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El último grande de David Ferrer

David Sánchez @dasanchez__ 04-09-2018

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Empuñó su primera raqueta con tan solo ocho años. Con 13, se mudó de su Jávea (Alicante) natal a Gandía (Valencia) y, con 15, a Barcelona. El 15 de septiembre de 2002 logró su primer título ATP en Bucarest.

Hasta Wimbledon 2015 disputó la friolera de 50 Grand Slams de forma consecutiva. Antes, había ascendido al número tres mundial en el verano de 2013 –su puesto más alto en la tabla- pero pese a despedirse del circuito sin haber alzado un Grande, lo que define la trayectoria profesional de David Ferrer no son sus números, es su forma de ser; su talante para tomarse este deporte como un compromiso indiscutible en su día a día. Gracias a eso se ha ganado el respeto de sus rivales y el corazón de todos.

El alicantino se despidió de los Grand Slams en este US Open. Su marcha fue cruel. Inmerecida. Con una retirada en su primer partido, sobre suelo neoyorkino, ante su compatriota Rafa Nadal. Sabor amargo. Dolor en el sóleo. Tristeza. No lo volveremos a ver en uno de los cuatro grandes escenarios del tenis mundial. La final de Roland Garros 2013 fue su mejor marca. Ahora la vida le llevará por otros derroteros pero, siempre, con la cabeza alta.

En 2019, si todo va bien, Ferrer tiene previsto disputar la Copa Hopman y los torneos ATP de Auckland, Buenos Aires, Acapulco, Barcelona y Madrid. Sería, pues, en la Caja Mágica donde, de cumplir con esa hoja de ruta, Ferrer colgaría la raqueta de forma definitiva.

“David ha sido uno de los jugadores más regulares y que ha mantenido un nivel más alto durante más tiempo. Siempre ha ido mejorando a lo largo de su carrera. Es un jugador que valoro muchísimo”, comentaba Rafa Nadal sobre Ferrer en declaraciones recogidas en la web de la ATP.

“No queda bien que lo diga yo, pero tampoco que no lo diga, creo que David no ha tenido suerte en la época en la que ha convivido y le ha tocado vivir porque ha habido tres o cuatro jugadores que han ganado prácticamente todo en los mejores años de David”, explicaba el número uno mundial consciente de que si el Big Four no hubiera sido coetáneo, probablemente, Ferrer habría estrenado su casillero de Grand Slams.

Lo que está claro es que David Ferrer dejará un legado histórico tras su paso por el tenis profesional que será recordado por siempre. Su gen competitivo, su instinto para resarcirse en duelos a cara de perro y su entrega total y absoluta le han llevado muy lejos desde que irrumpiera en el circuito, por primera vez, en el año 2000.

Ferrer ha dado muchas alegrías al tenis español, especialmente, en la Copa Davis, una competición donde, sin ir más lejos, fue decisivo para el combinado hispano este año. Su raqueta proporcionó el pase a las semifinales después de un agónico triunfo, en la Plaza de Toros de Valencia, ante el alemán Phillipp Kohlschreiber. En muy pocas ocasiones se vio a un Ferrer tan emocionado. Ante su gente, en su Valencia, Ferrer fue feliz compartiendo alegría con un público entregado y devoto a la figura de un jugador que lo dio todo por un país.

Pero, ¿cómo se ve a sí mismo? “Es difícil hablar de mí en tercera persona. Me sentiría orgulloso de haber intentado mejorar cada año profesionalmente, pero sobre todo personalmente. Me sentiría muy orgulloso de él como persona porque cada día se va a la cama muy tranquilo con lo que ha hecho”. Hasta el último día, David Ferrer.

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Empuñó su primera raqueta con tan solo ocho años. Con 13, se mudó de su Jávea (Alicante) natal a Gandía (Valencia) y, con 15, a Barcelona. El 15 de septiembre de 2002 logró su primer título ATP en Bucarest.

Hasta Wimbledon 2015 disputó la friolera de 50 Grand Slams de forma consecutiva. Antes, había ascendido al número tres mundial en el verano de 2013 –su puesto más alto en la tabla- pero pese a despedirse del circuito sin haber alzado un Grande, lo que define la trayectoria profesional de David Ferrer no son sus números, es su forma de ser; su talante para tomarse este deporte como un compromiso indiscutible en su día a día. Gracias a eso se ha ganado el respeto de sus rivales y el corazón de todos.

El alicantino se despidió de los Grand Slams en este US Open. Su marcha fue cruel. Inmerecida. Con una retirada en su primer partido, sobre suelo neoyorkino, ante su compatriota Rafa Nadal. Sabor amargo. Dolor en el sóleo. Tristeza. No lo volveremos a ver en uno de los cuatro grandes escenarios del tenis mundial. La final de Roland Garros 2013 fue su mejor marca. Ahora la vida le llevará por otros derroteros pero, siempre, con la cabeza alta.

En 2019, si todo va bien, Ferrer tiene previsto disputar la Copa Hopman y los torneos ATP de Auckland, Buenos Aires, Acapulco, Barcelona y Madrid. Sería, pues, en la Caja Mágica donde, de cumplir con esa hoja de ruta, Ferrer colgaría la raqueta de forma definitiva.

“David ha sido uno de los jugadores más regulares y que ha mantenido un nivel más alto durante más tiempo. Siempre ha ido mejorando a lo largo de su carrera. Es un jugador que valoro muchísimo”, comentaba Rafa Nadal sobre Ferrer en declaraciones recogidas en la web de la ATP.

“No queda bien que lo diga yo, pero tampoco que no lo diga, creo que David no ha tenido suerte en la época en la que ha convivido y le ha tocado vivir porque ha habido tres o cuatro jugadores que han ganado prácticamente todo en los mejores años de David”, explicaba el número uno mundial consciente de que si el Big Four no hubiera sido coetáneo, probablemente, Ferrer habría estrenado su casillero de Grand Slams.

Lo que está claro es que David Ferrer dejará un legado histórico tras su paso por el tenis profesional que será recordado por siempre. Su gen competitivo, su instinto para resarcirse en duelos a cara de perro y su entrega total y absoluta le han llevado muy lejos desde que irrumpiera en el circuito, por primera vez, en el año 2000.

Ferrer ha dado muchas alegrías al tenis español, especialmente, en la Copa Davis, una competición donde, sin ir más lejos, fue decisivo para el combinado hispano este año. Su raqueta proporcionó el pase a las semifinales después de un agónico triunfo, en la Plaza de Toros de Valencia, ante el alemán Phillipp Kohlschreiber. En muy pocas ocasiones se vio a un Ferrer tan emocionado. Ante su gente, en su Valencia, Ferrer fue feliz compartiendo alegría con un público entregado y devoto a la figura de un jugador que lo dio todo por un país.

Pero, ¿cómo se ve a sí mismo? “Es difícil hablar de mí en tercera persona. Me sentiría orgulloso de haber intentado mejorar cada año profesionalmente, pero sobre todo personalmente. Me sentiría muy orgulloso de él como persona porque cada día se va a la cama muy tranquilo con lo que ha hecho”. Hasta el último día, David Ferrer.

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