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El primer bautizo

La Champions League tiene algo inefable. No sabes decir por qué, pero suena el himno y se crea una especie de misticismo. Un año más el aficionado se fusiona con la ilusión. Es fútbol, como en cualquier otro rectángulo. Sin embargo, la competición europea es como el famoso café de Bali. Enciendes cada día tu cafetera, pero cuando pruebas el Kopi Luwak es diferente. Por su sabor, por su particular elaboración y por un marco incomparable que le rodea. Allí puedes tomar esta lujosa bebida, por un precio menor, frente a unos arrozales que te envuelven en una atmósfera tan preciosa que te corta la respiración un instante para que no lo olvides jamás. La Champions tiene algo como eso. Aunque ya consumas fútbol los fines de semana, estás esperando la cita del martes o el miércoles. Tan distinta como seductora. Atrapado todavía a las 20:45h, regalando 15 minutos de tu tiempo para fantasear.

Las sensaciones previas del barcelonismo estaban alejadas de una ilusión que fue fusilada por el sorteo. El Barça tuvo la mala fortuna de encontrarse en su primer bautizo ante una máquina muy bien engrasada. Pero el aficionado siempre guarda un punto de fe por si aparece una caja de sorpresas con la obra de William Shakespeare debajo del brazo. Esperando una comedia que lo pusiera todo patas arriba, que hubiera ‘Mucho ruido y pocas nueces’. Aguardando que todo quedara en esas altas expectativas del favorito que se desmenuzan ante la asombrosa capacidad de sorprender que atesora el fútbol, y que los de Koeman pudieran dar un paso más ante la adversidad.

La superioridad fue notoria. “Cupido da muerte a unos con flechas y a otros con redes”. El conjunto bávaro hirió de nuevo, mientras el Barça seguía tambaleando junto a ese último capítulo de noviazgo que entrevé el final de una historia que tanto le cuesta asumir. Los de Nagelsmann, pupilos de quien va cargado de ingenio y sabiduría, se afianzaron a la ventaja y a la seguridad convincente de un equipo que, allí donde va, impregna su identidad. A base de una presión excelsa y ofensivas, Lewandowski alargó su romance perpetuo con el gol y Kimmich fue la piedra angular de un plan que surgió a la perfección.

Más temeroso que atrevido, el Barça fue irreconocible por su falta de dominio de balón. Con una posesión lejana a las zonas de peligro, acumulando jugadores a la espera de los ataques, desconectado de la creatividad y la fluidez de su centro del campo. Y con un dato que lo dice todo: sin un disparo a puerta. Envuelto en expresiones de desazón. No puedes pedir peras al olmo.

“Es lo que hay”. Un resumen explícito de Gerard Piqué, con un mensaje realista y honesto. Lo que hay es que este Barça está, en este momento, a años luz de los favoritos. Lo que hay es que Araujo dio un paso al frente y que resulta algo injusto que se reduzca a la nada debido al resultado.  Lo que hay es una banda de jóvenes a los que se les ve, desde las sillas del banquillo y desde el terreno de juego, un hambre feroz. Que se dejan la piel. Lo que hay es varios efectivos por recuperar y un esfuerzo innegociable que gestionar día a día para darle la espalda a la desconfianza. Lo que hay es que es momento de asumir, sin pretextos ni accesorios, este primer bautizo en un baño de realidad. Ese es el valor de la derrota.

Imagen de cabecera: FC Barcelona

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La Champions League tiene algo inefable. No sabes decir por qué, pero suena el himno y se crea una especie de misticismo. Un año más el aficionado se fusiona con la ilusión. Es fútbol, como en cualquier otro rectángulo. Sin embargo, la competición europea es como el famoso café de Bali. Enciendes cada día tu cafetera, pero cuando pruebas el Kopi Luwak es diferente. Por su sabor, por su particular elaboración y por un marco incomparable que le rodea. Allí puedes tomar esta lujosa bebida, por un precio menor, frente a unos arrozales que te envuelven en una atmósfera tan preciosa que te corta la respiración un instante para que no lo olvides jamás. La Champions tiene algo como eso. Aunque ya consumas fútbol los fines de semana, estás esperando la cita del martes o el miércoles. Tan distinta como seductora. Atrapado todavía a las 20:45h, regalando 15 minutos de tu tiempo para fantasear.

Las sensaciones previas del barcelonismo estaban alejadas de una ilusión que fue fusilada por el sorteo. El Barça tuvo la mala fortuna de encontrarse en su primer bautizo ante una máquina muy bien engrasada. Pero el aficionado siempre guarda un punto de fe por si aparece una caja de sorpresas con la obra de William Shakespeare debajo del brazo. Esperando una comedia que lo pusiera todo patas arriba, que hubiera ‘Mucho ruido y pocas nueces’. Aguardando que todo quedara en esas altas expectativas del favorito que se desmenuzan ante la asombrosa capacidad de sorprender que atesora el fútbol, y que los de Koeman pudieran dar un paso más ante la adversidad.

La superioridad fue notoria. “Cupido da muerte a unos con flechas y a otros con redes”. El conjunto bávaro hirió de nuevo, mientras el Barça seguía tambaleando junto a ese último capítulo de noviazgo que entrevé el final de una historia que tanto le cuesta asumir. Los de Nagelsmann, pupilos de quien va cargado de ingenio y sabiduría, se afianzaron a la ventaja y a la seguridad convincente de un equipo que, allí donde va, impregna su identidad. A base de una presión excelsa y ofensivas, Lewandowski alargó su romance perpetuo con el gol y Kimmich fue la piedra angular de un plan que surgió a la perfección.

Más temeroso que atrevido, el Barça fue irreconocible por su falta de dominio de balón. Con una posesión lejana a las zonas de peligro, acumulando jugadores a la espera de los ataques, desconectado de la creatividad y la fluidez de su centro del campo. Y con un dato que lo dice todo: sin un disparo a puerta. Envuelto en expresiones de desazón. No puedes pedir peras al olmo.

“Es lo que hay”. Un resumen explícito de Gerard Piqué, con un mensaje realista y honesto. Lo que hay es que este Barça está, en este momento, a años luz de los favoritos. Lo que hay es que Araujo dio un paso al frente y que resulta algo injusto que se reduzca a la nada debido al resultado.  Lo que hay es una banda de jóvenes a los que se les ve, desde las sillas del banquillo y desde el terreno de juego, un hambre feroz. Que se dejan la piel. Lo que hay es varios efectivos por recuperar y un esfuerzo innegociable que gestionar día a día para darle la espalda a la desconfianza. Lo que hay es que es momento de asumir, sin pretextos ni accesorios, este primer bautizo en un baño de realidad. Ese es el valor de la derrota.

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