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El rescate

Cristina Caparrós @criscaparros 01-06-2018

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Cumplido un año de la
presentación de Ernesto Valverde como nuevo técnico azulgrana, la fecha invita
a realizar balance de todo lo que se ha desarrollado durante este periodo con
la presencia del Txingurri. El entrenador del conjunto culé ha despedido la
temporada con un doblete que ya suma en su palmarés, y a la misma vez, con el
sabor amargo de no poder dar un paso al frente en la competición europea. Algo
que cobra más relevancia debido a la continua comparativa con el eterno rival,
que acaba de levantar la decimotercera Champions League. Sin embargo, la
valoración genérica de su primer año como líder del vestuario del Camp Nou debe
ser positiva por diversos factores en los que ha jugado un papel relevante.

Los inicios no fueron
precisamente fáciles. Valverde se encontró con el imprevisto de perder uno de
los activos ofensivos, que obligaban a replantearse las variantes tácticas a
ejecutar. Algunos fichajes esperados no se cumplieron, y ante todos estos
factores sorpresa tuvo que sembrar con su buen hacer para levantar un vestuario que necesitaba un
efecto revulsivo. Su estreno no convenció a quienes no habían encontrado la fe,
mucho menos a los que, ilusionados por un nuevo comienzo, vieron como el equipo
perdía el primer título de los posibles ante el Real Madrid y con una imagen
bien distante de la deseada. Aquella primera noche de derrota, Ernesto Valverde
apostó por una defensa de tres. Algo que apenas volvería a ocurrir en una
temporada en la que ha planteado un sistema reconocido, que muta a otra
composición ante la fase de partido. Un Barcelona carente de brillantez, del
espectáculo tan exigido, pero dotado de esa solidez defensiva que el conjunto
necesitaba recuperar y obteniendo resultados a base pragmatismo, donde han sido
hasta 18 los goleadores que han sumado la cifra de 141 goles que ha logrado el equipo.  

El Txingurri consiguió alargar la
imbatibilidad en Liga hasta 43 victorias, superando el récord que poseía la
Real Sociedad con 38. Sin embargo, pareció pesar más no poder terminar la
temporada con el invicto que el valor que supone la excelsa regularidad de la
competición doméstica.

La temporada del técnico resume su
capacidad para gestionar un vestuario, equilibrar los protagonismos y
acompañar los estados de ánimo de sus jugadores. Un trabajo que puede quedar en
la sombra, pero sin el que no puede comprenderse el éxito. Las evoluciones de
algunos jugadores dan explicación a la fusión entre equipo técnico y jugador, y
a lo que Ernesto proyecta en sus pupilos. Ter Stegen se ha consagrado como el
portero moderno que necesita el club, Rakitic ha firmado su mejor temporada
desde que aterrizara en Barcelona, y Jordi Alba se ha hecho dueño del carril
izquierdo haciendo olvidar la ausencia de Neymar. Incluso Vermaelen, tras sufrir
un calvario de lesiones, pudo demostrar su valía en los momentos en que el once
titular tuvo que recurrir a él.

También ha sido pilar fundamental
en la transición de Andrés Iniesta, haciendo que su salida del club que le ha
visto crecer fuera lo más dulce posible. Si bien el manchego fue dosificado,
Ernesto le dio el protagonismo de la titularidad, haciéndole sentir importante
e imprescindible en su dibujo. Algo antagónico a lo vivido la temporada
anterior. De este modo, Iniesta ha podido rubricar su partida con un nivel
lejos de ser obsoleto. Marcharse en paz, sabiendo que cumplió hasta sus últimos
días con la exigencia que reclama jugar en un club como el azulgrana.

El desenlace vivido en Roma, la
desilusión por no lograr una vez más poder avanzar en la competición europea,
abrió la caja de Pandora. De ella salieron las dudas, menguando la sabiduría
que había demostrado hasta entonces. La intransigencia, la poca comprensión. El
peso de una clasificación que perdió un rumbo fijado, y que es capaz de hacer
en pedazos el ayer.

El balance no puede ser otro que
el que realce a Valverde como un fichaje acertado. Ha respondido a la exigencia
de no quedarse en blanco, a recuperar diversas facetas del juego, a remontar la
imagen de un club que el pasado verano generó tanta incertidumbre. Capaz de
cambiar la ruta, dar el giro necesario y ser la expresión y palabra justa. El
responsable de borrar los malos recuerdos y silenciar el ruido abrumador.
Diplomático, tranquilo, natural, y con un extenso abanico de posibilidades. Capaz
de recuperar la confianza de quienes la perdieron y sentían la necesidad de
rescatarla.

Probablemente gran parte de la
suerte que ha acompañado al Barcelona se esconde bajo ese gesto apacible. En la
tranquilidad y la atmósfera que crea en un entorno tan opuesto.

Ahora el fútbol duerme esperando
la llegada del Mundial. El verano dará paso al mercado de fichajes,  y antes de
que los rayos de sol se apaguen, iniciará una nueva temporada, y con ello el
nuevo reto de Valverde. Consagrarse en su papel e intentar llevar al Barcelona
a enamorar y conquistar de nuevo a Europa. 

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Cumplido un año de la
presentación de Ernesto Valverde como nuevo técnico azulgrana, la fecha invita
a realizar balance de todo lo que se ha desarrollado durante este periodo con
la presencia del Txingurri. El entrenador del conjunto culé ha despedido la
temporada con un doblete que ya suma en su palmarés, y a la misma vez, con el
sabor amargo de no poder dar un paso al frente en la competición europea. Algo
que cobra más relevancia debido a la continua comparativa con el eterno rival,
que acaba de levantar la decimotercera Champions League. Sin embargo, la
valoración genérica de su primer año como líder del vestuario del Camp Nou debe
ser positiva por diversos factores en los que ha jugado un papel relevante.

Los inicios no fueron
precisamente fáciles. Valverde se encontró con el imprevisto de perder uno de
los activos ofensivos, que obligaban a replantearse las variantes tácticas a
ejecutar. Algunos fichajes esperados no se cumplieron, y ante todos estos
factores sorpresa tuvo que sembrar con su buen hacer para levantar un vestuario que necesitaba un
efecto revulsivo. Su estreno no convenció a quienes no habían encontrado la fe,
mucho menos a los que, ilusionados por un nuevo comienzo, vieron como el equipo
perdía el primer título de los posibles ante el Real Madrid y con una imagen
bien distante de la deseada. Aquella primera noche de derrota, Ernesto Valverde
apostó por una defensa de tres. Algo que apenas volvería a ocurrir en una
temporada en la que ha planteado un sistema reconocido, que muta a otra
composición ante la fase de partido. Un Barcelona carente de brillantez, del
espectáculo tan exigido, pero dotado de esa solidez defensiva que el conjunto
necesitaba recuperar y obteniendo resultados a base pragmatismo, donde han sido
hasta 18 los goleadores que han sumado la cifra de 141 goles que ha logrado el equipo.  

El Txingurri consiguió alargar la
imbatibilidad en Liga hasta 43 victorias, superando el récord que poseía la
Real Sociedad con 38. Sin embargo, pareció pesar más no poder terminar la
temporada con el invicto que el valor que supone la excelsa regularidad de la
competición doméstica.

La temporada del técnico resume su
capacidad para gestionar un vestuario, equilibrar los protagonismos y
acompañar los estados de ánimo de sus jugadores. Un trabajo que puede quedar en
la sombra, pero sin el que no puede comprenderse el éxito. Las evoluciones de
algunos jugadores dan explicación a la fusión entre equipo técnico y jugador, y
a lo que Ernesto proyecta en sus pupilos. Ter Stegen se ha consagrado como el
portero moderno que necesita el club, Rakitic ha firmado su mejor temporada
desde que aterrizara en Barcelona, y Jordi Alba se ha hecho dueño del carril
izquierdo haciendo olvidar la ausencia de Neymar. Incluso Vermaelen, tras sufrir
un calvario de lesiones, pudo demostrar su valía en los momentos en que el once
titular tuvo que recurrir a él.

También ha sido pilar fundamental
en la transición de Andrés Iniesta, haciendo que su salida del club que le ha
visto crecer fuera lo más dulce posible. Si bien el manchego fue dosificado,
Ernesto le dio el protagonismo de la titularidad, haciéndole sentir importante
e imprescindible en su dibujo. Algo antagónico a lo vivido la temporada
anterior. De este modo, Iniesta ha podido rubricar su partida con un nivel
lejos de ser obsoleto. Marcharse en paz, sabiendo que cumplió hasta sus últimos
días con la exigencia que reclama jugar en un club como el azulgrana.

El desenlace vivido en Roma, la
desilusión por no lograr una vez más poder avanzar en la competición europea,
abrió la caja de Pandora. De ella salieron las dudas, menguando la sabiduría
que había demostrado hasta entonces. La intransigencia, la poca comprensión. El
peso de una clasificación que perdió un rumbo fijado, y que es capaz de hacer
en pedazos el ayer.

El balance no puede ser otro que
el que realce a Valverde como un fichaje acertado. Ha respondido a la exigencia
de no quedarse en blanco, a recuperar diversas facetas del juego, a remontar la
imagen de un club que el pasado verano generó tanta incertidumbre. Capaz de
cambiar la ruta, dar el giro necesario y ser la expresión y palabra justa. El
responsable de borrar los malos recuerdos y silenciar el ruido abrumador.
Diplomático, tranquilo, natural, y con un extenso abanico de posibilidades. Capaz
de recuperar la confianza de quienes la perdieron y sentían la necesidad de
rescatarla.

Probablemente gran parte de la
suerte que ha acompañado al Barcelona se esconde bajo ese gesto apacible. En la
tranquilidad y la atmósfera que crea en un entorno tan opuesto.

Ahora el fútbol duerme esperando
la llegada del Mundial. El verano dará paso al mercado de fichajes,  y antes de
que los rayos de sol se apaguen, iniciará una nueva temporada, y con ello el
nuevo reto de Valverde. Consagrarse en su papel e intentar llevar al Barcelona
a enamorar y conquistar de nuevo a Europa. 

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