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La ilusión rota

Es difícil explicar ese vacío. No sabes ubicarlo, pero conoces que es frío como el hielo y que suena igual que el silencio de un callejón. La tristeza le ha tomado el relevo al cosquilleo y a los nervios previos al pitido inicial. Marcharse a casa es una despedida y decir adiós nunca acaba de ser algo sencillo. El cuero de España se ha parado. Algo se detiene también en nosotros. Como mínimo, la ilusión. Porque miras atrás y te parece que ha pasado mucho desde que Igor Akinfeev se convirtió en un héroe en el Estadio Luzhniki de Moscú. Y sabes que queda mucho para que pasen todos esos días que nos separan de un nuevo Mundial.

La España de Luis Enrique es un equipo que tiene un argumento muy hilado, que necesita que suceda todo el relato. No tiene un golpe de suerte, ni una individualidad de talento aplastante. Tanto en Rusia como en Qatar, los verdugos de esta selección sabían bien cómo ejecutar un plan que funcionó en ambos casos. Así, Marruecos planteó un guion dispuesto a acorralar a España hacia ese callejón sin salida, sin dejarle espacios y con un auténtico ejercicio defensivo. Siendo conocedor de que a la selección española se le atragantan los equipos que se encierran. España ni supo ni pudo arañar el área rival, tener más movilidad o más velocidad con el balón. Rodri fue un hilo constante e infinito de esperanza, Amrabat un espectacular despliegue físico y Bono el protagonista de una pesadilla.

A España le ha saludado la realidad, la que duele como una bofetada. Aunque quisiera mirar hacia otro lado o cambiar de acera para no cruzarse con ella y evitar esa conversación incómoda que provoca el mismo picor que un jersey de lana. Ni la euforia de Costa Rica ni la gestión del pánico frente a Japón. Ni subir al cielo ni bajar a los infiernos. La Selección está en un purgatorio, necesario. Porque esta generación, una de las selecciones más jóvenes del Mundial, todavía está a una distancia considerable de las diferencias que marcan las mayores potencias y de esos jugadores que se elevan en cada 1vs1; aunque el papel de la pasada Eurocopa pudiera hacernos sentir que las cosas podían ser distintas.

Nuestra sociedad no sabe vivir sin el reproche, por mucho que se prometa a sí misma que va a cambiar. Vuelve a caer en ese mecanismo que ya forma parte de sus hábitos. Tiene la necesidad de querer tener la razón. Por eso, ahora escucharás que la lista del seleccionador no fue acertada, que estaba demasiado ocupado en ser streamer, incluso los nuevos nombres para ocupar el lugar de ‘Luis Padrique’. La credibilidad nos dura lo mismo que la ilusión; hasta que se rompe. Quizá recomponerla pase por digerir ese mal trago, como el de una botella de whisky bajo el sol. Por reconocer y aceptar que el tramo tiene sus respectivas pausas y que tener un seleccionador fiel a sus ideas, a sus jugadores, con autocrítica y capacidad de convicción sigue siendo un acierto hoy, y mañana también. Aunque el fútbol sea siempre un alambre tan fino sobre el que pasea nuestra ilusión.

Imagen de cabecera: @SEFutbol

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Es difícil explicar ese vacío. No sabes ubicarlo, pero conoces que es frío como el hielo y que suena igual que el silencio de un callejón. La tristeza le ha tomado el relevo al cosquilleo y a los nervios previos al pitido inicial. Marcharse a casa es una despedida y decir adiós nunca acaba de ser algo sencillo. El cuero de España se ha parado. Algo se detiene también en nosotros. Como mínimo, la ilusión. Porque miras atrás y te parece que ha pasado mucho desde que Igor Akinfeev se convirtió en un héroe en el Estadio Luzhniki de Moscú. Y sabes que queda mucho para que pasen todos esos días que nos separan de un nuevo Mundial.

La España de Luis Enrique es un equipo que tiene un argumento muy hilado, que necesita que suceda todo el relato. No tiene un golpe de suerte, ni una individualidad de talento aplastante. Tanto en Rusia como en Qatar, los verdugos de esta selección sabían bien cómo ejecutar un plan que funcionó en ambos casos. Así, Marruecos planteó un guion dispuesto a acorralar a España hacia ese callejón sin salida, sin dejarle espacios y con un auténtico ejercicio defensivo. Siendo conocedor de que a la selección española se le atragantan los equipos que se encierran. España ni supo ni pudo arañar el área rival, tener más movilidad o más velocidad con el balón. Rodri fue un hilo constante e infinito de esperanza, Amrabat un espectacular despliegue físico y Bono el protagonista de una pesadilla.

A España le ha saludado la realidad, la que duele como una bofetada. Aunque quisiera mirar hacia otro lado o cambiar de acera para no cruzarse con ella y evitar esa conversación incómoda que provoca el mismo picor que un jersey de lana. Ni la euforia de Costa Rica ni la gestión del pánico frente a Japón. Ni subir al cielo ni bajar a los infiernos. La Selección está en un purgatorio, necesario. Porque esta generación, una de las selecciones más jóvenes del Mundial, todavía está a una distancia considerable de las diferencias que marcan las mayores potencias y de esos jugadores que se elevan en cada 1vs1; aunque el papel de la pasada Eurocopa pudiera hacernos sentir que las cosas podían ser distintas.

Nuestra sociedad no sabe vivir sin el reproche, por mucho que se prometa a sí misma que va a cambiar. Vuelve a caer en ese mecanismo que ya forma parte de sus hábitos. Tiene la necesidad de querer tener la razón. Por eso, ahora escucharás que la lista del seleccionador no fue acertada, que estaba demasiado ocupado en ser streamer, incluso los nuevos nombres para ocupar el lugar de ‘Luis Padrique’. La credibilidad nos dura lo mismo que la ilusión; hasta que se rompe. Quizá recomponerla pase por digerir ese mal trago, como el de una botella de whisky bajo el sol. Por reconocer y aceptar que el tramo tiene sus respectivas pausas y que tener un seleccionador fiel a sus ideas, a sus jugadores, con autocrítica y capacidad de convicción sigue siendo un acierto hoy, y mañana también. Aunque el fútbol sea siempre un alambre tan fino sobre el que pasea nuestra ilusión.

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