_Polideportivo

El Olimpo de las diosas

Jacobo Correa @JacoCorrea 29-07-2021

Esta semana me ha tocado trabajar en turno de mañana. Un trabajo, para mí importante, que desde hace bastante tiempo me impide juntar letras regularmente. Para dejar de lado una pasión debe haber algo de mucho peso en el otro lado de la balanza. Una de las cosas mágicas de mi empleo, además de ser (insisto, para mí) mucho más que eso, es que vives todo con especial sensibilidad. Y mira que siempre me he considerado una persona que prioriza determinados valores, algo que, creo, ha potenciado mi empatía. Así, a falta de escritos argumentados, las redes sociales han sido mi (pequeño) altavoz y mi desahogo cuando los derechos humanos han sido maltratados y he necesitado protestar, plasmar mi pensamiento, quedarme en paz. Sin embargo, hoy necesito escribir. Y, sobre todo, necesito un amplificador mucho más potente.

Al subirme en el coche he encendido la radio y en La Ventana, programa de la Cadena Ser, estaban debatiendo sobre lo ocurrido con Simone Biles y la importancia de la salud mental. Presente en la conversación, Inma Puig, psicóloga del Barça durante más de quince años que ya en los noventa atendía a jugadores del Dream Team. Contaba que entonces estos deportistas le pedían que no comentase nada de sus consultas con la prensa o directivos del club. Los noventa, antes de ayer prácticamente. Y explicaba que “querer estar a la altura genera ansiedad. Sentir que las expectativas de todo el mundo están sobre ti y ver que no las puedes satisfacer genera ansiedad. Esa exigencia de la excelencia. De tanto buscar la excelencia estamos perdiendo la esencia de lo que estamos haciendo”. Se unía a la charla Juan Manuel López Iturriaga, medalla de plata en los JJOO de Los Angeles 84, que firmaba también en las últimas horas un artículo en El País en el que hacía hincapié sobre la naturaleza humana de los deportistas de élite, afirmando que vivió épocas de miedo disparado o con la confianza haciendo aguas y que, como no se estudiaba, enfrentaba como buenamente podía. La tercera pata de la mesa era Juan González Hernández, profesor del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Granada, además de psicólogo deportivo, quien exponía lo siguiente: “Más que la necesidad social de encontrar héroes, creo que los modelos de negocio del deporte están condicionando mucho, la manera de comprender el deporte por los propios deportistas. Desde las primeras experiencias deportivas, se vive con muchísima agonía la competición. Sometemos a niños a competiciones casi profesionales, con los mismos sistemas, y esto genera tanto la mejora de la fortaleza mental, como la vulnerabilidad. El modelo deportivo de base está desvirtuando lo que debería ser la normalidad del rendimiento y la competición”.

Este último apunte me hizo pensar en todo lo que carga en la mochila un o una deportista de máximo nivel, en sus condicionantes, sus vivencias, sus emociones, sus sentimientos. Y si ya en la sociedad, por defecto, se estigmatizan según qué cosas, en el deporte hay líneas marcadas, pero invisibles, que no se han de superar, no sea que se pueda proyectar debilidad. A la mente infinidad de casos que permanecen escondidos hasta que salen a la luz (la propia Simone Biles es un ejemplo de esto, víctima de abusos sexuales), situaciones extremas en un mundo sin piedad (como, sin ir más lejos, Yusra Mardini, abanderada del equipo de refugiados, quien realizó el mismo mes y el mismo año la misma travesía que Aylán, aquel bebé cuya foto boca abajo, inerte, en una playa del Mediterráneo, estremeció al planeta entero) o vidas en las que sus protagonistas deben remar el doble debido a los prejuicios de una sociedad intolerante que pone piedras en el camino de un ser humano por cómo entiende el amor (importantísimo el mensaje de Tom Daley tras ganar su medalla de oro, dirigido a las niñas y niños que se han sentido rechazadas y rechazados por su orientación sexual y a quienes les cuesta todavía más perseguir su sueño).

Biles es tendencia con el eco aún presente propiciado por el magnífico texto de Naomi Osaka en la revista Times y su decisión de renunciar a competir e intentar ganar los dos Grand Slams que se celebraban en esas fechas para priorizar su salud mental. Yo reflexiono y concluyo en que es algo que había visto antes, en otras y otros deportistas que tuvieron que parar en un momento determinado. Pero, al contrario de lo que ocurre ahora, o no quisieron decir qué les ocurría (precisamente por ese señalamiento que hemos comentado) o no tuvieron la capacidad de comunicación y repercusión que ahora pueden tener con tanta tecnología, tanta gente, tantos medios… Tal vez únicamente el caso de Michael Jordan, hundido y desmotivado tras la pérdida de su padre, haya causado tanto revuelo. Porque ni siquiera el seguramente mejor deportista olímpico de todos los tiempos: Michael Phelps (según sus propias palabras, después de sus últimos Juegos pasó por tres o cuatro períodos de depresión fuerte, llegando a poner su vida en peligro). Y es que nos cuesta incluso recordar algunos de los nombres de quienes no pudieron soportarlo (medallistas como Kelly Catlin o el gran Jesús Rollán).

Por eso siento que lo que ahora hace esta generación de deportistas es vital para el avance de nuestra civilización. Osaka, tal vez la mejor jugadora del mundo si está al cien por cien. Biles, la indiscutible reina de la gimnasia, capaz de destronar a la mismísima Nadia Comăneci como auténtica GOAT de lo suyo. Ejemplos de que no todo es maravilloso para una superestrella. Porque pensamos que eso ya te lo da todo. Sin mirar a lo que te quita. ¿Cuántas horas de esfuerzo titánico para ser la número 1? ¿Cuánta presión si antes de que comience el evento deportivo más grande del mundo ya te llaman la reina de los juegos? ¿Hasta dónde se soporta la obsesión por mejorar y así poder alcanzar un nivel no visto antes? El precio a pagar es demasiado alto y el equilibrio es algo muy delicado. Perseguir un sueño tiene un costo añadido que no sabe de trofeos o de billetes. El cerebro es una herramienta básica en estos tiempos de control extremo en todo lo que puede hacer progresar al atleta.

Igual ya va siendo hora de que en esta era nuestra, en la que se valora a estas y estos mitos por los títulos que ganan, se les dé importancia por aquello que hacen por quienes desde nuestros sofás los y las vemos hacer todo aquello de lo que no somos capaces. Su mensaje es necesario. Porque ningún ser humano está exento de padecer problemas de salud mental. Estos héroes, estas heroínas, también los sufren. Porque son personas. Sí, personas extraordinarias, pero personas. Llevadas al límite en lo físico y en lo emocional. Leyendas para gente de carne y hueso que necesita ídolos reales en los que poder mirarse. La visibilidad cuando se trata de salud mental es vital. Como lo es cuando hablamos de racismo, de homofobia (un saludo desde aquí a la UEFA) o de derechos humanos. Y tal vez deportistas profesionales de menos renombre también sientan alivio. Porque ven que en el Monte Olimpo los dioses y las diosas también son mortales. Y lo comparten.

Y a pesar de que siempre haya indeseables que tratan de invalidar o minimizar sus mensajes (solo hay que darse un salto por Twitter o los comentarios de cualquier noticia al respecto), yo solo puedo decir gracias por la humildad, por la solidaridad. Por hacernos ver que no estamos solos, que no estamos solas. Respeto máximo.

Imagen de cabecera:

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

Esta semana me ha tocado trabajar en turno de mañana. Un trabajo, para mí importante, que desde hace bastante tiempo me impide juntar letras regularmente. Para dejar de lado una pasión debe haber algo de mucho peso en el otro lado de la balanza. Una de las cosas mágicas de mi empleo, además de ser (insisto, para mí) mucho más que eso, es que vives todo con especial sensibilidad. Y mira que siempre me he considerado una persona que prioriza determinados valores, algo que, creo, ha potenciado mi empatía. Así, a falta de escritos argumentados, las redes sociales han sido mi (pequeño) altavoz y mi desahogo cuando los derechos humanos han sido maltratados y he necesitado protestar, plasmar mi pensamiento, quedarme en paz. Sin embargo, hoy necesito escribir. Y, sobre todo, necesito un amplificador mucho más potente.

Al subirme en el coche he encendido la radio y en La Ventana, programa de la Cadena Ser, estaban debatiendo sobre lo ocurrido con Simone Biles y la importancia de la salud mental. Presente en la conversación, Inma Puig, psicóloga del Barça durante más de quince años que ya en los noventa atendía a jugadores del Dream Team. Contaba que entonces estos deportistas le pedían que no comentase nada de sus consultas con la prensa o directivos del club. Los noventa, antes de ayer prácticamente. Y explicaba que “querer estar a la altura genera ansiedad. Sentir que las expectativas de todo el mundo están sobre ti y ver que no las puedes satisfacer genera ansiedad. Esa exigencia de la excelencia. De tanto buscar la excelencia estamos perdiendo la esencia de lo que estamos haciendo”. Se unía a la charla Juan Manuel López Iturriaga, medalla de plata en los JJOO de Los Angeles 84, que firmaba también en las últimas horas un artículo en El País en el que hacía hincapié sobre la naturaleza humana de los deportistas de élite, afirmando que vivió épocas de miedo disparado o con la confianza haciendo aguas y que, como no se estudiaba, enfrentaba como buenamente podía. La tercera pata de la mesa era Juan González Hernández, profesor del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Granada, además de psicólogo deportivo, quien exponía lo siguiente: “Más que la necesidad social de encontrar héroes, creo que los modelos de negocio del deporte están condicionando mucho, la manera de comprender el deporte por los propios deportistas. Desde las primeras experiencias deportivas, se vive con muchísima agonía la competición. Sometemos a niños a competiciones casi profesionales, con los mismos sistemas, y esto genera tanto la mejora de la fortaleza mental, como la vulnerabilidad. El modelo deportivo de base está desvirtuando lo que debería ser la normalidad del rendimiento y la competición”.

Este último apunte me hizo pensar en todo lo que carga en la mochila un o una deportista de máximo nivel, en sus condicionantes, sus vivencias, sus emociones, sus sentimientos. Y si ya en la sociedad, por defecto, se estigmatizan según qué cosas, en el deporte hay líneas marcadas, pero invisibles, que no se han de superar, no sea que se pueda proyectar debilidad. A la mente infinidad de casos que permanecen escondidos hasta que salen a la luz (la propia Simone Biles es un ejemplo de esto, víctima de abusos sexuales), situaciones extremas en un mundo sin piedad (como, sin ir más lejos, Yusra Mardini, abanderada del equipo de refugiados, quien realizó el mismo mes y el mismo año la misma travesía que Aylán, aquel bebé cuya foto boca abajo, inerte, en una playa del Mediterráneo, estremeció al planeta entero) o vidas en las que sus protagonistas deben remar el doble debido a los prejuicios de una sociedad intolerante que pone piedras en el camino de un ser humano por cómo entiende el amor (importantísimo el mensaje de Tom Daley tras ganar su medalla de oro, dirigido a las niñas y niños que se han sentido rechazadas y rechazados por su orientación sexual y a quienes les cuesta todavía más perseguir su sueño).

Biles es tendencia con el eco aún presente propiciado por el magnífico texto de Naomi Osaka en la revista Times y su decisión de renunciar a competir e intentar ganar los dos Grand Slams que se celebraban en esas fechas para priorizar su salud mental. Yo reflexiono y concluyo en que es algo que había visto antes, en otras y otros deportistas que tuvieron que parar en un momento determinado. Pero, al contrario de lo que ocurre ahora, o no quisieron decir qué les ocurría (precisamente por ese señalamiento que hemos comentado) o no tuvieron la capacidad de comunicación y repercusión que ahora pueden tener con tanta tecnología, tanta gente, tantos medios… Tal vez únicamente el caso de Michael Jordan, hundido y desmotivado tras la pérdida de su padre, haya causado tanto revuelo. Porque ni siquiera el seguramente mejor deportista olímpico de todos los tiempos: Michael Phelps (según sus propias palabras, después de sus últimos Juegos pasó por tres o cuatro períodos de depresión fuerte, llegando a poner su vida en peligro). Y es que nos cuesta incluso recordar algunos de los nombres de quienes no pudieron soportarlo (medallistas como Kelly Catlin o el gran Jesús Rollán).

Por eso siento que lo que ahora hace esta generación de deportistas es vital para el avance de nuestra civilización. Osaka, tal vez la mejor jugadora del mundo si está al cien por cien. Biles, la indiscutible reina de la gimnasia, capaz de destronar a la mismísima Nadia Comăneci como auténtica GOAT de lo suyo. Ejemplos de que no todo es maravilloso para una superestrella. Porque pensamos que eso ya te lo da todo. Sin mirar a lo que te quita. ¿Cuántas horas de esfuerzo titánico para ser la número 1? ¿Cuánta presión si antes de que comience el evento deportivo más grande del mundo ya te llaman la reina de los juegos? ¿Hasta dónde se soporta la obsesión por mejorar y así poder alcanzar un nivel no visto antes? El precio a pagar es demasiado alto y el equilibrio es algo muy delicado. Perseguir un sueño tiene un costo añadido que no sabe de trofeos o de billetes. El cerebro es una herramienta básica en estos tiempos de control extremo en todo lo que puede hacer progresar al atleta.

Igual ya va siendo hora de que en esta era nuestra, en la que se valora a estas y estos mitos por los títulos que ganan, se les dé importancia por aquello que hacen por quienes desde nuestros sofás los y las vemos hacer todo aquello de lo que no somos capaces. Su mensaje es necesario. Porque ningún ser humano está exento de padecer problemas de salud mental. Estos héroes, estas heroínas, también los sufren. Porque son personas. Sí, personas extraordinarias, pero personas. Llevadas al límite en lo físico y en lo emocional. Leyendas para gente de carne y hueso que necesita ídolos reales en los que poder mirarse. La visibilidad cuando se trata de salud mental es vital. Como lo es cuando hablamos de racismo, de homofobia (un saludo desde aquí a la UEFA) o de derechos humanos. Y tal vez deportistas profesionales de menos renombre también sientan alivio. Porque ven que en el Monte Olimpo los dioses y las diosas también son mortales. Y lo comparten.

Y a pesar de que siempre haya indeseables que tratan de invalidar o minimizar sus mensajes (solo hay que darse un salto por Twitter o los comentarios de cualquier noticia al respecto), yo solo puedo decir gracias por la humildad, por la solidaridad. Por hacernos ver que no estamos solos, que no estamos solas. Respeto máximo.

Imagen de cabecera: