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Hay trenes que no se pueden dejar pasar

Borja Pardo @Borja_Pardo 21-04-2022

«Siempre había pensado que las viejas estaciones de ferrocarril eran uno de los pocos lugares mágicos que quedaban en el mundo. En ellas se mezclaban los fantasmas de recuerdos y despedidas con el inicio de cientos de viajes a destinos lejanos, sin retorno. Si algún día me pierdo, que me busquen en una estación de tren» – Carlos Ruiz Zafón.



Nuestra vida no deja de ser una acumulación de trenes a los que nos hemos subido y otros a los que, por imposibilidad, conveniencia o por o los motivos que sea, decidimos no subirnos. Le podéis llamar trenes, le podéis llamar decisiones.

Y es que ya lo dejó escrito Paulo Coelho. «Nuestra vida es un constante viaje, desde el nacimiento hasta la muerte. El paisaje varía, la gente cambia, las necesidades se transforman, pero el tren sigue adelante. La vida es el tren, no la estación.“

El destino de una persona viene claramente determinado por estas decisiones, las trascedentes y las más mundanas. ¿Azúcar o sacarina? ¿Le escribo o no le escribo? ¿Me caso o no me caso? ¿Un segundo hijo? Todo condiciona, cualquier elección es kilometraje de vía que suma ese tren vital para llegar a un destino. Mejor o peor. Algunas decisiones son objetivamente acertadas y otras, en fin… pasa palabra y corramos un tupido velo.

El error es inherente al ser humano. Los cometemos a diario, y los ocultamos y minimizamos cómo podemos, con mayor o menor éxito, ya sea por pudor, vergüenza u orgullo. Hay quien lo esquiva como puede y hay quien tiene una relación tóxica con la equivocación, entrando en una espiral de descarrilamiento y un leitmotiv que suele acabar mal. Hay errores muy banales – ¿quién no ha borrado un mensaje de WhatsApp al equivocarse de destinatario? – y epic fails que te pueden destrozar la vida. Al final, imagino que la felicidad no deja de ser un cartón de bingo con números puestos al azar. A partir de ahí, esto debería ir de cometer los menores errores vitales, o en caso de cometerlos, llevarlos con la mayor dignidad posible. Fácil en teoría. La práctica es mucho más retorcida.

El fútbol no es ajeno a todo esto y seguramente no hay mejor muestra de ello que una final de Copa del Rey; el partido más esperado y espectacular del curso balompédico en España.

Real Betis y Valencia CF dilucidarán este sábado en el Estadio de La Cartuja quien releva al FC Barcelona como Campeón de la Copa del Rey, un trofeo que sigue manteniendo su prestigio y su solera, más si cabe con el nuevo formato, mucho más dinámico y atractivo. Miles de aficionados de ambos equipos llenarán las preciosas calles de Sevilla con bufandas, camisetas y banderas de su equipo. La final de la Copa; probablemente la mayor expresión de pertenencia y orgullo balompédico que se puede ver anualmente en el fútbol patrio.

El corazón del beticismo y el valencianismo late en las horas previas al esperado duelo, imaginando cómo puede transcurrir el partido, pero eso sí: todos se ven ganadores. ¿Y quién les culpa por ello?, no se contempla la derrota. Tienen argumentos sólidos y piezas de calidad en ambos conjuntos para imaginar el éxito de unos u otros, es por ello que en este tren no hay butaca para pusilánimes, pesimistas o flojos de espíritu.

Es una final, con lo que ello supone, da igual que se juegue en Sevilla o cómo lleguen los dos equipos. Incluso, si me apuras, da igual lo que dibujen en sus pizarras Manuel Pellegrini y José Bordalás. Al final, como siempre, lo más importante siempre acabarán siendo las pequeñas decisiones que tomen los futbolistas sobre el césped. Soy de los que cree que lo emocional explica mucho mejor el fútbol que lo táctico, y es por ello que un segundo de duda de un central, un acto de coraje de un centrocampista al ir al suelo o un desmarque con pillería de un atacante puede decantar la final, asignar el alirón de la Copa y despertar el júbilo en una ciudad y la depresión en otra. Puro fútbol, pura vida.

El futbolista, mitificado hasta el exceso muchas veces, es una persona como tú o como yo. Con sus miedos y con sus dudas. De hecho seguro que también ha enviado mensajes o emojis por error. No tengo pruebas pero tampoco dudas. Un leve titubeo el sábado y tal vez arrastre a su equipo al fracaso. Un segundo, una decisión acertada o errónea de cualquiera de los futbolistas sobre el tapete del coliseo hispalense puede condicionar sobremanera un partido con un título en juego. Mucha presión, demasiada responsabilidad. Sea como sea, estamos hablando de un tren que no se puede perder. Y es que los trenes ya se sabe, una vez salen, ya no hay marcha atrás.

¡Pasajeros al tren!



Contenido patrocinado por RENFE

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«Siempre había pensado que las viejas estaciones de ferrocarril eran uno de los pocos lugares mágicos que quedaban en el mundo. En ellas se mezclaban los fantasmas de recuerdos y despedidas con el inicio de cientos de viajes a destinos lejanos, sin retorno. Si algún día me pierdo, que me busquen en una estación de tren» – Carlos Ruiz Zafón.



Nuestra vida no deja de ser una acumulación de trenes a los que nos hemos subido y otros a los que, por imposibilidad, conveniencia o por o los motivos que sea, decidimos no subirnos. Le podéis llamar trenes, le podéis llamar decisiones.

Y es que ya lo dejó escrito Paulo Coelho. «Nuestra vida es un constante viaje, desde el nacimiento hasta la muerte. El paisaje varía, la gente cambia, las necesidades se transforman, pero el tren sigue adelante. La vida es el tren, no la estación.“

El destino de una persona viene claramente determinado por estas decisiones, las trascedentes y las más mundanas. ¿Azúcar o sacarina? ¿Le escribo o no le escribo? ¿Me caso o no me caso? ¿Un segundo hijo? Todo condiciona, cualquier elección es kilometraje de vía que suma ese tren vital para llegar a un destino. Mejor o peor. Algunas decisiones son objetivamente acertadas y otras, en fin… pasa palabra y corramos un tupido velo.

El error es inherente al ser humano. Los cometemos a diario, y los ocultamos y minimizamos cómo podemos, con mayor o menor éxito, ya sea por pudor, vergüenza u orgullo. Hay quien lo esquiva como puede y hay quien tiene una relación tóxica con la equivocación, entrando en una espiral de descarrilamiento y un leitmotiv que suele acabar mal. Hay errores muy banales – ¿quién no ha borrado un mensaje de WhatsApp al equivocarse de destinatario? – y epic fails que te pueden destrozar la vida. Al final, imagino que la felicidad no deja de ser un cartón de bingo con números puestos al azar. A partir de ahí, esto debería ir de cometer los menores errores vitales, o en caso de cometerlos, llevarlos con la mayor dignidad posible. Fácil en teoría. La práctica es mucho más retorcida.

El fútbol no es ajeno a todo esto y seguramente no hay mejor muestra de ello que una final de Copa del Rey; el partido más esperado y espectacular del curso balompédico en España.

Real Betis y Valencia CF dilucidarán este sábado en el Estadio de La Cartuja quien releva al FC Barcelona como Campeón de la Copa del Rey, un trofeo que sigue manteniendo su prestigio y su solera, más si cabe con el nuevo formato, mucho más dinámico y atractivo. Miles de aficionados de ambos equipos llenarán las preciosas calles de Sevilla con bufandas, camisetas y banderas de su equipo. La final de la Copa; probablemente la mayor expresión de pertenencia y orgullo balompédico que se puede ver anualmente en el fútbol patrio.

El corazón del beticismo y el valencianismo late en las horas previas al esperado duelo, imaginando cómo puede transcurrir el partido, pero eso sí: todos se ven ganadores. ¿Y quién les culpa por ello?, no se contempla la derrota. Tienen argumentos sólidos y piezas de calidad en ambos conjuntos para imaginar el éxito de unos u otros, es por ello que en este tren no hay butaca para pusilánimes, pesimistas o flojos de espíritu.

Es una final, con lo que ello supone, da igual que se juegue en Sevilla o cómo lleguen los dos equipos. Incluso, si me apuras, da igual lo que dibujen en sus pizarras Manuel Pellegrini y José Bordalás. Al final, como siempre, lo más importante siempre acabarán siendo las pequeñas decisiones que tomen los futbolistas sobre el césped. Soy de los que cree que lo emocional explica mucho mejor el fútbol que lo táctico, y es por ello que un segundo de duda de un central, un acto de coraje de un centrocampista al ir al suelo o un desmarque con pillería de un atacante puede decantar la final, asignar el alirón de la Copa y despertar el júbilo en una ciudad y la depresión en otra. Puro fútbol, pura vida.

El futbolista, mitificado hasta el exceso muchas veces, es una persona como tú o como yo. Con sus miedos y con sus dudas. De hecho seguro que también ha enviado mensajes o emojis por error. No tengo pruebas pero tampoco dudas. Un leve titubeo el sábado y tal vez arrastre a su equipo al fracaso. Un segundo, una decisión acertada o errónea de cualquiera de los futbolistas sobre el tapete del coliseo hispalense puede condicionar sobremanera un partido con un título en juego. Mucha presión, demasiada responsabilidad. Sea como sea, estamos hablando de un tren que no se puede perder. Y es que los trenes ya se sabe, una vez salen, ya no hay marcha atrás.

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