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Jordi Morales: “No pensaba en que los otros tenían ventaja”

Adrià Campmany @campmany_adria 11-05-2021

Jordi Morales (Esparreguera, 1985) nació con espina bífida, una discapacidad que no le permite tener movilidad total en las piernas y que le impide mantener correctamente el equilibrio. Cuando tenía 13 años, fue un día con sus padres a un pabellón de Barcelona por un trabajo del colegio. Jordi, aficionado al ping-pong desde bien pequeño, se quedó sorprendido al ver que había gente jugando a su deporte favorito en silla de ruedas.

Jordi tiene a sus espaldas una carrera repleta de éxitos en el ping-pong paralímpico. Ha sido campeón del mundo en 2018, subcampeón del mundo en 2010, campeón en el Europeo de 2003, medalla de plata en los Juegos de Londres 2012 y medalla de bronce en los Juegos de Atenas 2004. Eso a nivel individual. En los campeonatos por equipos, el catalán ha conseguido junto a Álvaro Valera la friolera de 3 Mundiales y 5 Europeos. “El último Europeo fue muy especial porque fue en 2019, 20 años después de nuestro primer éxito internacional”, recuerda Jordi.

El cambio del deporte paralímpico español

El catalán valora especialmente los éxitos más recientes. “Tiene más mérito lo que he conseguido en los últimos años. El nivel del ping-pong paralímpico ha cambiado mucho desde los Juegos de Pekín, que marcó un antes y un después en la profesionalización del deporte paralímpico en España. Hubo un gran replanteamiento porque desde los Juegos de Sidney se había producido una caída en picado de las medallas olímpicas del deporte español. Pensaron: ‘o nos ponemos las pilas o vamos al pozo’, sentencia.

La primera decisión importante que se tomó para cambiar el deporte paralímpico español fue comenzar a dar becas económicas. “No cobré nada por mi medalla en los Juegos de Atenas. Antes de este replanteamiento, como mucho nos daban un premio de 1000€ o 1500€ por ganar, pero no puedes vivir de eso”, explica. Hasta entonces, el deporte paralímpico español formaba parte del Plan ADO, un programa para apoyar económica y técnicamente a los deportistas olímpicos. Sin embargo, en aquella fase de cambio se creó el Plan ADOP, un programa con la misma esencia que el Plan ADO pero que, como indica su última sigla (P), estaba destinado a deportistas paralímpicos. “Nos llevábamos una parte muy pequeña del Plan ADO. Con el Plan ADOP, el deporte paralímpico pasó a tener patrocinadores propios. A partir de entonces, comenzaron a haber becas mensuales si conseguías un éxito”, dice Jordi.

El otro gran cambio que hubo en el deporte paralímpico español fue la apertura de los Centros de Alto Rendimiento (CAR). “Hasta 2008, ningún deportista con discapacidad podía entrar a un CAR. Era un poco vergonzoso. Con la apertura de los CAR, pude comenzar a entrenar a diario y de manera mucho más global. No solo entrenaba teniendo en cuenta los aspectos físicos y técnicos, sino también los psicológicos y de nutrición”, explica Jordi.

Jordi Morales, asentado en la élite

Actualmente, el deportista de Esparreguera vive del ping-pong, pero puede hacerlo porque recibe las becas por haber quedado campeón del mundo en 2018. “Si no consigo nada en los Juegos de Tokyo, me quitan la beca. Paso de vivir bien a 0. No hay garantía y tampoco hay margen, ya que esto no cotiza. Dependemos exclusivamente de los resultados que consigamos en los torneos internacionales. Y lo cierto es que ya puedes entrenar mucho, que un mal día te deja fuera. Debes tener una opción en la recámara por si las cosas no van bien. Yo, por ejemplo, llevo tres años trabajando en el Decathlon”, explica.

En abril de 2020, Jordi consiguió el billete para Tokyo. En el caso del ping-pong paralímpico, el criterio de clasificación para los Juegos se basa en la posición en ranking mundial de la categoría del jugador. Hay 11 categorías y Jordi compite en la 7. Las categorías que van de la 1 a la 5 son para jugadores que van en silla de ruedas (la categoría 1 es para los jugadores con más limitaciones y la 5, para los que tienen menos). Las categorías que van de la 6 a la 10 son para jugadores que pueden competir de pie (la categoría 6 es para los jugadores con más limitaciones y la 10, para los que tienen menos). Por último, la categoría 11 es para jugadores con discapacidad mental. En esta última, aunque hay distintos niveles de discapacidad, por ahora se agrupan a los jugadores.

Jordi ocupa el 5º puesto en el ranking mundial de su categoría, formada por más de 100 jugadores. El sistema de puntuación se basa en los resultados a nivel internacional, es decir, en Europeos, Mundiales y Juegos. En la categoría de Jordi tienen plaza olímpica los 9 primeros clasificados del ranking mundial, los campeones de cada continente, el ganador del torneo preolímpico y los dos jugadores que obtienen las cartas de invitación. Como los 5 campeones continentales se clasificaban también por su posición en el ranking, liberaron plazas y Jordi, al ser 5º, se ha clasificado para Tokyo 2020 con holgura. A sus 35 años, Jordi disputará sus sextos Juegos. Es de imaginar, pues, que su camino en el ping-pong comenzó bien pronto.

Su discapacidad nunca fue una barrera

“Juego al ping-pong desde los 6 años. Me aficioné porque mis amigos del colegio de Esparreguera jugaban. En aquel momento desconocíamos que existiera el ping-pong para discapacitados. Yo comencé a competir contra gente que no tenía ningún tipo de problema. No pensaba en que los otros tenían ventaja. Era lo que había”, recuerda. Lo sorprendente fue que Jordi comenzó a destacar entre la gente sin discapacidad: fue subcampeón de Cataluña en la prueba individual de alevines y tres veces campeón de Cataluña en la prueba por equipos, una en alevines y dos en infantiles. Hasta la categoría de infantiles, Jordi siempre participó en el torneo de los 8 mejores jugadores de ping-pong de España.

Pero todo cambió en 1999. Jordí tenía 13 años y se encontraba con sus padres en un pabellón de Barcelona. Aquel día, quedaron sorprendidos al ver a gente jugando al ping-pong en silla de ruedas. “En ese momento le digo a mis padres: ‘Ostras, que hay gente discapacitada que juega al ping pong’”. Lo que vino después es historia del deporte español.

Dos meses después de aquel descubrimiento, Jordi debutó en el campeonato de España de ping-pong paralímpico. En aquel primer torneo, el seleccionador español de ping-pong le explicó al entrenador del club en el que Jordi jugaba que ya le seguían. Sin embargo, hasta aquel torneo, no le habían dicho nada personalmente a Jordi. “El seleccionador español le comentó a mi entrenador que les hacía un poco de cosa decirme algo porque me veían muy integrado. Preferían que yo diera el paso. Y, por supuesto, lo di encantado”, recuerda Jordi.

Jordi comenzó a viajar con la selección española paralímpica a torneos internacionales. 6 meses después de descubrir el ping-pong paralímpico y con tan solo 13 años, fue convocado para el Europeo. “¡Y además vamos y ganamos con Álvaro la prueba de dobles!”, recuerda. Pero lo mejor estaba por llegar. Al año siguiente, en el 2000, llamaron a los padres de Jordi para informarles de que su hijo había recibido una carta de invitación para ir a los Juegos de Sidney. No se había clasificado, pero era muy joven y venía de ganar el Europeo por parejas. De los 130 deportistas españoles que fueron a los Juegos de Sidney, Jordi era el más joven.

“Me informan de que voy a Sidney dos meses antes de viajar. No tuve tiempo para asimilarlo. Puedes imaginar la que se montó en el colegio, el pueblo, el club… Ir a unos Juegos era una locura. Tengo muchos más recuerdos de Sidney que de los Juegos más recientes. En la ceremonia de inauguración se me caían las lágrimas. Me preguntaba: ‘¿Qué hago aquí?’. En ningún momento me había planteado ir a los Juegos. ¿Cómo me lo iba plantear? Si conocía el ping-pong paralímpico desde hacía tan solo unos meses.”, recuerda.

20 años después, Jordi mira atrás y ve un camino repleto de éxitos. Un camino que no comenzó con la visita al pabellón que le abrió las puertas del mundo paralímpico, sino que lo hizo en el instante el que decidió no ponerse barreras. Con 6 años, Jordi quería jugar al ping-pong y su discapacidad no iba a impedírselo.

Imagen de cabecera: Imago

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Jordi Morales (Esparreguera, 1985) nació con espina bífida, una discapacidad que no le permite tener movilidad total en las piernas y que le impide mantener correctamente el equilibrio. Cuando tenía 13 años, fue un día con sus padres a un pabellón de Barcelona por un trabajo del colegio. Jordi, aficionado al ping-pong desde bien pequeño, se quedó sorprendido al ver que había gente jugando a su deporte favorito en silla de ruedas.

Jordi tiene a sus espaldas una carrera repleta de éxitos en el ping-pong paralímpico. Ha sido campeón del mundo en 2018, subcampeón del mundo en 2010, campeón en el Europeo de 2003, medalla de plata en los Juegos de Londres 2012 y medalla de bronce en los Juegos de Atenas 2004. Eso a nivel individual. En los campeonatos por equipos, el catalán ha conseguido junto a Álvaro Valera la friolera de 3 Mundiales y 5 Europeos. “El último Europeo fue muy especial porque fue en 2019, 20 años después de nuestro primer éxito internacional”, recuerda Jordi.

El cambio del deporte paralímpico español

El catalán valora especialmente los éxitos más recientes. “Tiene más mérito lo que he conseguido en los últimos años. El nivel del ping-pong paralímpico ha cambiado mucho desde los Juegos de Pekín, que marcó un antes y un después en la profesionalización del deporte paralímpico en España. Hubo un gran replanteamiento porque desde los Juegos de Sidney se había producido una caída en picado de las medallas olímpicas del deporte español. Pensaron: ‘o nos ponemos las pilas o vamos al pozo’, sentencia.

La primera decisión importante que se tomó para cambiar el deporte paralímpico español fue comenzar a dar becas económicas. “No cobré nada por mi medalla en los Juegos de Atenas. Antes de este replanteamiento, como mucho nos daban un premio de 1000€ o 1500€ por ganar, pero no puedes vivir de eso”, explica. Hasta entonces, el deporte paralímpico español formaba parte del Plan ADO, un programa para apoyar económica y técnicamente a los deportistas olímpicos. Sin embargo, en aquella fase de cambio se creó el Plan ADOP, un programa con la misma esencia que el Plan ADO pero que, como indica su última sigla (P), estaba destinado a deportistas paralímpicos. “Nos llevábamos una parte muy pequeña del Plan ADO. Con el Plan ADOP, el deporte paralímpico pasó a tener patrocinadores propios. A partir de entonces, comenzaron a haber becas mensuales si conseguías un éxito”, dice Jordi.

El otro gran cambio que hubo en el deporte paralímpico español fue la apertura de los Centros de Alto Rendimiento (CAR). “Hasta 2008, ningún deportista con discapacidad podía entrar a un CAR. Era un poco vergonzoso. Con la apertura de los CAR, pude comenzar a entrenar a diario y de manera mucho más global. No solo entrenaba teniendo en cuenta los aspectos físicos y técnicos, sino también los psicológicos y de nutrición”, explica Jordi.

Jordi Morales, asentado en la élite

Actualmente, el deportista de Esparreguera vive del ping-pong, pero puede hacerlo porque recibe las becas por haber quedado campeón del mundo en 2018. “Si no consigo nada en los Juegos de Tokyo, me quitan la beca. Paso de vivir bien a 0. No hay garantía y tampoco hay margen, ya que esto no cotiza. Dependemos exclusivamente de los resultados que consigamos en los torneos internacionales. Y lo cierto es que ya puedes entrenar mucho, que un mal día te deja fuera. Debes tener una opción en la recámara por si las cosas no van bien. Yo, por ejemplo, llevo tres años trabajando en el Decathlon”, explica.

En abril de 2020, Jordi consiguió el billete para Tokyo. En el caso del ping-pong paralímpico, el criterio de clasificación para los Juegos se basa en la posición en ranking mundial de la categoría del jugador. Hay 11 categorías y Jordi compite en la 7. Las categorías que van de la 1 a la 5 son para jugadores que van en silla de ruedas (la categoría 1 es para los jugadores con más limitaciones y la 5, para los que tienen menos). Las categorías que van de la 6 a la 10 son para jugadores que pueden competir de pie (la categoría 6 es para los jugadores con más limitaciones y la 10, para los que tienen menos). Por último, la categoría 11 es para jugadores con discapacidad mental. En esta última, aunque hay distintos niveles de discapacidad, por ahora se agrupan a los jugadores.

Jordi ocupa el 5º puesto en el ranking mundial de su categoría, formada por más de 100 jugadores. El sistema de puntuación se basa en los resultados a nivel internacional, es decir, en Europeos, Mundiales y Juegos. En la categoría de Jordi tienen plaza olímpica los 9 primeros clasificados del ranking mundial, los campeones de cada continente, el ganador del torneo preolímpico y los dos jugadores que obtienen las cartas de invitación. Como los 5 campeones continentales se clasificaban también por su posición en el ranking, liberaron plazas y Jordi, al ser 5º, se ha clasificado para Tokyo 2020 con holgura. A sus 35 años, Jordi disputará sus sextos Juegos. Es de imaginar, pues, que su camino en el ping-pong comenzó bien pronto.

Su discapacidad nunca fue una barrera

“Juego al ping-pong desde los 6 años. Me aficioné porque mis amigos del colegio de Esparreguera jugaban. En aquel momento desconocíamos que existiera el ping-pong para discapacitados. Yo comencé a competir contra gente que no tenía ningún tipo de problema. No pensaba en que los otros tenían ventaja. Era lo que había”, recuerda. Lo sorprendente fue que Jordi comenzó a destacar entre la gente sin discapacidad: fue subcampeón de Cataluña en la prueba individual de alevines y tres veces campeón de Cataluña en la prueba por equipos, una en alevines y dos en infantiles. Hasta la categoría de infantiles, Jordi siempre participó en el torneo de los 8 mejores jugadores de ping-pong de España.

Pero todo cambió en 1999. Jordí tenía 13 años y se encontraba con sus padres en un pabellón de Barcelona. Aquel día, quedaron sorprendidos al ver a gente jugando al ping-pong en silla de ruedas. “En ese momento le digo a mis padres: ‘Ostras, que hay gente discapacitada que juega al ping pong’”. Lo que vino después es historia del deporte español.

Dos meses después de aquel descubrimiento, Jordi debutó en el campeonato de España de ping-pong paralímpico. En aquel primer torneo, el seleccionador español de ping-pong le explicó al entrenador del club en el que Jordi jugaba que ya le seguían. Sin embargo, hasta aquel torneo, no le habían dicho nada personalmente a Jordi. “El seleccionador español le comentó a mi entrenador que les hacía un poco de cosa decirme algo porque me veían muy integrado. Preferían que yo diera el paso. Y, por supuesto, lo di encantado”, recuerda Jordi.

Jordi comenzó a viajar con la selección española paralímpica a torneos internacionales. 6 meses después de descubrir el ping-pong paralímpico y con tan solo 13 años, fue convocado para el Europeo. “¡Y además vamos y ganamos con Álvaro la prueba de dobles!”, recuerda. Pero lo mejor estaba por llegar. Al año siguiente, en el 2000, llamaron a los padres de Jordi para informarles de que su hijo había recibido una carta de invitación para ir a los Juegos de Sidney. No se había clasificado, pero era muy joven y venía de ganar el Europeo por parejas. De los 130 deportistas españoles que fueron a los Juegos de Sidney, Jordi era el más joven.

“Me informan de que voy a Sidney dos meses antes de viajar. No tuve tiempo para asimilarlo. Puedes imaginar la que se montó en el colegio, el pueblo, el club… Ir a unos Juegos era una locura. Tengo muchos más recuerdos de Sidney que de los Juegos más recientes. En la ceremonia de inauguración se me caían las lágrimas. Me preguntaba: ‘¿Qué hago aquí?’. En ningún momento me había planteado ir a los Juegos. ¿Cómo me lo iba plantear? Si conocía el ping-pong paralímpico desde hacía tan solo unos meses.”, recuerda.

20 años después, Jordi mira atrás y ve un camino repleto de éxitos. Un camino que no comenzó con la visita al pabellón que le abrió las puertas del mundo paralímpico, sino que lo hizo en el instante el que decidió no ponerse barreras. Con 6 años, Jordi quería jugar al ping-pong y su discapacidad no iba a impedírselo.

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