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José Mourinho, por si no nos volvemos a ver

Si hay alguien que definió a la perfección aquellos tiempos de José Mourinho en el Real Madrid fue el malogrado David Gistau, en una entrevista para Jot Down: “A las mocitas risueñas contentas por el juego del Real Madrid… se las van a follar; a esas mocitas no las quieren ni ver.” El portugués llegó con un papel claro al Santiago Bernabéu: como fuera, debía destruir la leyenda del FC Barcelona. Detrás de todo andaba Florentino Pérez, un megalómano que se había obsesionado con la décima. Y si para ello tenía que romper con su pasado, arcabuceando por detrás a los caballeros del honor y marcharse sin dar la mano; pues se hacía. Esto es el Real Madrid. Había que ganar, como diría algún periodista de aquella época, por lo civil o lo criminal.

Poderoso caballero es don dinero, escribía don Francisco de Quevedo. Los blancos, como todo gran imperio, tuvieron que utilizar esa carta, la del patrimonio, para no quedarse precisamente con cojos. El luso levantó la espada a Pep Guardiola, que se olisqueaba la querella tras la eliminatoria de Champions del curso pasado, para batallar con un conjunto que parecía décadas jugando a lo mismo y que arrastraba aquel mantra tan diezmado del tiki-taka. Y eso que ese cuadro, esa máquina tan bien engrasada desde la portería hasta el delantero, falso nueve o lo que fuera; poseía un tremendo elenco de cualidades. Y muchas estaban relacionadas con su trabajo defensivo cuando no amasaban ese bien tan preciado que era el balón. Lo que pareció enfrentar a Mourinho y a Guardiola para siempre. La pelota. El famoso estilo.

Así se fraguó un duelo que parecía una guerra civil. Y, como en toda batalla, y sobre todo en España, se encendió un cainismo que iba más allá del fútbol. No hace falta que yo lo recuerde. Cada enfrentamiento, cada porfía y cada regate se celebraba como el triunfo en una guerra. Aunque, realmente, no ganaras ni la batalla. Así son los extremos. No podía haber un punto neutral en ese combate. Los defensores del catalán achacaban la dureza y el contraataque, como si fuera algo sencillo, que practicaban los merengues; mientras que los blancos, adalides de Mourinho, creían que ese balompié de pases de los culés aburría a las vacas. Como si solo hubiera una manera de jugar. Pero ya no había ni vuelta atrás ni momentos para reflexionar. Antítesis pura y dura.

Mourinho trató de buscar un antídoto para su homónimo como fuera. Y, la realidad, es que le valió para birlar una Liga y una Copa al de Santpedor. Sus ruedas de prensa y sus gestos en el banquillo coparon demasiadas portadas. Empezó a sentirse en una especie de Show de Truman: en un pequeño lugar donde todos le miraban a ver qué hacía. Al principio hacía gracia, como el bromista de clase, hasta que poco a poco fue cayendo a un pozo en el que se encontró con el cariño de unos pocos madridistas. Solo podían estar con él o estar contra él. Y eso, en cualquier entidad es insostenible. Sobre todo, cuando una enorme mayoría no quiere que continúes.  

Quizás, el momento que mejor reflejó su final fue aquella tanda de penaltis ante el Bayern. Él la vislumbraba solo, de rodillas, rezando por superar una eliminatoria que pudiera acabar con esa maldición llamada décima. Pero se escapó. Estuvo un año más donde se ganó más enemigos y creó la leyenda de los que hoy piden su vuelta. No sé qué pasaría si los blancos vuelven a tener a un técnico que se enquistó en esa era y en la que hubiera hecho cualquier cosa por llevar al Real Madrid a tocar la máxima competición continental. Porque si él tuviera que apartar a Rose de la tabla o cocinar metanfetamina por el cuadro capitalino, lo hubiera hecho. Y eso, para algunos, es suficiente para que resurja su figura. Y que les den a las mocitas y a todas esas habladurías de tiempos pretéritos.

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Si hay alguien que definió a la perfección aquellos tiempos de José Mourinho en el Real Madrid fue el malogrado David Gistau, en una entrevista para Jot Down: “A las mocitas risueñas contentas por el juego del Real Madrid… se las van a follar; a esas mocitas no las quieren ni ver.” El portugués llegó con un papel claro al Santiago Bernabéu: como fuera, debía destruir la leyenda del FC Barcelona. Detrás de todo andaba Florentino Pérez, un megalómano que se había obsesionado con la décima. Y si para ello tenía que romper con su pasado, arcabuceando por detrás a los caballeros del honor y marcharse sin dar la mano; pues se hacía. Esto es el Real Madrid. Había que ganar, como diría algún periodista de aquella época, por lo civil o lo criminal.

Poderoso caballero es don dinero, escribía don Francisco de Quevedo. Los blancos, como todo gran imperio, tuvieron que utilizar esa carta, la del patrimonio, para no quedarse precisamente con cojos. El luso levantó la espada a Pep Guardiola, que se olisqueaba la querella tras la eliminatoria de Champions del curso pasado, para batallar con un conjunto que parecía décadas jugando a lo mismo y que arrastraba aquel mantra tan diezmado del tiki-taka. Y eso que ese cuadro, esa máquina tan bien engrasada desde la portería hasta el delantero, falso nueve o lo que fuera; poseía un tremendo elenco de cualidades. Y muchas estaban relacionadas con su trabajo defensivo cuando no amasaban ese bien tan preciado que era el balón. Lo que pareció enfrentar a Mourinho y a Guardiola para siempre. La pelota. El famoso estilo.

Así se fraguó un duelo que parecía una guerra civil. Y, como en toda batalla, y sobre todo en España, se encendió un cainismo que iba más allá del fútbol. No hace falta que yo lo recuerde. Cada enfrentamiento, cada porfía y cada regate se celebraba como el triunfo en una guerra. Aunque, realmente, no ganaras ni la batalla. Así son los extremos. No podía haber un punto neutral en ese combate. Los defensores del catalán achacaban la dureza y el contraataque, como si fuera algo sencillo, que practicaban los merengues; mientras que los blancos, adalides de Mourinho, creían que ese balompié de pases de los culés aburría a las vacas. Como si solo hubiera una manera de jugar. Pero ya no había ni vuelta atrás ni momentos para reflexionar. Antítesis pura y dura.

Mourinho trató de buscar un antídoto para su homónimo como fuera. Y, la realidad, es que le valió para birlar una Liga y una Copa al de Santpedor. Sus ruedas de prensa y sus gestos en el banquillo coparon demasiadas portadas. Empezó a sentirse en una especie de Show de Truman: en un pequeño lugar donde todos le miraban a ver qué hacía. Al principio hacía gracia, como el bromista de clase, hasta que poco a poco fue cayendo a un pozo en el que se encontró con el cariño de unos pocos madridistas. Solo podían estar con él o estar contra él. Y eso, en cualquier entidad es insostenible. Sobre todo, cuando una enorme mayoría no quiere que continúes.  

Quizás, el momento que mejor reflejó su final fue aquella tanda de penaltis ante el Bayern. Él la vislumbraba solo, de rodillas, rezando por superar una eliminatoria que pudiera acabar con esa maldición llamada décima. Pero se escapó. Estuvo un año más donde se ganó más enemigos y creó la leyenda de los que hoy piden su vuelta. No sé qué pasaría si los blancos vuelven a tener a un técnico que se enquistó en esa era y en la que hubiera hecho cualquier cosa por llevar al Real Madrid a tocar la máxima competición continental. Porque si él tuviera que apartar a Rose de la tabla o cocinar metanfetamina por el cuadro capitalino, lo hubiera hecho. Y eso, para algunos, es suficiente para que resurja su figura. Y que les den a las mocitas y a todas esas habladurías de tiempos pretéritos.

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