_Italia

Fino alla fine

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 27-05-2022

No podía acabar de otra manera la esplendorosa carrera de defensor de Giorgio Chiellini que con una brecha en la cabeza, como sucedió en su último partido en Florencia, justo allí donde empezó una trayectoria en la Serie A de más de tres lustros. La misma imagen que nos retrotraerá el recuerdo cuando pensemos en quién ha sido el zaguero de la Juventus recién retirado. El vivo retrato del pundonor, del disfrute del sufrimiento que supone ser un marcador puro en el fútbol contemporáneo, con esa mirada ya icónica y tan ensangrentada como la venda de su cabeza, mientras escudriñaba a Marcelo y Varane como si fuese Robert De Niro en ‘El Cazador’, como cénit.

Hasta el final. Así ha jugado y competido un Chiellini que se marcó hace menos de un año una EURO 2020 que quedará para siempre en los anales del fútbol italiano, por mucho que ese título quedase empañado después con la segunda eliminación consecutiva del Mundial. Fino alla fine. Como el clásico lema de la Juventus del que el pisano ha hecho su propio mantra, su religión, del que se ha convertido en estos 17 años en blanco y negro en su principal adalid.

Chiellini ha sido una forma de competir y de vivir. El fiel reflejo de que no hace falta ser el jugador más virtuoso ni el más dotado del mundo para poder ser el mejor en lo suyo, que es exactamente lo que el ya mítico ‘3’ juventino ha sido en su prime. Tal vez desde el retiro de Carles Puyol no hayamos visto en la élite a un defensa con unas virtudes tan propias de un fútbol que ya se fue, adaptarse tan sumamente bien, ser tan determinante para su equipo y brillar tanto en el fútbol en plena evolución técnica y de ritmos altos y alternos al que ahora asistimos. Tal vez ni siquiera el propio Puyol hubiese podido sobrevivir tan bien, tan entero, tan incólume y tan coloso al actual juego veloz y de transiciones en el que vivimos hoy. Y se va, además, con la serenidad de saberse todavía digno del nivel al que siempre ha rayado.

“Para mí, la Juve ha sido todo. Mi juventud, la experiencia, la madurez. Las ganas de ganar, la alegría del triunfo, la aceptación de la derrota. La embriaguez del desafío, los duelos sobre el campo, mi cabeza siempre vendada. Algo de lo que siempre me he preocupado en conservar y custodiar”, afirmaba en su carta de despedida del club en una casi perfecta autodescripción. En conservar y en custodiar y también en defender, una palabra que nació para enarbolar, para ejercer hasta las últimas consecuencias, para representar y para ejemplificar su esencia.

«Para ganar los duelos hay que ser pesimista y prever lo peor. Es el precio reservado para jugadores normales como yo, que no tenemos las cualidades de Sergio Ramos o de van Dijk». No podía ser otro sino Chiellini, el mejor defensor puro que ha dado Italia en la última década, el que defina a la perfección su oficio. Primero hay que ganar los duelos, después viene el resto, no menos importante pero sí menos esencial. “Cuando bloqueo un tiro o salvo un gol me sube la adrenalina”, afirmaba en ‘So Foot’. Pegajoso, pesado, incombustible, pétreo, alguien que siempre se levanta, al que no puedes conquistar aunque lo derrotes, una fortaleza, mentalmente inexpugnable, puro corazón, un bote salvavidas.

Desgarbado, patilargo, a veces descoordinado (aunque falsamente), a veces casi antiestético. Tan alejado del canon imperante en la década de 2010 en la que él se erigió en figura, en comandante al mando, en miembro fundador del sistema defensivo más inexpugnable de su generación, la ‘BBBC’, en el mejor central italiano de su generación tras reconvertirse desde el extremo izquierdo al lateral y pasar definitivamente al centro de una zaga de tres integrantes con Antonio Conte como arquitecto para reinar allí a pesar de ser un plebeyo declarado.

Un titán de perfil dantesco, de nariz torcida y rota, con una capacidad de superarse a sí mismo que no se enseña, que se tiene o no se tiene, y que le ha permitido no solo sobrevivir, sino ser un actor protagónico en un fútbol que ha dado tanta importancia a la salida ordenada y rasa desde atrás y a las conducciones de los centrales para romper la primera línea de presión. Un tipo que siempre se ha relacionado idílicamente con la épica. Una epopeya en sí mismo por esa adaptación triunfal a un fútbol en el que no se crió, al que no debía pertenecer. Un ganador que casi siempre supo imponer su condición a un contexto a priori desfavorable. Un central para el que defender el área de penalti ha sido como defender a sus familiares más queridos porque los que están allí dentro con él, vestidos con su misma piel, eran en ese momento precisamente eso, sus familiares más queridos, y los demás agentes enemigos.

Agresivo, impetuoso, perseverante, inextinguible. Cuando creías que ya no estaba, volvía a aparecer como un mal sueño. Rudo, en ocasiones también duro, en otras en busca de los límites de la deportividad. Pillo y fino como un trilero, astuto, capaz de usar todo lo que tenía a su alcance para ejercer su profesión, pero siempre con respeto, disciplina, sacrificio. Con una extrema y contagiosa pasión. Alguien que encontraba la satisfacción en una entrada al límite en una acción de último hombre, en un despeje de cabeza en el punto de penalti que salvaba un remate franco con el gol como destinatario, en poner la cabeza donde otros preferían poner el conocimiento, en asumir riesgos lejos de su portería con y sin el balón en su poder, en una discusión por la existencia o no de una falta zanjada con una sonrisa de Joker, socarrona pero sincera, propia de quien disfruta como un niño con un juguete nuevo de la competición a pesar de llevar toda una vida compitiendo como el que más para poder seguir compitiendo. Alguien a quien los sistemas ofensivos rivales directamente preferían evitar, focalizando todo su juego por el sector contrario al de su presencia para no caer en el cepo de su maniaco, pulcro y obsesivo arte de defender. El monstruo final de un videojuego devenido en héroe.

Chiellini se despide y con él se va seguramente el último gran marcador italiano, con él se acaba una especie, la del defensor puro, la del tipo que tiene que agarrarse a cada acción defensiva como si fuese la última porque solamente así puede mantener su historia, su estatus, su posición, su legado. Chiellini dice adiós y lo hace en el primer curso en toda una década en el que su Juventus no ha levantado ningún título. Poco importa, su relato no necesita ese colofón porque el título que ha ganado la Juventus este año es haberse dado cuenta, echando la vista atrás, de haber disfrutado durante más de tres lustros de un futbolista dispuesto a dejarse la cabeza literalmente por ella. Por sus colores y su escudo. Hasta el final.

Imagen de cabecera: Getty Images

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

No podía acabar de otra manera la esplendorosa carrera de defensor de Giorgio Chiellini que con una brecha en la cabeza, como sucedió en su último partido en Florencia, justo allí donde empezó una trayectoria en la Serie A de más de tres lustros. La misma imagen que nos retrotraerá el recuerdo cuando pensemos en quién ha sido el zaguero de la Juventus recién retirado. El vivo retrato del pundonor, del disfrute del sufrimiento que supone ser un marcador puro en el fútbol contemporáneo, con esa mirada ya icónica y tan ensangrentada como la venda de su cabeza, mientras escudriñaba a Marcelo y Varane como si fuese Robert De Niro en ‘El Cazador’, como cénit.

Hasta el final. Así ha jugado y competido un Chiellini que se marcó hace menos de un año una EURO 2020 que quedará para siempre en los anales del fútbol italiano, por mucho que ese título quedase empañado después con la segunda eliminación consecutiva del Mundial. Fino alla fine. Como el clásico lema de la Juventus del que el pisano ha hecho su propio mantra, su religión, del que se ha convertido en estos 17 años en blanco y negro en su principal adalid.

Chiellini ha sido una forma de competir y de vivir. El fiel reflejo de que no hace falta ser el jugador más virtuoso ni el más dotado del mundo para poder ser el mejor en lo suyo, que es exactamente lo que el ya mítico ‘3’ juventino ha sido en su prime. Tal vez desde el retiro de Carles Puyol no hayamos visto en la élite a un defensa con unas virtudes tan propias de un fútbol que ya se fue, adaptarse tan sumamente bien, ser tan determinante para su equipo y brillar tanto en el fútbol en plena evolución técnica y de ritmos altos y alternos al que ahora asistimos. Tal vez ni siquiera el propio Puyol hubiese podido sobrevivir tan bien, tan entero, tan incólume y tan coloso al actual juego veloz y de transiciones en el que vivimos hoy. Y se va, además, con la serenidad de saberse todavía digno del nivel al que siempre ha rayado.

“Para mí, la Juve ha sido todo. Mi juventud, la experiencia, la madurez. Las ganas de ganar, la alegría del triunfo, la aceptación de la derrota. La embriaguez del desafío, los duelos sobre el campo, mi cabeza siempre vendada. Algo de lo que siempre me he preocupado en conservar y custodiar”, afirmaba en su carta de despedida del club en una casi perfecta autodescripción. En conservar y en custodiar y también en defender, una palabra que nació para enarbolar, para ejercer hasta las últimas consecuencias, para representar y para ejemplificar su esencia.

«Para ganar los duelos hay que ser pesimista y prever lo peor. Es el precio reservado para jugadores normales como yo, que no tenemos las cualidades de Sergio Ramos o de van Dijk». No podía ser otro sino Chiellini, el mejor defensor puro que ha dado Italia en la última década, el que defina a la perfección su oficio. Primero hay que ganar los duelos, después viene el resto, no menos importante pero sí menos esencial. “Cuando bloqueo un tiro o salvo un gol me sube la adrenalina”, afirmaba en ‘So Foot’. Pegajoso, pesado, incombustible, pétreo, alguien que siempre se levanta, al que no puedes conquistar aunque lo derrotes, una fortaleza, mentalmente inexpugnable, puro corazón, un bote salvavidas.

Desgarbado, patilargo, a veces descoordinado (aunque falsamente), a veces casi antiestético. Tan alejado del canon imperante en la década de 2010 en la que él se erigió en figura, en comandante al mando, en miembro fundador del sistema defensivo más inexpugnable de su generación, la ‘BBBC’, en el mejor central italiano de su generación tras reconvertirse desde el extremo izquierdo al lateral y pasar definitivamente al centro de una zaga de tres integrantes con Antonio Conte como arquitecto para reinar allí a pesar de ser un plebeyo declarado.

Un titán de perfil dantesco, de nariz torcida y rota, con una capacidad de superarse a sí mismo que no se enseña, que se tiene o no se tiene, y que le ha permitido no solo sobrevivir, sino ser un actor protagónico en un fútbol que ha dado tanta importancia a la salida ordenada y rasa desde atrás y a las conducciones de los centrales para romper la primera línea de presión. Un tipo que siempre se ha relacionado idílicamente con la épica. Una epopeya en sí mismo por esa adaptación triunfal a un fútbol en el que no se crió, al que no debía pertenecer. Un ganador que casi siempre supo imponer su condición a un contexto a priori desfavorable. Un central para el que defender el área de penalti ha sido como defender a sus familiares más queridos porque los que están allí dentro con él, vestidos con su misma piel, eran en ese momento precisamente eso, sus familiares más queridos, y los demás agentes enemigos.

Agresivo, impetuoso, perseverante, inextinguible. Cuando creías que ya no estaba, volvía a aparecer como un mal sueño. Rudo, en ocasiones también duro, en otras en busca de los límites de la deportividad. Pillo y fino como un trilero, astuto, capaz de usar todo lo que tenía a su alcance para ejercer su profesión, pero siempre con respeto, disciplina, sacrificio. Con una extrema y contagiosa pasión. Alguien que encontraba la satisfacción en una entrada al límite en una acción de último hombre, en un despeje de cabeza en el punto de penalti que salvaba un remate franco con el gol como destinatario, en poner la cabeza donde otros preferían poner el conocimiento, en asumir riesgos lejos de su portería con y sin el balón en su poder, en una discusión por la existencia o no de una falta zanjada con una sonrisa de Joker, socarrona pero sincera, propia de quien disfruta como un niño con un juguete nuevo de la competición a pesar de llevar toda una vida compitiendo como el que más para poder seguir compitiendo. Alguien a quien los sistemas ofensivos rivales directamente preferían evitar, focalizando todo su juego por el sector contrario al de su presencia para no caer en el cepo de su maniaco, pulcro y obsesivo arte de defender. El monstruo final de un videojuego devenido en héroe.

Chiellini se despide y con él se va seguramente el último gran marcador italiano, con él se acaba una especie, la del defensor puro, la del tipo que tiene que agarrarse a cada acción defensiva como si fuese la última porque solamente así puede mantener su historia, su estatus, su posición, su legado. Chiellini dice adiós y lo hace en el primer curso en toda una década en el que su Juventus no ha levantado ningún título. Poco importa, su relato no necesita ese colofón porque el título que ha ganado la Juventus este año es haberse dado cuenta, echando la vista atrás, de haber disfrutado durante más de tres lustros de un futbolista dispuesto a dejarse la cabeza literalmente por ella. Por sus colores y su escudo. Hasta el final.

Imagen de cabecera: Getty Images

_Italia

Romelu Lukaku regresa al Inter

Marcos Pimentel @PimenMarcos77
30-06-2022

_Italia

Bautizo del Monza y funeral en Pisa

Borja Pardo @Borja_Pardo
31-05-2022