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Federer y la necesidad de una enésima reinvención

Rubén Gómez @rubengp26 07-09-2018

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No ha sido
un gran verano para Roger Federer. Su derrota en Wimbledon -eliminado por
Anderson en un partido que lideraba dos sets a cero- y su caída en Nueva York
-batido por el semidesconocido John Millman- han abierto muchas dudas en el
suizo. Ha hecho que se olvide su espectacular inicio de 2018, en el que ganó
sus 17 primeros partidos del año, incluyendo el título del Open de Australia y
la consecución del número 1 del mundo, siendo el líder de la ATP de mayor edad
de la historia.

Ahora
Federer se toma otro periodo de descanso. Reaparecerá en la Laver Cup en
Chicago (del 21 al 23 de septiembre), aunque realmente volverá a la competición
oficial en Shanghai, a mediados de octubre. Un tiempo suficiente para encontrar
soluciones a una temporada que ha ido de más a menos y que, de momento, le está
dejando un sabor agridulce.

Es evidente
que Federer no es el de 2017. Y no lo ha sido en ningún momento del año. Ganó
en Australia con un cuadro con muchas concesiones -no se encontró con un gran
rival hasta la final- y desde el mes de febrero no vence a un top20. Todo ello
con un diagnóstico claro: muy bajo porcentaje de primeros servicios, y, sobre
todo, un excesivamente errático drive.
El golpe que antaño era letal en el de Basilea. Como la picadura de una
serpiente. Aceleraba la bola como nadie y era su salvación en momentos
delicados.

No es la
primera vez que Federer pasa por una situación de este tipo. Es cierto que la
prensa y los aficionados siempre han tenido la capacidad de buscarle pequeñas
crisis al helvético, como en 2008, cuando apenas le hizo cuatro juegos a Nadal
en la final de Roland Garros y perdió en Londres y Melbourne con el español, en
dos territorios históricamente favorables al juego ofensivo de Roger.

Sin embargo,
el de ahora es el tercer momento crítico para Federer. Y en los dos anteriores
introdujo algunas variantes para resucitar. El primero fue en 2013, cuando
tenía ya 32 años. Un curso sin grandes títulos y desplazado al sexto lugar del
ránking. En un año con derrotas ante tenistas como Stakhovsky o Robredo,
Federer optó por hacer cambios en su staff
técnico -sustituyó a Paul Annacone por Stefan Edberg- y en su estilo de
juego, buscando acortar al máximo los puntos, hasta el punto de llegar a
introducir el famoso SABR -resto a
media pista, que llegó incluso a usar en finales contra Novak Djokovic-. Los
resultados fueron buenos, aunque le faltó el gran premio: Federer ascendió al
segundo puesto del ránking y alcanzó tres finales de Grand Slam entre 2014 y
2015, pero en las tres cedió ante Djokovic, dominador absoluto en ese periodo
de tiempo.

En 2016
llegó el que para muchos debía ser el final de Roger. Se lesionó el día después
de perder la semifinal del Abierto de Australia. Ocurrió mientras bañaba a sus
hijas, provocándole daño en la rodilla y apartándole prácticamente de todos los
torneos hasta Wimbledon. Allí, sin estar al 100%, buscó la heroicidad hasta que
su cuerpo dijo basta en las
semifinales ante Raonic. Dos semanas después de aquella derrota, Federer
anunciaba que estaría seis meses sin jugar, descendiendo al puesto 17 de la ATP
y teniendo que empezar ‘de cero’ con 35 años. En su regreso, Federer sorprendió
a todos con un juego más directo que nunca, con un gran acierto con el servicio
y el mejor revés de su carrera deportiva. Con todo ello, el suizo ganó contra
todo pronóstico el Open de Australia de 2017, algo que vino acompañado de su
octavo título en Wimbledon.

Ahora la
situación es incluso más complicada. Tiene 37 años y da síntomas de debilidad
sin ninguna lesión de por medio. Cada vez es más difícil volver. Y es que todo
el mundo sabe, y Federer también, que algo nuevo debe inventar para volver a
ser campeón. Como ya hizo en 2014 y en 2017. Una tercera reinvención para regresar
el trono. Los últimos meses no invitan al optimismo, pero si hay alguien que
puede inventar a su antojo en el panorama tenístico, ese es Federer.

¿Y qué puede
cambiar? Muchos sugieren que sus largos parones no le benefician, ya que no
tiene la electricidad de antaño. Otros creen que necesita una mayor precisión
con el drive para llevar a cabo el
plan que tan bien le funcionó en 2017, el de acortar a los puntos hasta un
límite insospechado.

Y… ¿hasta
cuándo? En principio, Federer tiene contrato con el torneo de Basilea hasta
2019 y, una vez llegado a ese punto, parece comprensible que Roger haga el
esfuerzo de estirar su trayectoria deportiva hasta los Juegos Olímpicos de
Tokio, con el objetivo de lograr el oro olímpico individual. Dos años más de Federer
que, si quiere que su habitual magia venga acompañada de trofeos, necesitará de
forma innegociable un giro de tuerca. Una nueva reinvención. 

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No ha sido
un gran verano para Roger Federer. Su derrota en Wimbledon -eliminado por
Anderson en un partido que lideraba dos sets a cero- y su caída en Nueva York
-batido por el semidesconocido John Millman- han abierto muchas dudas en el
suizo. Ha hecho que se olvide su espectacular inicio de 2018, en el que ganó
sus 17 primeros partidos del año, incluyendo el título del Open de Australia y
la consecución del número 1 del mundo, siendo el líder de la ATP de mayor edad
de la historia.

Ahora
Federer se toma otro periodo de descanso. Reaparecerá en la Laver Cup en
Chicago (del 21 al 23 de septiembre), aunque realmente volverá a la competición
oficial en Shanghai, a mediados de octubre. Un tiempo suficiente para encontrar
soluciones a una temporada que ha ido de más a menos y que, de momento, le está
dejando un sabor agridulce.

Es evidente
que Federer no es el de 2017. Y no lo ha sido en ningún momento del año. Ganó
en Australia con un cuadro con muchas concesiones -no se encontró con un gran
rival hasta la final- y desde el mes de febrero no vence a un top20. Todo ello
con un diagnóstico claro: muy bajo porcentaje de primeros servicios, y, sobre
todo, un excesivamente errático drive.
El golpe que antaño era letal en el de Basilea. Como la picadura de una
serpiente. Aceleraba la bola como nadie y era su salvación en momentos
delicados.

No es la
primera vez que Federer pasa por una situación de este tipo. Es cierto que la
prensa y los aficionados siempre han tenido la capacidad de buscarle pequeñas
crisis al helvético, como en 2008, cuando apenas le hizo cuatro juegos a Nadal
en la final de Roland Garros y perdió en Londres y Melbourne con el español, en
dos territorios históricamente favorables al juego ofensivo de Roger.

Sin embargo,
el de ahora es el tercer momento crítico para Federer. Y en los dos anteriores
introdujo algunas variantes para resucitar. El primero fue en 2013, cuando
tenía ya 32 años. Un curso sin grandes títulos y desplazado al sexto lugar del
ránking. En un año con derrotas ante tenistas como Stakhovsky o Robredo,
Federer optó por hacer cambios en su staff
técnico -sustituyó a Paul Annacone por Stefan Edberg- y en su estilo de
juego, buscando acortar al máximo los puntos, hasta el punto de llegar a
introducir el famoso SABR -resto a
media pista, que llegó incluso a usar en finales contra Novak Djokovic-. Los
resultados fueron buenos, aunque le faltó el gran premio: Federer ascendió al
segundo puesto del ránking y alcanzó tres finales de Grand Slam entre 2014 y
2015, pero en las tres cedió ante Djokovic, dominador absoluto en ese periodo
de tiempo.

En 2016
llegó el que para muchos debía ser el final de Roger. Se lesionó el día después
de perder la semifinal del Abierto de Australia. Ocurrió mientras bañaba a sus
hijas, provocándole daño en la rodilla y apartándole prácticamente de todos los
torneos hasta Wimbledon. Allí, sin estar al 100%, buscó la heroicidad hasta que
su cuerpo dijo basta en las
semifinales ante Raonic. Dos semanas después de aquella derrota, Federer
anunciaba que estaría seis meses sin jugar, descendiendo al puesto 17 de la ATP
y teniendo que empezar ‘de cero’ con 35 años. En su regreso, Federer sorprendió
a todos con un juego más directo que nunca, con un gran acierto con el servicio
y el mejor revés de su carrera deportiva. Con todo ello, el suizo ganó contra
todo pronóstico el Open de Australia de 2017, algo que vino acompañado de su
octavo título en Wimbledon.

Ahora la
situación es incluso más complicada. Tiene 37 años y da síntomas de debilidad
sin ninguna lesión de por medio. Cada vez es más difícil volver. Y es que todo
el mundo sabe, y Federer también, que algo nuevo debe inventar para volver a
ser campeón. Como ya hizo en 2014 y en 2017. Una tercera reinvención para regresar
el trono. Los últimos meses no invitan al optimismo, pero si hay alguien que
puede inventar a su antojo en el panorama tenístico, ese es Federer.

¿Y qué puede
cambiar? Muchos sugieren que sus largos parones no le benefician, ya que no
tiene la electricidad de antaño. Otros creen que necesita una mayor precisión
con el drive para llevar a cabo el
plan que tan bien le funcionó en 2017, el de acortar a los puntos hasta un
límite insospechado.

Y… ¿hasta
cuándo? En principio, Federer tiene contrato con el torneo de Basilea hasta
2019 y, una vez llegado a ese punto, parece comprensible que Roger haga el
esfuerzo de estirar su trayectoria deportiva hasta los Juegos Olímpicos de
Tokio, con el objetivo de lograr el oro olímpico individual. Dos años más de Federer
que, si quiere que su habitual magia venga acompañada de trofeos, necesitará de
forma innegociable un giro de tuerca. Una nueva reinvención. 

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