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El sueño de muchas noches de verano

Carlos Mateos @cmateosgil 04-09-2018

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En su camino hacia la conquista de la Copa del Mundo en Rusia la selección francesa únicamente concedió un par de empates y una derrota en partidos oficiales al margen del torneo. De ellos dos fueron a domicilio, las tablas ante Bielorrusia y el 2-1 ante Suecia. Eso significa que solo un combinado nacional fue capaz de salir puntuando de tierras galas. Ese fue Luxemburgo.

Todo aquel que viera el partido seguirá sin explicarse cómo los de Deschamps no ganaron aquel día. Pese a probar fortuna de todas las formas posibles, entre los palos y un inspirado guardameta frenaron cada uno de los intentos que fueron a puerta. Y el fracaso, porque fue un fracaso, podría haber sido peor si los luxemburgueses hubieran aprovechado los dos o tres acercamientos peligrosos que tuvieron.

Como suele ser habitual en el fútbol, unos bajaron la cabeza y otros sonrieron. Estos últimos fueron los visitantes, que cosecharon el resultado más importante de su historia por encima quizás del triunfo por 1-2 logrado en Suiza en el año 2008. Hito modesto, pero todo un logro para un país poco acostumbrado a la gloria.

Al menos hasta ahora, cuando el F91 Dudelange se ha convertido en el primer conjunto de Luxemburgo que disputará competiciones europeas tras lograr su clasificación para la Europa League dejando por el camino a equipos con experiencia en Champions como el Cluj rumano o el Legia Varsovia polaco, a los que se suma el Drita kosovar. El premio por esta hazaña no es solo participar en la fase final del torneo continental sino además tener el privilegio de hacerlo ante tres rivales de entidad como son el Milán, el Betis y el Olympiakos.

A priori el sueño durará poco, lo que tarde en terminar la fase de grupos. Pero no siempre lo importante es el destino sino todo aquello que se vive por el trayecto. Y pase lo que pase el Dudelange sigue superándose a sí mismo en la que de momento es una breve historia que apenas pasa del cuarto de siglo.

De hecho el 91 que acompaña al nombre no es sino el año de su fundación. Radicado en la cuarta ciudad por población, se puede hablar de él como club ‘Frankenstein’ al formarse por la unión de tres entidades que paseaban lejos del fútbol de élite nacional. Pese a ello pronto alcanzó las rondas clasificatorias en campeonatos europeos. Eso sí, en sus dos primeros intentos de participar en la Recopa encajó diecinueve goles y marcó tres ante el Maccabi Haifa y el Ferencváros.

Una realidad que no dista demasiado de la que ha tenido que vivir casi cada verano y que no es otra que la de viajar a territorios con poco glamour para volver con el rabo entre las piernas. Tanto que solo había superado cuatro eliminatorias durante los últimos veinticuatro años, una menos que las tres consecutivas que le han llevado a la Europa League.

Esta vez la cosa ha sido diferente gracias en parte a la buena mano de un alumno aventajado en los banquillos, conocedor al detalle de los métodos de un técnico finalista de la Liga de Campeones. Con él vivió victorias y derrotas pero también comidas familiares, visitas al parque e incluso días encerrado en casa. Se llama Dino, su padre Klaus y ambos comparten el apellido Toppmöller.

Ex jugador con experiencia a lo largo y ancho de Alemania pero carente de continuidad, casi en el ocaso de su carrera fue a caer en el vestuario donde hoy trabaja. Allí dejó buenas sensaciones hasta el punto que no dudaron en darle una oportunidad cuando surgió la opción. Con las llaves en la mano ha llevado a los suyos hasta el mayor éxito. Sin nada que perder, en un fútbol cada vez más globalizado en el que hay más ‘Davides’ que tumban a ‘Goliaths’, la única obligación es disfrutar.

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En su camino hacia la conquista de la Copa del Mundo en Rusia la selección francesa únicamente concedió un par de empates y una derrota en partidos oficiales al margen del torneo. De ellos dos fueron a domicilio, las tablas ante Bielorrusia y el 2-1 ante Suecia. Eso significa que solo un combinado nacional fue capaz de salir puntuando de tierras galas. Ese fue Luxemburgo.

Todo aquel que viera el partido seguirá sin explicarse cómo los de Deschamps no ganaron aquel día. Pese a probar fortuna de todas las formas posibles, entre los palos y un inspirado guardameta frenaron cada uno de los intentos que fueron a puerta. Y el fracaso, porque fue un fracaso, podría haber sido peor si los luxemburgueses hubieran aprovechado los dos o tres acercamientos peligrosos que tuvieron.

Como suele ser habitual en el fútbol, unos bajaron la cabeza y otros sonrieron. Estos últimos fueron los visitantes, que cosecharon el resultado más importante de su historia por encima quizás del triunfo por 1-2 logrado en Suiza en el año 2008. Hito modesto, pero todo un logro para un país poco acostumbrado a la gloria.

Al menos hasta ahora, cuando el F91 Dudelange se ha convertido en el primer conjunto de Luxemburgo que disputará competiciones europeas tras lograr su clasificación para la Europa League dejando por el camino a equipos con experiencia en Champions como el Cluj rumano o el Legia Varsovia polaco, a los que se suma el Drita kosovar. El premio por esta hazaña no es solo participar en la fase final del torneo continental sino además tener el privilegio de hacerlo ante tres rivales de entidad como son el Milán, el Betis y el Olympiakos.

A priori el sueño durará poco, lo que tarde en terminar la fase de grupos. Pero no siempre lo importante es el destino sino todo aquello que se vive por el trayecto. Y pase lo que pase el Dudelange sigue superándose a sí mismo en la que de momento es una breve historia que apenas pasa del cuarto de siglo.

De hecho el 91 que acompaña al nombre no es sino el año de su fundación. Radicado en la cuarta ciudad por población, se puede hablar de él como club ‘Frankenstein’ al formarse por la unión de tres entidades que paseaban lejos del fútbol de élite nacional. Pese a ello pronto alcanzó las rondas clasificatorias en campeonatos europeos. Eso sí, en sus dos primeros intentos de participar en la Recopa encajó diecinueve goles y marcó tres ante el Maccabi Haifa y el Ferencváros.

Una realidad que no dista demasiado de la que ha tenido que vivir casi cada verano y que no es otra que la de viajar a territorios con poco glamour para volver con el rabo entre las piernas. Tanto que solo había superado cuatro eliminatorias durante los últimos veinticuatro años, una menos que las tres consecutivas que le han llevado a la Europa League.

Esta vez la cosa ha sido diferente gracias en parte a la buena mano de un alumno aventajado en los banquillos, conocedor al detalle de los métodos de un técnico finalista de la Liga de Campeones. Con él vivió victorias y derrotas pero también comidas familiares, visitas al parque e incluso días encerrado en casa. Se llama Dino, su padre Klaus y ambos comparten el apellido Toppmöller.

Ex jugador con experiencia a lo largo y ancho de Alemania pero carente de continuidad, casi en el ocaso de su carrera fue a caer en el vestuario donde hoy trabaja. Allí dejó buenas sensaciones hasta el punto que no dudaron en darle una oportunidad cuando surgió la opción. Con las llaves en la mano ha llevado a los suyos hasta el mayor éxito. Sin nada que perder, en un fútbol cada vez más globalizado en el que hay más ‘Davides’ que tumban a ‘Goliaths’, la única obligación es disfrutar.

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