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El valor de una buena siesta y una hamburguesa con los amigos

Sergio Merino Rueda @SergioMerino8 03-05-2018

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Escribo estas letras al instante
de leer como la cuenta de Twitter del Barça nos recordaba una efeméride que
marcó el inicio de una época grandiosa en la historia del club. La más grande,
de hecho. Recuerdo perfectamente dónde estaba el día dos de mayo de 2009.
Recuerdo exactamente cada detalle de lo que hice el día que ganamos dos a seis
en el Bernabéu. Una noche mágica.

Madrugué cada mañana de esa
semana para ir al instituto como siempre. Sueño, mucho sueño. Prácticamente con
la siesta en la cabeza desde el desayuno. La tensión que teníamos madridistas y
culés era de esas que ponían en riesgo una amistad, se podía cortar con un
cuchillo. Mucho en juego. Era la primera temporada que seguí el fútbol de forma
regular. Viendo cada partido, leyendo la prensa, escuchando los programas de
radio, siguiendo los resultados en las principales ligas europeas… tenía 15
años y me había picado el gusanillo del periodismo. Bendito gusanillo. La
manzana ya no se podía comer.

Como aficionado culé recordaba la
Champions de París, pero vagamente. Estaba en el último curso del colegio y mi
mente solamente pensaba en cómo adaptarse al instituto, a esa idealizada
versión de Harvard mezclada con el servicio militar con la que nos atemorizaban
los profesores. Querían que madurásemos, probablemente, no es fácil el cambio
de los dibujos animados por poemas de Béquer. Recuerdo el gol de Belletti, pero
no la sensación de disfrutar con él. Luego llegó la secundaria. El instituto no
era para tanto, la idea de salir de fiesta comenzaba a atisbarse por las
conversaciones de los mayores en el recreo y recuerdo esos primeros años con
serios vaciles por parte de los merengues. El gol de Tamudo, el pasillo… eso
sí que era un verdadero infierno y no las Ciencias Sociales.

Pero llegó Pep. Y Messi. Sobre
todo Messi. Recuerdo el primer partido en Numancia y la decepción desconsolada,
recuerdo ir al Camp Nou a ver el segundo partido de esa temporada, contra el
Racing, equipo de mi tierra, y otro empate. Mi temor a seguir sufriendo vaciles
y viendo celebraciones del Real Madrid crecía por momentos pero el rumbo de esa
campaña cambió. Y nos cambió para siempre. La liga parecía ganada y de repente
era necesario ganar en el Bernabéu. Y se adelantó el innombrable. Todos los
fantasmas de mis primeros años de secundaria se rememoraban. Tamudo, Raúl,
Baptista… hasta que Messi se puso a jugar, a jugar con el Madrid,
concretamente. Seis goles. SEIS. GOLES. Recuerdo cenar una hamburguesa con un
amigo colchonero, recuerdo nuestra alegría volviendo a casa, éramos demasiado
jóvenes para salir aun, recuerdo Stamford Bridge. Roma. El triplete. Y lo que vino
después.

Hoy, dos de mayo de 2018 la vida
ha cambiado mucho. Me encuentro a apenas un mes de licenciarme como periodista.
He salido alguna que otra noche a celebrar y lo único que no ha cambiado desde entonces
es mi cara de zombi por las mañanas. Es inevitable que se me escape una
sonrisilla mientras escribo este texto, mientras recuerdo aquella noche, a
‘Tití’, a Puyol besando el escudo, a Piqué estirando la camiseta, el robo de
Xavi a Lass, a Messi, la adolescencia. El Real Madrid va camino de su tercera
Champions consecutiva, ya no se cree en La Masía como antes, Messi ha cumplido
la treintena y la universidad no es para tanto. Espero que el Clásico del
domingo marque una nueva época. Una que merezca la pena, una en la que seamos
felices, una en la que volvamos a dominar Europa y en la que nunca nos falte
una buena siesta y una hamburguesa con los amigos. Con los de hace nueve años.

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de leer como la cuenta de Twitter del Barça nos recordaba una efeméride que
marcó el inicio de una época grandiosa en la historia del club. La más grande,
de hecho. Recuerdo perfectamente dónde estaba el día dos de mayo de 2009.
Recuerdo exactamente cada detalle de lo que hice el día que ganamos dos a seis
en el Bernabéu. Una noche mágica.

Madrugué cada mañana de esa
semana para ir al instituto como siempre. Sueño, mucho sueño. Prácticamente con
la siesta en la cabeza desde el desayuno. La tensión que teníamos madridistas y
culés era de esas que ponían en riesgo una amistad, se podía cortar con un
cuchillo. Mucho en juego. Era la primera temporada que seguí el fútbol de forma
regular. Viendo cada partido, leyendo la prensa, escuchando los programas de
radio, siguiendo los resultados en las principales ligas europeas… tenía 15
años y me había picado el gusanillo del periodismo. Bendito gusanillo. La
manzana ya no se podía comer.

Como aficionado culé recordaba la
Champions de París, pero vagamente. Estaba en el último curso del colegio y mi
mente solamente pensaba en cómo adaptarse al instituto, a esa idealizada
versión de Harvard mezclada con el servicio militar con la que nos atemorizaban
los profesores. Querían que madurásemos, probablemente, no es fácil el cambio
de los dibujos animados por poemas de Béquer. Recuerdo el gol de Belletti, pero
no la sensación de disfrutar con él. Luego llegó la secundaria. El instituto no
era para tanto, la idea de salir de fiesta comenzaba a atisbarse por las
conversaciones de los mayores en el recreo y recuerdo esos primeros años con
serios vaciles por parte de los merengues. El gol de Tamudo, el pasillo… eso
sí que era un verdadero infierno y no las Ciencias Sociales.

Pero llegó Pep. Y Messi. Sobre
todo Messi. Recuerdo el primer partido en Numancia y la decepción desconsolada,
recuerdo ir al Camp Nou a ver el segundo partido de esa temporada, contra el
Racing, equipo de mi tierra, y otro empate. Mi temor a seguir sufriendo vaciles
y viendo celebraciones del Real Madrid crecía por momentos pero el rumbo de esa
campaña cambió. Y nos cambió para siempre. La liga parecía ganada y de repente
era necesario ganar en el Bernabéu. Y se adelantó el innombrable. Todos los
fantasmas de mis primeros años de secundaria se rememoraban. Tamudo, Raúl,
Baptista… hasta que Messi se puso a jugar, a jugar con el Madrid,
concretamente. Seis goles. SEIS. GOLES. Recuerdo cenar una hamburguesa con un
amigo colchonero, recuerdo nuestra alegría volviendo a casa, éramos demasiado
jóvenes para salir aun, recuerdo Stamford Bridge. Roma. El triplete. Y lo que vino
después.

Hoy, dos de mayo de 2018 la vida
ha cambiado mucho. Me encuentro a apenas un mes de licenciarme como periodista.
He salido alguna que otra noche a celebrar y lo único que no ha cambiado desde entonces
es mi cara de zombi por las mañanas. Es inevitable que se me escape una
sonrisilla mientras escribo este texto, mientras recuerdo aquella noche, a
‘Tití’, a Puyol besando el escudo, a Piqué estirando la camiseta, el robo de
Xavi a Lass, a Messi, la adolescencia. El Real Madrid va camino de su tercera
Champions consecutiva, ya no se cree en La Masía como antes, Messi ha cumplido
la treintena y la universidad no es para tanto. Espero que el Clásico del
domingo marque una nueva época. Una que merezca la pena, una en la que seamos
felices, una en la que volvamos a dominar Europa y en la que nunca nos falte
una buena siesta y una hamburguesa con los amigos. Con los de hace nueve años.

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