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En el nombre de Marco

Diego G. Argota @Diego21Garcia 23-10-2020

23 de octubre de 2011. Parece que fue ayer, pera ya han pasado nueve largos años desde que Marco Simoncelli no está. De aquel trágico accidente en la mañana española en la cálida y húmeda pista de Sepang (allí donde en 2008 ya había tocado el cielo como campeón del mundo en el cuarto de litro) donde el italiano se salió del trazado agarrado a su Honda, quiso evitar una caída sin perder el control de su montura y fue arrollado por las motos de Rossi y Edwards. Son nueve años en los que el mundo del motor ha quedado un poco más huérfano y donde Paolo Simoncelli se ha convertido en el padre de todos, destrozados de ver a un hombre siempre tan entero totalmente roto para siempre.

Porque Simoncelli, con sus cosas, era un piloto tan amado como odiado. Marco era tan agresivo en la pista como dulce fuera de ella. Idolatrado por el aficionado neutral, a quien nunca le negó una foto o una firma, eran sus acciones al límite las que sacaban un poco de quicio a sus compañeros de faena, un aspecto que había limado mucho con su llegada a MotoGP y que había quedado casi más en alguna que otra acción puntual en la categoría reina con sus disputas con Lorenzo, Stoner y Pedrosa. Quizás demasiado alto para triunfar en un deporte que habitualmente dominan bajitos (Valentino es una excepción), a Simoncelli nunca nadie le regaló nada. Criado por y para las dos ruedas, le compró su primera minimoto a la familia de Manuel Poggiali y su primer mono llevaba el nombre de la familia de Pasini, allí donde siendo apenas un crío ya sacaba los codos para tenérselas tiesas con Dovizioso y Simone Corsi.

Y es que siempre fue Dovi el claro candidato a relevar a Valentino Rossi como gran piloto italiano, hasta que Simoncelli salió del cascarón. La espontaneidad de Marco casaba mucho más con el tifosi que la seriedad de Dovizioso, pero los resultados del primero tardaron en llegar. Parecía que MotoGP estaba ya dictando sentencia en 2011 por un Dovizioso que, pese a terminar en el podio a final de año, iba a dejar una moto oficial por una satélite mientras Marco parecía no tener más límite que su propia cabeza. Dovi iba para abajo, Simoncelli para arriba y solo era cuestión de tiempo que llegara una victoria que nunca se terminó dando. Simoncelli siempre estará en el mundo del motor. Su dorsal, retirado en la máxima categoría. Misano ha cambiado su nombre para dárselo a él, Mugello dibuja 58’s en sus curvas arrabiatas y Paolo, ese hombre al que todo el mundo desea lo mejor, sigue llevando el nombre de Marco a lo más alto.

Porque el SIC58 Team fue creado para eso. Paolo quería que nadie se olvidara de Marco y qué mejor homenaje que haciéndolo guiando a jóvenes en el mundo de las dos ruedas. Lo que empezó como un proyecto para el campeonato italiano hoy es una realidad en el mundial. Y es que uno de los pilotos del equipo es la viva imagen del propio Simoncelli, con una trayectoria cuyo paralelismo asusta. Niccolo Antonelli nació en Cattolica, una pequeña localidad de apenas 15.000 habitantes que tiene como únicos personajes célebres al propio Antonielli… y a Simoncelli. El día que Simoncelli perdió la vida, Antonelli estaba ganando el Campeonato de Italia de 125cc, como si de una reencarnación se tratase, un título que nunca celebró. Pero es que el mismo día en el que Simoncelli se proclamaba campeón del mundo de 250cc, Antonelli levantaba los brazos porque había batido a Bastianini y Bagnaia en el Campeonato de Italia de Minimotos.

Antonelli no entró al Mundial de una manera cualquiera, sino que lo hizo en 2012, solo dos carreras después de la muerte de Marco, con el equipo Gresini, el mismo para el que el propio Simoncelli había corrido sus últimos años. Para mayor tragicomedia, Antonelli era entonces un calco físico de Marco. “En lo físico, sobre todo en la cara, sí que hay mucho parecido entre nosotros. Eso es cierto. Pero en carácter somos muy distintos. Él era extrovertido y abierto, yo soy más tímido. Él era alguien único y es difícil parecerse a él, pero sí la gente nos ve similares más allá de lo físico para mí es un honor”, admitía el italiano, al que una pequeña parte del paddock ya comenzaba a llamar ‘Il Piccolo Sic’.

Quizás por cercanía, quizás porque a Paolo Simoncelli se le removía el alma cuando veía a ese crío de pelo alborotado bajarse de una moto blanca y roja de Gresini con la publicidad de San Carlo, Antonelli se prestó a las peticiones de Paolo y ayudó al padre de Marco a desarrollar una moto que a la postre sería ganadora… Pero que también sería suya. Porque después de muchos sinsabores, sobre todo caídas, Antonelli nunca ha podido realmente luchar por el Mundial de la categoría pequeña cuando siempre ha sido uno de los señalados a principio de temporada (Solo en 2015, cuando terminó quinto). Fue en 2018 cuando Paolo y Antonelli se unieron en el mismo camino, el año pasado cuando ambos subieron a lo más alto del podio y una comunión que hoy dura, aunque Niccolo no tiene su asiento asegurado para el año que viene.

Quien sí lo tiene es su compañero, el japonés Suzuki, a quien todos llaman Callaghan. El asiático llegó a la disciplina del SIC58 en 2017 junto a Tony Arbolino en el año del debut en el Mundial. El 23 de octubre de 2017, en la semana del Gran Premio de Sepang y seis años después de la muerte de Marco, Suzuki le hizo una promesa a Marco Simoncelli y lo publicó en su perfil de Twitter: “Querido Marco Simoncelli, un día subiré a lo más alto del podio con tu padre, así que míranos desde el cielo”. Dos días después, ya en el circuito, Suzuki acompañó a Paolo en la distancia en su viaje al monumento que hay en Sepang donde Marco perdió la vida, un ritual que siempre tiene lugar cuando el Mundial llega a Malasia. Allí, Paolo se encontró que ese chico japonés que hablaba más italiano que su idioma propio y que tenía unas costumbres totalmente alejadas de la cultura asiática, vivía de verdad por y para el equipo, por y para su hijo. Tardó un año y medio, pero Suzuki cumplió su promesa. No lo hizo de cualquier manera, sino en Jerez y saliendo desde le pole. Homenaje doble, pues un piloto no ganaba en la categoría pequeña saliendo primero desde que lo hiciera Simoncelli, también en Jerez, pero de 2005. Si este año una lesión no se lo hubiera impedido, el nipón hoy estaría luchando por un campeonato que tratará de levantar en 2021. Porque este año no habrá carrera en Sepang y Paolo no podrá rendir el homenaje que su hijo merece. Pero sí el año que viene, donde uno de sus pupilos presenta fuerte candidatura al título. Y ahí seguirá Marco. Con Paolo. Un hombre con dos almas que nunca apagará la llama de su hijo.

Imagen de cabecera: Mirco Lazzari gp/Getty Images)

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23 de octubre de 2011. Parece que fue ayer, pera ya han pasado nueve largos años desde que Marco Simoncelli no está. De aquel trágico accidente en la mañana española en la cálida y húmeda pista de Sepang (allí donde en 2008 ya había tocado el cielo como campeón del mundo en el cuarto de litro) donde el italiano se salió del trazado agarrado a su Honda, quiso evitar una caída sin perder el control de su montura y fue arrollado por las motos de Rossi y Edwards. Son nueve años en los que el mundo del motor ha quedado un poco más huérfano y donde Paolo Simoncelli se ha convertido en el padre de todos, destrozados de ver a un hombre siempre tan entero totalmente roto para siempre.

Porque Simoncelli, con sus cosas, era un piloto tan amado como odiado. Marco era tan agresivo en la pista como dulce fuera de ella. Idolatrado por el aficionado neutral, a quien nunca le negó una foto o una firma, eran sus acciones al límite las que sacaban un poco de quicio a sus compañeros de faena, un aspecto que había limado mucho con su llegada a MotoGP y que había quedado casi más en alguna que otra acción puntual en la categoría reina con sus disputas con Lorenzo, Stoner y Pedrosa. Quizás demasiado alto para triunfar en un deporte que habitualmente dominan bajitos (Valentino es una excepción), a Simoncelli nunca nadie le regaló nada. Criado por y para las dos ruedas, le compró su primera minimoto a la familia de Manuel Poggiali y su primer mono llevaba el nombre de la familia de Pasini, allí donde siendo apenas un crío ya sacaba los codos para tenérselas tiesas con Dovizioso y Simone Corsi.

Y es que siempre fue Dovi el claro candidato a relevar a Valentino Rossi como gran piloto italiano, hasta que Simoncelli salió del cascarón. La espontaneidad de Marco casaba mucho más con el tifosi que la seriedad de Dovizioso, pero los resultados del primero tardaron en llegar. Parecía que MotoGP estaba ya dictando sentencia en 2011 por un Dovizioso que, pese a terminar en el podio a final de año, iba a dejar una moto oficial por una satélite mientras Marco parecía no tener más límite que su propia cabeza. Dovi iba para abajo, Simoncelli para arriba y solo era cuestión de tiempo que llegara una victoria que nunca se terminó dando. Simoncelli siempre estará en el mundo del motor. Su dorsal, retirado en la máxima categoría. Misano ha cambiado su nombre para dárselo a él, Mugello dibuja 58’s en sus curvas arrabiatas y Paolo, ese hombre al que todo el mundo desea lo mejor, sigue llevando el nombre de Marco a lo más alto.

Porque el SIC58 Team fue creado para eso. Paolo quería que nadie se olvidara de Marco y qué mejor homenaje que haciéndolo guiando a jóvenes en el mundo de las dos ruedas. Lo que empezó como un proyecto para el campeonato italiano hoy es una realidad en el mundial. Y es que uno de los pilotos del equipo es la viva imagen del propio Simoncelli, con una trayectoria cuyo paralelismo asusta. Niccolo Antonelli nació en Cattolica, una pequeña localidad de apenas 15.000 habitantes que tiene como únicos personajes célebres al propio Antonielli… y a Simoncelli. El día que Simoncelli perdió la vida, Antonelli estaba ganando el Campeonato de Italia de 125cc, como si de una reencarnación se tratase, un título que nunca celebró. Pero es que el mismo día en el que Simoncelli se proclamaba campeón del mundo de 250cc, Antonelli levantaba los brazos porque había batido a Bastianini y Bagnaia en el Campeonato de Italia de Minimotos.

Antonelli no entró al Mundial de una manera cualquiera, sino que lo hizo en 2012, solo dos carreras después de la muerte de Marco, con el equipo Gresini, el mismo para el que el propio Simoncelli había corrido sus últimos años. Para mayor tragicomedia, Antonelli era entonces un calco físico de Marco. “En lo físico, sobre todo en la cara, sí que hay mucho parecido entre nosotros. Eso es cierto. Pero en carácter somos muy distintos. Él era extrovertido y abierto, yo soy más tímido. Él era alguien único y es difícil parecerse a él, pero sí la gente nos ve similares más allá de lo físico para mí es un honor”, admitía el italiano, al que una pequeña parte del paddock ya comenzaba a llamar ‘Il Piccolo Sic’.

Quizás por cercanía, quizás porque a Paolo Simoncelli se le removía el alma cuando veía a ese crío de pelo alborotado bajarse de una moto blanca y roja de Gresini con la publicidad de San Carlo, Antonelli se prestó a las peticiones de Paolo y ayudó al padre de Marco a desarrollar una moto que a la postre sería ganadora… Pero que también sería suya. Porque después de muchos sinsabores, sobre todo caídas, Antonelli nunca ha podido realmente luchar por el Mundial de la categoría pequeña cuando siempre ha sido uno de los señalados a principio de temporada (Solo en 2015, cuando terminó quinto). Fue en 2018 cuando Paolo y Antonelli se unieron en el mismo camino, el año pasado cuando ambos subieron a lo más alto del podio y una comunión que hoy dura, aunque Niccolo no tiene su asiento asegurado para el año que viene.

Quien sí lo tiene es su compañero, el japonés Suzuki, a quien todos llaman Callaghan. El asiático llegó a la disciplina del SIC58 en 2017 junto a Tony Arbolino en el año del debut en el Mundial. El 23 de octubre de 2017, en la semana del Gran Premio de Sepang y seis años después de la muerte de Marco, Suzuki le hizo una promesa a Marco Simoncelli y lo publicó en su perfil de Twitter: “Querido Marco Simoncelli, un día subiré a lo más alto del podio con tu padre, así que míranos desde el cielo”. Dos días después, ya en el circuito, Suzuki acompañó a Paolo en la distancia en su viaje al monumento que hay en Sepang donde Marco perdió la vida, un ritual que siempre tiene lugar cuando el Mundial llega a Malasia. Allí, Paolo se encontró que ese chico japonés que hablaba más italiano que su idioma propio y que tenía unas costumbres totalmente alejadas de la cultura asiática, vivía de verdad por y para el equipo, por y para su hijo. Tardó un año y medio, pero Suzuki cumplió su promesa. No lo hizo de cualquier manera, sino en Jerez y saliendo desde le pole. Homenaje doble, pues un piloto no ganaba en la categoría pequeña saliendo primero desde que lo hiciera Simoncelli, también en Jerez, pero de 2005. Si este año una lesión no se lo hubiera impedido, el nipón hoy estaría luchando por un campeonato que tratará de levantar en 2021. Porque este año no habrá carrera en Sepang y Paolo no podrá rendir el homenaje que su hijo merece. Pero sí el año que viene, donde uno de sus pupilos presenta fuerte candidatura al título. Y ahí seguirá Marco. Con Paolo. Un hombre con dos almas que nunca apagará la llama de su hijo.

Imagen de cabecera: Mirco Lazzari gp/Getty Images)

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