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Felipe, ADN atlético

Diego G. Argota @Diego21Garcia 28-01-2020

Felipe Monteiro ha sido el último en llegar y prácticamente el primero en entender en qué club está jugando. Corrían los últimos minutos del partido frente al Leganés, con el Atlético empatando en uno de los derbis de la ciudad, y solo el brasileño, convertido en chico para todo, parecía mostrar orgullo al intentar deshacer el nada a nada que enseñaba el marcador entre el tercero de La Liga y el colista.

Con mejores movimientos que los delanteros, con mejor salida de balón que los mediocentros, el suyo no fue un ejercicio de claridad, ni de talento, fue más bien de arrojo y de empuje, de coraje y corazón, de estar en todos los sitios, de sentirse claramente jodido por un equipo que viene de caer de manera bochornosa en Copa del Rey ante un Segunda B, de perder ante el Eibar el fin de semana pasado, y que amenazaba con un nuevo duelo sin ganar, esta vez en casa.

Y ante la pasividad de sus 10 compañeros, el central quiso echarse el equipo a la espalda, y como su ímpetu y su intentona no acabaron en éxito, se marchó dolido, cariacontecido, con el rostro serio y compungido, sin querer tener demasiadas palabras con sus rivales, ni con sus compañeros, de estas ocasiones en las que si alguien cualquiera se acerca a soplar, Felipe habría explotado en ira. Estaba encendido porque además del resultado y del esfuerzo que él hizo sin ayuda, venía de tenérselas tiesas con varios jugadores pepineros.

Al Atlético de Madrid le falta un líder sobre el campo. Eso que era Gabi, eso que podía imponer Godín, eso que representaba Torres pese a no portar el brazalete. Alguien que comande las tropas en las cuestiones de vestuario y alguien que ponga la cabeza necesaria y las dosis oportunas mezcla de cordura y carácter en los roces y piques frutos de cada encuentro.

Su fichaje en verano fue el que menos expectativas levantó, Saponjic aparte, porque pese a llevar ya tres años en el fútbol portugués era algo así como un desconocido. Felipe era titular indiscutible, pero parecía estar siempre de cara a la galería por detrás tanto de Pepe, ex del Real Madrid, como de Militao, fichaje blanco.

Pero en épocas de inflación, donde niños con 20 partidos tienen etiquetas con valor de casi tres cifras, o sin casi, donde cada fichaje de relleno de plantilla rompería récords hace no más de 10 años, el Atlético utilizó ese menor escaparate para sacar del Oporto al brasileño por apenas 20 millones. Con ello, firmaba al jugador que más balones aéreos ganaba en la liga portuguesa y a uno de los que más entradas realizaba. Un bastión.

Y su llegada al Atlético, como a la élite, no fue idónea. Porque como colchonero, a Felipe no solo le costó entrar en las alineaciones, sino que se quedó fuera de las primeras convocatorias. Pero es que su paso al profesionalismo tuvo de todo, pues el hoy central nunca tuvo una formación base digna, algo que no duda en afirmar cada vez que se le pregunta por sus orígenes.

Por altura, probó en el baloncesto, donde era pívot y le encantaba aquello de sacar los codos a pasear mientras machacaba. Siempre le gustó el fútbol, desde bien pequeño, pero probó las mieles también del voleibol, que se acercaban más a su presencia física. Nunca los tuvo como objetivo profesional, sino como simple hobby, igual que el skate, que en los últimos años ha crecido muchísimo en el país y tiene en Leticia Bufoni, una de las mejores deportistas del planeta en la disciplina, como abanderada nacional.

Pero Felipe dejó el fútbol, simplemente porque no valía, o eso le decían. Era un chico lento, que no sabía qué hacer con el balón en los pies, que no podía pensar cuando recibía y le presionaban, porque no había tenido una formación como otros. Eso, en un fútbol tan alegre como el brasileño, es un hándicap insalvable. Por eso, aunque volvió a jugar, con 18 pensó dejar el fútbol a cualquier nivel de manera definitiva y por eso también le costó llegar a ser profesional y no lo hizo hasta que no cumplió los 20 años.

Ahí se acabaron los demás deportes; aparcó el monopatín, se olvidó de otros balones y solo dejó algo de esas artes marciales brasileñas que había aprendido en la infancia. La capoeira le ayuda a anticipar rivales, a estar siempre alerta, a ganar los duelos individuales… Y a celebrar sus goles con tremendas volteretas.

Aunque sus primeras temporadas como profesional no fueron idílicas. Fruto de sus carencias, cometió errores y aprendió sobre la marcha. Lo pagó caro. Estaban enseñándole con 22 años lo que hoy los niños aprenden en infantiles. Pensó en la retirada, porque no valía para eso y el caos que tenía en la cabeza, el trauma que le estaba generando, no lo podía recompensar absolutamente nada.

Hoy está asentado como pilar del Atlético, beneficiado por los problemas de lesiones de Giménez y Savic, pero que de momento no han podido volver a sentarle los pocos momentos que han coincidido los tres sanos. Sangre nueva, y caliente, para un Atlético que necesita reaccionar.

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Felipe Monteiro ha sido el último en llegar y prácticamente el primero en entender en qué club está jugando. Corrían los últimos minutos del partido frente al Leganés, con el Atlético empatando en uno de los derbis de la ciudad, y solo el brasileño, convertido en chico para todo, parecía mostrar orgullo al intentar deshacer el nada a nada que enseñaba el marcador entre el tercero de La Liga y el colista.

Con mejores movimientos que los delanteros, con mejor salida de balón que los mediocentros, el suyo no fue un ejercicio de claridad, ni de talento, fue más bien de arrojo y de empuje, de coraje y corazón, de estar en todos los sitios, de sentirse claramente jodido por un equipo que viene de caer de manera bochornosa en Copa del Rey ante un Segunda B, de perder ante el Eibar el fin de semana pasado, y que amenazaba con un nuevo duelo sin ganar, esta vez en casa.

Y ante la pasividad de sus 10 compañeros, el central quiso echarse el equipo a la espalda, y como su ímpetu y su intentona no acabaron en éxito, se marchó dolido, cariacontecido, con el rostro serio y compungido, sin querer tener demasiadas palabras con sus rivales, ni con sus compañeros, de estas ocasiones en las que si alguien cualquiera se acerca a soplar, Felipe habría explotado en ira. Estaba encendido porque además del resultado y del esfuerzo que él hizo sin ayuda, venía de tenérselas tiesas con varios jugadores pepineros.

Al Atlético de Madrid le falta un líder sobre el campo. Eso que era Gabi, eso que podía imponer Godín, eso que representaba Torres pese a no portar el brazalete. Alguien que comande las tropas en las cuestiones de vestuario y alguien que ponga la cabeza necesaria y las dosis oportunas mezcla de cordura y carácter en los roces y piques frutos de cada encuentro.

Su fichaje en verano fue el que menos expectativas levantó, Saponjic aparte, porque pese a llevar ya tres años en el fútbol portugués era algo así como un desconocido. Felipe era titular indiscutible, pero parecía estar siempre de cara a la galería por detrás tanto de Pepe, ex del Real Madrid, como de Militao, fichaje blanco.

Pero en épocas de inflación, donde niños con 20 partidos tienen etiquetas con valor de casi tres cifras, o sin casi, donde cada fichaje de relleno de plantilla rompería récords hace no más de 10 años, el Atlético utilizó ese menor escaparate para sacar del Oporto al brasileño por apenas 20 millones. Con ello, firmaba al jugador que más balones aéreos ganaba en la liga portuguesa y a uno de los que más entradas realizaba. Un bastión.

Y su llegada al Atlético, como a la élite, no fue idónea. Porque como colchonero, a Felipe no solo le costó entrar en las alineaciones, sino que se quedó fuera de las primeras convocatorias. Pero es que su paso al profesionalismo tuvo de todo, pues el hoy central nunca tuvo una formación base digna, algo que no duda en afirmar cada vez que se le pregunta por sus orígenes.

Por altura, probó en el baloncesto, donde era pívot y le encantaba aquello de sacar los codos a pasear mientras machacaba. Siempre le gustó el fútbol, desde bien pequeño, pero probó las mieles también del voleibol, que se acercaban más a su presencia física. Nunca los tuvo como objetivo profesional, sino como simple hobby, igual que el skate, que en los últimos años ha crecido muchísimo en el país y tiene en Leticia Bufoni, una de las mejores deportistas del planeta en la disciplina, como abanderada nacional.

Pero Felipe dejó el fútbol, simplemente porque no valía, o eso le decían. Era un chico lento, que no sabía qué hacer con el balón en los pies, que no podía pensar cuando recibía y le presionaban, porque no había tenido una formación como otros. Eso, en un fútbol tan alegre como el brasileño, es un hándicap insalvable. Por eso, aunque volvió a jugar, con 18 pensó dejar el fútbol a cualquier nivel de manera definitiva y por eso también le costó llegar a ser profesional y no lo hizo hasta que no cumplió los 20 años.

Ahí se acabaron los demás deportes; aparcó el monopatín, se olvidó de otros balones y solo dejó algo de esas artes marciales brasileñas que había aprendido en la infancia. La capoeira le ayuda a anticipar rivales, a estar siempre alerta, a ganar los duelos individuales… Y a celebrar sus goles con tremendas volteretas.

Aunque sus primeras temporadas como profesional no fueron idílicas. Fruto de sus carencias, cometió errores y aprendió sobre la marcha. Lo pagó caro. Estaban enseñándole con 22 años lo que hoy los niños aprenden en infantiles. Pensó en la retirada, porque no valía para eso y el caos que tenía en la cabeza, el trauma que le estaba generando, no lo podía recompensar absolutamente nada.

Hoy está asentado como pilar del Atlético, beneficiado por los problemas de lesiones de Giménez y Savic, pero que de momento no han podido volver a sentarle los pocos momentos que han coincidido los tres sanos. Sangre nueva, y caliente, para un Atlético que necesita reaccionar.

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