_Fútbol Internacional

El sueño de ganarle a la vida

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 02-09-2020

Cuando tenía 16 años, Sergio Núñez, a quien todos llamaban Toto, se enroló en las filas del Club Atlético Peñarol. Entonces, no le dijo a nadie de dónde venía por vergüenza, por miedo a sentir rechazo, por tratar de esconder una vida que le atormentaba, de la que quería escapar y no volver a oír. Criado en la ciudad de Paysandú, fue su infancia y adolescencia la del chico que muchos pensaban que iba a terminar mal, mientras otros veían que era simplemente el muchacho equivocado en el momento equivocado. Su padre, preso casi un lustro, parecía ser también el espejo que determinaría su futuro.

En un entorno de violencia y delincuencia callejera de pandillas de chicos en plena pubertad, Núñez, ese que descartaba ir a fiestas o celebraciones por no tener un par de zapatos decentes o un abrigo con el que presentarse, pasó en varias ocasiones por comisaría. Nunca estuvo en la cárcel, pero sí pisó los calabozos. Robos, peleas y todo tipo de violencia menor fruto de quien no tiene nada y le grita al cielo que necesita ayuda. Durante largas temporadas alimentándose y él y su familia a base de arroz, salía a la calle en busca de una manera de ganarse la vida para que el estómago, hambriento, le dejara de rugir. Cuidaba coches y motos, los lavaba, vendía cobre, baratijas o chatarra. Cualquier cosa valía.

Instagram de Sergio Núñez.

Pero entonces llamó a su puerta Peñarol y él creyó que aquel sería un futuro mejor. Fue la historia que nunca imaginó, sobre todo cuando a los dos años sufrió un accidente de coche. Siempre hay que tener cuidado cuando uno ve una pelota en medio de la carretera, porque detrás siempre habrá un niño. Toto salió corriendo al centro de la vía a por una cuando un camión no pudo esquivarle y le mandó dos semanas a un hospital, donde tras cinco operaciones, tuvo mucha suerte de salvar las dos piernas, pues una estuvieron cerca de amputársela. “El simple hecho de poder caminar ya es una victoria”, confirma, aunque no niega tener un ansia de éxito desmedida.

Y tras tantos infortunios, a Peñarol le pidió ayuda cuando llegó. Le dijo que necesitaba cambiar del todo y recibió consejo psicológico de manera paralela a la que se iba formando como futbolista en el filial. “Si no salía de Paysandú no sé cuánto iba a durar. Quizás hoy estaría muerto o preso”. En el Manya fue quemando etapas hasta que se le dio la oportunidad de ascender al primer equipo, pero una fatídica lesión en el peor momento le devolvió a la categoría juvenil.

Fue Forlán, a su llegada, quien le volvió a dar la alternativa al chico que entonces tenía 19 años, pero otra vez quiso la vida ponerse en su contra. No pudo debutar, llegó el parón por la pandemia y a Núñez apenas le quedó nada. Decidió volver a su casa en su antiguo barrio, un pequeño apartamento con dos salas, una en la que dormía él con sus cuatro hermanos y otra donde dormían sus padres que tenía la cocina integrada, mientras el baño era compartido con otros vecinos. La situación lo requería, pues sus padres se habían quedado sin trabajo. Él, sin importar que ya firmaba autógrafos (pocos) por la calle y que era un jugador de Primera División, aunque no hubiera debutado, desanduvo varios años para mostrar su mejor cara. Empezó a vender en la calle la garrapiñada (un snack dulce, fabricado con cacahuete) que hacía su madre y que era un éxito culinario en la barriada. Lo hacía por las tardes, pues por las mañanas se levantaba a las seis de la mañana para entrenar durante cuatro horas y seguir en forma para cuando tocara volver.

Y Forlán le ha dado el premio a tanto sacrificio. El técnico, por cierto, acaba de ser despedido esta misma semana, y ahora el nuevo futbolista del primer equipo vive un presente incierto sin su máximo valedor. Sergio ha pasado hambre, ahora traducido en hambre de victorias, de éxitos, de triunfar. No se olvida de dónde viene, pero tiene muy claro a qué sitio quiere llegar. Tampoco rehúye de su pasado, de quien fue una vez y de quien le estigmatizó. “Los vecinos decían que iba a ser delincuente”, tuiteó en su perfil el día que cumplía 20 años, días después de debutar en el primer equipo en un amistoso marcando un gol, mandando un recado a todos esos que le miraban con miedo y con desprecio y ahora se le juntan por interés. Buscando el ejemplo de vida de Carlos Tévez, que salió de dónde salió y mirando a su referente futbolístico Paolo Guerrero, entre chilena y chilena en cada entrenamiento (“Es mi remate favorito, siempre lo intento”), el Toto busca encontrar su cima en una ambición desmedida.

Foto de portada: Peñarol.

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Cuando tenía 16 años, Sergio Núñez, a quien todos llamaban Toto, se enroló en las filas del Club Atlético Peñarol. Entonces, no le dijo a nadie de dónde venía por vergüenza, por miedo a sentir rechazo, por tratar de esconder una vida que le atormentaba, de la que quería escapar y no volver a oír. Criado en la ciudad de Paysandú, fue su infancia y adolescencia la del chico que muchos pensaban que iba a terminar mal, mientras otros veían que era simplemente el muchacho equivocado en el momento equivocado. Su padre, preso casi un lustro, parecía ser también el espejo que determinaría su futuro.

En un entorno de violencia y delincuencia callejera de pandillas de chicos en plena pubertad, Núñez, ese que descartaba ir a fiestas o celebraciones por no tener un par de zapatos decentes o un abrigo con el que presentarse, pasó en varias ocasiones por comisaría. Nunca estuvo en la cárcel, pero sí pisó los calabozos. Robos, peleas y todo tipo de violencia menor fruto de quien no tiene nada y le grita al cielo que necesita ayuda. Durante largas temporadas alimentándose y él y su familia a base de arroz, salía a la calle en busca de una manera de ganarse la vida para que el estómago, hambriento, le dejara de rugir. Cuidaba coches y motos, los lavaba, vendía cobre, baratijas o chatarra. Cualquier cosa valía.

Instagram de Sergio Núñez.

Pero entonces llamó a su puerta Peñarol y él creyó que aquel sería un futuro mejor. Fue la historia que nunca imaginó, sobre todo cuando a los dos años sufrió un accidente de coche. Siempre hay que tener cuidado cuando uno ve una pelota en medio de la carretera, porque detrás siempre habrá un niño. Toto salió corriendo al centro de la vía a por una cuando un camión no pudo esquivarle y le mandó dos semanas a un hospital, donde tras cinco operaciones, tuvo mucha suerte de salvar las dos piernas, pues una estuvieron cerca de amputársela. “El simple hecho de poder caminar ya es una victoria”, confirma, aunque no niega tener un ansia de éxito desmedida.

Y tras tantos infortunios, a Peñarol le pidió ayuda cuando llegó. Le dijo que necesitaba cambiar del todo y recibió consejo psicológico de manera paralela a la que se iba formando como futbolista en el filial. “Si no salía de Paysandú no sé cuánto iba a durar. Quizás hoy estaría muerto o preso”. En el Manya fue quemando etapas hasta que se le dio la oportunidad de ascender al primer equipo, pero una fatídica lesión en el peor momento le devolvió a la categoría juvenil.

Fue Forlán, a su llegada, quien le volvió a dar la alternativa al chico que entonces tenía 19 años, pero otra vez quiso la vida ponerse en su contra. No pudo debutar, llegó el parón por la pandemia y a Núñez apenas le quedó nada. Decidió volver a su casa en su antiguo barrio, un pequeño apartamento con dos salas, una en la que dormía él con sus cuatro hermanos y otra donde dormían sus padres que tenía la cocina integrada, mientras el baño era compartido con otros vecinos. La situación lo requería, pues sus padres se habían quedado sin trabajo. Él, sin importar que ya firmaba autógrafos (pocos) por la calle y que era un jugador de Primera División, aunque no hubiera debutado, desanduvo varios años para mostrar su mejor cara. Empezó a vender en la calle la garrapiñada (un snack dulce, fabricado con cacahuete) que hacía su madre y que era un éxito culinario en la barriada. Lo hacía por las tardes, pues por las mañanas se levantaba a las seis de la mañana para entrenar durante cuatro horas y seguir en forma para cuando tocara volver.

Y Forlán le ha dado el premio a tanto sacrificio. El técnico, por cierto, acaba de ser despedido esta misma semana, y ahora el nuevo futbolista del primer equipo vive un presente incierto sin su máximo valedor. Sergio ha pasado hambre, ahora traducido en hambre de victorias, de éxitos, de triunfar. No se olvida de dónde viene, pero tiene muy claro a qué sitio quiere llegar. Tampoco rehúye de su pasado, de quien fue una vez y de quien le estigmatizó. “Los vecinos decían que iba a ser delincuente”, tuiteó en su perfil el día que cumplía 20 años, días después de debutar en el primer equipo en un amistoso marcando un gol, mandando un recado a todos esos que le miraban con miedo y con desprecio y ahora se le juntan por interés. Buscando el ejemplo de vida de Carlos Tévez, que salió de dónde salió y mirando a su referente futbolístico Paolo Guerrero, entre chilena y chilena en cada entrenamiento (“Es mi remate favorito, siempre lo intento”), el Toto busca encontrar su cima en una ambición desmedida.

Foto de portada: Peñarol.

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