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El tiburón de Split

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 09-07-2018

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Todos tenemos esa insufrible manía
que nos conduce instintivamente a estigmatizar a cualquier persona o lugar.
Poner etiquetas. Como el mismísimo titular de este artículo, que no sirve para
nada más que recordarme que es mejor admitir que lo mío no es el marketing y
que a veces nos dejamos llevar por los tópicos. Qué tedio. O qué maravilla
reconocer que somos humanos y que como tal, solemos juzgar y equivocarnos con
la misma sencillez que un niño aprendiendo la tabla del ocho. Lo mismo sucede
con los futbolistas.

Raro es que a Ante Rebic, actualmente,
no le estén pitando los oídos. Sigue saliendo en muchos medios que el extremo
del Eintracht Frankfurt forma parte de la estirpe de jugadores volcánicos que,
simplemente, tienen la misma capacidad para dejar atrás a tres jugadores en su
camino al gol que para pelearse en una mañana otoñal, predestinada a ser igual
de tranquila que insulsa. Lo que no saben es que en ese fogoso comportamiento
se esconde el secreto de su palpable notoriedad. De hecho, ya es uno de los
jugadores del Mundial. Y es por algo.

Rebic no es un volcán, es un huracán.
Es un extremo con una carrocería lenta y pesada, pero a la que no se te ocurre
acercarte porque te atropella con el cuero en sus pies. Siempre sabe cuando
mezclarse con los centrocampistas, juega bien al primer toque y resuelve con la
misma enajenación que un asesino en serie, o sino que le pregunten a Willy
Caballero. Cuando erró su pase todo el mundo imaginó que el chico de Split la
controlaría pero la empalmó como si fuera la última pelota que tocaba en su
vida. Con la calma. 

En esto de los Mundiales ya se sabe.
Es muy típico ver futbolistas que son igual de repentinos que evanescentes,
como un amor de verano. Sin embargo, ha quedado claro que es necesario tener a
un Rebic en tu equipo, que esto que está haciendo es causalidad y no casualidad.
Siempre hay que mantener los fuegos encendidos, aunque sea en pleno estío,
porque el invierno acabará arribando. Ahí será el momento de alzar la cabeza
para reconocer que en la bella y orgullosa Split no hay tiburones. No vaya a
ser que la gente piense que – como los escualos- es una especie peligrosa para
un vestuario. Es más bien todo lo contrario. 

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Todos tenemos esa insufrible manía
que nos conduce instintivamente a estigmatizar a cualquier persona o lugar.
Poner etiquetas. Como el mismísimo titular de este artículo, que no sirve para
nada más que recordarme que es mejor admitir que lo mío no es el marketing y
que a veces nos dejamos llevar por los tópicos. Qué tedio. O qué maravilla
reconocer que somos humanos y que como tal, solemos juzgar y equivocarnos con
la misma sencillez que un niño aprendiendo la tabla del ocho. Lo mismo sucede
con los futbolistas.

Raro es que a Ante Rebic, actualmente,
no le estén pitando los oídos. Sigue saliendo en muchos medios que el extremo
del Eintracht Frankfurt forma parte de la estirpe de jugadores volcánicos que,
simplemente, tienen la misma capacidad para dejar atrás a tres jugadores en su
camino al gol que para pelearse en una mañana otoñal, predestinada a ser igual
de tranquila que insulsa. Lo que no saben es que en ese fogoso comportamiento
se esconde el secreto de su palpable notoriedad. De hecho, ya es uno de los
jugadores del Mundial. Y es por algo.

Rebic no es un volcán, es un huracán.
Es un extremo con una carrocería lenta y pesada, pero a la que no se te ocurre
acercarte porque te atropella con el cuero en sus pies. Siempre sabe cuando
mezclarse con los centrocampistas, juega bien al primer toque y resuelve con la
misma enajenación que un asesino en serie, o sino que le pregunten a Willy
Caballero. Cuando erró su pase todo el mundo imaginó que el chico de Split la
controlaría pero la empalmó como si fuera la última pelota que tocaba en su
vida. Con la calma. 

En esto de los Mundiales ya se sabe.
Es muy típico ver futbolistas que son igual de repentinos que evanescentes,
como un amor de verano. Sin embargo, ha quedado claro que es necesario tener a
un Rebic en tu equipo, que esto que está haciendo es causalidad y no casualidad.
Siempre hay que mantener los fuegos encendidos, aunque sea en pleno estío,
porque el invierno acabará arribando. Ahí será el momento de alzar la cabeza
para reconocer que en la bella y orgullosa Split no hay tiburones. No vaya a
ser que la gente piense que – como los escualos- es una especie peligrosa para
un vestuario. Es más bien todo lo contrario. 

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