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Hunter Woodhall: correr sin piernas, pero hacerlo con el alma

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 07-05-2021

Cuando a Hunter Woodhall le preguntan por su historia, por su vida, siempre responde lo mismo. Puede ser que, para un chico de apenas 22 años, sea costumbre decir que uno no ha tenido las vivencias suficientes como para sentar cátedra en algún asunto. No es el caso del norteamericano, criado en Utah, que tiene motivos de sobra para servir de inspiración a jóvenes y no tan jóvenes de todo el mundo: “Me dijeron toda mi vida que no iba a poder caminar, así que decidí empezar a correr”. 

Hunter Woodhall nació en Utah en 1999. Nada más llegar al mundo, los médicos se dieron cuenta de que padecía una deficiencia ósea, lo que provocó que antes de cumplir un año de edad tuvieran que amputarle ambas piernas. La otra opción, según los doctores, sería mucho peor. Pasaba por dejarle sus extremidades, pero eso supondría dolores inmensos y pasar épocas larguísimas en el hospital, buscando soluciones, sufriendo cirugías y probablemente no encontrando nunca un resultado ideal. Aquel día, con solo 11 meses, él aún no tenía consciencia para saberlo, pero su vida cambió. Hasta los 11 años fue educado en casa, por un profesor particular que le impartía clases genéricas. Algo muy habitual en el país estadounidense en adolescentes con cualquier tipo de discapacidad, pero a partir de esa edad ingresó en la enseñanza pública. El simple hecho de utilizar prótesis le convirtió en el centro de las burlas en su infancia. Acudía al instinto con miedo, siendo el habitual niño que sufría bullying por los matones de la clase, con el añadido de ser, además, de la generación de los más pequeños en el High School. No era feliz. 

Hunter Woodhall viene de una familia de puros deportistas. Su tío es entrenador de varias disciplinas. Sus primos son atletas de bastante reputación nacional e incluso sus dos hermanos mayores han sido buenos competidores en sus años de instituto y universidad. “Siempre me machacaban, pero eso era porque no era consciente de mi cuerpo”, decía el niño que, durante su infancia, había probado con fútbol americano, baloncesto e incluso lucha, sin sentirse totalmente atraído. Los Woodhall solían competir en carreras populares de cinco kilómetros y, un día, bien pequeño, Hunter decidió que él también podía. Tras su primera carrera, la decisión estaba tomada. Había disfrutado cada metro como nunca.

Así comenzó su idilio con el tartán, algo que le ha llevado hoy a ser el primer atleta en la historia con doble amputación en conseguir una beca completa de una universidad de primera categoría, a ser doble medallista en los Juegos Paralímpicos con solo 17 años, o a ser doble medallista en un Mundial un verano antes. Pero los inicios nunca fueron sencillos. Un día, en una carrera de instituto, en su primer año, cruzó la meta el último, a muchísima distancia de sus compañeros. Él se sorprendió, porque la grada le vitoreó, le esperó y le coreó cuando llegó a la línea final. “¿Por qué aplauden al perdedor?”, pensó. Y mirando al suelo, intentando recuperar el oxígeno, encontró la respuesta, que le dejó con una sensación agridulce. “Me aplauden porque soy distinto. Me aplauden por mis piernas artificiales. Pero también porque se dan cuenta del esfuerzo extra que hago”. 

Ahí decidió que no iba a ser el último de la familia. Que no iba a ser la mascota de ningún instituto. Que iba a hacer su propio camino. “Le admiramos porque nadie le ha regalado nada”, dice su tío. Cambió sus prótesis habituales para caminar por unas más específicas de competición… Y comenzó poco a poco a volar, no sin sufrir, no sin entrenamiento, no sin talento. 

Siempre existieron las dudas. Hay quien se emociona de que una persona con sus características pueda correr tan rápido, pero hay quien le otorga cierta ventaja sobre el resto porque considera que las prótesis le impulsan con mayor facilidad. Eso le sucedió, por ejemplo, en su primer año universitario. Nunca nadie sin piernas había competido en un evento de primera división universitaria. Así que lo que se encontró era nuevo. Iba a competir frente a corredores sin discapacidad. Las caras de felicidad de la gente que le veía en la lista de salida se convirtieron en rostros de incredulidad cuando sellaba marcas mejores que algunos rivales. “La gente no mira el trabajo duro que hay detrás. No sabe lo que significa estar lejos de tu familia y entrenar seis días a la semana sin descanso. Pero no voy a correr por ellos. No corro para callar bocas. Corro porque me hace feliz. En su último año de secundaria, el sello de ‘tramposo’ le persiguió en cada meeting. Habitualmente, había entrenadores que hacían reclamaciones, por lo que Woodhall era apartado, la carrera se retrasaba y tenía que lidiar con toda la tensión de una prueba que comenzaba más tarde, aunque generalmente siempre con él. “Había entrenadores que me insultaban desde las gradas, pero afortunadamente eran pocos y el resto sacaba la cara por mí”.

Un año antes de entrar a la universidad, Hunter ya era conocido. Había sido cinco veces campeón estatal, había acudido ya a dos ediciones del Mundial Paralímpico (la primera con 16 años) y a unos Juegos Paralímpicos (con 17) logrando seis medallas, dos por edición (en los 400metros y en los 200 metros), pero sin conseguir ninguna dorada. En ese 2017, además, fue ganador del premio “Cambia el Deporte” al mejor inspirador de todo el país, logrando superar en las votaciones a Gabe Grunewald, Eliud Kipchoge y Armand Duplantis. Y para cerrar el cupo, había sellado el récord estatal de 400 metros.

En su primer año como universitario en los Razorbacks de Arkansas fue galardonado como All American por su gran relevo con el equipo de 4×400, hecho que repitió en su segundo año y en su tercero, en el que además también ha sido elegido All American en larga distancia, teniendo cuatro selecciones en solo tres años. Pero eso pudo no haber sucedido nunca. Si bien acabó entrando en una universidad de Division I en la NCAA, las dudas sobre su evolución eran enormes. Nunca un corredor de sus condiciones había estado en una universidad. Hunter nunca había corrido en indoor, algo clave en las pruebas universitarias, y no sabían si podía rendir. No sabían, siquiera, cómo iban a entrenar con él, qué métodos usar, nada. Afortunadamente, los Razorbacks no tuvieron miedo.

Hoy, Hunter está en su último año de universidad. Es muy activo y famoso en las redes sociales, donde habitualmente sube vídeos junto a su novia. Le encanta que su historia sirva para inspirar a alguien más. Sus hermanos, en sus perfiles de Instagram, sabedores de que Hunter es el célebre de la familia, no dudan en tirar una pullita en sus bios: “Sí, soy el hermano de Hunter”. Hunter es desde hace un lustro pareja de Tara Davis, la que fuera campeona del mundo salto de longitud juvenil en 2015 a los 16 años y que el mes pasado logró saltar 7’15 metros en la prueba, convirtiéndose en la mejor marca universitaria de todos los tiempos (vigente desde 1985) y siendo la quinta mejor marca estadounidense de la historia. Ambos forman una pareja explosiva, multicampeona y polideportiva, llamada a cosechar proezas en Mundiales y Juegos Olímpicos y Paralímpicos. Nunca me he visto como un discapacitado, aunque mi categoría internacional así lo diga. Yo soy un chico normal, y el mundo tiene que darse cuenta que hay gente con diferentes habilidades capaz de superarse a sí misma”. 


Imagen de cabecera: ImagoImages

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Cuando a Hunter Woodhall le preguntan por su historia, por su vida, siempre responde lo mismo. Puede ser que, para un chico de apenas 22 años, sea costumbre decir que uno no ha tenido las vivencias suficientes como para sentar cátedra en algún asunto. No es el caso del norteamericano, criado en Utah, que tiene motivos de sobra para servir de inspiración a jóvenes y no tan jóvenes de todo el mundo: “Me dijeron toda mi vida que no iba a poder caminar, así que decidí empezar a correr”. 

Hunter Woodhall nació en Utah en 1999. Nada más llegar al mundo, los médicos se dieron cuenta de que padecía una deficiencia ósea, lo que provocó que antes de cumplir un año de edad tuvieran que amputarle ambas piernas. La otra opción, según los doctores, sería mucho peor. Pasaba por dejarle sus extremidades, pero eso supondría dolores inmensos y pasar épocas larguísimas en el hospital, buscando soluciones, sufriendo cirugías y probablemente no encontrando nunca un resultado ideal. Aquel día, con solo 11 meses, él aún no tenía consciencia para saberlo, pero su vida cambió. Hasta los 11 años fue educado en casa, por un profesor particular que le impartía clases genéricas. Algo muy habitual en el país estadounidense en adolescentes con cualquier tipo de discapacidad, pero a partir de esa edad ingresó en la enseñanza pública. El simple hecho de utilizar prótesis le convirtió en el centro de las burlas en su infancia. Acudía al instinto con miedo, siendo el habitual niño que sufría bullying por los matones de la clase, con el añadido de ser, además, de la generación de los más pequeños en el High School. No era feliz. 

Hunter Woodhall viene de una familia de puros deportistas. Su tío es entrenador de varias disciplinas. Sus primos son atletas de bastante reputación nacional e incluso sus dos hermanos mayores han sido buenos competidores en sus años de instituto y universidad. “Siempre me machacaban, pero eso era porque no era consciente de mi cuerpo”, decía el niño que, durante su infancia, había probado con fútbol americano, baloncesto e incluso lucha, sin sentirse totalmente atraído. Los Woodhall solían competir en carreras populares de cinco kilómetros y, un día, bien pequeño, Hunter decidió que él también podía. Tras su primera carrera, la decisión estaba tomada. Había disfrutado cada metro como nunca.

Así comenzó su idilio con el tartán, algo que le ha llevado hoy a ser el primer atleta en la historia con doble amputación en conseguir una beca completa de una universidad de primera categoría, a ser doble medallista en los Juegos Paralímpicos con solo 17 años, o a ser doble medallista en un Mundial un verano antes. Pero los inicios nunca fueron sencillos. Un día, en una carrera de instituto, en su primer año, cruzó la meta el último, a muchísima distancia de sus compañeros. Él se sorprendió, porque la grada le vitoreó, le esperó y le coreó cuando llegó a la línea final. “¿Por qué aplauden al perdedor?”, pensó. Y mirando al suelo, intentando recuperar el oxígeno, encontró la respuesta, que le dejó con una sensación agridulce. “Me aplauden porque soy distinto. Me aplauden por mis piernas artificiales. Pero también porque se dan cuenta del esfuerzo extra que hago”. 

Ahí decidió que no iba a ser el último de la familia. Que no iba a ser la mascota de ningún instituto. Que iba a hacer su propio camino. “Le admiramos porque nadie le ha regalado nada”, dice su tío. Cambió sus prótesis habituales para caminar por unas más específicas de competición… Y comenzó poco a poco a volar, no sin sufrir, no sin entrenamiento, no sin talento. 

Siempre existieron las dudas. Hay quien se emociona de que una persona con sus características pueda correr tan rápido, pero hay quien le otorga cierta ventaja sobre el resto porque considera que las prótesis le impulsan con mayor facilidad. Eso le sucedió, por ejemplo, en su primer año universitario. Nunca nadie sin piernas había competido en un evento de primera división universitaria. Así que lo que se encontró era nuevo. Iba a competir frente a corredores sin discapacidad. Las caras de felicidad de la gente que le veía en la lista de salida se convirtieron en rostros de incredulidad cuando sellaba marcas mejores que algunos rivales. “La gente no mira el trabajo duro que hay detrás. No sabe lo que significa estar lejos de tu familia y entrenar seis días a la semana sin descanso. Pero no voy a correr por ellos. No corro para callar bocas. Corro porque me hace feliz. En su último año de secundaria, el sello de ‘tramposo’ le persiguió en cada meeting. Habitualmente, había entrenadores que hacían reclamaciones, por lo que Woodhall era apartado, la carrera se retrasaba y tenía que lidiar con toda la tensión de una prueba que comenzaba más tarde, aunque generalmente siempre con él. “Había entrenadores que me insultaban desde las gradas, pero afortunadamente eran pocos y el resto sacaba la cara por mí”.

Un año antes de entrar a la universidad, Hunter ya era conocido. Había sido cinco veces campeón estatal, había acudido ya a dos ediciones del Mundial Paralímpico (la primera con 16 años) y a unos Juegos Paralímpicos (con 17) logrando seis medallas, dos por edición (en los 400metros y en los 200 metros), pero sin conseguir ninguna dorada. En ese 2017, además, fue ganador del premio “Cambia el Deporte” al mejor inspirador de todo el país, logrando superar en las votaciones a Gabe Grunewald, Eliud Kipchoge y Armand Duplantis. Y para cerrar el cupo, había sellado el récord estatal de 400 metros.

En su primer año como universitario en los Razorbacks de Arkansas fue galardonado como All American por su gran relevo con el equipo de 4×400, hecho que repitió en su segundo año y en su tercero, en el que además también ha sido elegido All American en larga distancia, teniendo cuatro selecciones en solo tres años. Pero eso pudo no haber sucedido nunca. Si bien acabó entrando en una universidad de Division I en la NCAA, las dudas sobre su evolución eran enormes. Nunca un corredor de sus condiciones había estado en una universidad. Hunter nunca había corrido en indoor, algo clave en las pruebas universitarias, y no sabían si podía rendir. No sabían, siquiera, cómo iban a entrenar con él, qué métodos usar, nada. Afortunadamente, los Razorbacks no tuvieron miedo.

Hoy, Hunter está en su último año de universidad. Es muy activo y famoso en las redes sociales, donde habitualmente sube vídeos junto a su novia. Le encanta que su historia sirva para inspirar a alguien más. Sus hermanos, en sus perfiles de Instagram, sabedores de que Hunter es el célebre de la familia, no dudan en tirar una pullita en sus bios: “Sí, soy el hermano de Hunter”. Hunter es desde hace un lustro pareja de Tara Davis, la que fuera campeona del mundo salto de longitud juvenil en 2015 a los 16 años y que el mes pasado logró saltar 7’15 metros en la prueba, convirtiéndose en la mejor marca universitaria de todos los tiempos (vigente desde 1985) y siendo la quinta mejor marca estadounidense de la historia. Ambos forman una pareja explosiva, multicampeona y polideportiva, llamada a cosechar proezas en Mundiales y Juegos Olímpicos y Paralímpicos. Nunca me he visto como un discapacitado, aunque mi categoría internacional así lo diga. Yo soy un chico normal, y el mundo tiene que darse cuenta que hay gente con diferentes habilidades capaz de superarse a sí misma”. 


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