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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 18-11-2021

Martín era un técnico querido por toda la parroquia del club. ¿Cómo no le iban a amar? Cogió a una escuadra que tambaleaba por la tercera categoría del fútbol de su país y lo llevó a ganar la máxima competición continental. No recuerdo si fue hace un lustro o si fue hace una década porque no quiero rememorar a este equipo cuando no estaba él. Su estilo de fútbol era innegociable: un 4-3-3 con tendencia a sacarlo todo desde atrás, pero sin negar el contragolpe cuando conseguían ejercer con brillantez ese gegenpressing tan bien trabajado en el centro de entrenamiento. Había pasado de ser un simple futbolista de fin de semana a un manager por el que los gerifaltes del fútbol europeo suspiraban. Daba igual que le llamaran los grandes presidentes temporada tras temporada. Martín solo quería estar allí.

No hay fórmula posible para entender cómo había ascendido a ese club acostumbrado a vivir fútbol de barro. El que había querido copiar los métodos de nuestro protagonista siempre acababa de la misma manera: atropellado. Era inimitable. Además, con la nueva construcción del estadio, una muestra más del crecimiento desde su llegada, le habían puesto su nombre. El prócer, con lágrimas en los ojos, veía con su mujer y sus hijos cómo colocaban su nombre en lo alto del coliseo. Era un gestor que podía tirar una botella al suelo para acabar con una palmada en el hombro unos días más tarde. Todos le respetaban y por eso una charla con él siempre terminaba de manera positiva.

Esta temporada las cosas seguían bien. Es cierto que en Europa, esta vez, se quedaron a un paso de la final. Sin embargo, la gente no le reclamaba ganarlo todo cada año. La palabra fracaso no estaba nunca en su diccionario. Entendían que el balompié se regía por unas leyes inexplicables que a veces decidían darte la espalda. Nada podía manchar su impecable trayectoria.

En liga, en cambio, el trabajo estaba prácticamente acabado. En la última jornada necesitaban un triunfo para volver a levantar el título liguero. Jugaban en su estadio. Por supuesto, el equipo no falló. Jaime, sempiterno capitán del equipo pese a perder importancia en la plantilla por la gran infinidad de jóvenes promesas que estaban en la plantilla, marcó un doblete para seguir haciendo espacio en la sala de trofeos. Otro título más. Martín levantaba los brazos con la serenidad que solo puede tener un campeón acostumbrado a pasear con los más grandes. Él ya no formaba parte de la aristocracia del deporte: era el aristócrata más importante. Al acabar la rueda de prensa, en la que aseguró que “esta increíble racha podía durar mucho tiempo más”, guardó la partida y cerró Football Manager. Era martes y tocaba entrenamiento con el equipo del barrio. Martín llevaba a un filial en la última categoría del fútbol español. El ascenso estaba lejos, pero ya había tenido su espacio para soñar. La vida, muchas veces, trata de eso.

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Imagen de cabecera: Getty Images

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Martín era un técnico querido por toda la parroquia del club. ¿Cómo no le iban a amar? Cogió a una escuadra que tambaleaba por la tercera categoría del fútbol de su país y lo llevó a ganar la máxima competición continental. No recuerdo si fue hace un lustro o si fue hace una década porque no quiero rememorar a este equipo cuando no estaba él. Su estilo de fútbol era innegociable: un 4-3-3 con tendencia a sacarlo todo desde atrás, pero sin negar el contragolpe cuando conseguían ejercer con brillantez ese gegenpressing tan bien trabajado en el centro de entrenamiento. Había pasado de ser un simple futbolista de fin de semana a un manager por el que los gerifaltes del fútbol europeo suspiraban. Daba igual que le llamaran los grandes presidentes temporada tras temporada. Martín solo quería estar allí.

No hay fórmula posible para entender cómo había ascendido a ese club acostumbrado a vivir fútbol de barro. El que había querido copiar los métodos de nuestro protagonista siempre acababa de la misma manera: atropellado. Era inimitable. Además, con la nueva construcción del estadio, una muestra más del crecimiento desde su llegada, le habían puesto su nombre. El prócer, con lágrimas en los ojos, veía con su mujer y sus hijos cómo colocaban su nombre en lo alto del coliseo. Era un gestor que podía tirar una botella al suelo para acabar con una palmada en el hombro unos días más tarde. Todos le respetaban y por eso una charla con él siempre terminaba de manera positiva.

Esta temporada las cosas seguían bien. Es cierto que en Europa, esta vez, se quedaron a un paso de la final. Sin embargo, la gente no le reclamaba ganarlo todo cada año. La palabra fracaso no estaba nunca en su diccionario. Entendían que el balompié se regía por unas leyes inexplicables que a veces decidían darte la espalda. Nada podía manchar su impecable trayectoria.

En liga, en cambio, el trabajo estaba prácticamente acabado. En la última jornada necesitaban un triunfo para volver a levantar el título liguero. Jugaban en su estadio. Por supuesto, el equipo no falló. Jaime, sempiterno capitán del equipo pese a perder importancia en la plantilla por la gran infinidad de jóvenes promesas que estaban en la plantilla, marcó un doblete para seguir haciendo espacio en la sala de trofeos. Otro título más. Martín levantaba los brazos con la serenidad que solo puede tener un campeón acostumbrado a pasear con los más grandes. Él ya no formaba parte de la aristocracia del deporte: era el aristócrata más importante. Al acabar la rueda de prensa, en la que aseguró que “esta increíble racha podía durar mucho tiempo más”, guardó la partida y cerró Football Manager. Era martes y tocaba entrenamiento con el equipo del barrio. Martín llevaba a un filial en la última categoría del fútbol español. El ascenso estaba lejos, pero ya había tenido su espacio para soñar. La vida, muchas veces, trata de eso.

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Marcos Pimentel @PimenMarcos77
26-01-2022