_Motociclismo

Gracias, Giorgio

Sergio Merino Rueda @SergioMerino8 19-11-2019

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Jorge Lorenzo MotoGP

No se retiraba un tricampeón del mundo de MotoGP desde Mick Doohan. Y antes fue Eddie Lawson. Y antes Wayne Rayney. Y ninguno de ellos lo hizo en el siglo XXI. Creo que eso nos puede dar una idea de la dimensión de Jorge Lorenzo en la historia del motociclismo.

Pensando en estas líneas busqué en las típicas páginas con citas célebres un verso para escribir este texto a partir de él. Puse “enemigo” en el buscador y aparecieron varias con la fuerza suficiente para iniciar el relato. “Si no tienes enemigos es señal que la fortuna te ha olvidado” y “Pido que me juzguen por los enemigos que he hecho” estaban bastante bien, pero sin duda “Odiad a vuestros enemigos, como si un día debierais amarlos” era mi favorita. Un verso del poeta Calderón de la Barca que no envejece con el paso del tiempo. Pero fue precisamente en ese instante, al leer sobre el papel la frase escrita, cuando me di cuenta de que no había aprendido nada todos estos años viendo carreras.

Todos tenemos nuestro piloto favorito y a cualquier fan de Pedrosa, Rossi o Márquez, probablemente, le venga a la mente esa palabra o uno de sus sinónimos ante la retirada de Jorge Lorenzo. Y es una pena. Es una pena que el ser humano no priorice disfrutar del espectáculo por encima de la competitividad, porque bajo la visera de un único piloto no somos capaces de valorar lo conseguido por sus rivales hasta que, por desgracia, ponen final a su carrera. Nos pasó con Stoner. Nos pasó con Pedrosa. Y acaba de suceder con Jorge Lorenzo.

Si a esa competitividad innata del ser humano le sumamos que Jorge ha sido uno de los pilotos más voraces, ambiciosos y con una personalidad abrumadora que han pasado por el paddock, este maldito sentimiento se multiplica por dos o tres veces y no disfrutamos de los pilotos que escriben la historia de MotoGP. Hasta que ya son historia, y entonces nos lamentamos.

Nos lamentamos porque con Jorge -me tomo la licencia de llamarte por tu nombre, espero que no te moleste- no fui capaz de valorar como es debido a un cinco veces campeón del mundo, tres de ellas en la categoría reina, con 68 victorias en su carrera, que ha pisado el podio en 152 ocasiones y ha sido el más rápido en calificación 69 veces. Capaz de ganar con Derbi, Aprilia, Yamaha y Ducati; capaz de disputarle el campeonato a un Valentino Rossi en su mejor momento siendo tan solo un niño; el único que ha batido a Marc Márquez desde su salto a MotoGP y capaz de ser el primer español en ganar el campeonato en la categoría reina en el siglo XXI cuando todo el mundo deseaba que hubiese sido Dani Pedrosa. Todo conseguido a base de talento y de sacrificio. De hacer mucho ruido pero también saber trabajar en silencio. A base de martillo, y también de mantequilla.

Así que, Giorgio -no te enfades por permitirme el lujo de ganar la confianza contigo que nunca te dimos-, solo hay una palabra que pueda dedicarte personalmente al anunciar tu retirada: gracias. No es perdón, como pensaba hacer al inicio del texto, sino gracias, porque, aunque demasiado tarde, he logrado abrir los ojos, valorarte, y por fin he conseguido amar al enemigo tanto como lo odié. Qué razón tenía Calderón de la Barca.

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No se retiraba un tricampeón del mundo de MotoGP desde Mick Doohan. Y antes fue Eddie Lawson. Y antes Wayne Rayney. Y ninguno de ellos lo hizo en el siglo XXI. Creo que eso nos puede dar una idea de la dimensión de Jorge Lorenzo en la historia del motociclismo.

Pensando en estas líneas busqué en las típicas páginas con citas célebres un verso para escribir este texto a partir de él. Puse “enemigo” en el buscador y aparecieron varias con la fuerza suficiente para iniciar el relato. “Si no tienes enemigos es señal que la fortuna te ha olvidado” y “Pido que me juzguen por los enemigos que he hecho” estaban bastante bien, pero sin duda “Odiad a vuestros enemigos, como si un día debierais amarlos” era mi favorita. Un verso del poeta Calderón de la Barca que no envejece con el paso del tiempo. Pero fue precisamente en ese instante, al leer sobre el papel la frase escrita, cuando me di cuenta de que no había aprendido nada todos estos años viendo carreras.

Todos tenemos nuestro piloto favorito y a cualquier fan de Pedrosa, Rossi o Márquez, probablemente, le venga a la mente esa palabra o uno de sus sinónimos ante la retirada de Jorge Lorenzo. Y es una pena. Es una pena que el ser humano no priorice disfrutar del espectáculo por encima de la competitividad, porque bajo la visera de un único piloto no somos capaces de valorar lo conseguido por sus rivales hasta que, por desgracia, ponen final a su carrera. Nos pasó con Stoner. Nos pasó con Pedrosa. Y acaba de suceder con Jorge Lorenzo.

Si a esa competitividad innata del ser humano le sumamos que Jorge ha sido uno de los pilotos más voraces, ambiciosos y con una personalidad abrumadora que han pasado por el paddock, este maldito sentimiento se multiplica por dos o tres veces y no disfrutamos de los pilotos que escriben la historia de MotoGP. Hasta que ya son historia, y entonces nos lamentamos.

Nos lamentamos porque con Jorge -me tomo la licencia de llamarte por tu nombre, espero que no te moleste- no fui capaz de valorar como es debido a un cinco veces campeón del mundo, tres de ellas en la categoría reina, con 68 victorias en su carrera, que ha pisado el podio en 152 ocasiones y ha sido el más rápido en calificación 69 veces. Capaz de ganar con Derbi, Aprilia, Yamaha y Ducati; capaz de disputarle el campeonato a un Valentino Rossi en su mejor momento siendo tan solo un niño; el único que ha batido a Marc Márquez desde su salto a MotoGP y capaz de ser el primer español en ganar el campeonato en la categoría reina en el siglo XXI cuando todo el mundo deseaba que hubiese sido Dani Pedrosa. Todo conseguido a base de talento y de sacrificio. De hacer mucho ruido pero también saber trabajar en silencio. A base de martillo, y también de mantequilla.

Así que, Giorgio -no te enfades por permitirme el lujo de ganar la confianza contigo que nunca te dimos-, solo hay una palabra que pueda dedicarte personalmente al anunciar tu retirada: gracias. No es perdón, como pensaba hacer al inicio del texto, sino gracias, porque, aunque demasiado tarde, he logrado abrir los ojos, valorarte, y por fin he conseguido amar al enemigo tanto como lo odié. Qué razón tenía Calderón de la Barca.

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