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Insensatos

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 11-10-2018

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En el vistoso estadio del Espanyol hace unos meses que acabó el tiempo del café y revista, de la precaución. La arena del reloj ha caído y nadie tiene ganas de darle la vuelta para pararse a razonar, porque las ambiciones se han disparado. El fútbol, de nuevo, ha extraído de su bolsillo el caramelo de la ilusión, aquel con el que suele engañar al hombre más reflexivo del mundo, y se lo ha dado al aficionado blanquiazul. Viva la insensatez.

Es casi disparatado pensar que los pericos estarán en la zona noble cuando la temporada diga basta, pero qué maravilla es solo planteárselo. Ir al RCDE Stadium, hace unos meses, era estar dispuesto a ver un fútbol práctico, más formal que la renovación del DNI. El 4-4-2 de Quique Sánchez Flores engendró un letargo que duró meses, en el que solo Gerard Moreno estuvo atento para despejar la larga sombra del descenso, que aparece cuando menos te lo esperas.

En cambio, el nuevo esquema de Rubi ha levantado al aficionado del sofá, casi cantándoles la melodía que ellos mismos entonan cada vez que se aproximan al coliseo: ahora es aún más bonito salir de casa para ir al estadio. Más allá del 4-3-3 del de Vilassar de Mar, el técnico de los blanquiazules debe concederse el mérito de reintegrar futbolistas que parecían desbocados, yendo a la nada. Y, como siempre, ocurre todo demasiado rápido. 

Es casi alarmante ver lo que puede cambiar todo en cuestión de meses, aunque a veces sea para bien. Granero ha extraído una versión parecida a la del Real Madrid, Hermoso y Roca se han recuperado del ostracismo de antaño, la delantera recibe más balones que nunca y Darder ha llegado a tal nivel, que le propone cuestiones a Luis Enrique. Es prácticamente la misma plantilla -sumando a Borja Iglesias y las apariciones esporádicas de Rosales- pero parece que juegan a otro deporte respecto al curso anterior. Y eso no parecía factible.

El Espanyol ha despertado una serie de sensaciones que serán perennes en el balompié, como esa ilusión desbordante por volver a atraer a la gente al campo o por pisar territorio europeo, que ya hace un par de lustros por el que no se pasea. Pensarlo puede ser insensato, pero a veces el fútbol no razona.  

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En el vistoso estadio del Espanyol hace unos meses que acabó el tiempo del café y revista, de la precaución. La arena del reloj ha caído y nadie tiene ganas de darle la vuelta para pararse a razonar, porque las ambiciones se han disparado. El fútbol, de nuevo, ha extraído de su bolsillo el caramelo de la ilusión, aquel con el que suele engañar al hombre más reflexivo del mundo, y se lo ha dado al aficionado blanquiazul. Viva la insensatez.

Es casi disparatado pensar que los pericos estarán en la zona noble cuando la temporada diga basta, pero qué maravilla es solo planteárselo. Ir al RCDE Stadium, hace unos meses, era estar dispuesto a ver un fútbol práctico, más formal que la renovación del DNI. El 4-4-2 de Quique Sánchez Flores engendró un letargo que duró meses, en el que solo Gerard Moreno estuvo atento para despejar la larga sombra del descenso, que aparece cuando menos te lo esperas.

En cambio, el nuevo esquema de Rubi ha levantado al aficionado del sofá, casi cantándoles la melodía que ellos mismos entonan cada vez que se aproximan al coliseo: ahora es aún más bonito salir de casa para ir al estadio. Más allá del 4-3-3 del de Vilassar de Mar, el técnico de los blanquiazules debe concederse el mérito de reintegrar futbolistas que parecían desbocados, yendo a la nada. Y, como siempre, ocurre todo demasiado rápido. 

Es casi alarmante ver lo que puede cambiar todo en cuestión de meses, aunque a veces sea para bien. Granero ha extraído una versión parecida a la del Real Madrid, Hermoso y Roca se han recuperado del ostracismo de antaño, la delantera recibe más balones que nunca y Darder ha llegado a tal nivel, que le propone cuestiones a Luis Enrique. Es prácticamente la misma plantilla -sumando a Borja Iglesias y las apariciones esporádicas de Rosales- pero parece que juegan a otro deporte respecto al curso anterior. Y eso no parecía factible.

El Espanyol ha despertado una serie de sensaciones que serán perennes en el balompié, como esa ilusión desbordante por volver a atraer a la gente al campo o por pisar territorio europeo, que ya hace un par de lustros por el que no se pasea. Pensarlo puede ser insensato, pero a veces el fútbol no razona.  

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