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Juicio, cintura y aplomo

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 10-04-2018

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Hace justamente una vuelta, el Betis se desmoronaba en Eibar
con un 5-0 en contra, en una actuación que precedería a la debacle en casa
ante el Cádiz en la Copa del Rey y a la derrota por 1-0 en la
visita al Estadio de Gran Canaria unos días más tarde, en el que ha
sido, seguramente, el peor partido de la temporada verdiblanca. Y, sin embargo,
aquel encuentro fue el primero en el que Quique Setién y su cuerpo
técnico concluyeron, aunque sin ningún acierto táctico, que el equipo
necesitaba añadir una mano de pintura a su juego, en forma de alternativas, si
quería dominar diferentes contextos para así aspirar a cotas más altas. Aquel
fue el primer partido en el que el Betis, que tras Barça y Madrid es
el equipo que más balón acumula y que mejor lo trata, cedió la posesión
voluntariamente.

“Construir algo es muy difícil, construir
un edificio puede llevarte años y basta una carga de dinamita para destruirlo.
El camino no es fácil. […] Quien se hunda con los tropiezos y las dificultades
que uno se va encontrando, no llegará nunca a nada. Quien las supera puede
seguir mirando a la meta. Y la meta es quedarme aquí muchos años, conseguir que
este equipo juegue bien al fútbol y que a través de ello seamos capaces de
darle a nuestra afición, al sentimiento que hay aquí, los resultados para que
se sientan orgullosos de su equipo”. –
Quique Setién

Pese a su fama de entrenador de ideas férreamente preconcebidas y al
ruido circundante proveniente de la absurda competición mediática por ver quien
tiene el micrófono o la columna más grande, Setién hizo crecer al Betis, tras
haberle dado antes el suficiente barniz en forma de asociacionismo, control y
gusto por el dominio del cuero, desde
la adversidad de aquel bache de resultados. En cierto sentido, fue allí donde
se fraguó la reconfiguración táctica que eclosionaría en febrero con la llegada
de un futbolista como Marc Bartra, que por sí solo ha elevado el techo
competitivo del equipo, la inyección de frescura con la inclusión firme de
nombres como los canteranos Francis, Junior y Loren y la
capitalización de Boudebouz como uno de los protagonistas principales
del juego ofensivo colectivo y no como un añadido ornamental de estilo.

Tras adelantarse con presteza en el marcador, el Betis volvió a
repetir aquello que intentó sin éxito en Las Palmas: ceder parte de la
iniciativa al rival, preponderar la adaptación al contexto sin dejar de lado su
esencia y, a través de su sólida construcción en los primeros pases y su
mejoradísima defensa del área y de los centros laterales, permitirse ser un
equipo más largo, con capacidad para castigar con espacios jugosos, una vez ha
superado la primera presión por parte del rival. Una labor en la que los de Mendilibar
son élite en La Liga española. Un modus operandi que, en aquella
pretérita fase de la temporada, con la tendente al error no forzado línea de
cuatro defensores y ante el mismo adversario no hubiese dado resultados.

Dicha variante habla a las claras de la madurez en su fútbol y en
sus aspiraciones que ha alcanzado la plantilla verdiblanca desde el paso al
nuevo sistema, con Bartra como gran facilitador y capataz, con Fabián y
Guardado como poleas de calidad premium, con los laterales desplegando
sus alas, y con el mago Ryad como penúltimo o último pasador, con la chistera
en una mano y el ‘FIFA Street’ en la otra. Ganar, en ocasiones, cuando primero
se han construido unos cimientos sólidos, es como el rascar o como la primera
de las infinitas visitas al baño cuando vas a cervezas durante toda la noche.
Todo es empezar. Es lo que tienen las dinámicas del buen hacer. Es lo que tiene
remar todos en una misma dirección. Es lo que tiene ir añadiendo paulatinamente
cuentas al cordel hasta completar el collar del proceso que supone una
temporada sin que vayan quedando huecos intermedios en él.

El Betis ha multiplicado su amplitud, su seguridad, su fluidez y su
facilidad a la hora de salir hacia la mitad rival. Y con ello ha recuperado
pegada, ha encontrado los mecanismos para sacarle todo el partido, sin perder
hacia atrás lo que se ha ganado previamente adelante. Ha aprendido a extraer
petróleo de la predisposición e intención de los contrincantes de venir a
encontrarlo al balcón de su área y de sus cada vez más pulidos automatismos una
vez superada la medular, ha ganado en dinamismo y lucidez. Ha despejado el
tembleque defensivo fuera del estadio, ha ido cambiando los repetidos cromos
de la espectacularidad más temeraria o la inspiración más transitoria por las
estampas en forma de hechuras de alto nivel en las cuatro fases del juego que
le faltaban, ha dejado de deshilacharse para erigirse en bloque, ha apagado
la crispación y el nerviosismo a base de autoconfianza, personalidad y fe en
sus propias posibilidades.

Con el juicio característico de un centrocampista organizador, que
siempre da u ofrece una línea de pase, para implantar un inequívoco y ambicioso
sello, con la cintura propia del regateador incisivo para modificar sus matices
a mitad de temporada y ampliar así las miras y las pretensiones, y con el
aplomo intrínseco del central anticipador y de buen pie con el que el equipo
encara y desarrolla ahora cada encuentro, incluso tras la controvertida
operación de un bastión como Antonio Adán que en cualquier otra campaña
hubiese supuesto la gota que colmase el vaso de la inestabilidad deportiva, el
Betis ha acumulado cuatro victorias consecutivas por primera vez desde 2011 y
suma una puntuación que no se daba a estas alturas de la campaña desde el curso
2004/2005, en el que Serra Ferrer metió al club en la Champions
League.

La actualmente bien encarada clasificación europea se celebrará o se
lamentará en mayo, pero por si acaso y por puras labores organizativas de la
vida, no está de más ir sabiendo a qué poder dedicar, en lugar de a ver fútbol
en verde y blanco, los lunes de la próxima temporada en caso de éxito en la
empresa. Solfeo, italiano intensivo, sacarse el carnet de conducir camiones,
apuntarse al máster en Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos,
lecciones de ahorro para poder pagar ‘beIN Sports’ mes a mes el año que viene,
hacerse youtuber, rejoneo… son algunas de las opciones. Sin embargo,
apuntarse a clases particulares de geografía del Viejo Continente puede ser la
mejor de todas. Y es que en cinco años uno puede olvidarse de muchas cosas.
Toquemos madera, ya que tocar la cabeza de Montella no es una posibilidad, para
que, ahora que se merece, no hayamos olvidado volver. Con juicio, cintura y
aplomo.

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Hace justamente una vuelta, el Betis se desmoronaba en Eibar
con un 5-0 en contra, en una actuación que precedería a la debacle en casa
ante el Cádiz en la Copa del Rey y a la derrota por 1-0 en la
visita al Estadio de Gran Canaria unos días más tarde, en el que ha
sido, seguramente, el peor partido de la temporada verdiblanca. Y, sin embargo,
aquel encuentro fue el primero en el que Quique Setién y su cuerpo
técnico concluyeron, aunque sin ningún acierto táctico, que el equipo
necesitaba añadir una mano de pintura a su juego, en forma de alternativas, si
quería dominar diferentes contextos para así aspirar a cotas más altas. Aquel
fue el primer partido en el que el Betis, que tras Barça y Madrid es
el equipo que más balón acumula y que mejor lo trata, cedió la posesión
voluntariamente.

“Construir algo es muy difícil, construir
un edificio puede llevarte años y basta una carga de dinamita para destruirlo.
El camino no es fácil. […] Quien se hunda con los tropiezos y las dificultades
que uno se va encontrando, no llegará nunca a nada. Quien las supera puede
seguir mirando a la meta. Y la meta es quedarme aquí muchos años, conseguir que
este equipo juegue bien al fútbol y que a través de ello seamos capaces de
darle a nuestra afición, al sentimiento que hay aquí, los resultados para que
se sientan orgullosos de su equipo”. –
Quique Setién

Pese a su fama de entrenador de ideas férreamente preconcebidas y al
ruido circundante proveniente de la absurda competición mediática por ver quien
tiene el micrófono o la columna más grande, Setién hizo crecer al Betis, tras
haberle dado antes el suficiente barniz en forma de asociacionismo, control y
gusto por el dominio del cuero, desde
la adversidad de aquel bache de resultados. En cierto sentido, fue allí donde
se fraguó la reconfiguración táctica que eclosionaría en febrero con la llegada
de un futbolista como Marc Bartra, que por sí solo ha elevado el techo
competitivo del equipo, la inyección de frescura con la inclusión firme de
nombres como los canteranos Francis, Junior y Loren y la
capitalización de Boudebouz como uno de los protagonistas principales
del juego ofensivo colectivo y no como un añadido ornamental de estilo.

Tras adelantarse con presteza en el marcador, el Betis volvió a
repetir aquello que intentó sin éxito en Las Palmas: ceder parte de la
iniciativa al rival, preponderar la adaptación al contexto sin dejar de lado su
esencia y, a través de su sólida construcción en los primeros pases y su
mejoradísima defensa del área y de los centros laterales, permitirse ser un
equipo más largo, con capacidad para castigar con espacios jugosos, una vez ha
superado la primera presión por parte del rival. Una labor en la que los de Mendilibar
son élite en La Liga española. Un modus operandi que, en aquella
pretérita fase de la temporada, con la tendente al error no forzado línea de
cuatro defensores y ante el mismo adversario no hubiese dado resultados.

Dicha variante habla a las claras de la madurez en su fútbol y en
sus aspiraciones que ha alcanzado la plantilla verdiblanca desde el paso al
nuevo sistema, con Bartra como gran facilitador y capataz, con Fabián y
Guardado como poleas de calidad premium, con los laterales desplegando
sus alas, y con el mago Ryad como penúltimo o último pasador, con la chistera
en una mano y el ‘FIFA Street’ en la otra. Ganar, en ocasiones, cuando primero
se han construido unos cimientos sólidos, es como el rascar o como la primera
de las infinitas visitas al baño cuando vas a cervezas durante toda la noche.
Todo es empezar. Es lo que tienen las dinámicas del buen hacer. Es lo que tiene
remar todos en una misma dirección. Es lo que tiene ir añadiendo paulatinamente
cuentas al cordel hasta completar el collar del proceso que supone una
temporada sin que vayan quedando huecos intermedios en él.

El Betis ha multiplicado su amplitud, su seguridad, su fluidez y su
facilidad a la hora de salir hacia la mitad rival. Y con ello ha recuperado
pegada, ha encontrado los mecanismos para sacarle todo el partido, sin perder
hacia atrás lo que se ha ganado previamente adelante. Ha aprendido a extraer
petróleo de la predisposición e intención de los contrincantes de venir a
encontrarlo al balcón de su área y de sus cada vez más pulidos automatismos una
vez superada la medular, ha ganado en dinamismo y lucidez. Ha despejado el
tembleque defensivo fuera del estadio, ha ido cambiando los repetidos cromos
de la espectacularidad más temeraria o la inspiración más transitoria por las
estampas en forma de hechuras de alto nivel en las cuatro fases del juego que
le faltaban, ha dejado de deshilacharse para erigirse en bloque, ha apagado
la crispación y el nerviosismo a base de autoconfianza, personalidad y fe en
sus propias posibilidades.

Con el juicio característico de un centrocampista organizador, que
siempre da u ofrece una línea de pase, para implantar un inequívoco y ambicioso
sello, con la cintura propia del regateador incisivo para modificar sus matices
a mitad de temporada y ampliar así las miras y las pretensiones, y con el
aplomo intrínseco del central anticipador y de buen pie con el que el equipo
encara y desarrolla ahora cada encuentro, incluso tras la controvertida
operación de un bastión como Antonio Adán que en cualquier otra campaña
hubiese supuesto la gota que colmase el vaso de la inestabilidad deportiva, el
Betis ha acumulado cuatro victorias consecutivas por primera vez desde 2011 y
suma una puntuación que no se daba a estas alturas de la campaña desde el curso
2004/2005, en el que Serra Ferrer metió al club en la Champions
League.

La actualmente bien encarada clasificación europea se celebrará o se
lamentará en mayo, pero por si acaso y por puras labores organizativas de la
vida, no está de más ir sabiendo a qué poder dedicar, en lugar de a ver fútbol
en verde y blanco, los lunes de la próxima temporada en caso de éxito en la
empresa. Solfeo, italiano intensivo, sacarse el carnet de conducir camiones,
apuntarse al máster en Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos,
lecciones de ahorro para poder pagar ‘beIN Sports’ mes a mes el año que viene,
hacerse youtuber, rejoneo… son algunas de las opciones. Sin embargo,
apuntarse a clases particulares de geografía del Viejo Continente puede ser la
mejor de todas. Y es que en cinco años uno puede olvidarse de muchas cosas.
Toquemos madera, ya que tocar la cabeza de Montella no es una posibilidad, para
que, ahora que se merece, no hayamos olvidado volver. Con juicio, cintura y
aplomo.

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