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Hugo Sánchez, goleador

Existen muchos jugadores que han dejado una huella en sus países. Incluso otros han logrado trascender y triunfar en el exterior, tanto en su propio continente como en uno diferente. Pero muy pocos han logrado hacer que su nombre se asocie directamente a su propia nación, como si ambas estuvieran correlacionadas desde el inicio de los tiempos. Sólo las leyendas llegan a tal nivel y Hugo Sánchez, sin dudas, entra en esta categoría.

Apareció en este mundo un 11 de julio de 1958 en la Ciudad de México y ya venía con el gol bajo el brazo. Sus instintos asesinos se mostraron a muy corta edad, metiendo anotaciones allí donde fuera. “Mis comienzos son como los de todos. Me gustó el balón y recuerdo que estaba casi todo el día dándole patadas. Rompía todo lo que había en mi casa a pesar de los enfados de mi madre. Buenos tiempos aquellos. Desde ahí, desde la cuna creo que fue creciendo en mi mente la idea de ser una estrella de este deporte” le dijo a la revista El Gráfico cuando ya era una estrella del Real Madrid.

Desde pequeño mostraba un don especial. No sólo convertía goles como si se le cayeran del bolsillo, sino que además lo hacía con una plasticidad atrapante. Los veedores de la selección nacional lo tenían fichado y fue por ello que con apenas 14 años comenzó a formar parte del equipo olímpico que buscaba clasificarse para Montreal 1976. Mientras seguía con sus estudios (odontología), él iba dando distintos pasos, como jugar en los prestigiosos torneos de Cannes y Toulon, en los Panamericanos disputados en su patria en 1975 y luego, por fin, en los Juegos Olímpicos, cita máxima del deporte. Sin embargo, allí no vivió una experiencia plena, ya que el conjunto Azteca acabó siendo eliminado en la primera ronda, cayendo por 4-1 ante la Francia de Platini, Battison y Fernández y empatando ante las más débiles Israel y Guatemala. Sin embargo, y pese a la temprana eliminación, comenzaba a ser considerado como el “Niño de Oro”, siendo el líder de aquella camada.

A todo esto, fue afianzándose en el primer equipo de los Pumas de la UNAM, donde debutó tras los JJOO, consiguiendo de paso su primera liga en aquella memorable temporada 1976-1977. Su rendimiento seguía mejorando, logrando entrar en la lista definitiva para disputar el Mundial de Argentina en 1978, torneo en el cual el Tri fracasó rotundamente, ya que perdieron ante Túnez -primer triunfo de un conjunto africano en la historia de este certamen-, Alemania Federal y Polonia. Hugo fue titular en los tres juegos, pero en todos se marchó con la boca seca. 

Lamentablemente, aquí iniciaba una historia llena de sinsabores, ya que el bailarín del área comenzó a hacerse cada vez más grande a nivel global, aunque lamentablemente no pudo correlacionar esto con su amado conjunto nacional. De hecho, incluso no pudo llevar a los suyos al Mundial siguiente y en el torneo disputado en su patria solamente pudo anotar un tanto –el único en Copas del Mundo- ante Bélgica. Solo en la Copa América de 1993 logró dejar al Tri bien en alto, alcanzando un gran subcampeonato. 

Tras un breve paso por la agonizante NASL norteamericana y una última liga con los Pumas, se marchó a Europa para terminar de consagrar su nombre. Disputó cuatro campañas con el Atlético de Madrid, en donde aumentó su flujo de goles y logró desterrar los insultos racistas que venían desde las gradas (donde muchas veces lo llamaban indio) llevando al equipo de la capital a los primeros puestos y consiguiendo en el camino la Copa del Rey en 1985, justo en su última temporada con los colchoneros. Sin embargo, el mexicano buscó un reto mayor y fue por ello que tomó la decisión de irse al máximo rival de estos, el Real Madrid, en una jugada sumamente arriesgada.

La apuesta, sin dudas, salió redonda: cinco ligas españolas, una Copa del Rey, dos Supercopas nacionales y hasta la Copa de la UEFA de 1986 terminaron por adornar su vitrina. Y muchos de estos títulos cayeron justamente gracias a sus goles: su rendimiento final dejó una cifra de 208 tantos en tan solo 283 partidos, teniendo varias campañas en las que superó las 30 dianas, una cifra inusual por aquel entonces –hoy nos malacostumbraron los Messi y CR7-. En aquella década lograró ser hasta cinco veces Pichichi de la Liga. No había nadie mejor que él. 

Durante esos gloriosos años de la segunda mitad de la década de los 80, Sánchez pasó a ser llamado lisa y llanamente Hugol, un apodo que calzaba perfecto con su grandeza. Para entonces ya era un delantero completo: podía convertir golazos de tiro libre con una comba solo conocida por Oliver Atom, cabecear anticipándose a todos, disparar de forma potente o incluso sorprender a todos anotando de chilena, como lo hiciera ante el Logroñés. Que la grada terminara festejando se hizo algo tan usual como verlo festejar dando piruetas, algo que aprendió de su hermana Carlinda, gimnasta olímpica. Parecía conocer todas las facetas del juego de ataque, algo que explotaba a más no poder. Como le dijo a El Gráfico, para él el gol era “el clímax deportivo máximo. Es como cuando en la Universidad logras una buena nota, cuando en tu trabajo recibes una felicitación o como cuando te besa la mujer que amas. Es también la culminación del cúmulo de esfuerzos de todo el equipo, el momento cumbre del espectáculo llamado fútbol”. 

Sus últimos años los pasó siendo un trotamundos, pasando por seis clubes en seis años distintos (América, Rayo Vallecano, Atlante, Linzer de Austria, Dallas Burn de la recién nacida MLS y Atlético Celaya), finalizando con 487 tantos en 823 partidos a nivel de clubes, una de las cifras más grandes de la historia. Tan grande fue su nombre por aquellos años que incluso en 1992 les permitió seguir con vida a los periodistas Epigmenio Ibarra y Hernán Vera, quienes se encontraban en Bosnia cubriendo la Guerra de Yugoslavia (como me recuerda su coterráneo César Fernández). Estos fueron interceptados a las afueras de Sarajevo y confundidos con espías. Cuando estaban a punto de ser fusilados, sacaron de sus bolsillos sus pasaportes y el soldado que iba a rematarlos exclamó con júbilo “¡México! ¡Hugo Sánchez!”. Tras esto, los dejarían en libertad. 

El mexicano siempre fue un inconformista. El gol era su droga y siempre salía a buscarla, aunque al final terminaba convirtiendo a los demás en adictos. Y si tenía que presentarse ante alguien, simplemente tenía que decir Hugo Sánchez, goleador. Y todo lo demás ya estaba dicho. 

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Existen muchos jugadores que han dejado una huella en sus países. Incluso otros han logrado trascender y triunfar en el exterior, tanto en su propio continente como en uno diferente. Pero muy pocos han logrado hacer que su nombre se asocie directamente a su propia nación, como si ambas estuvieran correlacionadas desde el inicio de los tiempos. Sólo las leyendas llegan a tal nivel y Hugo Sánchez, sin dudas, entra en esta categoría.

Apareció en este mundo un 11 de julio de 1958 en la Ciudad de México y ya venía con el gol bajo el brazo. Sus instintos asesinos se mostraron a muy corta edad, metiendo anotaciones allí donde fuera. “Mis comienzos son como los de todos. Me gustó el balón y recuerdo que estaba casi todo el día dándole patadas. Rompía todo lo que había en mi casa a pesar de los enfados de mi madre. Buenos tiempos aquellos. Desde ahí, desde la cuna creo que fue creciendo en mi mente la idea de ser una estrella de este deporte” le dijo a la revista El Gráfico cuando ya era una estrella del Real Madrid.

Desde pequeño mostraba un don especial. No sólo convertía goles como si se le cayeran del bolsillo, sino que además lo hacía con una plasticidad atrapante. Los veedores de la selección nacional lo tenían fichado y fue por ello que con apenas 14 años comenzó a formar parte del equipo olímpico que buscaba clasificarse para Montreal 1976. Mientras seguía con sus estudios (odontología), él iba dando distintos pasos, como jugar en los prestigiosos torneos de Cannes y Toulon, en los Panamericanos disputados en su patria en 1975 y luego, por fin, en los Juegos Olímpicos, cita máxima del deporte. Sin embargo, allí no vivió una experiencia plena, ya que el conjunto Azteca acabó siendo eliminado en la primera ronda, cayendo por 4-1 ante la Francia de Platini, Battison y Fernández y empatando ante las más débiles Israel y Guatemala. Sin embargo, y pese a la temprana eliminación, comenzaba a ser considerado como el “Niño de Oro”, siendo el líder de aquella camada.

A todo esto, fue afianzándose en el primer equipo de los Pumas de la UNAM, donde debutó tras los JJOO, consiguiendo de paso su primera liga en aquella memorable temporada 1976-1977. Su rendimiento seguía mejorando, logrando entrar en la lista definitiva para disputar el Mundial de Argentina en 1978, torneo en el cual el Tri fracasó rotundamente, ya que perdieron ante Túnez -primer triunfo de un conjunto africano en la historia de este certamen-, Alemania Federal y Polonia. Hugo fue titular en los tres juegos, pero en todos se marchó con la boca seca. 

Lamentablemente, aquí iniciaba una historia llena de sinsabores, ya que el bailarín del área comenzó a hacerse cada vez más grande a nivel global, aunque lamentablemente no pudo correlacionar esto con su amado conjunto nacional. De hecho, incluso no pudo llevar a los suyos al Mundial siguiente y en el torneo disputado en su patria solamente pudo anotar un tanto –el único en Copas del Mundo- ante Bélgica. Solo en la Copa América de 1993 logró dejar al Tri bien en alto, alcanzando un gran subcampeonato. 

Tras un breve paso por la agonizante NASL norteamericana y una última liga con los Pumas, se marchó a Europa para terminar de consagrar su nombre. Disputó cuatro campañas con el Atlético de Madrid, en donde aumentó su flujo de goles y logró desterrar los insultos racistas que venían desde las gradas (donde muchas veces lo llamaban indio) llevando al equipo de la capital a los primeros puestos y consiguiendo en el camino la Copa del Rey en 1985, justo en su última temporada con los colchoneros. Sin embargo, el mexicano buscó un reto mayor y fue por ello que tomó la decisión de irse al máximo rival de estos, el Real Madrid, en una jugada sumamente arriesgada.

La apuesta, sin dudas, salió redonda: cinco ligas españolas, una Copa del Rey, dos Supercopas nacionales y hasta la Copa de la UEFA de 1986 terminaron por adornar su vitrina. Y muchos de estos títulos cayeron justamente gracias a sus goles: su rendimiento final dejó una cifra de 208 tantos en tan solo 283 partidos, teniendo varias campañas en las que superó las 30 dianas, una cifra inusual por aquel entonces –hoy nos malacostumbraron los Messi y CR7-. En aquella década lograró ser hasta cinco veces Pichichi de la Liga. No había nadie mejor que él. 

Durante esos gloriosos años de la segunda mitad de la década de los 80, Sánchez pasó a ser llamado lisa y llanamente Hugol, un apodo que calzaba perfecto con su grandeza. Para entonces ya era un delantero completo: podía convertir golazos de tiro libre con una comba solo conocida por Oliver Atom, cabecear anticipándose a todos, disparar de forma potente o incluso sorprender a todos anotando de chilena, como lo hiciera ante el Logroñés. Que la grada terminara festejando se hizo algo tan usual como verlo festejar dando piruetas, algo que aprendió de su hermana Carlinda, gimnasta olímpica. Parecía conocer todas las facetas del juego de ataque, algo que explotaba a más no poder. Como le dijo a El Gráfico, para él el gol era “el clímax deportivo máximo. Es como cuando en la Universidad logras una buena nota, cuando en tu trabajo recibes una felicitación o como cuando te besa la mujer que amas. Es también la culminación del cúmulo de esfuerzos de todo el equipo, el momento cumbre del espectáculo llamado fútbol”. 

Sus últimos años los pasó siendo un trotamundos, pasando por seis clubes en seis años distintos (América, Rayo Vallecano, Atlante, Linzer de Austria, Dallas Burn de la recién nacida MLS y Atlético Celaya), finalizando con 487 tantos en 823 partidos a nivel de clubes, una de las cifras más grandes de la historia. Tan grande fue su nombre por aquellos años que incluso en 1992 les permitió seguir con vida a los periodistas Epigmenio Ibarra y Hernán Vera, quienes se encontraban en Bosnia cubriendo la Guerra de Yugoslavia (como me recuerda su coterráneo César Fernández). Estos fueron interceptados a las afueras de Sarajevo y confundidos con espías. Cuando estaban a punto de ser fusilados, sacaron de sus bolsillos sus pasaportes y el soldado que iba a rematarlos exclamó con júbilo “¡México! ¡Hugo Sánchez!”. Tras esto, los dejarían en libertad. 

El mexicano siempre fue un inconformista. El gol era su droga y siempre salía a buscarla, aunque al final terminaba convirtiendo a los demás en adictos. Y si tenía que presentarse ante alguien, simplemente tenía que decir Hugo Sánchez, goleador. Y todo lo demás ya estaba dicho. 

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Ancelotti lo sabe

Alberto López Frau @alberlopezfrau
17-01-2022