_Fútbol Internacional

El último torero

Juan Pablo Gatti @GattiJuan 17-09-2020

“Y, porque soy
de la escuela del Bocha,
voy con la fantasía
a la estrategia fría.
Y, si no hay copa,
que haya cope para la gente,
que salta sobre el dolor
y nace nuevamente…” Bersuit Vergarabat

Oliver Atom solía decir que el balón era su amigo y era por ello por lo que siempre quería tenerlo cerca. El inventar jugadas de antología o dar pases milimétricos solo eran una forma de decirle cuanto lo quería. Pero, observando siempre más a fondo, aquella era una relación bastante tóxica: el gran capitán de Japón no podía dejar que su amigo estuviera lejos de él por mucho tiempo.

Llevando esto a la vida real, hubo muchos jugadores que mantuvieron con el balón el mismo trato, pero pocos lo llevaron al extremo como Juan Román Riquelme, el último 10, el domador de leones, el torero definitivo.

El argentino de San Fernando (Buenos Aires) nació un 24 de junio de 1978, justo el día en el que se disputaba el partido por el tercer puesto del Mundial (realizado en medio de la peor dictadura cívico-militar que vivió el país sudamericano), mismo que obtuvo Brasil tras derrotar a Italia por 2-1, casi como si fuera un guiño a su futura historia: si uno no conocía su procedencia de origen, tranquilamente podría haberlo confundido como un carioca más. Aunque claro, más cercano a esos jugadores lentos y cerebrales de México 1970 que a los superprofesionalizados y atletas de la actualidad.

Riquelme siempre fue de esos jugadores que suscitan pasiones y odios a partes iguales. Ya desde niño existía gente que no confiaba en él debido a su físico endeble y frágil, aunque terminaría demostrando su enorme categoría. En Argentinos Juniors comenzaría a despuntar como una de las clásicas promesas de la cantera del bicho, una que ha sacado jugadores de saco y corbata a montones (Maradona, Redondo, Cambiasso, Borghi…). Su clase en los torneos juveniles no solo le valió para arribar a las selecciones menores de la Argentina, sino que llamó la atención de los equipos más importantes del país, siendo Boca Juniors el que terminaría quedándoselo. Nadie lo sabía aun, pero el Xeneize había fichado al jugador más querido de su historia, incluso por encima del propio Diego Armando.

Gambetas, pisadas, visión periférica, trotes cansinos y golazos antológicos fueron su signo allí donde estuvo. En Boca terminó por consagrarse como un ídolo no solo por los títulos locales y por la Copa Libertadores del 2000, sino por el partido que disputó ante el Real Madrid por la Copa Intercontinental del mismo año, donde logró frenar a toros de la clase de Luis Figo o Roberto Carlos con su capote azul y oro.

Sin embargo, ser el jugador del momento y una persona ya reconocida pese a su corta edad no le evitó tuvo el tener que atravesar momentos complicados. En el Barcelona no fue tomado en cuenta por Louis Van Gaal, lo que se nos negó ver una futurible dupla con Xavi Hernández -el torero español-, mientras que en la selección albiceleste sería Marcelo Bielsa el que no confió en él para el Mundial del 2002. Aquellos pasos lo llenaron de pesar y melancolía: ¿era este su destino? ¿era tan bueno como decían que era? ¿habría una oportunidad mejor?

Los siguientes años se encargarían de elevar al 10 a una altura estratosférica: llevó al Villareal hasta las semifinales de la Champions League, y solo un penal suyo los dejaría afuera de la gran final ante su ex equipo. Con la Argentina estuvieron a punto de eliminar a Alemania del Mundial, aunque su salida sería uno de los detonantes de la posterior derrota por penales. Y al volver a Boca para disputar la Libertadores del 2007 dejó en claro que su talento no tenía parangón en Sudamérica: pocas veces se puede decir que un trofeo tuvo nombre y apellido, más allá del gran equipo que tenía el club de la Ribera por aquel entonces.

Juan Roman Riquelme con la selección argentina.

Pese a todo, los altos y bajos continuaron: se peleó con Pellegrini y con la dirigencia del Villareal (algo que también había pasado en Boca con Mauricio Macri, a quién le dedicó el famoso “Topo Gigio”) y volvería al club de sus amores para jugar hasta el 2014. En el medio, otro conflicto, en este caso con el Maradona DT de la Argentina, negándose a ser convocado nuevamente, por lo que se perdería Sudáfrica 2010. Sus últimas funciones con la camiseta celeste y blanca, sin embargo, terminaron siendo inolvidables: disputó una gran Copa América en el 2007 y fue clave en los Juegos Olímpicos del 2008, siempre con Lionel Messi como compañero de lujo.

Para muchos, el torero era un rebelde del fútbol, el potrero hecho persona, era Mozart con botines. Para otros, sin embargo, era un hombre sobrevalorado, fuera del ritmo necesario para el fútbol moderno, caprichoso a más no poder. Aquella fue una de las grandes grietas del balompié gaucho: Riquelme si, Riquelme no. Fútbol romántico vs fútbol moderno.

Los últimos años del enganche fueron igual de movidos, como todos los de su trayectoria. Mientras él seguía engañando a los toros con sus cortes de cintura y sus pases fantasma, Boca ganó títulos, vio a su máximo rival descender y comenzar a resurgir y hasta llegó a una nueva final de Copa Libertadores. Pero sus clásicos enojos no dejarían a nadie indiferente, por lo que retornaron las peleas con la dirigencia, compañeros y hasta con la barrabrava xeneize. Al final, Juan Román volvería a La Paternal para devolver a Argentinos a Primera, algo que consiguió para ponerle punto final a una de esas trayectorias que terminan por valorarse con el paso del tiempo.

En la actualidad se aprecia mucho más a los jugadores que “corren” por toda la cancha, que están en todas partes y que parecen más cercanos a atletas que a futbolistas. Los jugadores parecen haberse olvidado de que el balón es su amigo y que hay que buscar conservarlo, quererlo, mimarlo, hacer que llegue a buen puerto, siempre con respeto y un poco de locura. El último torero lo entendió a la perfección. Y la pelota le dijo gracias.  

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“Y, porque soy
de la escuela del Bocha,
voy con la fantasía
a la estrategia fría.
Y, si no hay copa,
que haya cope para la gente,
que salta sobre el dolor
y nace nuevamente…” Bersuit Vergarabat

Oliver Atom solía decir que el balón era su amigo y era por ello por lo que siempre quería tenerlo cerca. El inventar jugadas de antología o dar pases milimétricos solo eran una forma de decirle cuanto lo quería. Pero, observando siempre más a fondo, aquella era una relación bastante tóxica: el gran capitán de Japón no podía dejar que su amigo estuviera lejos de él por mucho tiempo.

Llevando esto a la vida real, hubo muchos jugadores que mantuvieron con el balón el mismo trato, pero pocos lo llevaron al extremo como Juan Román Riquelme, el último 10, el domador de leones, el torero definitivo.

El argentino de San Fernando (Buenos Aires) nació un 24 de junio de 1978, justo el día en el que se disputaba el partido por el tercer puesto del Mundial (realizado en medio de la peor dictadura cívico-militar que vivió el país sudamericano), mismo que obtuvo Brasil tras derrotar a Italia por 2-1, casi como si fuera un guiño a su futura historia: si uno no conocía su procedencia de origen, tranquilamente podría haberlo confundido como un carioca más. Aunque claro, más cercano a esos jugadores lentos y cerebrales de México 1970 que a los superprofesionalizados y atletas de la actualidad.

Riquelme siempre fue de esos jugadores que suscitan pasiones y odios a partes iguales. Ya desde niño existía gente que no confiaba en él debido a su físico endeble y frágil, aunque terminaría demostrando su enorme categoría. En Argentinos Juniors comenzaría a despuntar como una de las clásicas promesas de la cantera del bicho, una que ha sacado jugadores de saco y corbata a montones (Maradona, Redondo, Cambiasso, Borghi…). Su clase en los torneos juveniles no solo le valió para arribar a las selecciones menores de la Argentina, sino que llamó la atención de los equipos más importantes del país, siendo Boca Juniors el que terminaría quedándoselo. Nadie lo sabía aun, pero el Xeneize había fichado al jugador más querido de su historia, incluso por encima del propio Diego Armando.

Gambetas, pisadas, visión periférica, trotes cansinos y golazos antológicos fueron su signo allí donde estuvo. En Boca terminó por consagrarse como un ídolo no solo por los títulos locales y por la Copa Libertadores del 2000, sino por el partido que disputó ante el Real Madrid por la Copa Intercontinental del mismo año, donde logró frenar a toros de la clase de Luis Figo o Roberto Carlos con su capote azul y oro.

Sin embargo, ser el jugador del momento y una persona ya reconocida pese a su corta edad no le evitó tuvo el tener que atravesar momentos complicados. En el Barcelona no fue tomado en cuenta por Louis Van Gaal, lo que se nos negó ver una futurible dupla con Xavi Hernández -el torero español-, mientras que en la selección albiceleste sería Marcelo Bielsa el que no confió en él para el Mundial del 2002. Aquellos pasos lo llenaron de pesar y melancolía: ¿era este su destino? ¿era tan bueno como decían que era? ¿habría una oportunidad mejor?

Los siguientes años se encargarían de elevar al 10 a una altura estratosférica: llevó al Villareal hasta las semifinales de la Champions League, y solo un penal suyo los dejaría afuera de la gran final ante su ex equipo. Con la Argentina estuvieron a punto de eliminar a Alemania del Mundial, aunque su salida sería uno de los detonantes de la posterior derrota por penales. Y al volver a Boca para disputar la Libertadores del 2007 dejó en claro que su talento no tenía parangón en Sudamérica: pocas veces se puede decir que un trofeo tuvo nombre y apellido, más allá del gran equipo que tenía el club de la Ribera por aquel entonces.

Juan Roman Riquelme con la selección argentina.

Pese a todo, los altos y bajos continuaron: se peleó con Pellegrini y con la dirigencia del Villareal (algo que también había pasado en Boca con Mauricio Macri, a quién le dedicó el famoso “Topo Gigio”) y volvería al club de sus amores para jugar hasta el 2014. En el medio, otro conflicto, en este caso con el Maradona DT de la Argentina, negándose a ser convocado nuevamente, por lo que se perdería Sudáfrica 2010. Sus últimas funciones con la camiseta celeste y blanca, sin embargo, terminaron siendo inolvidables: disputó una gran Copa América en el 2007 y fue clave en los Juegos Olímpicos del 2008, siempre con Lionel Messi como compañero de lujo.

Para muchos, el torero era un rebelde del fútbol, el potrero hecho persona, era Mozart con botines. Para otros, sin embargo, era un hombre sobrevalorado, fuera del ritmo necesario para el fútbol moderno, caprichoso a más no poder. Aquella fue una de las grandes grietas del balompié gaucho: Riquelme si, Riquelme no. Fútbol romántico vs fútbol moderno.

Los últimos años del enganche fueron igual de movidos, como todos los de su trayectoria. Mientras él seguía engañando a los toros con sus cortes de cintura y sus pases fantasma, Boca ganó títulos, vio a su máximo rival descender y comenzar a resurgir y hasta llegó a una nueva final de Copa Libertadores. Pero sus clásicos enojos no dejarían a nadie indiferente, por lo que retornaron las peleas con la dirigencia, compañeros y hasta con la barrabrava xeneize. Al final, Juan Román volvería a La Paternal para devolver a Argentinos a Primera, algo que consiguió para ponerle punto final a una de esas trayectorias que terminan por valorarse con el paso del tiempo.

En la actualidad se aprecia mucho más a los jugadores que “corren” por toda la cancha, que están en todas partes y que parecen más cercanos a atletas que a futbolistas. Los jugadores parecen haberse olvidado de que el balón es su amigo y que hay que buscar conservarlo, quererlo, mimarlo, hacer que llegue a buen puerto, siempre con respeto y un poco de locura. El último torero lo entendió a la perfección. Y la pelota le dijo gracias.  

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