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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 15-10-2018

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Escocia es uno de aquellos países que nacieron para contradecir el diccionario de sinónimos y antónimos, ese amigo que te salva la vida cuando te quedas sin palabras. Es difícil encontrar un paraje tan singular como las Highlands, para acabar, tras cruzarte medio país, en una capital que tiene patrimonios de la humanidad en sus entrañas, casi por doquier. Escocia, aparte de sus rincones, tiene en lo alto de su lista de éxitos el orgullo de ser precursores del balompié. Seguramente, cuando este deporte arrancaba, eran los mejores del mundo, más que los ingleses incluso. Y ahora están lejos –lejísimos- de ello.

El fútbol, allí, sigue siendo prioridad de todo ciudadano, a la par que la buena cerveza, pese sufrir en los últimos lustros un declive inimaginable. Nadie podía pensar que todos sus vecinos, por ejemplo, iban a clasificarse a la Eurocopa 2016 y que ellos serían el único conjunto de las islas en quedarse en casa, viendo como todos los que le rodean estaban de fiesta y ellos guardaban un luto que se asemeja interminable, ya que no ha estado en una competición internacional desde Francia 98. Ocaso.

Los escoceses, aun así, siguen teniendo calidad a raudales por las esquinas de su territorio, desde su primera división hasta territoriales. Sin embargo, la obcecación por estilos tan clásicos y primitivos como el marcaje al hombre, común en la ingente cantidad de equipos que forman las categorías nacionales, muestran que hay un denominador común que no sería del todo negativo si no fuera casi una obligación para todos.

El Celtic es uno de los conjuntos que más ha querido cambiar esta dinámica, gracias a la llegada de Brendan Rodgers, un mesías entre los católicos de Glasgow. El norirlandés ha amasado un conjunto espectacular -recolectando títulos casi sin perder- que además ha expuesto una serie de condiciones impensables en Escocia. Sus ideas innovadoras son imprescindibles en un país que sigue estancado en el balón largo para recoger la segunda jugada, en el duelo, en el choque y en dejarse la vida. Y nada más. Y así es muy difícil progresar.

El fichaje de Alex McLeish como seleccionador nacional, firmado en febrero de 2018, confirma una regla en la que nunca se permiten excepciones. El técnico de Glasgow ya estuvo en el combinado nacional y fracasó. Es difícil comprender porqué se le otorga otra oportunidad en una época en la que la Uefa ha decidido que es momento de dar un poco de pan, aunque sean unas migas, a las selecciones con menos recursos. Son ocasiones para dar un giro de 180 grados, para probar algo vanguardista. Aun así, la federación nunca pensó en un entrenador con un discurso inédito, no vaya a ser que les intoxique la imaginación de aquel fútbol añejo que tiene actualmente poquísimo que hacer ante la aristocracia del balompié europeo. 

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Escocia es uno de aquellos países que nacieron para contradecir el diccionario de sinónimos y antónimos, ese amigo que te salva la vida cuando te quedas sin palabras. Es difícil encontrar un paraje tan singular como las Highlands, para acabar, tras cruzarte medio país, en una capital que tiene patrimonios de la humanidad en sus entrañas, casi por doquier. Escocia, aparte de sus rincones, tiene en lo alto de su lista de éxitos el orgullo de ser precursores del balompié. Seguramente, cuando este deporte arrancaba, eran los mejores del mundo, más que los ingleses incluso. Y ahora están lejos –lejísimos- de ello.

El fútbol, allí, sigue siendo prioridad de todo ciudadano, a la par que la buena cerveza, pese sufrir en los últimos lustros un declive inimaginable. Nadie podía pensar que todos sus vecinos, por ejemplo, iban a clasificarse a la Eurocopa 2016 y que ellos serían el único conjunto de las islas en quedarse en casa, viendo como todos los que le rodean estaban de fiesta y ellos guardaban un luto que se asemeja interminable, ya que no ha estado en una competición internacional desde Francia 98. Ocaso.

Los escoceses, aun así, siguen teniendo calidad a raudales por las esquinas de su territorio, desde su primera división hasta territoriales. Sin embargo, la obcecación por estilos tan clásicos y primitivos como el marcaje al hombre, común en la ingente cantidad de equipos que forman las categorías nacionales, muestran que hay un denominador común que no sería del todo negativo si no fuera casi una obligación para todos.

El Celtic es uno de los conjuntos que más ha querido cambiar esta dinámica, gracias a la llegada de Brendan Rodgers, un mesías entre los católicos de Glasgow. El norirlandés ha amasado un conjunto espectacular -recolectando títulos casi sin perder- que además ha expuesto una serie de condiciones impensables en Escocia. Sus ideas innovadoras son imprescindibles en un país que sigue estancado en el balón largo para recoger la segunda jugada, en el duelo, en el choque y en dejarse la vida. Y nada más. Y así es muy difícil progresar.

El fichaje de Alex McLeish como seleccionador nacional, firmado en febrero de 2018, confirma una regla en la que nunca se permiten excepciones. El técnico de Glasgow ya estuvo en el combinado nacional y fracasó. Es difícil comprender porqué se le otorga otra oportunidad en una época en la que la Uefa ha decidido que es momento de dar un poco de pan, aunque sean unas migas, a las selecciones con menos recursos. Son ocasiones para dar un giro de 180 grados, para probar algo vanguardista. Aun así, la federación nunca pensó en un entrenador con un discurso inédito, no vaya a ser que les intoxique la imaginación de aquel fútbol añejo que tiene actualmente poquísimo que hacer ante la aristocracia del balompié europeo. 

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