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Isco nunca puede ser el problema del Madrid

Cuando corría el minuto 43 y el Real Madrid goleaba por cinco goles al Sevilla en el Bernabéu, los analistas de toda condición y pelaje comenzaron a pasar lista. Lo habitual en estos casos. Que si éste no estaba, que si faltaba el otro. Ay, si hubiera jugado aquel ese día. Fíjate tú, si es que es evidente. Estaba Isco en el banquillo, viendo el virtuosismo de sus compañeros, y el insondable mundo de la opinión pública empezó a especular con que, quizás, este fuera el motivo del derroche futbolístico del equipo. Quizá sin Isco el Madrid es más directo, juega sin medias tintas, a rebato. Quizás sin Isco el Madrid busca más el dominio, más control, desprecia la verticalidad y está condenado a ser más previsible. Quizás. Decían.

En un admirable ejercicio de ubicuidad, analizaban el partido del Bernabéu, en directo, y otro partido que se disputaba en otra dimensión espacio-temporal, paralela a aquel, con Isco en el campo y un resultado incierto. Menos abultado, se intuye. Desgranaban una realidad que convertía a Isco en poco menos que un problema para el buen hacer y parecer del Real Madrid. El jugador más determinante del equipo, ya desde la temporada pasada, puesto bajo el foco. Casi señalado. Como si la excelencia fuera un atributo mutable, capaz de evaporarse de un momento a otro. De solución a obstáculo.

Quienes defiende que sin Isco el Madrid es mejor, acuden a un argumento falaz. Olvidan el contexto. Olvidan que el Sevilla, desdibujado atrás, permitió las acometidas vertiginosas del Real Madrid. Los blancos aprovecharon su superioridad técnica (y seguramente también física) para desnudar a un rival desorientado. Pero una propuesta tan pobre, más aún cuando enfrente está un rival Champions, ocurre pocas veces. Lo habitual es ver a equipos con el cerrojo echado, conscientes de la calidad del Madrid, que obliga a buscar soluciones creativas y, por lo general, en poco espacio. Ahí es donde Isco se expande, se frota la sesera y de ella nacen ocasiones que otros no pueden ver. Desatasca encuentros tácticos, con muy pocas ocasiones para correr.

El malagueño tiene un perfil diferente al resto. Y gracias a ello ha llevado al Madrid a salvar partidos espesos, sin una gota de imaginación práctica. Esos donde se pierden (o se pierden todavía más) las Ligas. Y todo lo que se eleve como una salvación en los malos momentos, nunca puede ser parte de un problema. 

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Cuando corría el minuto 43 y el Real Madrid goleaba por cinco goles al Sevilla en el Bernabéu, los analistas de toda condición y pelaje comenzaron a pasar lista. Lo habitual en estos casos. Que si éste no estaba, que si faltaba el otro. Ay, si hubiera jugado aquel ese día. Fíjate tú, si es que es evidente. Estaba Isco en el banquillo, viendo el virtuosismo de sus compañeros, y el insondable mundo de la opinión pública empezó a especular con que, quizás, este fuera el motivo del derroche futbolístico del equipo. Quizá sin Isco el Madrid es más directo, juega sin medias tintas, a rebato. Quizás sin Isco el Madrid busca más el dominio, más control, desprecia la verticalidad y está condenado a ser más previsible. Quizás. Decían.

En un admirable ejercicio de ubicuidad, analizaban el partido del Bernabéu, en directo, y otro partido que se disputaba en otra dimensión espacio-temporal, paralela a aquel, con Isco en el campo y un resultado incierto. Menos abultado, se intuye. Desgranaban una realidad que convertía a Isco en poco menos que un problema para el buen hacer y parecer del Real Madrid. El jugador más determinante del equipo, ya desde la temporada pasada, puesto bajo el foco. Casi señalado. Como si la excelencia fuera un atributo mutable, capaz de evaporarse de un momento a otro. De solución a obstáculo.

Quienes defiende que sin Isco el Madrid es mejor, acuden a un argumento falaz. Olvidan el contexto. Olvidan que el Sevilla, desdibujado atrás, permitió las acometidas vertiginosas del Real Madrid. Los blancos aprovecharon su superioridad técnica (y seguramente también física) para desnudar a un rival desorientado. Pero una propuesta tan pobre, más aún cuando enfrente está un rival Champions, ocurre pocas veces. Lo habitual es ver a equipos con el cerrojo echado, conscientes de la calidad del Madrid, que obliga a buscar soluciones creativas y, por lo general, en poco espacio. Ahí es donde Isco se expande, se frota la sesera y de ella nacen ocasiones que otros no pueden ver. Desatasca encuentros tácticos, con muy pocas ocasiones para correr.

El malagueño tiene un perfil diferente al resto. Y gracias a ello ha llevado al Madrid a salvar partidos espesos, sin una gota de imaginación práctica. Esos donde se pierden (o se pierden todavía más) las Ligas. Y todo lo que se eleve como una salvación en los malos momentos, nunca puede ser parte de un problema. 

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