_Italia

El paradigma Koulibaly

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 24-04-2018

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El Napoli de Maurizio
Sarri, el continuo aspirante al Scudetto desde la llegada del
técnico nacido y regresado a Nápoles por azar del destino, el único antídoto
ante el dominio absolutista de la Juventus en Italia -ese Napoli
competitivo, soñador, inequívoco y fiel a sí mismo- es también el Napoli de Kalidou
Koulibaly. El central senegalés representa a la perfección todo lo
conseguido por el conjunto partenopeo en los últimos tres años: igualar e
incluso superar a los mejores partiendo con sus virtudes en clara desventaja
hasta convertirse en uno de los mejores de la Serie A, valiente,
perfeccionista, con una capacidad de asimilación y de mejora a nivel técnico y
táctico sobresaliente, picapedrero de su propio talento, generoso, constante en
sus propósitos, con la conciencia y el deseo de no dejar de seguir creciendo,
ni exaltado en la victoria, ni dramático en la derrota, parco, genuino en su
estilo, equilibrado y donante de equilibrio, humilde sin renunciar a la
ambición, alumno aventajado del proceso. El paradigma de la obra de su
entrenador.

El gol en Turín, el salto con el
que se alzó ante el hexacampeón como un rascacielos erigido en un instante, el
cabezazo que convirtió a Mehdi Benatia en liliputiense, el gol con el
que cegó los focos del Stadium para, al mismo tiempo, iluminar el camino de los
suyos, fue la imagen icónica encargada de demostrar la vital importancia que ha
tenido y tiene Koulibaly para su equipo, la forma palmaria de dejarlo patente en
la estadística e indeleble en el recuerdo del hipotético Scudetto con el que,
desde su ya mitológico brinco, sueñan todos en Napoli, algunos sin poder
siquiera dormir, sin necesidad de hacerlo para fantasear con un campeonato más
asible que nunca desde que el dios Diego dejó las faldas del Vesubio hace más
de un cuarto de siglo.

«Los movimientos que
me ha enseñado Sarri han cambiado mi forma de ver el fútbol»
. Y su
carrera, de arriba abajo. Cuando Sarri llegó al San Paolo en el verano de 2015,
Koulibaly acababa de cerrar una primera temporada como futbolista azzurro a
las órdenes de Rafa Benítez en la que jugó bastantes minutos, pero en la que
nunca pudo despegarse de la sobreexcitación, la excesiva aceleración, la
propensión al error, la escasa mentalidad competitiva de alto nivel, la
brusquedad o la temeridad que traía de serie junto a sus mejores aptitudes y
que taponaban absolutamente su catálogo de condiciones y virtudes. Cuando Sarri
llegó al San Paolo en el verano de 2015, Koulibaly estaba prácticamente vendido
al Norwich por unos catorce millones de euros. Tres años después, ha
pasado de las dudas y las burlas a ser uno de los centrales, no solo de mejor
rendimiento, sino más especiales, refinados y específicos en el sentido más
amplio del juego que quiere ser protagonista desde sus primeros pases y pasos.

Koulibaly empezó a demostrar con
Sarri que lo suyo era defender hacia delante para sentirse firme y seguro
defendiendo hacia atrás, acudiendo al corte con precisión y presteza
quirúrgicas, despejando balones aéreos en el área en modo titán, acudiendo a
todas las coberturas posibles a apagar fuegos o decantando de su lado todos los
duelos individuales. Una forma de entender la posición de central a
contracorriente. Como su club. Que necesitaba hacer uso de su arrojo y su
visión para que su decisivo primer paso brillase, para no dejar de generar
ventajas con el pase o con las conducciones marca de la casa, para ser el
encargado principal de alzar el bloque y que el equipo se sitúe en una posición
lo más ventajosa posible para comenzar a avanzar junto a la pelota e
inmiscuirse con ella en campo contrario. Y es que la zona fuerte del Napoli
nace y se desarrolla desde un Koulibaly que ha elevado un escalón más su
rendimiento durante este curso y que ha sido capaz de asumir todavía una mayor
cantidad de responsabilidades con balón, incluso con la importantísima
ausencia de Ghoulam y el bajo momento de forma de Hamsik, con
quienes construía casi todas las cruciales salidas del equipo.

De gregario a líder. Los planteamientos
rivales, taponando frecuentemente al playmaker Jorginho, han hecho del
central senegalés el hombre libre del equipo durante muchas situaciones dentro
de los partidos, el iniciador de facto, el tiralíneas creativo, el futbolista
vital para que los ataques partenopeos acaben encontrando, a través del lateral
o del interior como intermediarios, a un Lorenzo Insigne que es el
verdadero dinamizador de las acciones ofensivas, el creador de momentos y
jugadas de peligro, el tipo que puede hacer bueno un ataque posicional más o
explotar una ventaja numérica y espacial por banda izquierda, el sector que
Koulibaly sostiene y alimenta como si de un terrateniente se tratara. Sin
sus aptitudes y su actitud nada de lo que propone el Napoli de su posición en adelante
tendría ni adquiriría sentido o forma.
Sin sus aptitudes y su actitud nada de lo que
propone el Napoli de su posición en adelante tendría tamaña voluntad ganadora.
Y lo mismo cuando toca ir hacia atrás.

 

«El Napoli no tiene la historia
ni el dinero de la Juventus. El hecho de poder estar disputando el Scudetto a
un equipo con suplentes de 40 millones de euros y que le quitó a su mejor
jugador es una obra maestra. Lo que están consiguiendo es una hazaña titánica.
El mérito, sin duda, es de Sarri, que les ha inculcado la belleza del juego. El
Napoli solo puede hacer una cosa: ganar jugando bien. Si juega mal, los éxitos
no durarán. Sin embargo, el Napoli ya ha ganado. El recuerdo de este equipo
durará por mucho tiempo».
 
  Arrigo Sacchi

 

Cuando recordemos este Napoli,
con o sin título, recordaremos el gol de Koulibaly a la Juventus si los
partenopeos consiguen finalmente la hazaña, pero lo que no deberíamos olvidar
es el rol absolutamente fundamental del africano en toda la construcción del
ciclo y de la estructura de un equipo que fue el único que se atrevió a
zarandear con continuidad el aplastante dominio bianconero y que lo hizo
a través de un vistoso e irrenunciable código contracultural, con un señor que
fuma como gurú. Aunque el Napoli no gane este Scudetto, ha ganado igualmente.
Ha ganado el abrazo de sus tifosi a una forma de entender el fútbol que
casa con la manera con la que ellos entienden la vida y que ha hecho que
revivan los días de gloria que permanecían imborrables, pero casi borrosos por
estar envueltos en la increíble neblina maradoniana. Unos días que parecía que
nunca iban a volver, que parecía que nunca se iban a ir por el hecho de que
nunca iban a volver.

Ha ganado el reconocimiento global
del universo fútbol a través de su perfeccionamiento y superación continuas, de
su rebeldía para volver a intentarlo, de la lucha hasta el final ante l
a disparidad de medios existentes con
respecto a
l gigante que todo lo acapara y todo lo puede en Italia. Hacer
dudar y tambalear a la Juventus más ganadora de su ganadora historia es casi
una revolución. Conseguir hacerla caer será la revolución. Ha ganado para la
historia, propia y ajena, un equipo que se recita de memoria desde el portero
hasta su genuino y casual nueve. Quién sabe si con Koulibaly alzándose por
encima de todos como en el gol de Turín, quien sabe si mereciendo una acotación
tras pronunciar su nombre en el cuarto lugar de la inolvidable retahíla. Reina,
Hysaj, Albiol, Koulibaly… El hombre que, tras Maradona, lo hizo de nuevo
posible.

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El Napoli de Maurizio
Sarri, el continuo aspirante al Scudetto desde la llegada del
técnico nacido y regresado a Nápoles por azar del destino, el único antídoto
ante el dominio absolutista de la Juventus en Italia -ese Napoli
competitivo, soñador, inequívoco y fiel a sí mismo- es también el Napoli de Kalidou
Koulibaly. El central senegalés representa a la perfección todo lo
conseguido por el conjunto partenopeo en los últimos tres años: igualar e
incluso superar a los mejores partiendo con sus virtudes en clara desventaja
hasta convertirse en uno de los mejores de la Serie A, valiente,
perfeccionista, con una capacidad de asimilación y de mejora a nivel técnico y
táctico sobresaliente, picapedrero de su propio talento, generoso, constante en
sus propósitos, con la conciencia y el deseo de no dejar de seguir creciendo,
ni exaltado en la victoria, ni dramático en la derrota, parco, genuino en su
estilo, equilibrado y donante de equilibrio, humilde sin renunciar a la
ambición, alumno aventajado del proceso. El paradigma de la obra de su
entrenador.

El gol en Turín, el salto con el
que se alzó ante el hexacampeón como un rascacielos erigido en un instante, el
cabezazo que convirtió a Mehdi Benatia en liliputiense, el gol con el
que cegó los focos del Stadium para, al mismo tiempo, iluminar el camino de los
suyos, fue la imagen icónica encargada de demostrar la vital importancia que ha
tenido y tiene Koulibaly para su equipo, la forma palmaria de dejarlo patente en
la estadística e indeleble en el recuerdo del hipotético Scudetto con el que,
desde su ya mitológico brinco, sueñan todos en Napoli, algunos sin poder
siquiera dormir, sin necesidad de hacerlo para fantasear con un campeonato más
asible que nunca desde que el dios Diego dejó las faldas del Vesubio hace más
de un cuarto de siglo.

«Los movimientos que
me ha enseñado Sarri han cambiado mi forma de ver el fútbol»
. Y su
carrera, de arriba abajo. Cuando Sarri llegó al San Paolo en el verano de 2015,
Koulibaly acababa de cerrar una primera temporada como futbolista azzurro a
las órdenes de Rafa Benítez en la que jugó bastantes minutos, pero en la que
nunca pudo despegarse de la sobreexcitación, la excesiva aceleración, la
propensión al error, la escasa mentalidad competitiva de alto nivel, la
brusquedad o la temeridad que traía de serie junto a sus mejores aptitudes y
que taponaban absolutamente su catálogo de condiciones y virtudes. Cuando Sarri
llegó al San Paolo en el verano de 2015, Koulibaly estaba prácticamente vendido
al Norwich por unos catorce millones de euros. Tres años después, ha
pasado de las dudas y las burlas a ser uno de los centrales, no solo de mejor
rendimiento, sino más especiales, refinados y específicos en el sentido más
amplio del juego que quiere ser protagonista desde sus primeros pases y pasos.

Koulibaly empezó a demostrar con
Sarri que lo suyo era defender hacia delante para sentirse firme y seguro
defendiendo hacia atrás, acudiendo al corte con precisión y presteza
quirúrgicas, despejando balones aéreos en el área en modo titán, acudiendo a
todas las coberturas posibles a apagar fuegos o decantando de su lado todos los
duelos individuales. Una forma de entender la posición de central a
contracorriente. Como su club. Que necesitaba hacer uso de su arrojo y su
visión para que su decisivo primer paso brillase, para no dejar de generar
ventajas con el pase o con las conducciones marca de la casa, para ser el
encargado principal de alzar el bloque y que el equipo se sitúe en una posición
lo más ventajosa posible para comenzar a avanzar junto a la pelota e
inmiscuirse con ella en campo contrario. Y es que la zona fuerte del Napoli
nace y se desarrolla desde un Koulibaly que ha elevado un escalón más su
rendimiento durante este curso y que ha sido capaz de asumir todavía una mayor
cantidad de responsabilidades con balón, incluso con la importantísima
ausencia de Ghoulam y el bajo momento de forma de Hamsik, con
quienes construía casi todas las cruciales salidas del equipo.

De gregario a líder. Los planteamientos
rivales, taponando frecuentemente al playmaker Jorginho, han hecho del
central senegalés el hombre libre del equipo durante muchas situaciones dentro
de los partidos, el iniciador de facto, el tiralíneas creativo, el futbolista
vital para que los ataques partenopeos acaben encontrando, a través del lateral
o del interior como intermediarios, a un Lorenzo Insigne que es el
verdadero dinamizador de las acciones ofensivas, el creador de momentos y
jugadas de peligro, el tipo que puede hacer bueno un ataque posicional más o
explotar una ventaja numérica y espacial por banda izquierda, el sector que
Koulibaly sostiene y alimenta como si de un terrateniente se tratara. Sin
sus aptitudes y su actitud nada de lo que propone el Napoli de su posición en adelante
tendría ni adquiriría sentido o forma.
Sin sus aptitudes y su actitud nada de lo que
propone el Napoli de su posición en adelante tendría tamaña voluntad ganadora.
Y lo mismo cuando toca ir hacia atrás.

 

«El Napoli no tiene la historia
ni el dinero de la Juventus. El hecho de poder estar disputando el Scudetto a
un equipo con suplentes de 40 millones de euros y que le quitó a su mejor
jugador es una obra maestra. Lo que están consiguiendo es una hazaña titánica.
El mérito, sin duda, es de Sarri, que les ha inculcado la belleza del juego. El
Napoli solo puede hacer una cosa: ganar jugando bien. Si juega mal, los éxitos
no durarán. Sin embargo, el Napoli ya ha ganado. El recuerdo de este equipo
durará por mucho tiempo».
 
  Arrigo Sacchi

 

Cuando recordemos este Napoli,
con o sin título, recordaremos el gol de Koulibaly a la Juventus si los
partenopeos consiguen finalmente la hazaña, pero lo que no deberíamos olvidar
es el rol absolutamente fundamental del africano en toda la construcción del
ciclo y de la estructura de un equipo que fue el único que se atrevió a
zarandear con continuidad el aplastante dominio bianconero y que lo hizo
a través de un vistoso e irrenunciable código contracultural, con un señor que
fuma como gurú. Aunque el Napoli no gane este Scudetto, ha ganado igualmente.
Ha ganado el abrazo de sus tifosi a una forma de entender el fútbol que
casa con la manera con la que ellos entienden la vida y que ha hecho que
revivan los días de gloria que permanecían imborrables, pero casi borrosos por
estar envueltos en la increíble neblina maradoniana. Unos días que parecía que
nunca iban a volver, que parecía que nunca se iban a ir por el hecho de que
nunca iban a volver.

Ha ganado el reconocimiento global
del universo fútbol a través de su perfeccionamiento y superación continuas, de
su rebeldía para volver a intentarlo, de la lucha hasta el final ante l
a disparidad de medios existentes con
respecto a
l gigante que todo lo acapara y todo lo puede en Italia. Hacer
dudar y tambalear a la Juventus más ganadora de su ganadora historia es casi
una revolución. Conseguir hacerla caer será la revolución. Ha ganado para la
historia, propia y ajena, un equipo que se recita de memoria desde el portero
hasta su genuino y casual nueve. Quién sabe si con Koulibaly alzándose por
encima de todos como en el gol de Turín, quien sabe si mereciendo una acotación
tras pronunciar su nombre en el cuarto lugar de la inolvidable retahíla. Reina,
Hysaj, Albiol, Koulibaly… El hombre que, tras Maradona, lo hizo de nuevo
posible.

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La Serie A, la liga más goleadora

Redacción @SpheraSports
30-11-2021