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El prematuro adiós de Sebastian

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 26-02-2021

El deportista es Dios. Para lo bueno y para lo malo. El aficionado medio se engalana y envalentona cuando tiene que alabarle y también cuando tiene que atizarle. Al rival se le insulta sin cesar bajo el eslogan “es que va en el sueldo”, como el número de ceros que uno tenga en su cuenta fuera directamente relacionado con la verborrea malhablada, los deseos de una grada que fantasea con una lesión, con un trágico final o con destinos de mal gusto para sus seres queridos. Con esa misma energía, uno se cree capaz de invadir el espacio personal del deportista, de abalanzarse sobre él mientras pasea tranquilamente por la calle, de no respetar su intimidad. Nadie le pregunta si él quiere estar en el foco público. Ser parte del máximo nivel conlleva también todo lo demás, lo quiera o no. El que no es deportista del más alto rango y, por tanto, celebrity de la vida, fantasea con serlo, sin pararse a pensar en todo lo malo que conlleva una vida en la que sí, entran lujos y dinero, pero en la que uno ha de soportar una presión para la que nadie nunca le enseñó. La salud mental de un deportista está más expuesta que cualquiera del resto de los mortales. Héroes que creíamos más allá del carne y hueso como Iniesta o Valverde han confirmado haber sufrido depresión. Maestros de la superación como Rafa Nadal se ha referido a problemas de salud mental durante su carrera. Leyendas del ‘combato y me levanto’ como Jonny Wilkinson afirmaron fingir mil y una veces lesiones físicas para cubrir las mentales. Algunos no vencieron la batalla. A Sebastian Deisler terminó por retirarlo.

Y cierto es que al alemán lo que le obligó a colgar las botas fueron las lesiones de rodilla. Unos problemas físicos que le habían derivado en una depresión y una recaída que le mantuvieron durante meses internado en una clínica para su tratamiento. Fue el físico lo que le retiró, pero también por miedo a que ese problema mental que le había ocasionado su rodilla destrozada volviera a aparecer. Dijo adiós con 27 años.

Sebastian Deisler fue uno de los niños bonitos del fútbol alemán de principio de siglo. Con apenas 21 años, Franz Beckenbauer le catalogó como “El mejor jugador técnicamente de Alemania”. Su seleccionador, Rudi Völler, tampoco se quedó atrás en eso de meter presión: “Es el jugador más influyente de Alemania y lo será durante 10 años”. Era solo 2001, Alemania se preparaba para el Mundial del próximo año en Corea y Japón, aunque en el horizonte había una meta aún más atractiva: la cita mundialista de la que ellos iban a ser anfitriones. A Deisler la etiqueta de estrella y de niño maravilla ya se la habían puesto otros desde muy joven. Cuando llevó a Alemania a las semifinales del Mundial Sub17 y a la final de la Eurocopa Sub18. Llevaba representando a la selección desde los 14 años y en la Mannschaft tenían muy claro que él iba a ser el líder de una generación que quería hacer historia.

Pero la mochila que llevaba a su espalda este joven al que todos llamaban ‘El Beckham alemán’ por la calidad de su golpeo de balón era enorme. Canterano del Borussia Mönchengladbach, con quien debutó en Bundesliga a los 18 años, un año más tarde pasó al Hertha de Berlín, donde se destrozó la rodilla en su tercer y último año en la capital antes de recalar en el Bayern Múnich, que había oficializado su fichaje antes de la grave lesión. Lo cierto es que no era ni la primera, ni la segunda. Entre su época juvenil y su fichaje por el Bayern en verano de 2002 había sufrido 15 lesiones de rodilla, entre las que se encontraban dos roturas de ligamentos que le habían dañado el cartílago casi para siempre. Meses después de las alabanzas de Beckenbauer o de su propio seleccionador, Deisler vio el Mundial desde casa, escayolado y caminando con muletas.

Sebastian Deisler en el Bayern de Múnich (ImagoImages)

La recuperación fue tediosa. Se pasó nueve meses de baja antes de poder tener impacto en el gigante alemán. Pero nunca levantó cabeza. Deisler jugó cinco temporadas más al fútbol, y solo en dos fue capaz de estar sano para participar en más de 15 encuentros. Porque en Múnich se encontró con un problema añadido. Las lesiones le estaban matando por dentro y por fuera. A él le carcomía el pensamiento único: ¿Y si no sirvo? ¿Por qué no puedo jugar? Por eso, en noviembre de 2003, cuando arrancaba su segundo curso como jugador del Bayern, una noticia sobrecogió al mundo del fútbol: ‘Deisler ingresado en un psiquiátrico’. Un tema tabú se había roto en el fútbol. La depresión. La enfermedad mental. El fútbol del más alto nivel, un sistema orquestado para destruir a los más débiles y quedarse solo con los más fuertes, se encontraba con uno de sus niños bonitos encerrado por depresión. Esa que sufría desde verano pero que había ocultado durante medio año.

Uli Hoeness, entonces directivo del club y que luego fue presidente, decidió acompañarle desde ese día en cada expedición, por miedo a lo que pudiera pasar. Ottmar Hitzfeld, el técnico, no pudo contar con su futbolista durante meses. Para cuando recibió el alta, un psicólogo personal le guardó las espaldas siempre. También un año después, cuando una recaída le llevó a volver a ser ingresado y tratado y otro titular asestó una puñalada al mundo del fútbol: ‘Deisler abandona la concentración del Bayern por su depresión’. Otra vez un Dios mortalizado. Porque el alemán había llegado a la convocatoria y a la convivencia sabedor de que no iba a poder aguantar. Y porque solo unos días antes, el técnico le había retirado del campo en el descanso al verle inerte sobre él, difuso, perdido. Estaba, pero no estaba.

Deisler superó la depresión, pero nunca las estocadas de la vida. Su rodilla nunca volvió a funcionar y por eso, a inicios de la 2006-2007 decidió retirarse. Tenía solo 27 años y a todo un país detrás rogando porque no abandonara, porque no colgara las botas. Pero él ya no le veía sentido a dar patadas al balón. No era feliz, llegó a confirmarle a Beckenbauer, presidente del club, que siempre fantaseó con una hipotética vuelta si él así lo decidiera. Perderse los mundiales de 2002 y 2006 por graves lesiones de rodilla le hicieron darse cuenta que posiblemente reunía todas las condiciones técnicas para ser un dominador del fútbol a nivel mundial, pero no tenía las físicas adecuadas para soportarlo. A él le habían fabricado frágil, de cristal. Le había tocado un cuerpo con tendencia a romperse. Y no quería volver a estar en la tesitura de no volver a soportarlo.

Imagen de cabecera: (PATRIK STOLLARZ/Getty Images)

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El deportista es Dios. Para lo bueno y para lo malo. El aficionado medio se engalana y envalentona cuando tiene que alabarle y también cuando tiene que atizarle. Al rival se le insulta sin cesar bajo el eslogan “es que va en el sueldo”, como el número de ceros que uno tenga en su cuenta fuera directamente relacionado con la verborrea malhablada, los deseos de una grada que fantasea con una lesión, con un trágico final o con destinos de mal gusto para sus seres queridos. Con esa misma energía, uno se cree capaz de invadir el espacio personal del deportista, de abalanzarse sobre él mientras pasea tranquilamente por la calle, de no respetar su intimidad. Nadie le pregunta si él quiere estar en el foco público. Ser parte del máximo nivel conlleva también todo lo demás, lo quiera o no. El que no es deportista del más alto rango y, por tanto, celebrity de la vida, fantasea con serlo, sin pararse a pensar en todo lo malo que conlleva una vida en la que sí, entran lujos y dinero, pero en la que uno ha de soportar una presión para la que nadie nunca le enseñó. La salud mental de un deportista está más expuesta que cualquiera del resto de los mortales. Héroes que creíamos más allá del carne y hueso como Iniesta o Valverde han confirmado haber sufrido depresión. Maestros de la superación como Rafa Nadal se ha referido a problemas de salud mental durante su carrera. Leyendas del ‘combato y me levanto’ como Jonny Wilkinson afirmaron fingir mil y una veces lesiones físicas para cubrir las mentales. Algunos no vencieron la batalla. A Sebastian Deisler terminó por retirarlo.

Y cierto es que al alemán lo que le obligó a colgar las botas fueron las lesiones de rodilla. Unos problemas físicos que le habían derivado en una depresión y una recaída que le mantuvieron durante meses internado en una clínica para su tratamiento. Fue el físico lo que le retiró, pero también por miedo a que ese problema mental que le había ocasionado su rodilla destrozada volviera a aparecer. Dijo adiós con 27 años.

Sebastian Deisler fue uno de los niños bonitos del fútbol alemán de principio de siglo. Con apenas 21 años, Franz Beckenbauer le catalogó como “El mejor jugador técnicamente de Alemania”. Su seleccionador, Rudi Völler, tampoco se quedó atrás en eso de meter presión: “Es el jugador más influyente de Alemania y lo será durante 10 años”. Era solo 2001, Alemania se preparaba para el Mundial del próximo año en Corea y Japón, aunque en el horizonte había una meta aún más atractiva: la cita mundialista de la que ellos iban a ser anfitriones. A Deisler la etiqueta de estrella y de niño maravilla ya se la habían puesto otros desde muy joven. Cuando llevó a Alemania a las semifinales del Mundial Sub17 y a la final de la Eurocopa Sub18. Llevaba representando a la selección desde los 14 años y en la Mannschaft tenían muy claro que él iba a ser el líder de una generación que quería hacer historia.

Pero la mochila que llevaba a su espalda este joven al que todos llamaban ‘El Beckham alemán’ por la calidad de su golpeo de balón era enorme. Canterano del Borussia Mönchengladbach, con quien debutó en Bundesliga a los 18 años, un año más tarde pasó al Hertha de Berlín, donde se destrozó la rodilla en su tercer y último año en la capital antes de recalar en el Bayern Múnich, que había oficializado su fichaje antes de la grave lesión. Lo cierto es que no era ni la primera, ni la segunda. Entre su época juvenil y su fichaje por el Bayern en verano de 2002 había sufrido 15 lesiones de rodilla, entre las que se encontraban dos roturas de ligamentos que le habían dañado el cartílago casi para siempre. Meses después de las alabanzas de Beckenbauer o de su propio seleccionador, Deisler vio el Mundial desde casa, escayolado y caminando con muletas.

Sebastian Deisler en el Bayern de Múnich (ImagoImages)

La recuperación fue tediosa. Se pasó nueve meses de baja antes de poder tener impacto en el gigante alemán. Pero nunca levantó cabeza. Deisler jugó cinco temporadas más al fútbol, y solo en dos fue capaz de estar sano para participar en más de 15 encuentros. Porque en Múnich se encontró con un problema añadido. Las lesiones le estaban matando por dentro y por fuera. A él le carcomía el pensamiento único: ¿Y si no sirvo? ¿Por qué no puedo jugar? Por eso, en noviembre de 2003, cuando arrancaba su segundo curso como jugador del Bayern, una noticia sobrecogió al mundo del fútbol: ‘Deisler ingresado en un psiquiátrico’. Un tema tabú se había roto en el fútbol. La depresión. La enfermedad mental. El fútbol del más alto nivel, un sistema orquestado para destruir a los más débiles y quedarse solo con los más fuertes, se encontraba con uno de sus niños bonitos encerrado por depresión. Esa que sufría desde verano pero que había ocultado durante medio año.

Uli Hoeness, entonces directivo del club y que luego fue presidente, decidió acompañarle desde ese día en cada expedición, por miedo a lo que pudiera pasar. Ottmar Hitzfeld, el técnico, no pudo contar con su futbolista durante meses. Para cuando recibió el alta, un psicólogo personal le guardó las espaldas siempre. También un año después, cuando una recaída le llevó a volver a ser ingresado y tratado y otro titular asestó una puñalada al mundo del fútbol: ‘Deisler abandona la concentración del Bayern por su depresión’. Otra vez un Dios mortalizado. Porque el alemán había llegado a la convocatoria y a la convivencia sabedor de que no iba a poder aguantar. Y porque solo unos días antes, el técnico le había retirado del campo en el descanso al verle inerte sobre él, difuso, perdido. Estaba, pero no estaba.

Deisler superó la depresión, pero nunca las estocadas de la vida. Su rodilla nunca volvió a funcionar y por eso, a inicios de la 2006-2007 decidió retirarse. Tenía solo 27 años y a todo un país detrás rogando porque no abandonara, porque no colgara las botas. Pero él ya no le veía sentido a dar patadas al balón. No era feliz, llegó a confirmarle a Beckenbauer, presidente del club, que siempre fantaseó con una hipotética vuelta si él así lo decidiera. Perderse los mundiales de 2002 y 2006 por graves lesiones de rodilla le hicieron darse cuenta que posiblemente reunía todas las condiciones técnicas para ser un dominador del fútbol a nivel mundial, pero no tenía las físicas adecuadas para soportarlo. A él le habían fabricado frágil, de cristal. Le había tocado un cuerpo con tendencia a romperse. Y no quería volver a estar en la tesitura de no volver a soportarlo.

Imagen de cabecera: (PATRIK STOLLARZ/Getty Images)

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