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EN ESPAÑA, REAL. EN EUROPA, REAL

José Miguel Capel @JCapCar 20-04-2018

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Generalizar. Hacer común una cosa. Abstraer lo que es común a
muchas cosas formando un concepto que las comprenda todas. Se tiende a generalizar
conceptos, circunstancias e incluso hechos sostenidos en el tiempo sin reparar
en la veracidad. Convenimos que el Real Madrid tiende
históricamente a descuidar el campeonato liguero, ofreciendo mayor valor e
importancia a sus resultados en la máxima competición continental.

La realidad ofrece conclusiones totalmente opuestas. Los
números desmontan una teoría que casi todos, madridistas o no, han aceptado por
válida en alguna ocasión. Sin embargo, en esos momentos de confusión, queda en
el olvido constantemente la clave del error: los títulos. El palmarés. La
historia. Esa que dice que el Real Madrid no solo es el club más laureado en
Europa, sino que también domina cuando se toma de referencia la vitrina
nacional. 33 títulos ligueros ocupan lugar en el Museo Madridista, nueve más
que su más inmediato perseguidor. Y es que sí, el club blanco es dominador en
el viejo continente, pero también lo es en la máxima competición de nuestro
país. Su idilio con la orejona es absoluto, es evidente. En España, domina
igualmente  y mantiene margen sobre sus
competidores.

La década de los ochenta fue fiel reflejo de ello, aquella
de la que mantengo los primeros recuerdos futbolísticos, los que quedan en la
retina y marcan los colores para el resto de tu vida. Fueron cinco las ligas
consecutivas que levantó aquel equipo caracterizado por la ‘Quinta del Buitre’,
a la que Hugo Sánchez ponía la guinda goleadora. En aquellos tiempos en los que
alcanzar los 30 goles en Liga era prácticamente quimérico, el mexicano logró
alcanzar las 38 dianas, una por jornada. Por aquel entonces, parecía impensable
que alguien  lograría superar aquel registro.
Su chilena contra el Logroñés en el Bernabéu ocupaba páginas en una revista que,
con apenas 7 años, hojeaba una y otra vez. Los regates de Butragueño, aquel
futbolista con pinta de niño bueno que volvía locas las defensas con sus
travesuras, marcaron a una generación de madridistas que sembraron su afición
por el club merengue en un periodo curioso de la historia del club. O quizá no
tanto. En aquella época el Madrid ganaba ligas con facilidad y sufría
frustraciones continúas en Europa. Con un equipo plagado de calidad y temido por
su capacidad, los fracasos continentales se acumularon, convirtiéndose en el
talón de Aquiles de una generación que grabó su nombre a fuego en la historia
del fútbol español.

No fue la única época dorada liguera del conjunto blanco,
aunque si fue aquella la que mayor continuidad de resultados obtuvo en el campeonato
de la regularidad. Después llegarían las ligas perdidas en Tenerife, territorio
maldito. La Liga de Valdano, aquella en la que el Bernabéu se vengaría del máximo
rival con una manita en la que incluso Luis Enrique tuvo su cuota de
protagonismo. Las Ligas de Capello, de Mourinho… son solo algunos ejemplos de
momentos álgidos ligueros del conjunto merengue.

Para aquellos que vivimos aquellos momentos mágicos en clave
liguera, es difícil asimilar la afirmación de que el nuestro es un club que
desprecia la Liga, que jamás la ha dominado y que su objetivo primordial y casi
único es ganar la Champions. Nos rebelamos ante las medias verdades. El fútbol
son momentos, son dinámicas, también son proyectos. Generaciones y lo que ellas
suponen. Aquel Madrid con el que crecí, aquel al que Emilio Butragueño puso
nombre, no tiene nada que envidiar a proyectos rivales recientes. Porque dominó
de forma insultante y lo hizo a través del buen fútbol, de la calidad y el buen
gusto futbolístico. Con verticalidad, juego por bandas y también con garra,
corazón y alma. Y no, aquella generación no logró alcanzar la Copa de Europa. El
destino no siempre es generoso con el talento.

En España, Real. En Europa, Real. En el Mundo, Real. Por
eso, en temporadas cómo está, y pese al buen papel en Europa, a todo madridista
que se precie se le encoge un poco el corazón cuando observa el cambio de cara
del equipo en su rendimiento en ambas competiciones. Porque la ambición de un
club como el Real Madrid debe encaminarse a triunfar en todas las
competiciones. Cuando esa ambición cojea, la historia se resiente. Y se debe
respetar la Historia.

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Generalizar. Hacer común una cosa. Abstraer lo que es común a
muchas cosas formando un concepto que las comprenda todas. Se tiende a generalizar
conceptos, circunstancias e incluso hechos sostenidos en el tiempo sin reparar
en la veracidad. Convenimos que el Real Madrid tiende
históricamente a descuidar el campeonato liguero, ofreciendo mayor valor e
importancia a sus resultados en la máxima competición continental.

La realidad ofrece conclusiones totalmente opuestas. Los
números desmontan una teoría que casi todos, madridistas o no, han aceptado por
válida en alguna ocasión. Sin embargo, en esos momentos de confusión, queda en
el olvido constantemente la clave del error: los títulos. El palmarés. La
historia. Esa que dice que el Real Madrid no solo es el club más laureado en
Europa, sino que también domina cuando se toma de referencia la vitrina
nacional. 33 títulos ligueros ocupan lugar en el Museo Madridista, nueve más
que su más inmediato perseguidor. Y es que sí, el club blanco es dominador en
el viejo continente, pero también lo es en la máxima competición de nuestro
país. Su idilio con la orejona es absoluto, es evidente. En España, domina
igualmente  y mantiene margen sobre sus
competidores.

La década de los ochenta fue fiel reflejo de ello, aquella
de la que mantengo los primeros recuerdos futbolísticos, los que quedan en la
retina y marcan los colores para el resto de tu vida. Fueron cinco las ligas
consecutivas que levantó aquel equipo caracterizado por la ‘Quinta del Buitre’,
a la que Hugo Sánchez ponía la guinda goleadora. En aquellos tiempos en los que
alcanzar los 30 goles en Liga era prácticamente quimérico, el mexicano logró
alcanzar las 38 dianas, una por jornada. Por aquel entonces, parecía impensable
que alguien  lograría superar aquel registro.
Su chilena contra el Logroñés en el Bernabéu ocupaba páginas en una revista que,
con apenas 7 años, hojeaba una y otra vez. Los regates de Butragueño, aquel
futbolista con pinta de niño bueno que volvía locas las defensas con sus
travesuras, marcaron a una generación de madridistas que sembraron su afición
por el club merengue en un periodo curioso de la historia del club. O quizá no
tanto. En aquella época el Madrid ganaba ligas con facilidad y sufría
frustraciones continúas en Europa. Con un equipo plagado de calidad y temido por
su capacidad, los fracasos continentales se acumularon, convirtiéndose en el
talón de Aquiles de una generación que grabó su nombre a fuego en la historia
del fútbol español.

No fue la única época dorada liguera del conjunto blanco,
aunque si fue aquella la que mayor continuidad de resultados obtuvo en el campeonato
de la regularidad. Después llegarían las ligas perdidas en Tenerife, territorio
maldito. La Liga de Valdano, aquella en la que el Bernabéu se vengaría del máximo
rival con una manita en la que incluso Luis Enrique tuvo su cuota de
protagonismo. Las Ligas de Capello, de Mourinho… son solo algunos ejemplos de
momentos álgidos ligueros del conjunto merengue.

Para aquellos que vivimos aquellos momentos mágicos en clave
liguera, es difícil asimilar la afirmación de que el nuestro es un club que
desprecia la Liga, que jamás la ha dominado y que su objetivo primordial y casi
único es ganar la Champions. Nos rebelamos ante las medias verdades. El fútbol
son momentos, son dinámicas, también son proyectos. Generaciones y lo que ellas
suponen. Aquel Madrid con el que crecí, aquel al que Emilio Butragueño puso
nombre, no tiene nada que envidiar a proyectos rivales recientes. Porque dominó
de forma insultante y lo hizo a través del buen fútbol, de la calidad y el buen
gusto futbolístico. Con verticalidad, juego por bandas y también con garra,
corazón y alma. Y no, aquella generación no logró alcanzar la Copa de Europa. El
destino no siempre es generoso con el talento.

En España, Real. En Europa, Real. En el Mundo, Real. Por
eso, en temporadas cómo está, y pese al buen papel en Europa, a todo madridista
que se precie se le encoge un poco el corazón cuando observa el cambio de cara
del equipo en su rendimiento en ambas competiciones. Porque la ambición de un
club como el Real Madrid debe encaminarse a triunfar en todas las
competiciones. Cuando esa ambición cojea, la historia se resiente. Y se debe
respetar la Historia.

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