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Real Madrid

El pecado de confundir ambición con soberbia

El Real Madrid posee la habilidad de convertir el descontrol en virtud. Una capacidad manifestada asiduamente, durante la presente temporada pero asociada al club blanco históricamente. Un equipo habituado a caminar sobre el alambre y permanecer indemne a los riesgos asociados a ello.

Calidad, fe, garra y ambición son virtudes ligadas al escudo madridista que han sostenido constantemente al club merengue en pie sobre la delgada cuerda que separa del precipicio. Cabe esperar que, cuando se vive instalado en el riesgo, la moneda no siempre termine cayendo de cara.

Y es que para sostener una apuesta tan descontrolada como la del Madrid, se debe evitar confundir conceptos primordiales que fortalecen la idea y disminuyen el riesgo con aquellos similares que producen el efecto contrario. Probablemente desde dicha confusión comenzó a fraguarse la derrota madridista en ‘El Clásico’. El Real Madrid debía afrontar el duelo con seguridad, tranquilidad y determinación. Sin embargo, la sensación desprendida por el juego fue de confianza. Confianza desmedida, representada por la ausencia de un plan eficaz para imponer las fortalezas propias y reducir las contrarias; confianza contraproducente, manifestada en pequeños detalles, determinantes, como una intensidad defensiva insuficiente para tornar efectiva la presión alta en la salida del balón por parte blaugrana que benefició especialmente a Leo Messi. El crack argentino disfrutó de los espacios de los que no había dispuesto en ningún enfrentamiento de envergadura en los últimos tiempos, y en tal escenario un jugador de su calidad no suele perdonar. La defectuosa ejecución de la presión por parte del conjunto blanco lo permitió. El Madrid logró cobrar ventaja en el marcador a balón parado, pero para entonces Leo ya había detectado la vía para hacer daño a los locales. Con espacio suficiente para pensar y ante la única resistencia de Casemiro, Messi disponía de todos los elementos a favor para hacer daño al brasileño y sembrar las dudas en la pareja de centrales madridistas. Y así, equilibró el marcador sin posibilitar a su rival disfrutar lo más mínimo de la ventaja obtenida.

El Real Madrid anhelaba descontrol para desequilibrar la balanza a su favor, instalado en un frenesí en el que suele terminar sintiéndose cómodo. Mas en esta ocasión terminó confundiendo descontrol con desorden. Segunda confusión fatal que termina explicando el desequilibrio que dio lugar al segundo gol azulgrana, ésta vez obra de un Rakitic errático durante toda la noche aunque certero en el disparo que supuso el 1-2. Esta confusión y el desorden generado por ella también influyó en la expulsión de Sergio Ramos, que dejaba a su equipo en inferioridad numérica ante una misión casi imposible: igualar el marcador final y mantener así intacta su renta de puntos en Liga.

Aún así, el Madrid volvió a tirar de épica. En un encuentro en el que la igualdad se explicaba por la superioridad en ocasiones madridistas frente al ligero dominio del juego del Barça, James Rodríguez logró anotar el 2-2 en el minuto 86, haciendo justicia a los méritos de su equipo, superior desde la inferioridad, lo cual resulta paradójico. Sí, ese es el ADN del Real Madrid. Un equipo que jamás se rinde, mucho menos ante la adversidad.

Sin embargo, no hay dos sin tres. En todos los sentidos, incluso en el de la confusión. Y el Madrid terminó confundiendo ambición con soberbia, pecado capital. Tras volver a conseguir una gesta épica, tras nadar contra viento y marea para lograr un empate de valor incalculable, los de Zidane soñaron con lograr la victoria en el último minuto de añadido, disponiéndose a una presión alta en un saque de banda tan ambiciosa como temeraria, más aún tras un encuentro en el que dicha presión había resultado descoordinada en el 95% de los casos. La consecuencia era inevitable, morir en la orilla. El Barça superó con facilidad la presión lanzada por sus adversarios y Marcelo pensó que no sería necesario frenar la contra con una falta táctica sobre Sergi Roberto. El desenlace, no por conocido, deja de ser sorprendente. El Bernabéu no podía creerlo, era inexplicable, pero efectivamente, Messi aprovechó el regalo para dar la victoria al equipo culé y devolverlo de lleno a la lucha por el título.

Por el camino de un ‘Clásico’ de nivel excelente, quedan un sinfín de errores y aciertos, de debates, polémicas y acciones de peso por analizar en un partido antológico que, sin embargo, se terminó definiendo por un pecado capital: la soberbia.


Vocación de periodista. Pasión por el fútbol, especialmente Segunda División Española. Escribo en @SpheraSports.

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