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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 16-05-2018

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Sam Allardyce no paró de meterse en charcos durante toda su etapa en el Everton. Nunca quiso retractarse de algunas frases fuera de lugar, saltando de un lado al otro hasta que acabó cayendo al río Mersey. Cuando vio que tenía el agua por el cuello pidió ayuda a los aficionados, a la directiva y a los jugadores. Nadie se dignó a mover un dedo. Ni a buscar un salvavidas, por si sobraba alguno. El fin estaba cerca.

“Agradar al aficionado es una mezcla de entretenimiento y resultados.”. El ex del Bolton, a pesar de lo que decía delante de los periodistas, fue un técnico que siempre miró más su portería que a la otra. A pesar de ser conservador hubo lugar para goleadas muy sonadas: Manchester City, Arsenal y Southampton, entre otros, perforaron la portería de Pickford en más de tres ocasiones. El Everton naufragaba. 

Los Beatles, en una de sus canciones, llegaron a pedir que “no les decepcionaran”. Los aficionados del Everton, si pudieran, cantarían con resignación este himno a pesar de que en cualquier momento puede suceder porque está en el ADN del club. Porque quién podía esperar que después de gastarse más de 100 millones de euros, los toffees no iban a tener un delantero centro hasta enero. Los problemas no solo vienen de la dirección en el campo. 

El máximo accionista, Farhad Moshiri, aparece poco por Liverpool ya que debe mantener una empresa multimillonaria que le quita muchísimo tiempo. Sigue delegando en gente de confianza como Bill Kenwright, que ama el club como a su hijo pequeño. El presidente es un romántico empresario del teatro que estuvo cerca del llanto cuando Rooney se marchó del club y, por ello, no dudó en cuanto vio la oportunidad de traerlo a casa. Serendipia.

Sin embargo, cuando le preguntaron sobre Allardyce, en los premios de fin de temporada, le dio las “gracias” por haber dejado al equipo octavo en la tabla, tras un arranque titubeante de curso en el que se coqueteó con el descenso. Unas palabras que no agradaron a los aficionados que mostraron una pancarta en el London Stadium que decía: “Si nada es bueno excepto lo mejor… ¿Por qué debemos estar agradecidos por quedar octavos? Allardyce y Kenwright fuera”.

El tweet anterior al anuncio de su despido proclamaba cambios significantes en el seno del club, un aviso que no solo debe apuntar al nuevo entrenador. Los jugadores también deben reflexionar. El próximo curso no habrá excusas.

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Sam Allardyce no paró de meterse en charcos durante toda su etapa en el Everton. Nunca quiso retractarse de algunas frases fuera de lugar, saltando de un lado al otro hasta que acabó cayendo al río Mersey. Cuando vio que tenía el agua por el cuello pidió ayuda a los aficionados, a la directiva y a los jugadores. Nadie se dignó a mover un dedo. Ni a buscar un salvavidas, por si sobraba alguno. El fin estaba cerca.

“Agradar al aficionado es una mezcla de entretenimiento y resultados.”. El ex del Bolton, a pesar de lo que decía delante de los periodistas, fue un técnico que siempre miró más su portería que a la otra. A pesar de ser conservador hubo lugar para goleadas muy sonadas: Manchester City, Arsenal y Southampton, entre otros, perforaron la portería de Pickford en más de tres ocasiones. El Everton naufragaba. 

Los Beatles, en una de sus canciones, llegaron a pedir que “no les decepcionaran”. Los aficionados del Everton, si pudieran, cantarían con resignación este himno a pesar de que en cualquier momento puede suceder porque está en el ADN del club. Porque quién podía esperar que después de gastarse más de 100 millones de euros, los toffees no iban a tener un delantero centro hasta enero. Los problemas no solo vienen de la dirección en el campo. 

El máximo accionista, Farhad Moshiri, aparece poco por Liverpool ya que debe mantener una empresa multimillonaria que le quita muchísimo tiempo. Sigue delegando en gente de confianza como Bill Kenwright, que ama el club como a su hijo pequeño. El presidente es un romántico empresario del teatro que estuvo cerca del llanto cuando Rooney se marchó del club y, por ello, no dudó en cuanto vio la oportunidad de traerlo a casa. Serendipia.

Sin embargo, cuando le preguntaron sobre Allardyce, en los premios de fin de temporada, le dio las “gracias” por haber dejado al equipo octavo en la tabla, tras un arranque titubeante de curso en el que se coqueteó con el descenso. Unas palabras que no agradaron a los aficionados que mostraron una pancarta en el London Stadium que decía: “Si nada es bueno excepto lo mejor… ¿Por qué debemos estar agradecidos por quedar octavos? Allardyce y Kenwright fuera”.

El tweet anterior al anuncio de su despido proclamaba cambios significantes en el seno del club, un aviso que no solo debe apuntar al nuevo entrenador. Los jugadores también deben reflexionar. El próximo curso no habrá excusas.

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