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Un mago a orillas del Pisuerga

Diego G. Argota @Diego21Garcia 29-01-2020

Cuando Hatem Ben Arfa agarraba el balón tras recoger un rechace de un córner, solo un ruido se oía en la grada: “ohhhh”. Claro, que el matiz cambiaba mucho si el futbolista jugaba de visitante o de local. Si estaba en casa, el estruendo de la afición se alargaba, esperanzador. Si jugaba fuera, el sonido era seco, cortante, de gente absolutamente temblorosa de miedo. Daba igual que estuviera a 80 metros de la portería rival y en una guerra contra tres o cuatro rivales. Esa situación, para el mejor Hatem Ben Arfa, era lo que es para otros un penalti. Si bien no siempre era gol, el peligro estaba manifiesto.

Era la temporada 2011-2012. Por primera vez en lustros, el Newcastle estaba peleando en la zona noble de la Premier League y acabó la temporada en quinta posición, por delante de Liverpool, Chelsea y Everton, entre otros. Y en parte, esa suficiencia futbolística tenía su origen en una defensa sólida, en la tremenda efectividad de Papiss Cissé y Demba Ba, en la jerarquía de Yohan Cabaye, y en la imprevisibilidad de Ben Arfa, que gozaba del mejor momento de forma de su carrera ahuyentando las inoportunas lesiones y encontrando una regularidad que no ha sido muy repetitiva en su trayectoria.

Ficha el Valladolid con el franco-tunecino un futbolista sensacional cuando tiene el balón en los pies, pero que no tiene nada ordenado en su cabeza. Solo así se explica la carrera, que lo ha tenido absolutamente todo, de un futbolista que por calidad individual podría jugar en cualquier equipo del planeta pero que por actitud ha ido rebotando de equipo en equipo como si no valiera para ninguno de ellos.

Ben Arfa necesita sentirse el rey del mambo para brillar con luz propia. Unos privilegios de dudosa jerarquía que se le pueden otorgar en equipos que hipotequen su temporada y sus valores al talento de su zurda, pero que difícilmente serán concedidos en equipos del máximo nivel.

La eterna promesa del fútbol francés, aquel líder de la Generación del 87 que formaba junto a Nasri, Ménez o Benzema y que estaba llamado a devolver a la primera escena al fútbol galo, tiene su desorden mental en una infancia tremendamente difícil y desenvuelta en un entorno de dudosa reputación en un barrio marginal de París. Ni siquiera su entrada en Clairefontaine, el cuartel de la Federación, con apenas 15 años le pudo sacar el bicho que llevaba dentro.

Ya desde la pubertad demostró la personalidad que le envolvía, de jugador rebelde al que nadie le dice qué hacer o cuándo llevarlo a cabo. Es por eso que ha salido mal de absolutamente todos sus equipos, salvo aquellos que le han bailado el agua y se han visto entre la espada y la pared necesitados de su improvisación y su calidad individual, esa que rellena minutos y minutos de highlights en YouTube donde demuestra tener una clase al alcance de prácticamente ninguno.

Ben Arfa, ese niño que creció admirando al PSG y que un día, siendo jugador del Olympique de Lyon, decidió declararse en rebeldía para ir a uno de los eternos rivales del equipo para el que jugaba, el Olympique de Marsella, rechazando ofertas de Manchester United o Real Madrid. El mismo que, años más tarde, le hizo la misma jugada al club marsellés, ausentándose varios días de entrenar, para recalar en el Newcastle, club donde había soñado jugar desde hacía varios años.

Esa fuga de Marsella supuso que Deschamps le hiciera la cruz. Por eso, pese a tener momentos de brillantez absoluta y de rendimiento superlativo, al francés le ha costado mucho volver a la selección. Pero en Newcastle las cosas tampoco fueron de color de rosa. Ahí se partió la tibia y peroné nada más llegar fruto de una entrada de De Jong, una lesión por la que incluso los médicos estuvieron tentados de amputarle la pierna durante la operación.

Tras una recuperación duradera, Ben Arfa dio años de verdadera lucidez a la afición inglesa, que acabó ensombrecida por su mala relación con el capitán, Coloccini, y el entrenador, Alan Pardew. Llegaron sus problemas de peso, sus mil y una bajas por cuestiones musculares y una salida realmente turbulenta para un jugador que era uno de los favoritos de la grada (incluso cuando el Hull City fue a jugar contra el Newcastle, con él como tiger no convocado, vio el partido entero con la afición del Newcastle, que le llamaba The Geordie Messi), que no dudó en colgar pancartas con su gesto como si fuera el Che jornada tras jornada hasta en los partidos del equipo filial, al que fue relegado justo antes de marchar.

Pero su salida al Hull City no fue idílica. Recibido como ídolo de masas el último día de mercado, Steve Bruce le hizo la cruz desde el primer día y le apartó casi de inmediato cortando su cesión en cuanto pudo. El Niza quiso rescatarle, pero la FIFA prohibió su inscripción al considerar oficiales los partidos con el filial y no le permitió jugar para tres clubes en una misma temporada.

Solo tenía 27 años cuando tomó una decisión inexplicable. Anunció que se retiraba. Que no jugaría más al fútbol pese a que el Niza le iba a inscribir en la siguiente temporada y ya le estaba pagando. Seis meses después de decir que quería colgar las botas, volvía a sorprender al sostener que iba a ganar el Balón de Oro. «Sé que algunos pensarán que estoy loco, pero aún sueño con el Balón de Oro. Creo que algún día seré el mejor jugador del mundo«. Inestabilidad absoluta.

Y, loco o no, hay quienes piensan que, de haber hecho las cosas de otra manera, podría haber estado en la pugna. «Si hubiera seguido la trayectoria que apuntaba, hoy estaría jugando en el Barcelona con Leo Messi. Técnicamente los dos son iguales. Con el balón le he visto hacer cosas increíbles, cosas que no vi hacer a nadie, pero no tomó bien algunas decisiones de su carrera», apuntaba Karim Benzema, compañero de generación tanto en Lyon como en Les Bleus.

Pepe Pla y Piqué, que tuvieron que lidiar con él en aquella final de la Eurocopa Sub17 que midió a España y Francia en 2004, incidían en la imposibilidad de frenarle cuando tenía la pelota en los pies, dando solidez al argumento del delantero del Real Madrid y que era un jugador para un equipo grande lo mostró poco después porque, tras pasar por el ostracismo del Hull City y hacer creer a todo el mundo que estaba muerto, cuajó una temporada de dibujos animados en el Niza que le puso nuevamente en escena y le obligó a tener que decidirse entre FC Barcelona o PSG en la temporada en la que cumplía 29 años. Casi nada.

Ahí apareció su vena parisina, el sueño de aquel niño que creció con una bufanda del equipo de la capital colgada en la pared de su habitación y desechó la oportunidad de hacer realidad las palabras de su compatriota Benzema de jugar en la Ciudad Condal para el Barcelona. Pero el fichaje por el equipo de su vida se convirtió en un tormento cuando, tras unos meses en el equipo, Unai Emery le apartó y le tuvo más de un año en el ostracismo, acusándole de mal profesional y provocando una situación que luego el futbolista ganaría en los juzgados.

La oportunidad de ser diferencial en un equipo grande se había esfumado, pero volvió a demostrar que cuando le dan absoluta libertad es el jugador capaz de cambiar la cara de cualquier equipo. Sin ir más lejos, en apenas una temporada, con el Rennes, fue capaz de conquistar una Copa, precisamente ante el PSG, con un equipo por el que nadie apostaba nada.

En Valladolid puede hacer estragos y es capaz de sacar él solito al equipo de la zona de peligro si en Pucela se le hace saber desde el principio que él allí será el jugador franquicia, pese a haber firmado solo por medio año. El francés no necesita adaptación, no le es crucial la táctica y poco le importa no conocer siquiera a sus compañeros. Que a él le den la pelota y traten de no estorbar demasiado, y sacará puntos por doquier con una zurda de absoluta fantasía.

Cuando Ben Arfa termine su carrera, deberá analizar fríamente qué es lo que ha hecho con su trayectoria y con sus años de fútbol. Un jugador capacitado para ser titular en prácticamente todos los equipos del planeta y al que la regularidad futbolística y una cabeza totalmente desarbolada, con una personalidad dudosa y un pronto exagerado, que ha terminado dando los mejores años de su vida en equipos con otras necesidades inferiores y fracasando en los gordos envites.

Foto: @realvalladolid

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Cuando Hatem Ben Arfa agarraba el balón tras recoger un rechace de un córner, solo un ruido se oía en la grada: “ohhhh”. Claro, que el matiz cambiaba mucho si el futbolista jugaba de visitante o de local. Si estaba en casa, el estruendo de la afición se alargaba, esperanzador. Si jugaba fuera, el sonido era seco, cortante, de gente absolutamente temblorosa de miedo. Daba igual que estuviera a 80 metros de la portería rival y en una guerra contra tres o cuatro rivales. Esa situación, para el mejor Hatem Ben Arfa, era lo que es para otros un penalti. Si bien no siempre era gol, el peligro estaba manifiesto.

Era la temporada 2011-2012. Por primera vez en lustros, el Newcastle estaba peleando en la zona noble de la Premier League y acabó la temporada en quinta posición, por delante de Liverpool, Chelsea y Everton, entre otros. Y en parte, esa suficiencia futbolística tenía su origen en una defensa sólida, en la tremenda efectividad de Papiss Cissé y Demba Ba, en la jerarquía de Yohan Cabaye, y en la imprevisibilidad de Ben Arfa, que gozaba del mejor momento de forma de su carrera ahuyentando las inoportunas lesiones y encontrando una regularidad que no ha sido muy repetitiva en su trayectoria.

Ficha el Valladolid con el franco-tunecino un futbolista sensacional cuando tiene el balón en los pies, pero que no tiene nada ordenado en su cabeza. Solo así se explica la carrera, que lo ha tenido absolutamente todo, de un futbolista que por calidad individual podría jugar en cualquier equipo del planeta pero que por actitud ha ido rebotando de equipo en equipo como si no valiera para ninguno de ellos.

Ben Arfa necesita sentirse el rey del mambo para brillar con luz propia. Unos privilegios de dudosa jerarquía que se le pueden otorgar en equipos que hipotequen su temporada y sus valores al talento de su zurda, pero que difícilmente serán concedidos en equipos del máximo nivel.

La eterna promesa del fútbol francés, aquel líder de la Generación del 87 que formaba junto a Nasri, Ménez o Benzema y que estaba llamado a devolver a la primera escena al fútbol galo, tiene su desorden mental en una infancia tremendamente difícil y desenvuelta en un entorno de dudosa reputación en un barrio marginal de París. Ni siquiera su entrada en Clairefontaine, el cuartel de la Federación, con apenas 15 años le pudo sacar el bicho que llevaba dentro.

Ya desde la pubertad demostró la personalidad que le envolvía, de jugador rebelde al que nadie le dice qué hacer o cuándo llevarlo a cabo. Es por eso que ha salido mal de absolutamente todos sus equipos, salvo aquellos que le han bailado el agua y se han visto entre la espada y la pared necesitados de su improvisación y su calidad individual, esa que rellena minutos y minutos de highlights en YouTube donde demuestra tener una clase al alcance de prácticamente ninguno.

Ben Arfa, ese niño que creció admirando al PSG y que un día, siendo jugador del Olympique de Lyon, decidió declararse en rebeldía para ir a uno de los eternos rivales del equipo para el que jugaba, el Olympique de Marsella, rechazando ofertas de Manchester United o Real Madrid. El mismo que, años más tarde, le hizo la misma jugada al club marsellés, ausentándose varios días de entrenar, para recalar en el Newcastle, club donde había soñado jugar desde hacía varios años.

Esa fuga de Marsella supuso que Deschamps le hiciera la cruz. Por eso, pese a tener momentos de brillantez absoluta y de rendimiento superlativo, al francés le ha costado mucho volver a la selección. Pero en Newcastle las cosas tampoco fueron de color de rosa. Ahí se partió la tibia y peroné nada más llegar fruto de una entrada de De Jong, una lesión por la que incluso los médicos estuvieron tentados de amputarle la pierna durante la operación.

Tras una recuperación duradera, Ben Arfa dio años de verdadera lucidez a la afición inglesa, que acabó ensombrecida por su mala relación con el capitán, Coloccini, y el entrenador, Alan Pardew. Llegaron sus problemas de peso, sus mil y una bajas por cuestiones musculares y una salida realmente turbulenta para un jugador que era uno de los favoritos de la grada (incluso cuando el Hull City fue a jugar contra el Newcastle, con él como tiger no convocado, vio el partido entero con la afición del Newcastle, que le llamaba The Geordie Messi), que no dudó en colgar pancartas con su gesto como si fuera el Che jornada tras jornada hasta en los partidos del equipo filial, al que fue relegado justo antes de marchar.

Pero su salida al Hull City no fue idílica. Recibido como ídolo de masas el último día de mercado, Steve Bruce le hizo la cruz desde el primer día y le apartó casi de inmediato cortando su cesión en cuanto pudo. El Niza quiso rescatarle, pero la FIFA prohibió su inscripción al considerar oficiales los partidos con el filial y no le permitió jugar para tres clubes en una misma temporada.

Solo tenía 27 años cuando tomó una decisión inexplicable. Anunció que se retiraba. Que no jugaría más al fútbol pese a que el Niza le iba a inscribir en la siguiente temporada y ya le estaba pagando. Seis meses después de decir que quería colgar las botas, volvía a sorprender al sostener que iba a ganar el Balón de Oro. «Sé que algunos pensarán que estoy loco, pero aún sueño con el Balón de Oro. Creo que algún día seré el mejor jugador del mundo«. Inestabilidad absoluta.

Y, loco o no, hay quienes piensan que, de haber hecho las cosas de otra manera, podría haber estado en la pugna. «Si hubiera seguido la trayectoria que apuntaba, hoy estaría jugando en el Barcelona con Leo Messi. Técnicamente los dos son iguales. Con el balón le he visto hacer cosas increíbles, cosas que no vi hacer a nadie, pero no tomó bien algunas decisiones de su carrera», apuntaba Karim Benzema, compañero de generación tanto en Lyon como en Les Bleus.

Pepe Pla y Piqué, que tuvieron que lidiar con él en aquella final de la Eurocopa Sub17 que midió a España y Francia en 2004, incidían en la imposibilidad de frenarle cuando tenía la pelota en los pies, dando solidez al argumento del delantero del Real Madrid y que era un jugador para un equipo grande lo mostró poco después porque, tras pasar por el ostracismo del Hull City y hacer creer a todo el mundo que estaba muerto, cuajó una temporada de dibujos animados en el Niza que le puso nuevamente en escena y le obligó a tener que decidirse entre FC Barcelona o PSG en la temporada en la que cumplía 29 años. Casi nada.

Ahí apareció su vena parisina, el sueño de aquel niño que creció con una bufanda del equipo de la capital colgada en la pared de su habitación y desechó la oportunidad de hacer realidad las palabras de su compatriota Benzema de jugar en la Ciudad Condal para el Barcelona. Pero el fichaje por el equipo de su vida se convirtió en un tormento cuando, tras unos meses en el equipo, Unai Emery le apartó y le tuvo más de un año en el ostracismo, acusándole de mal profesional y provocando una situación que luego el futbolista ganaría en los juzgados.

La oportunidad de ser diferencial en un equipo grande se había esfumado, pero volvió a demostrar que cuando le dan absoluta libertad es el jugador capaz de cambiar la cara de cualquier equipo. Sin ir más lejos, en apenas una temporada, con el Rennes, fue capaz de conquistar una Copa, precisamente ante el PSG, con un equipo por el que nadie apostaba nada.

En Valladolid puede hacer estragos y es capaz de sacar él solito al equipo de la zona de peligro si en Pucela se le hace saber desde el principio que él allí será el jugador franquicia, pese a haber firmado solo por medio año. El francés no necesita adaptación, no le es crucial la táctica y poco le importa no conocer siquiera a sus compañeros. Que a él le den la pelota y traten de no estorbar demasiado, y sacará puntos por doquier con una zurda de absoluta fantasía.

Cuando Ben Arfa termine su carrera, deberá analizar fríamente qué es lo que ha hecho con su trayectoria y con sus años de fútbol. Un jugador capacitado para ser titular en prácticamente todos los equipos del planeta y al que la regularidad futbolística y una cabeza totalmente desarbolada, con una personalidad dudosa y un pronto exagerado, que ha terminado dando los mejores años de su vida en equipos con otras necesidades inferiores y fracasando en los gordos envites.

Foto: @realvalladolid

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Adaptación

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
14-02-2020

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Fátima Gálvez, medalla a tiro

David Orenes @david_lrl
14-02-2020