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El señor del gol

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 20-03-2018

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No hay en la élite futbolística
mundial un delantero con una combinación más potente de capacidad de remate y
tino dentro del área como Mauro Icardi. Hay nueves, cada vez más y cada vez más
útiles para sus respectivos equipos, que son más futbolistas que delanteros.
Sin embargo, Mauro Icardi es, sin duda, más delantero que futbolista. Mucho
más. El muestrario al completo de sus virtudes está orientado siempre al
mismo fin: el gol. Y seguramente por ello es el mejor nueve puro y de área del
mundo. Su afán finalizador es tal, que cada toque que el ariete argentino da,
incluso aquellos que realiza fuera de zona de gol o en sus puntuales
incursiones hacia la medular, está enfocado a terminar por rematar la acción
ofensiva y porta intrínsecamente el aroma del gol.

Icardi es, además, el delantero
centro que mejor sabe alimentarse de los balones perdidos, de los rechaces
incompletos o defectuosos, de las pelotas muertas dentro del área, de las
brevas caídas del cielo y de las alhajas por descubrir ocultas bajo la arena de
la jugada, allá donde las defensas tiemblan. Y en esas situaciones tan
específicas, es donde desata todo su olfato de cazatesoros. Pasar el recogedor,
dar un sutil y ágil toque antes que el zaguero o el arquero, adelantándose a
base de pura voracidad y velocidad hambrienta, para enfilar el marco con un
remate estético o no, pero siempre certero. Ese es su modus operandi
predilecto. Si el gol es la salsa del fútbol, él es su mejor
recipiente y en este tipo de contextos es prácticamente indefendible, ya que cuando
el gol es posible, su insuperable velocidad de reacción convierte hipótesis en
hechos. Si Icardi se enfrenta al mundo en una de esas acciones, es el mundo el que
acaba recogiendo el balón de las mallas y llevándolo cabizbajo al centro del
campo.

Capaz de extraer y generar
ventajas sin balón de forma individual en espacios muy reducidos, el propio
capitán nerazzurro se define como «ladrón de instantes»
y reconoce en dicha virtud el que es quizá el principal baluarte de su esencia
de serial killer. «Mi misión es robar tiempo a los defensores. A
menudo el gol es una cuestión de una fracción de segundo».
Y la
zarpa más rápida siempre es la suya. Esa anticipación de la que vive su
instinto y sus superdotadas maneras para la finalización es la que lo configura
como un tipo de delantero que podría funcionar en casi cualquier sistema que
preconice la presencia de la figura de un delantero centro de corte más o menos
clásico y la que le ha permitido, junto al catálogo de desmarques propio del
chico más listo de la clase de orfebrería de gol, promediar unas cifras
realmente prolíficas desde que es titular indiscutible en el Inter.

Un Inter que le ha obligado,
en la mayoría de las temporadas hasta la fecha, a desenvolverse y a saber sacar
partido de la austeridad y de la irregularidad circundante. A sobrevivir al
ecosistema reinante. A hacerse a sí mismo como goleador. A aprovechar cada
oportunidad. Los números nunca mienten. Más allá de ser el sexto futbolista
más joven en superar la barrera de los cien goles en la historia de la Serie A
y en haberse convertido en el décimo artillero de la historia interista a sus
25 años, Icardi es el tercer goleador más certero de entre los 35 máximos
artilleros de las cinco grandes ligas en la presente campaña y sin contar
penaltis, con un 23% de tantos convertidos por cada tiro realizado. Un guarismo
tremendo si tenemos en cuenta que la media de esta selecta terna y de nueves de
su corte como Higuaín se sitúa por debajo de un 18% y que los únicos que
superan sus datos son Stuani y Cavani con un 25% y un 24%,
respectivamente, en estructuras corales que los suministran mucho más
específica y cualitativamente.

El otro gran concepto que, a
partes iguales, vertebra y define el fútbol de Mauro Icardi es el compromiso
con su oficio y con su equipo. Dentro de sus límites, el argentino nunca ha
parado de ofrecer soluciones al Inter a base de tenacidad y voluntad, pero
también de inteligencia. Además de ser uno de los mejores futbolistas a la hora
de ganar la espalda sin apenas caer en fuera de juego y en el cierre de la
primera cadena de pases de las defensas rivales por su agresividad y su modo de
presionar, Icardi siempre se ha remangado y ha bajado a participar, sin ser su
elemento, cuando su equipo lo ha requerido. Con la premisa «no tocarla de
más es no fallar de más» por bandera, ha combinado habitualmente
puntualidad con acierto para, de ese modo, dar continuación a la fase ofensiva
cuando se densifica y atasca, para que el equipo pueda, al menos, juntarse un
poco antes de desplegarse por bandas y permita al propio nueve, a posteriori,
correr hacia el área con ciertas esperanzas de gol.

De hecho, Perisic para
Icardi (5) y Candreva para Icardi (4) son la segunda y la tercera
sociedad de pasador-goleador más productiva de la liga italiana, básicamente
por el esfuerzo del argentino en este tipo de movimientos que lo definen como
ariete. Aun así, la fase ofensiva interista se había tornado demasiado arcaica
y demasiado poco eficaz pese a sus citados esfuerzos. Y es que últimamente el
Inter había perdido peso en la medular y capacidad para armar, dominar y
construir y se había instalado también, indolente, en la monotonía del juego
largo por los costados, con un Icardi demasiado aislado -incluso para que él
pudiese rascar y sacar premio- y a la expectativa del éxito o no de las
incursiones individuales de los extremos en transición y de la calidad de los
centros de un jugador mucho más caracterizado por la cantidad que por la
sutileza y el acierto en estas lides como es Antonio Candreva.

Por ello, Luciano Spalletti
ha insistido con inteligencia, incluso ante varios malos resultados, en sus
nuevos matices a su habitual 4-2-3-1, los cuales, con la profundidad y el
talento para saltar la presión de las conducciones de Cancelo como
lateral en fase de salida y con las incursiones hacia el área de Rafinha como
trequartista, han terminado por devolver equilibrio, mando y fuerza
coral a los nerazzurri y han resituado a Icardi en sus habituales e
incontestables números, con un bloque igual de vertical pero más compacto y
elevado y con un aliado directo a mayores por detrás de su posición como es el
exbarcelonista, aunque de momento no se trate de un asistente directo, sino más
bien de un apoyo con capacidad incisiva para pisar área, que lo está liberando
de tanta soledad y de tantos defensores rivales focalizados exclusivamente en
su figura en cada ataque.

A diferencia, por ejemplo, de Ciro
Immobile, su único rival en la lucha por convertirse en el capocannoniere
de la presente Serie A, que suma ocho asistencias, Mauro Icardi no requiere
integrarse de una manera activa y frecuente como punta de lanza de una
propuesta coral, ni siente la responsabilidad de tener que ofrecer algo, por
pequeño que sea, a sus compañeros, sino que dicha propuesta coral, sin la
perentoria necesidad de tener que enfatizar su participación o unas
determinadas características, debe desarrollarse por detrás de su posición para
encontrarlo, ahora sí asiduamente, en el área, donde él solito se encargará de
hacer el resto con soluciones y recursos de auténtico crack, como dejó más que
patente con su póker ante la Sampdoria, aunque únicamente destinadas a
hacer gol. Como si todo lo demás no importase. Como si acaso importase todo
lo demás si después no llega el gol. Con Icardi en tu equipo, incluso en
los peores momentos de juego colectivo, el gol es una garantía, una
circunscripción custodiada por su señor, un argumento que, por sí solo, gana
partidos.

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No hay en la élite futbolística
mundial un delantero con una combinación más potente de capacidad de remate y
tino dentro del área como Mauro Icardi. Hay nueves, cada vez más y cada vez más
útiles para sus respectivos equipos, que son más futbolistas que delanteros.
Sin embargo, Mauro Icardi es, sin duda, más delantero que futbolista. Mucho
más. El muestrario al completo de sus virtudes está orientado siempre al
mismo fin: el gol. Y seguramente por ello es el mejor nueve puro y de área del
mundo. Su afán finalizador es tal, que cada toque que el ariete argentino da,
incluso aquellos que realiza fuera de zona de gol o en sus puntuales
incursiones hacia la medular, está enfocado a terminar por rematar la acción
ofensiva y porta intrínsecamente el aroma del gol.

Icardi es, además, el delantero
centro que mejor sabe alimentarse de los balones perdidos, de los rechaces
incompletos o defectuosos, de las pelotas muertas dentro del área, de las
brevas caídas del cielo y de las alhajas por descubrir ocultas bajo la arena de
la jugada, allá donde las defensas tiemblan. Y en esas situaciones tan
específicas, es donde desata todo su olfato de cazatesoros. Pasar el recogedor,
dar un sutil y ágil toque antes que el zaguero o el arquero, adelantándose a
base de pura voracidad y velocidad hambrienta, para enfilar el marco con un
remate estético o no, pero siempre certero. Ese es su modus operandi
predilecto. Si el gol es la salsa del fútbol, él es su mejor
recipiente y en este tipo de contextos es prácticamente indefendible, ya que cuando
el gol es posible, su insuperable velocidad de reacción convierte hipótesis en
hechos. Si Icardi se enfrenta al mundo en una de esas acciones, es el mundo el que
acaba recogiendo el balón de las mallas y llevándolo cabizbajo al centro del
campo.

Capaz de extraer y generar
ventajas sin balón de forma individual en espacios muy reducidos, el propio
capitán nerazzurro se define como «ladrón de instantes»
y reconoce en dicha virtud el que es quizá el principal baluarte de su esencia
de serial killer. «Mi misión es robar tiempo a los defensores. A
menudo el gol es una cuestión de una fracción de segundo».
Y la
zarpa más rápida siempre es la suya. Esa anticipación de la que vive su
instinto y sus superdotadas maneras para la finalización es la que lo configura
como un tipo de delantero que podría funcionar en casi cualquier sistema que
preconice la presencia de la figura de un delantero centro de corte más o menos
clásico y la que le ha permitido, junto al catálogo de desmarques propio del
chico más listo de la clase de orfebrería de gol, promediar unas cifras
realmente prolíficas desde que es titular indiscutible en el Inter.

Un Inter que le ha obligado,
en la mayoría de las temporadas hasta la fecha, a desenvolverse y a saber sacar
partido de la austeridad y de la irregularidad circundante. A sobrevivir al
ecosistema reinante. A hacerse a sí mismo como goleador. A aprovechar cada
oportunidad. Los números nunca mienten. Más allá de ser el sexto futbolista
más joven en superar la barrera de los cien goles en la historia de la Serie A
y en haberse convertido en el décimo artillero de la historia interista a sus
25 años, Icardi es el tercer goleador más certero de entre los 35 máximos
artilleros de las cinco grandes ligas en la presente campaña y sin contar
penaltis, con un 23% de tantos convertidos por cada tiro realizado. Un guarismo
tremendo si tenemos en cuenta que la media de esta selecta terna y de nueves de
su corte como Higuaín se sitúa por debajo de un 18% y que los únicos que
superan sus datos son Stuani y Cavani con un 25% y un 24%,
respectivamente, en estructuras corales que los suministran mucho más
específica y cualitativamente.

El otro gran concepto que, a
partes iguales, vertebra y define el fútbol de Mauro Icardi es el compromiso
con su oficio y con su equipo. Dentro de sus límites, el argentino nunca ha
parado de ofrecer soluciones al Inter a base de tenacidad y voluntad, pero
también de inteligencia. Además de ser uno de los mejores futbolistas a la hora
de ganar la espalda sin apenas caer en fuera de juego y en el cierre de la
primera cadena de pases de las defensas rivales por su agresividad y su modo de
presionar, Icardi siempre se ha remangado y ha bajado a participar, sin ser su
elemento, cuando su equipo lo ha requerido. Con la premisa «no tocarla de
más es no fallar de más» por bandera, ha combinado habitualmente
puntualidad con acierto para, de ese modo, dar continuación a la fase ofensiva
cuando se densifica y atasca, para que el equipo pueda, al menos, juntarse un
poco antes de desplegarse por bandas y permita al propio nueve, a posteriori,
correr hacia el área con ciertas esperanzas de gol.

De hecho, Perisic para
Icardi (5) y Candreva para Icardi (4) son la segunda y la tercera
sociedad de pasador-goleador más productiva de la liga italiana, básicamente
por el esfuerzo del argentino en este tipo de movimientos que lo definen como
ariete. Aun así, la fase ofensiva interista se había tornado demasiado arcaica
y demasiado poco eficaz pese a sus citados esfuerzos. Y es que últimamente el
Inter había perdido peso en la medular y capacidad para armar, dominar y
construir y se había instalado también, indolente, en la monotonía del juego
largo por los costados, con un Icardi demasiado aislado -incluso para que él
pudiese rascar y sacar premio- y a la expectativa del éxito o no de las
incursiones individuales de los extremos en transición y de la calidad de los
centros de un jugador mucho más caracterizado por la cantidad que por la
sutileza y el acierto en estas lides como es Antonio Candreva.

Por ello, Luciano Spalletti
ha insistido con inteligencia, incluso ante varios malos resultados, en sus
nuevos matices a su habitual 4-2-3-1, los cuales, con la profundidad y el
talento para saltar la presión de las conducciones de Cancelo como
lateral en fase de salida y con las incursiones hacia el área de Rafinha como
trequartista, han terminado por devolver equilibrio, mando y fuerza
coral a los nerazzurri y han resituado a Icardi en sus habituales e
incontestables números, con un bloque igual de vertical pero más compacto y
elevado y con un aliado directo a mayores por detrás de su posición como es el
exbarcelonista, aunque de momento no se trate de un asistente directo, sino más
bien de un apoyo con capacidad incisiva para pisar área, que lo está liberando
de tanta soledad y de tantos defensores rivales focalizados exclusivamente en
su figura en cada ataque.

A diferencia, por ejemplo, de Ciro
Immobile, su único rival en la lucha por convertirse en el capocannoniere
de la presente Serie A, que suma ocho asistencias, Mauro Icardi no requiere
integrarse de una manera activa y frecuente como punta de lanza de una
propuesta coral, ni siente la responsabilidad de tener que ofrecer algo, por
pequeño que sea, a sus compañeros, sino que dicha propuesta coral, sin la
perentoria necesidad de tener que enfatizar su participación o unas
determinadas características, debe desarrollarse por detrás de su posición para
encontrarlo, ahora sí asiduamente, en el área, donde él solito se encargará de
hacer el resto con soluciones y recursos de auténtico crack, como dejó más que
patente con su póker ante la Sampdoria, aunque únicamente destinadas a
hacer gol. Como si todo lo demás no importase. Como si acaso importase todo
lo demás si después no llega el gol. Con Icardi en tu equipo, incluso en
los peores momentos de juego colectivo, el gol es una garantía, una
circunscripción custodiada por su señor, un argumento que, por sí solo, gana
partidos.

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