Síguenos de cerca

Motociclismo

Honda, Mugello y la derrota del siglo

MotoGP llega al Autódromo de Mugello dos años después. El icónico trazado de la Toscana fue uno de los damnificados el curso pasado por el Covid-19, por lo que despertará en este 2021 tras un larguísimo letargo. Ya saben, ‘Al Mugello non si dorme’.

Precisamente de no dormir saben mucho en Honda desde el año pasado, cuando la lesión de Marc Márquez se acabó traduciendo en la peor racha de la marca del ala dorada, que no ha ganado desde entonces. Qué lejos queda en ese box la última llegada a Mugello, cuando todo eran vino y victorias, rosas y títulos.

Y si eso parece lejano, todavía lo parece más la que fue, sin duda, la derrota más dolorosa del siglo en MotoGP. No por los pilotos involucrados, sino por la marca derrotada. Y, sobre todo, por cómo se produjo. Fue precisamente en Mugello, y apenas hay que viajar un lustro hacia atrás: concretamente al 22 de mayo de 2016.

En aquella época, previa al resurgir de Ducati, MotoGP todavía estaba sumida en el duelo Honda vs Yamaha, que se antropomorfizaba en las figuras de dos pilotos españoles: Marc Márquez y Jorge Lorenzo. El primero había llegado en modo apisonadora a la clase reina, ganando como rookie y arrasando al año siguiente. El segundo venía de ser campeón del mundo por tercera vez aprovechando la debilidad de Honda en 2015.

Para 2016 Márquez salió con la lección aprendida, y comenzó el año con una perfecta versión de la media inglesa: ganar en casa y empatar fuera. Traducido, vencer en los trazados propicios (Argentina y Austin) y subir al podio en los que no (tercero en Losail y Jerez). Un buen hacer del joven tetracampeón del mundo que tapaba las todavía evidentes vergüenzas de la RC213V. El primer error en Le Mans, donde Lorenzo ganó y le arrebató el liderato antes de llegar a Mugello.

Lo que pasó en el idílico paisaje transalpino no tendría ninguna trascendencia en el título final, pero sí en el honor de Honda.

Jorge Lorenzo, que salía quinto, cogió el mando ante su compañero Valentino Rossi, que había llevado el delirio a los tifosi con la pole. No tardó Márquez en ponerse tercero, heredando la segunda plaza al romperse el motor de la Yamaha número 46 y, con él, los corazones amarillos que poblaban las gradas.

Sin el ídolo local, los españoles ofrecieron un espectáculo grandioso. Márquez se pegó a la rueda de Lorenzo y le dejó hacer, esperando a los últimos giros para pasar a la acción. El primer intento llegó a cuatro del final. Llegaba motivado tras firmar la vuelta a rápida y no salió bien: se fue ligeramente largo y Lorenzo recuperó el mando sin inmutarse. El segundo intento cambió el decorado pero mantuvo el desenlace: arrancaba la penúltima vuelta y Márquez apuró la frenada de la curva uno, yéndose ligeramente largo y viendo cómo la Yamaha recuperaba el interior.

Cuando parecía que el 93 había jugado sus mejores cartas se sacó un as de la manga en el giro final. Lorenzo, que había pasado por meta primero en todas las vueltas, fue superado por la Honda de su compatriota en las primeras enlazadas y consolidó el liderato. El balear, lejos de tirar la toalla, se pegó a él y le metió la moto en la chicane previa a la última curva.

Eso intentó no salió bien: Márquez optó por sacrificar la primera parte de la chicane para ganar aceleración y salir primero. Faltaba una sola curva: Lorenzo trató de colarse por el interior frenando tardísimo, pero Márquez aguantó la frenada por fuera y no solo mantuvo la posición, sino que pudo dibujar el viraje con mayor velocidad para salir a la recta con unos metros de oro y una buena aceleración.

Lorenzo no tenía ni el rebufo. No iba a tener tiempo de salirse de la aspiración. Los narradores televisivos ya daban a Márquez como ganador. En Honda la fiesta estaba servida y no era para menos: habían asistido a una de las mejores carreras de su piloto y, sobre todo, a una última vuelta perfecta. Sencillamente, el ilerdense no lo podía haber hecho mejor.

De repente, el tiempo se detuvo en la Toscana. Nadie sabría decir por cuánto tiempo. El caso es que, de un momento a otro, todo el mundo se percató de que estaba asistiendo al mayor plot twist final en una carrera de MotoGP.

Como si fuera la Ducati que llevaría años después, la Yamaha de Jorge Lorenzo abrasó a la Honda de Marc Márquez y le superó en línea de meta por 19 milésimas. La incredulidad se adueñaba del muro, donde mientras unos pasaban de la resignación al éxtasis, otros se llevaban las manos a la cabeza entre murmullos de ‘nopuedeser’. Para hurgar más en la herida, cuatro segundos después Andrea Iannone batía a Dani Pedrosa por el podio.

Jorge Lorenzo, celebrando la victoria en 2016.

Para Honda fue la gran derrota. Un harakiri en el centro de su honor. En la marca dorada hay una máxima escrita con una tinta tan invisible como indeleble: se puede perder, pero no así. No por falta de aceleración cuando tienes la carrera ganada.

Hubo excusas, claro: se atribuyó en gran parte a la falta de adaptación a la centralita única de Magneti Marelli. Nadie duda de que esa fuera la causa, y es cierto que eso hizo que Honda se pusiera las pilas, mejorando la aceleración para ayudar a que Márquez ganase el título tanto ese año como los tres siguientes.

Todo eso fue después. Aquel día, el honor de Honda quedó en entredicho en una afrenta que se ha quedado en la retina del aficionado como la derrota del siglo en MotoGP.

Imagen de cabecera: Imago

Burgos, 1987. Madrileño de adopción. Periodista deportivo 3.0. Motociclismo, por encima de cualquier piloto; y deporte, por encima de cualquier deportista o club. Licenciado en periodismo, aprendí en Eurosport. Ahora soy editor en motorpasionmoto.com y colaboro en Sphera Sports, Motorbike Magazine y Sport Motor motociclismo.

Comparte la notícia

No te lo pierdas

Más sobre Motociclismo