila, metió un par de botas de fútbol, un montón de
sueños relacionados con el balón y abandonó su Japón natal para buscar la que
siempre fue la ilusión de su vida: triunfar en el fútbol. Con el juego
brasileño idealizado y los cracks de finales de los 70 y principios de los 80
en lo alto del imaginario inalcanzable, este joven prodigio nipón acabó montado
en un avión y aterrizando en el país de Pelé, Zico y Garrincha. Podríamos estar
hablando de Óliver Atom, el personaje protagonista de la aclamada serie Capitán
Tsubasa (Campeones) que, remasterizada en varias ocasiones y puesta en varias
redifusiones ha sido el anime con el que los niños han crecido desde los años
ochenta. Pero no, no nos referimos a Atom, sino a Kazu Miura que, en parte,
tiene en aquellos dibujos animados la historia de su vida.

Así lo
confirmó el creador del manga posteriormente llevado al anime, Yoichi Takahasi.
Oyó la historia de que Miura se marchaba del país en busca de convertirse en
futbolista profesional cuando estaba creando el personaje de Óliver y desde el
primer momento tomó ideas para que su protagonista siguiera una historia
paralela. Porque Atom, después de ser influenciado por un Roberto Sedinho que
representaba al delantero centro retirado de la Selección de Brasil, acaba con
el paso de los capítulos, y precisamente a edad juvenil, marchando a jugar al
FC Brancos, que representa al Sao Paulo. La historia no tendría tanto impacto
si no fuera porque hoy, con 51 años, Kazu Miura sigue jugando al fútbol en la
Segunda División del fútbol japonés, donde es considerado una leyenda y donde
se enorgullece de ser aquel que abrió el camino a lo que hoy es el fútbol
nipón. Un pionero que agilizó el paso de los Nakata, Nakamura de otra época
cuyo testigo hoy recogen Kagawa, Honda o Ritsu Doan, quizás su mejor talento
joven.

Miura
se enroló con 16 años en las filas del Juventus, un club de Sao Paulo, donde se
formó como futbolista hasta que en 1986, con 19 años, le llegó un fichaje por
el Santos y el debut profesional. Rápido, King Kazu, como él mismo se autodenominó,
empezó a habituarse a las cotidianidades de Brasil. Se hizo un asiduo a la
samba, a los bailes en la vida nocturna y se ganó una fama de vividor que le ha
acompañado toda la vida.

A Kazu
Miura nadie le regaló nada. Su decisión de marcharse de Japón no fue
consentida. Se peleó con sus padres, discutió con ellos y se marchó sin su
permiso cuando le esperaban en la mesa para desayunar. Vivió en casas de
acogidas de barrios marginales, entre la pobreza. Trabajó limpiando las calles
para poder tener algo que llevarse a la boca y una pequeña gran colonia de
japoneses en Brasil le salvó. Lo suyo le costó y tras debutar en Santos, pasó
por otros como Regatas, Palmeiras o Coritiba, antes de regresar al Santos
nuevamente. Su idea siempre fue la de volver al fútbol nipón convertido en una
estrella, pero que éste aún no fuera profesional le echó para atrás hasta 1990,
cuando le propusieron ser la real imagen del país y le prometieron ser quien
encabezara la conversión de la Liga  amateur en profesional. Así, aquel año
aterrizó en el Verdy Kawasaki y solo dos años después nació la J. League.

En el
primer torneo de Liga, Miura se hizo figura. El Verdy Kawasaki levantó el
título gracias a dos goles suyos en la final a doble partido y un año más tarde
lo pudo revalidar. Son los dos únicos entorchados domésticos que posee el club,
que venía de ganar los últimos dos títulos amateur (también con Miura en el
equipo) y que venció en las tres primeras Copas de la Liga celebradas.

Su
vuelta a casa coincidió con su primera llamada con la Selección, de la que se
retiró diez años después con 89 partidos jugados y 55 goles anotados. En la
1993-94 volvió a romper otro hito, al ser el primer jugador japonés en disputar
la Liga Italiana. Se marchó un año cedido al Genoa, donde solo anotó un gol,
pero quiso la casualidad que fuera en el derbi ante la Sampdoria. Más tarde,
Nakata y Nakamura siguieron su camino jugando para Parma, Reggina, Roma o
Fiorentina.

Pero
Kazu Miura no era un futbolista al uso. Autodefinido como delantero, lo único
que él quería era tener el balón. Sin un sitio definido, le encantaba caer a
las bandas, regatear y regatear sin pasar el balón, con la cabeza gacha,
zancada corta y disparo desde donde fuera. Miura, que había buscado en su
aventura adquirir el Jogo Bonito de Brasil, no pareció aprender mucho de él
realmente. Anárquico, nadie se atrevía a decirle qué es lo que tiene que hacer
y qué no al niño bonito de Japón, ese que celebraba los goles bailando samba,
que puso sus movimientos de cadera de moda en la vida nocturna de Tokio, que se
convirtió en el modelo perfecto para que las jóvenes forraran sus carpetas.
Kazu Miura se convirtió a principios de los 90 en la personalidad más
importante de Japón. El Kazu Dance fue un éxito en aquellos primeros años de la
década y él, que se casó con una celebridad del cine, empezó a vivir entre
paparazzis. Si Hidetoshi Nakata fue el Beckham japonés, David Beckham fue el Kazu
Miura inglés.

Por
eso, tras su experiencia Europea, decidió que la vida en Japón le iba a ir
mucho mejor. Allí lo tenía todo. Salvo unos meses en el Dínamo de Zagreb y
otros en Australia, pasó toda su carrera restante en Japón. Hoy, con 51 años,
Kazu Miura sigue jugando. Lo hace para el Yokohama FC, donde lleva ya 12 años.
Obviamente, Miura es el jugador más veterano en marcar un gol como profesional,
y cada tanto que marca sella un nuevo récord.

Pero a
Miura siempre le quedó una espina, la de ser parte de un combinado de Japón que
jugara un Mundial. En el 94, tras una fase de clasificación donde fue el mejor
anotando más de 10 goles, Japón no pudo estar. En el 98, el seleccionador
Okada, un metódico del orden, le dejó fuera en una decisión controvertida y en
2000 se retiró del fútbol de selecciones para prolongar su carrera a nivel de
clubes.

Por
eso, por esa falta en su currículum, con 45 años se probó en el fútbol sala.
Miura no se bajó al barro y una leyenda como él pasó directamente a jugar con
la Selección. Disputó el Mundial de Fútbol Sala 2012 con Japón, jugó contra
Falcao en fase de grupos y ayudó a que Japón alcanzara los octavos de final.

Han
pasado más de 35 años desde que Miura abandonara Japón por Brasil. Se han
jugado 10 Mundiales desde entonces, Óliver Átom ha sido remasterizado en cuatro
series distintas, pero Kazu Miura sigue jugando al fútbol. El deporte que ama,
que cambió de alguna manera la forma de pensar y de ver en Japón. Y no parece
que King Kazu, el abuelo de todos, aquel que nos jubilará incluso a los más
jóvenes, tenga intención alguna en dejarlo. 

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Con
solo 15 años, hizo la mochila, metió un par de botas de fútbol, un montón de
sueños relacionados con el balón y abandonó su Japón natal para buscar la que
siempre fue la ilusión de su vida: triunfar en el fútbol. Con el juego
brasileño idealizado y los cracks de finales de los 70 y principios de los 80
en lo alto del imaginario inalcanzable, este joven prodigio nipón acabó montado
en un avión y aterrizando en el país de Pelé, Zico y Garrincha. Podríamos estar
hablando de Óliver Atom, el personaje protagonista de la aclamada serie Capitán
Tsubasa (Campeones) que, remasterizada en varias ocasiones y puesta en varias
redifusiones ha sido el anime con el que los niños han crecido desde los años
ochenta. Pero no, no nos referimos a Atom, sino a Kazu Miura que, en parte,
tiene en aquellos dibujos animados la historia de su vida.

Así lo
confirmó el creador del manga posteriormente llevado al anime, Yoichi Takahasi.
Oyó la historia de que Miura se marchaba del país en busca de convertirse en
futbolista profesional cuando estaba creando el personaje de Óliver y desde el
primer momento tomó ideas para que su protagonista siguiera una historia
paralela. Porque Atom, después de ser influenciado por un Roberto Sedinho que
representaba al delantero centro retirado de la Selección de Brasil, acaba con
el paso de los capítulos, y precisamente a edad juvenil, marchando a jugar al
FC Brancos, que representa al Sao Paulo. La historia no tendría tanto impacto
si no fuera porque hoy, con 51 años, Kazu Miura sigue jugando al fútbol en la
Segunda División del fútbol japonés, donde es considerado una leyenda y donde
se enorgullece de ser aquel que abrió el camino a lo que hoy es el fútbol
nipón. Un pionero que agilizó el paso de los Nakata, Nakamura de otra época
cuyo testigo hoy recogen Kagawa, Honda o Ritsu Doan, quizás su mejor talento
joven.

Miura
se enroló con 16 años en las filas del Juventus, un club de Sao Paulo, donde se
formó como futbolista hasta que en 1986, con 19 años, le llegó un fichaje por
el Santos y el debut profesional. Rápido, King Kazu, como él mismo se autodenominó,
empezó a habituarse a las cotidianidades de Brasil. Se hizo un asiduo a la
samba, a los bailes en la vida nocturna y se ganó una fama de vividor que le ha
acompañado toda la vida.

A Kazu
Miura nadie le regaló nada. Su decisión de marcharse de Japón no fue
consentida. Se peleó con sus padres, discutió con ellos y se marchó sin su
permiso cuando le esperaban en la mesa para desayunar. Vivió en casas de
acogidas de barrios marginales, entre la pobreza. Trabajó limpiando las calles
para poder tener algo que llevarse a la boca y una pequeña gran colonia de
japoneses en Brasil le salvó. Lo suyo le costó y tras debutar en Santos, pasó
por otros como Regatas, Palmeiras o Coritiba, antes de regresar al Santos
nuevamente. Su idea siempre fue la de volver al fútbol nipón convertido en una
estrella, pero que éste aún no fuera profesional le echó para atrás hasta 1990,
cuando le propusieron ser la real imagen del país y le prometieron ser quien
encabezara la conversión de la Liga  amateur en profesional. Así, aquel año
aterrizó en el Verdy Kawasaki y solo dos años después nació la J. League.

En el
primer torneo de Liga, Miura se hizo figura. El Verdy Kawasaki levantó el
título gracias a dos goles suyos en la final a doble partido y un año más tarde
lo pudo revalidar. Son los dos únicos entorchados domésticos que posee el club,
que venía de ganar los últimos dos títulos amateur (también con Miura en el
equipo) y que venció en las tres primeras Copas de la Liga celebradas.

Su
vuelta a casa coincidió con su primera llamada con la Selección, de la que se
retiró diez años después con 89 partidos jugados y 55 goles anotados. En la
1993-94 volvió a romper otro hito, al ser el primer jugador japonés en disputar
la Liga Italiana. Se marchó un año cedido al Genoa, donde solo anotó un gol,
pero quiso la casualidad que fuera en el derbi ante la Sampdoria. Más tarde,
Nakata y Nakamura siguieron su camino jugando para Parma, Reggina, Roma o
Fiorentina.

Pero
Kazu Miura no era un futbolista al uso. Autodefinido como delantero, lo único
que él quería era tener el balón. Sin un sitio definido, le encantaba caer a
las bandas, regatear y regatear sin pasar el balón, con la cabeza gacha,
zancada corta y disparo desde donde fuera. Miura, que había buscado en su
aventura adquirir el Jogo Bonito de Brasil, no pareció aprender mucho de él
realmente. Anárquico, nadie se atrevía a decirle qué es lo que tiene que hacer
y qué no al niño bonito de Japón, ese que celebraba los goles bailando samba,
que puso sus movimientos de cadera de moda en la vida nocturna de Tokio, que se
convirtió en el modelo perfecto para que las jóvenes forraran sus carpetas.
Kazu Miura se convirtió a principios de los 90 en la personalidad más
importante de Japón. El Kazu Dance fue un éxito en aquellos primeros años de la
década y él, que se casó con una celebridad del cine, empezó a vivir entre
paparazzis. Si Hidetoshi Nakata fue el Beckham japonés, David Beckham fue el Kazu
Miura inglés.

Por
eso, tras su experiencia Europea, decidió que la vida en Japón le iba a ir
mucho mejor. Allí lo tenía todo. Salvo unos meses en el Dínamo de Zagreb y
otros en Australia, pasó toda su carrera restante en Japón. Hoy, con 51 años,
Kazu Miura sigue jugando. Lo hace para el Yokohama FC, donde lleva ya 12 años.
Obviamente, Miura es el jugador más veterano en marcar un gol como profesional,
y cada tanto que marca sella un nuevo récord.

Pero a
Miura siempre le quedó una espina, la de ser parte de un combinado de Japón que
jugara un Mundial. En el 94, tras una fase de clasificación donde fue el mejor
anotando más de 10 goles, Japón no pudo estar. En el 98, el seleccionador
Okada, un metódico del orden, le dejó fuera en una decisión controvertida y en
2000 se retiró del fútbol de selecciones para prolongar su carrera a nivel de
clubes.

Por
eso, por esa falta en su currículum, con 45 años se probó en el fútbol sala.
Miura no se bajó al barro y una leyenda como él pasó directamente a jugar con
la Selección. Disputó el Mundial de Fútbol Sala 2012 con Japón, jugó contra
Falcao en fase de grupos y ayudó a que Japón alcanzara los octavos de final.

Han
pasado más de 35 años desde que Miura abandonara Japón por Brasil. Se han
jugado 10 Mundiales desde entonces, Óliver Átom ha sido remasterizado en cuatro
series distintas, pero Kazu Miura sigue jugando al fútbol. El deporte que ama,
que cambió de alguna manera la forma de pensar y de ver en Japón. Y no parece
que King Kazu, el abuelo de todos, aquel que nos jubilará incluso a los más
jóvenes, tenga intención alguna en dejarlo. 

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