_FC Barcelona

‘Enjoy Laudrup’

Borja Pardo @Borja_Pardo 08-04-2020

El pasado no quiere ser cambiado’.
(Stephen King)


Lo reconozco, con Laudrup disfruté por encima de mis posibilidades. Gracias a él cuando miro a mi adolescencia lo hago con una sonrisa dibujada en la cara. Nostálgico, sí, pero feliz.

Veamos que dice ‘mamá’ Wikipedia:

Michael Laudrup (Frederiksberg, Dinamarca, 15 de junio de 1964) es un exfutbolista y entrenador danés. Es considerado uno de los mejores futbolistas europeos entre mediados de las décadas de los ochenta y noventa. Ocupaba la demarcación de centrocampista, principalmente mediapunta, aunque su versatilidad le permitía desenvolverse como delantero o extremo. Dotado de gran talento y elegancia técnica, destacaba por su habilidad para el regate y su amplio repertorio de asistencias y pases, como los vistosos y efectivos «pases sin mirar a la jugada».



Cumpliré 40 años a finales de agosto. Eso implica que para los millenials tardíos y especialmente para los centennials soy más viejo que el fuego. Empecé a ver fútbol de forma compulsiva a finales de los 80 y me he ‘chupado’ tres décadas de balompié donde he visto brillar a centenares de futbolistas excelentes.

Como tantos otros, aluciné con los Marco van Basten, Franco Baresi, Hristo Stoichkov, Matt Le Tissier, Paolo Maldini, Gica Hagi, Zinedine Zidane, Ronaldo Nazario, Gianfranco Zola y un largo etcétera, pero lo de Laudrup fue otra cosa. Otro nivel de gozo y disfrute.

A finales de los ochenta yo era un niño bajito, feo y entusiasta, un motivado de aúpa con muchos sueños por cumplir. Hoy todo sigue igual salvo que en vez de niño soy padre. Consumía y practicaba fútbol como un gamer come riskettos y toma bebidas energéticas. En una época donde Internet era aún una quimera y no se vislumbraban ni multiplataformas ni guerras encarnizadas por los derechos del fútbol, yo era extremadamente feliz con algo tan básico como escribir a lápiz mis alineaciones random en pequeñas libretas, como si de un escriba egipcio se tratara. Me creía Don Quijote y la mítica revista ‘Don Balón’ era mi fiel escudera. ¿El fútbol? mi Dulcinea.

Jugando era cumplidor y voluntarioso, pero más malo que el pecado. Conseguí entrar en los infantiles del Sants e hice unas pruebas de acceso para ver si podía ingresar en el RCD Espanyol. Yo pensaba que llegaría a profesional. Va a ser que no. La realidad es que me quedé en el pozo de la 3ª regional catalana (UE Catalonia) y lo dejé al cuarto año porque fumaba como un carretero y me gustaba salir de fiesta más que a un tonto un lápiz.

NOTA: Ya me perdonará el lector estas licencias autobiográficas de carácter canallita, pero siempre lucen y dotan de cierta personalidad a este tipo de artículos mundanos.

Nací, crecí y viví 30 años en el barrio de Les Corts, a escasos metros del Camp Nou. En 1989 llega Laudrup a Barcelona tras no acabar de brillar en la élite del momento que suponía el fútbol italiano. Transitó por la Lazio (1983-1985) y por la Juventus (1985-1989) pero todavía no salían conejos de su chistera. Cruyff se ocuparía de ello, como de tantas otras cosas más. El holandés fue su salvador primero y su verdugo después.



En la Ciudad Condal, ese nórdico tímido empezó a ganar confianza y madurez para desplegar todo su potencial. Poco a poco fue mostrando al fútbol mundial un elenco de habilidades que acabarían por hipnotizarme. Clarividente y astuto. Un fino estilista que atesoraba una visión de juego privilegiada. Asistía, sí, pero además goleaba. Ese hombre se estaba erigiendo como un icono, un referente. Además tenía carisma y era guapo. En fin, venía a representar todo lo que yo quería ser de mayor y nunca fui. Lo envidiaba, lo amaba.

Laudrup fue un ‘rara avis’. Pura caligrafía en medio de los borrones de un fútbol que avanzaba inexorablemente hacia el cambio de siglo. A ese danés elegante, seguramente descendiente directo de la saga de los Lannister, le calzabas unas botas y convertía el granítico y prosaico fútbol de los ’90 en fina arena blanca y poesía. Empecé a celebrar sus mágicas ‘croquetas’ y sus asistencias más que sus goles, y es que me parecía admirable su generosidad en el noble arte del pase. La mirada hacia el Tibidabo y el pase hacia Montjuic. Magia para todos los públicos y una asistencia con sello propio que ya forma parte de la historia viva de este deporte. Lo idolatraba hasta límites enfermizos.

En el Barça de 1989 a 1993, Michael Laudrup era la chispa de la Coca-Cola, hasta el punto que el Camp Nou siempre lucía orgulloso una célebre pancarta que rezaba: ‘ENJOY LAUDRUP. En el verano de 1993 llegaría Romario. Ahí se tuerce todo. Cruyff apuesta de forma sistemática por el brasileño, Koeman y Stoichkov como su trío titular de extranjeros. Laudrup empieza a frecuentar banquillo y la situación se enquista. Que se filtrara un preacuerdo con el Real Madrid y que se cacareara un supuesto affaire con Chantal, la hija de Cruyff, motivan su convulsa salida rumbo a Chamartín en verano de 1994. El fino estilismo y el romanticismo nórdico llegaba a Madrid. Un duro golpe para el sufrido seguidor azulgrana que seis años más tarde se repetiría en la figura de Luis Figo.

En enero de 1994 el Barça le había endosado un histórico 5-0 al Real Madrid. Cansado del ostracismo progresivo que sufría, el danés firma por los blancos ese mismo verano. Paradójicamente, en diciembre de ese mismo año, bajo el cariño que le dio Jorge Valdano, Laudrup se cobra venganza y le devuelve a Cruyff el 5-0 en el Santiago Bernabéu. Acabaría guiando al Real Madrid hacia el ansiado título de Liga tras la tiranía de cuatro años que marcó el Dream Team.

Fue irse Laudrup y el barcelonismo quedó herido. Se empezó a lamer las heridas y se instaló de nuevo en una depresión que duraría más de tres años. Cuando el complejo y el trastorno obsesivo-compulsivo con Madrid empezaban a volverse crónicos, llega Van Gaal y parchea el problema metiéndole prozac al asunto para levantar la Liga de 1998, Rivaldo mediante. Se volvía a ganar, sí, pero nada volvería a ser como antes hasta que llegó Guardiola e Iniesta asumió el rol de Laudrup.

Ese mismo verano de 1998 se celebraba el Mundial de Francia. Cita balompédica global a la que acudía un Michael Laudrup con 34 años a la espalda. A pesar de la edad, luce y destapa por enésima vez el tarro de las esencias hasta el punto que le aprieta las tuercas a la mediática Brasil en los cuartos de final. Un status ganado a pulso y un bagaje notable, pero el de Francia era solo su segundo Mundial, y es que el primero le pilló imberbe, con 22 añitos. En México ’86 un tal Emilio Butragueño vacunó a los daneses en Querétaro. España no lo olvida, Michael tampoco.



Mención especial a lo acontecido en el verano de 1992. La Guerra de los Balcanes deja a Yugoslavia excluida de la EURO y Dinamarca es invitada por la UEFA a participar en el torneo. Laudrup, pensando en las vacaciones, no acudió por diferencias con el seleccionador Moller-Nielsen. Dinamarca acabaría ganando aquella Eurocopa y sorprendiendo al Mundo. Schmeichel y su hermano Brian se llevan la gloria. Michael nunca se lo perdonará. Una decisión errónea que marcará su vida. Todos tenemos alguna.

Ya me disculpará el lector pero me he ido larguísimo, la verdad. El caso es que llegados a este punto mi hija precisa que su padre le de la merienda y yo ya no sé como cerrar este artículo de un modo original. Así que solo añadiré dos cosas.



En mayo de 2012 entrevisté brevemente a Laudrup en Múnich. Era la previa de la final de la Champions entre el Bayern y el Chelsea. Lo vi a lo lejos tras un partido de exjugadores y me aferré a él como el que persigue un amor imposible. Era mi momento. Tras charlar brevemente con él me temblaba todo, como los segundos previos al primer beso. Fueron tres minutos, vale, pero valieron por tres vidas. Que me quiten lo bailado.

A las puertas de los 40 mi obsesión por ese danés perdura y no se mitiga. Prueba de ello es que en este confinamiento decidí volver a jugar al FIFA, sí, como si tuviera dieciséis años. Una decisión polémica que molestó a mi mujer y mi hija. Solo os diré que me he gastado unos 40 euros para comprar sobres digitales, poder vender futbolistas durante unas semanas y gastarme luego las 135.000 monedas virtuales recaudadas en fichar a Michael Laudrup, uno de los cotizados iconos vintage del célebre juego de EA Sports.



Seguramente mañana tendré a mi mujer de morros por esto, pero hoy tengo a Michael Laudrup, mi ídolo, dándole asistencias imposibles a Iago Aspas y al Kun Aguëro mientras goleo a los jugadores de otros rincones del mundo. Me compensa. Y es que nunca deberíamos dejar escapar al niño que llevamos dentro, ni olvidar lo que un día nos hizo feliz.

‘Enjoy Laudrup’

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El pasado no quiere ser cambiado’.
(Stephen King)


Lo reconozco, con Laudrup disfruté por encima de mis posibilidades. Gracias a él cuando miro a mi adolescencia lo hago con una sonrisa dibujada en la cara. Nostálgico, sí, pero feliz.

Veamos que dice ‘mamá’ Wikipedia:

Michael Laudrup (Frederiksberg, Dinamarca, 15 de junio de 1964) es un exfutbolista y entrenador danés. Es considerado uno de los mejores futbolistas europeos entre mediados de las décadas de los ochenta y noventa. Ocupaba la demarcación de centrocampista, principalmente mediapunta, aunque su versatilidad le permitía desenvolverse como delantero o extremo. Dotado de gran talento y elegancia técnica, destacaba por su habilidad para el regate y su amplio repertorio de asistencias y pases, como los vistosos y efectivos «pases sin mirar a la jugada».



Cumpliré 40 años a finales de agosto. Eso implica que para los millenials tardíos y especialmente para los centennials soy más viejo que el fuego. Empecé a ver fútbol de forma compulsiva a finales de los 80 y me he ‘chupado’ tres décadas de balompié donde he visto brillar a centenares de futbolistas excelentes.

Como tantos otros, aluciné con los Marco van Basten, Franco Baresi, Hristo Stoichkov, Matt Le Tissier, Paolo Maldini, Gica Hagi, Zinedine Zidane, Ronaldo Nazario, Gianfranco Zola y un largo etcétera, pero lo de Laudrup fue otra cosa. Otro nivel de gozo y disfrute.

A finales de los ochenta yo era un niño bajito, feo y entusiasta, un motivado de aúpa con muchos sueños por cumplir. Hoy todo sigue igual salvo que en vez de niño soy padre. Consumía y practicaba fútbol como un gamer come riskettos y toma bebidas energéticas. En una época donde Internet era aún una quimera y no se vislumbraban ni multiplataformas ni guerras encarnizadas por los derechos del fútbol, yo era extremadamente feliz con algo tan básico como escribir a lápiz mis alineaciones random en pequeñas libretas, como si de un escriba egipcio se tratara. Me creía Don Quijote y la mítica revista ‘Don Balón’ era mi fiel escudera. ¿El fútbol? mi Dulcinea.

Jugando era cumplidor y voluntarioso, pero más malo que el pecado. Conseguí entrar en los infantiles del Sants e hice unas pruebas de acceso para ver si podía ingresar en el RCD Espanyol. Yo pensaba que llegaría a profesional. Va a ser que no. La realidad es que me quedé en el pozo de la 3ª regional catalana (UE Catalonia) y lo dejé al cuarto año porque fumaba como un carretero y me gustaba salir de fiesta más que a un tonto un lápiz.

NOTA: Ya me perdonará el lector estas licencias autobiográficas de carácter canallita, pero siempre lucen y dotan de cierta personalidad a este tipo de artículos mundanos.

Nací, crecí y viví 30 años en el barrio de Les Corts, a escasos metros del Camp Nou. En 1989 llega Laudrup a Barcelona tras no acabar de brillar en la élite del momento que suponía el fútbol italiano. Transitó por la Lazio (1983-1985) y por la Juventus (1985-1989) pero todavía no salían conejos de su chistera. Cruyff se ocuparía de ello, como de tantas otras cosas más. El holandés fue su salvador primero y su verdugo después.



En la Ciudad Condal, ese nórdico tímido empezó a ganar confianza y madurez para desplegar todo su potencial. Poco a poco fue mostrando al fútbol mundial un elenco de habilidades que acabarían por hipnotizarme. Clarividente y astuto. Un fino estilista que atesoraba una visión de juego privilegiada. Asistía, sí, pero además goleaba. Ese hombre se estaba erigiendo como un icono, un referente. Además tenía carisma y era guapo. En fin, venía a representar todo lo que yo quería ser de mayor y nunca fui. Lo envidiaba, lo amaba.

Laudrup fue un ‘rara avis’. Pura caligrafía en medio de los borrones de un fútbol que avanzaba inexorablemente hacia el cambio de siglo. A ese danés elegante, seguramente descendiente directo de la saga de los Lannister, le calzabas unas botas y convertía el granítico y prosaico fútbol de los ’90 en fina arena blanca y poesía. Empecé a celebrar sus mágicas ‘croquetas’ y sus asistencias más que sus goles, y es que me parecía admirable su generosidad en el noble arte del pase. La mirada hacia el Tibidabo y el pase hacia Montjuic. Magia para todos los públicos y una asistencia con sello propio que ya forma parte de la historia viva de este deporte. Lo idolatraba hasta límites enfermizos.

En el Barça de 1989 a 1993, Michael Laudrup era la chispa de la Coca-Cola, hasta el punto que el Camp Nou siempre lucía orgulloso una célebre pancarta que rezaba: ‘ENJOY LAUDRUP. En el verano de 1993 llegaría Romario. Ahí se tuerce todo. Cruyff apuesta de forma sistemática por el brasileño, Koeman y Stoichkov como su trío titular de extranjeros. Laudrup empieza a frecuentar banquillo y la situación se enquista. Que se filtrara un preacuerdo con el Real Madrid y que se cacareara un supuesto affaire con Chantal, la hija de Cruyff, motivan su convulsa salida rumbo a Chamartín en verano de 1994. El fino estilismo y el romanticismo nórdico llegaba a Madrid. Un duro golpe para el sufrido seguidor azulgrana que seis años más tarde se repetiría en la figura de Luis Figo.

En enero de 1994 el Barça le había endosado un histórico 5-0 al Real Madrid. Cansado del ostracismo progresivo que sufría, el danés firma por los blancos ese mismo verano. Paradójicamente, en diciembre de ese mismo año, bajo el cariño que le dio Jorge Valdano, Laudrup se cobra venganza y le devuelve a Cruyff el 5-0 en el Santiago Bernabéu. Acabaría guiando al Real Madrid hacia el ansiado título de Liga tras la tiranía de cuatro años que marcó el Dream Team.

Fue irse Laudrup y el barcelonismo quedó herido. Se empezó a lamer las heridas y se instaló de nuevo en una depresión que duraría más de tres años. Cuando el complejo y el trastorno obsesivo-compulsivo con Madrid empezaban a volverse crónicos, llega Van Gaal y parchea el problema metiéndole prozac al asunto para levantar la Liga de 1998, Rivaldo mediante. Se volvía a ganar, sí, pero nada volvería a ser como antes hasta que llegó Guardiola e Iniesta asumió el rol de Laudrup.

Ese mismo verano de 1998 se celebraba el Mundial de Francia. Cita balompédica global a la que acudía un Michael Laudrup con 34 años a la espalda. A pesar de la edad, luce y destapa por enésima vez el tarro de las esencias hasta el punto que le aprieta las tuercas a la mediática Brasil en los cuartos de final. Un status ganado a pulso y un bagaje notable, pero el de Francia era solo su segundo Mundial, y es que el primero le pilló imberbe, con 22 añitos. En México ’86 un tal Emilio Butragueño vacunó a los daneses en Querétaro. España no lo olvida, Michael tampoco.



Mención especial a lo acontecido en el verano de 1992. La Guerra de los Balcanes deja a Yugoslavia excluida de la EURO y Dinamarca es invitada por la UEFA a participar en el torneo. Laudrup, pensando en las vacaciones, no acudió por diferencias con el seleccionador Moller-Nielsen. Dinamarca acabaría ganando aquella Eurocopa y sorprendiendo al Mundo. Schmeichel y su hermano Brian se llevan la gloria. Michael nunca se lo perdonará. Una decisión errónea que marcará su vida. Todos tenemos alguna.

Ya me disculpará el lector pero me he ido larguísimo, la verdad. El caso es que llegados a este punto mi hija precisa que su padre le de la merienda y yo ya no sé como cerrar este artículo de un modo original. Así que solo añadiré dos cosas.



En mayo de 2012 entrevisté brevemente a Laudrup en Múnich. Era la previa de la final de la Champions entre el Bayern y el Chelsea. Lo vi a lo lejos tras un partido de exjugadores y me aferré a él como el que persigue un amor imposible. Era mi momento. Tras charlar brevemente con él me temblaba todo, como los segundos previos al primer beso. Fueron tres minutos, vale, pero valieron por tres vidas. Que me quiten lo bailado.

A las puertas de los 40 mi obsesión por ese danés perdura y no se mitiga. Prueba de ello es que en este confinamiento decidí volver a jugar al FIFA, sí, como si tuviera dieciséis años. Una decisión polémica que molestó a mi mujer y mi hija. Solo os diré que me he gastado unos 40 euros para comprar sobres digitales, poder vender futbolistas durante unas semanas y gastarme luego las 135.000 monedas virtuales recaudadas en fichar a Michael Laudrup, uno de los cotizados iconos vintage del célebre juego de EA Sports.



Seguramente mañana tendré a mi mujer de morros por esto, pero hoy tengo a Michael Laudrup, mi ídolo, dándole asistencias imposibles a Iago Aspas y al Kun Aguëro mientras goleo a los jugadores de otros rincones del mundo. Me compensa. Y es que nunca deberíamos dejar escapar al niño que llevamos dentro, ni olvidar lo que un día nos hizo feliz.

‘Enjoy Laudrup’