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Gabriel Rodrigo, la pasión de Sudamérica

Sergio Merino Rueda @SergioMerino8 24-03-2020

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Gabriel Rodrigo Moto3

El ser humano es pasional por naturaleza. Nos encanta amar, reír, llorar, gritar, odiar; y el deporte es el arma más poderosa para exaltar nuestra condición de ser humanos. Me atrevería a decir que lo necesitamos. Necesitamos vivir esa tensión competitiva que nos lleva a querer golpear el mando de la videoconsola si consideramos que el resultado es injusto, necesitamos odiar por un breve instante a ese amigo que solo tira caños en los partidos en el barrio y necesitamos tanto amar a nuestro deportista favorito, como odiar a su eterno enemigo.

Si existe un deporte pasional por naturaleza ese es el motociclismo. Con las revoluciones por los cielos, tanto las de la moto como las de los pilotos, disfrutamos de cada duelo con la tensión propia de saber que un centímetro puede separar a nuestro piloto favorito de la victoria, como de irse al suelo y perderlo absolutamente todo. Ese centímetro que separa la gloria de la decepción es lo que nos mantiene vivos.

Y si tenemos que hablar de una región pasional por excelencia esa es Sudamérica. El aficionado sudamericano al deporte es sufridor, y además disfruta de ese sufrimiento; es leal, con los suyos en las buenas y en las malas sin importar el resultado; y es pasional, como ningún otro aficionado en el mundo. Una combinación que podría parecer idónea para que se desarrollen grandes pilotos de motociclismo. Sin embargo, Sudamérica hace muchos años que no disfruta de un campeón del mundo.

Resulta extraño que, con circuitos en Brasil o Argentina, grandes potencias del deporte sudamericanas, ningún piloto de esos países haya sido nunca campeón del mundo. El único país sudamericano que cuenta con campeones del mundo en sus filas es Venezuela. El polifacético Johnny Cecotto, Campeón del Mundo de 350cc en 1975 y de 750cc en 1978, antes de dar el salto a la Fórmula Uno; y Carlos Lavado, Bicampeón del Mundo de 205cc, en 1983 y 1986.

En la época reciente del Mundial hay dos pilotos sudamericanos cuyo talento destacó por encima del resto: Álex Barros y Sebastián Porto. El brasileño es toda una leyenda del motociclismo, con más de 250 carreras disputadas y un habitual en la lucha por los campeonatos a principios del siglo XXI. En cambio, su mejor resultado en la clasificación fue el cuarto puesto. Probablemente, en otra generación habría sido campeón del mundo, pero compartir parrilla con Rossi, Biaggi, Kenny Roberts, Gibernau o Capirossi limitó las posibilidades del brasileño de llevar un título al país de la samba.

Sebastián Porto fue un piloto mucho más irregular. Con una trayectoria más corta, y con una mentalidad que le llevaba a tomar decisiones erróneas en los momentos clave, una de las características que separa a los grandes pilotos de los campeones. Sin embargo, estuvo mucho más cerca que Álex Barros de saborear la gloria. En el año 2004, en la categoría intermedia, el argentino fue Subcampeón del Mundo por detrás de Dani Pedrosa, en una temporada en la que consiguió cinco victorias y cinco podios. El talento sobrenatural de Dani y la ligera ventaja de la Honda por encima de la Aprilia de Sebas,privó al país del tango de celebrar un Mundial.

La gran esperanza actual del motociclismo sudamericano es Gabriel Rodrigo. El argentino ya sabe lo que es subir al podio, aunque todavía no ha logrado ninguna victoria mundialista. Tras un debut con 6º puesto en Qatar, es uno de los veteranos en Moto3 y el clavo ardiendo al que agarrarse para que una región como Sudamérica vuelva a disfrutar de un campeón mundial.

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El ser humano es pasional por naturaleza. Nos encanta amar, reír, llorar, gritar, odiar; y el deporte es el arma más poderosa para exaltar nuestra condición de ser humanos. Me atrevería a decir que lo necesitamos. Necesitamos vivir esa tensión competitiva que nos lleva a querer golpear el mando de la videoconsola si consideramos que el resultado es injusto, necesitamos odiar por un breve instante a ese amigo que solo tira caños en los partidos en el barrio y necesitamos tanto amar a nuestro deportista favorito, como odiar a su eterno enemigo.

Si existe un deporte pasional por naturaleza ese es el motociclismo. Con las revoluciones por los cielos, tanto las de la moto como las de los pilotos, disfrutamos de cada duelo con la tensión propia de saber que un centímetro puede separar a nuestro piloto favorito de la victoria, como de irse al suelo y perderlo absolutamente todo. Ese centímetro que separa la gloria de la decepción es lo que nos mantiene vivos.

Y si tenemos que hablar de una región pasional por excelencia esa es Sudamérica. El aficionado sudamericano al deporte es sufridor, y además disfruta de ese sufrimiento; es leal, con los suyos en las buenas y en las malas sin importar el resultado; y es pasional, como ningún otro aficionado en el mundo. Una combinación que podría parecer idónea para que se desarrollen grandes pilotos de motociclismo. Sin embargo, Sudamérica hace muchos años que no disfruta de un campeón del mundo.

Resulta extraño que, con circuitos en Brasil o Argentina, grandes potencias del deporte sudamericanas, ningún piloto de esos países haya sido nunca campeón del mundo. El único país sudamericano que cuenta con campeones del mundo en sus filas es Venezuela. El polifacético Johnny Cecotto, Campeón del Mundo de 350cc en 1975 y de 750cc en 1978, antes de dar el salto a la Fórmula Uno; y Carlos Lavado, Bicampeón del Mundo de 205cc, en 1983 y 1986.

En la época reciente del Mundial hay dos pilotos sudamericanos cuyo talento destacó por encima del resto: Álex Barros y Sebastián Porto. El brasileño es toda una leyenda del motociclismo, con más de 250 carreras disputadas y un habitual en la lucha por los campeonatos a principios del siglo XXI. En cambio, su mejor resultado en la clasificación fue el cuarto puesto. Probablemente, en otra generación habría sido campeón del mundo, pero compartir parrilla con Rossi, Biaggi, Kenny Roberts, Gibernau o Capirossi limitó las posibilidades del brasileño de llevar un título al país de la samba.

Sebastián Porto fue un piloto mucho más irregular. Con una trayectoria más corta, y con una mentalidad que le llevaba a tomar decisiones erróneas en los momentos clave, una de las características que separa a los grandes pilotos de los campeones. Sin embargo, estuvo mucho más cerca que Álex Barros de saborear la gloria. En el año 2004, en la categoría intermedia, el argentino fue Subcampeón del Mundo por detrás de Dani Pedrosa, en una temporada en la que consiguió cinco victorias y cinco podios. El talento sobrenatural de Dani y la ligera ventaja de la Honda por encima de la Aprilia de Sebas,privó al país del tango de celebrar un Mundial.

La gran esperanza actual del motociclismo sudamericano es Gabriel Rodrigo. El argentino ya sabe lo que es subir al podio, aunque todavía no ha logrado ninguna victoria mundialista. Tras un debut con 6º puesto en Qatar, es uno de los veteranos en Moto3 y el clavo ardiendo al que agarrarse para que una región como Sudamérica vuelva a disfrutar de un campeón mundial.

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