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El miedo a no ser perfecto

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 25-09-2018

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Un cuadro de Botticelli, una sinfonía de Beethoven, una escultura de Miguel Ángel, un relato de William Shakespeare, una obra de Gaudí, una función de Goethe y un control de Dennis Bergkamp.

“He jugado con Zidane, con Messi, con Iniesta, con Xavi, con Ronaldinho o con Eto’o, pero siempre diré que el mejor jugador con el que he jugado es Dennis Bergkamp”, afirma Thierry Henry, ganador de dos Botas de Oro, una Bota de Plata y una Bota de Bronce, sin contar con cinco Ligas, una Champions, 13 Copas, una Eurocopa y un Mundial. “He jugado con él muchos años, le he visto entrenar cada día, sé cómo entendía el juego. Era simplemente increíble”. 

Dennis Bergkamp debutó con el Ajax de Ámsterdam a los 17 años. En la capital holandesa se mantuvo siete campañas, en las que ganó decenas de distinciones individuales (a destacar un Balón de Plata y uno de Bronce) además de colectivos como la Copa de la UEFA y varios nacionales. Cuando cumplió los 24, sintió que su etapa en casa había llegado, y tomó la decisión de volar del nido. Porque sí, Dennis Bergkamp voló. Y mucho, pese a la creencia no del todo cierta de que le tenía miedo a volar.

Su último año en Ámsterdam fue una quimera, continuamente peleado con un Louis van Gaal que anteriormente le había considerado su jugador fetiche y que acabó desterrándole y marginándole hasta hacerle marchar. Antes de todo eso, Dennis había destacado como interior, como mediapunta y como falso nueve. Había jugado incluso en sus primeros años como defensa en un experimento en el que los creadores del fútbol total querían ver de qué pasta estaba hecho. Había desarrollado una facilidad descomunal para anotar goles sin ser delantero nato y había contribuido a los éxitos de un equipo que justo tras su marcha se acabaría alzando con la Copa de Europa. “En el puesto de Bergkamp hemos hecho jugar a Litmanen y ahora somos mucho mejores sin él”, llegó a admitir Van Gaal, pese a saber que el público que le escuchaba no tendría dudas en elegir al holandés por delante del finlandés 100 veces de cada 100.

Cruyff, el entrenador que le había dado la alternativa como profesional en el Ajax, le quería para el Barcelona. También el AC Milan que practicaba fútbol total desde Sacchi, donde estaban Van Basten, Gullit o Rijkaard. La otra gran oferta que tenía venía de Turín. “Entonces, uno piensa. Yo quería hacer mi propio camino. Si hubiera ido al Barcelona, me habrían visto como el hijo y el protegido de Cruyff; si hubiera ido al Milan, habría sido como el enchufado de los holandeses”, señala el propio Dennis, aunque admite que lo fácil habría sido ir a uno de los dos. La Juventus quedó descartada cuando su hermano y su agente se reunieron con los directivos y la opción que más le sedujo fue la del Inter.

Los neroazzurros, ultradefensivos, le habían prometido la construcción de un equipo que jugara de manera ofensiva, que calcara lo que había hecho años antes Sacchi con el equipo vecino y que tuviera siempre la posesión del balón. Bergkamp ni lo pensó, quedó rápidamente seducido, firmó y acabó pasando dos años en la oscuridad por las promesas rotas que hoy todos los directivos rechazan haber hecho. Porque aquel Inter que se anunciaba no tuvo nada de jogo bonito ni posesión. Pese a todo, como interista Bergkamp ganó una nueva Copa de la UEFA (de la que fue máximo goleador) antes de salir por la puerta de atrás. Parecía uno de los cientos de jugadores jóvenes que salen de su país y no dan la talla. “Es imposible jugar solo con dos delanteros contra cinco defensas”, resumía él, que encima tenía como pareja de baile a Rubén Sosa, un delantero que personalmente le detestaba y se lo hacía saber cada vez que se cruzaban.

A Dennis le llegó el momento de partir. No podía jugar en un equipo que debilitaba sus características ni tener como compañero más cercano a un tipo que no le pasaba el balón. Tras visitar Londres de manera fugaz, supo que el Arsenal era su sitio. Le daba igual que los gunners no fueran un equipo ganador, que en Newcastle le ofrecieran más dinero y que todo el mundo le recomendara fichar por el Tottenham. “Cuando pisé Highbury, sentí  que ahí se respiraba fútbol”. En el Arsenal pasó once años, marcó 120 goles, dio 120 asistencias y ganó once títulos (tres Premier League entre ellos, una con Los Invencibles en la que no perdieron un solo partido). Hoy, una estatua suya controlando un balón se levanta en los alrededores del Emirates Stadium.

“Dennis es un perfeccionista. Hasta el último entrenamiento de su carrera, él nunca hizo un mal control o un mal pase. Y cuando alguno de estos no era 100% perfecto, se enfadaba”, admite Arsene Wenger, quien le dirigió toda su carrera en el Arsenal. “Amo cada cosa de Dennis. Su manera de trabajar… nunca he vuelto a ver algo así. Cuando él no hacía un buen control, incluso pese a que el balón fuera imposible de bajar, se enfadaba consigo mismo”, señala Henry. “Era un absoluto perfeccionista. Por ejemplo, un día hacía viento, y mientras todos simplemente dábamos pases, él calculaba la fuerza del viento, la fuerza del pase, cómo se movería el balón, dónde lo tendría que golpear o dónde tendría que ponerse para recibirlo”, añade el galo. “Solo con verle como se vestía podías hacerte una idea del tipo de jugador y del tipo de persona que era. Elegante, inteligente, pero sencillo”, revela Sol Campbell. 

Ese perfeccionismo lo fue desarrollando en su infancia, gracias a uno de los muros de piedra grandes cercanos a su casa. Pasaba horas golpeándolo con el balón, provocando diferentes rebotes de distintas alturas y efectos, para tener que controlarlo siempre de una nueva manera. Admite ser de ese tipo de jugadores a los que les gustan los retos, y que eso le creara una fama de ser todo o ser nada en sus primeros años. El pase, cuanto más difícil, mejor. “A mí me gustaba marcar, pero acabé desarrollando un gusto indescriptible por dar el pase en vez del gol. Me divertía más simplemente dando juego que marcando”.

La carrera de Dennis Bergkamp estuvo siempre limitada por una aversión a volar. Aunque el miedo real no era el hecho de que el avión se estrellara, o cosas similares, como se tiene comúnmente ideado. Bergkamp había tomado más de un centenar de aviones cuando, durante el Mundial de 1994 sufrió una experiencia que le hizo tomar la decisión de no volver a embarcar nunca más. Primero, una amenaza de bomba hizo retrasar el despegue de uno de los vuelos. Después, una bolsa de aire provocó infernales turbulencias durante varios minutos. Dennis sintió la claustrofobia de no poder salir, la obligación de tener que estar quieto, el miedo a quedarse allí durante horas y, sobre todo el miedo a volver a sentir todo por lo que tuvo que pasar después de aquella experiencia que le agotó física y psicológicamente. Se sintió realmente exhausto, cansado, durmió durante 48 horas seguidas cuando llegó a casa y le pidió al Inter algo de tiempo extra para recuperarse, que no le fue concedido. No se sentía con fuerzas para absolutamente nada. Desde entonces, nunca más. Su posterior contrato con el Arsenal incluía una cláusula por la que se le excluía de volar y podía viajar con un componente del cuerpo técnico en coche.

Ver jugar a Dennis Bergkamp era como disfrutar de una representación de danza. La clase que atesoraba le hacía dibujar algunas de las jugadas más bonitas y armónicas que se recuerdan. Como aquella asistencia a Ljunberg contra la Juventus o aquel gol considerado uno de los mejores de la historia contra el Newcastle. “Dennis tenía confianza en sí mismo. La gente no entiende cómo pudo hacer ese gol. Para la mayoría de nosotros es imposible, para él es natural”, afirma Henry, que asegura a los que piensen que fue un control de fortuna que podría haberlo hecho muchas más veces si hubiera sido necesario.

Aquel gol, anotado en marzo de 2002, fue elegido por los fans como el mejor gol de toda la historia del club. Hay quien dice que el holandés no lo hizo queriendo, que le salió con suerte, que no quería controlar el balón de aquella manera inverosímil. “Que nadie lo ponga en duda”, admite Ian Wright. “He visto hacerle cosas parecidas, pero he visto hacer un gol exactamente igual en un entrenamiento, en ese caso le marcaba Martin Keown. Y a nosotros no nos sorprendió, porque era simplemente puro Dennis”. 

Aquel gol lo trataron de inmortalizar en los aledaños del Emirates Stadium en una estatua de bronce, pero los encargados de fabricarla se dieron por vencidos por la dificultar de representarlo. “Necesitaríamos que Boccioni resucitara para poder esculpir semejante proyecto”, dice el director de cine Paul Tickell. Por eso, la figura que hay del holandés en el nuevo estadio londinense es la del jugador ejecutando un control aéreo que la mayoría de mortales ni siquiera imaginarían poder hacer.

Cuenta el propio Bergkamp que su mejor cualidad era ver el fútbol antes que el resto. Que no miraba el campo viendo lo que estaba pasando, sino imaginando qué es lo que podía pasar y cómo podría ser la situación dos segundos después. 

La gran espina de Dennis Bergkamp siempre será la selección nacional. Jugó cinco grandes torneos y en cuatro la oranje fue eliminada por penaltis. Dennis fue semifinalista de la Eurocopa de 1992, cuando aún no tenía tanto peso en el equipo. Después, en EEUU en 1994, vivió en sus carnes el motín de los jugadores de raza negra, liderados por Seedorf y Davids, que aseguraban ser discriminados por Advocaat. En la Eurocopa de 1996, Francia les eliminó por penaltis y en los últimos dos torneos que disputó la decepción fue mayúscula. Holanda era la clara favorita tanto en el Mundial del 98 como en la Eurocopa de 2000 que se disputaba en Bélgica y Holanda. En ambos torneos cayeron en penaltis en semifinales, siendo tremendamente superiores en el trascurso de los partidos a Brasil e Italia, respectivamente, pero sin suerte.

“Es una locura que aquella generación de Holanda no ganara nada. Eran los mejores. No tengo ninguna duda. Celebramos su eliminación en semifinales en los dos torneos casi más que los títulos que luego ganamos, porque realmente pensábamos que no había posibilidad de ganarles”, admite Thierry Henry, que ganaría el Mundial del 98 y la Eurocopa del 2000 ante los verdugos de los holandeses.

Sus últimos años en el Arsenal tuvieron un episodio fugaz que fue algo gris. En verano de 2003, con 34 años, el club le ofreció una renovación a la baja, pensando que su nivel físico y futbolístico iría a menos y escudándose también en la cantidad de partidos que se seguía perdiendo por no volar con sus compañeros. La suma ofrecida, que suponía un sueldo de menos de la mitad de lo que percibía, enfadó a jugador y a su agente. Dos días después, Bergkamp firmó un contrato que le haría ganar incluso más de lo que percibía entonces. Sabía el Arsenal que, aunque tuviera 34 años, su presencia era esencial.

Y aquella decisión, posiblemente, trajo de la mano la creación de uno de los mejores equipos de la historia: el Arsenal de Los Invencibles, que ganó aquel curso la Liga sin perder un solo partido. Dennis, ya mayor, fue perdiendo peso en el equipo en los siguientes meses. “Arsene me dejaba decidir en cierto modo. Me preguntaba si quería jugar y cuánto quería jugar. Obviamente, yo quería hacerlo siempre, pero sabía que mi cuerpo no daba para más y que había chicos como Reyes o Adebayor que iban ya pidiendo paso”, se sincera. 

El verano de 2005, Dennis cumplió 36 años y durante la temporada iba a llegar a los 37. Wenger le confirmó que no le veía ya como un jugador indispensable del primer equipo para los 60 partidos que debían afrontar en la temporada y le preguntó que qué quería hacer. El galo sentía que debido a su gran carrera en Londres, el holandés tenía que ser dueño de su futuro. Bergkamp le dijo que quería ser parte del Arsenal que disputaría su último año en Highbury y luego retirarse. Y así fue.

Dennis se retiró del fútbol de una manera agria. A nivel de clubes, solo le restaba por ganar la Champions League y aquel curso, el Arsenal logró llegar a la final tras doblegar a Real Madrid, Juventus y Villarreal en las eliminatorias. Dennis, sin capacidad física para jugar 90 minutos, acordó con Wenger salir en la última media hora, pero todo se torció cuando Lehmann fue expulsado en el minuto 18 y los gunners jugaron casi todo el partido con 10. 

Aquel Arsenal, con un jugador menos, estuvo a punto de levantar la Champions ante el Barcelona de Ronaldinho, donde Messi ya daba sus primeros pasos. Un gol de Sol Campbell permitió a los de Wenger liderar la final, pero todo se oscureció en apenas unos minutos. En el 74, Wenger decidió gastar su segundo cambio para dar entrada a Flamini, medio defensivo, y retirar a un exhausto y jovencísimo Cesc Fábregas. Un minuto más tarde, el Barcelona empató y cinco minutos después, ya iba por delante. Siendo solo 10 hombres, el Arsenal nunca podía dominar el juego y Wenger se decidió por dar entrada a Reyes en busca de la verticalidad, los contragolpes y en cierto modo, la fortuna. Nunca llegó, y Dennis Bergkamp no pudo comparecer en la final de una Champions que el Arsenal había merecido durante toda la campaña.

Dennis Bergkamp se retiró en el verano de 2006 con 37 años. Marcó más de 300 goles, repartió cerca de 200 asistencias, ganó una cantidad de títulos individuales y colectivos inenarrables. Cuando dejó la selección, era el máximo goleador de la historia de Holanda (ahora superado por Huntelaar y Van Persie) y el día que decidió que se había acabado, nadie lo sabía. “No quería que se hablara de que era mi último partido. Por eso, decidí decirlo después de jugarlo. El entorno que se hubiera creado no hubiera sido positivo. No quería un homenaje, quería ganar el partido”. Su fútbol era música, magia, era arte en movimiento. Puro Dennis Bergkamp.

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Un cuadro de Botticelli, una sinfonía de Beethoven, una escultura de Miguel Ángel, un relato de William Shakespeare, una obra de Gaudí, una función de Goethe y un control de Dennis Bergkamp.

“He jugado con Zidane, con Messi, con Iniesta, con Xavi, con Ronaldinho o con Eto’o, pero siempre diré que el mejor jugador con el que he jugado es Dennis Bergkamp”, afirma Thierry Henry, ganador de dos Botas de Oro, una Bota de Plata y una Bota de Bronce, sin contar con cinco Ligas, una Champions, 13 Copas, una Eurocopa y un Mundial. “He jugado con él muchos años, le he visto entrenar cada día, sé cómo entendía el juego. Era simplemente increíble”. 

Dennis Bergkamp debutó con el Ajax de Ámsterdam a los 17 años. En la capital holandesa se mantuvo siete campañas, en las que ganó decenas de distinciones individuales (a destacar un Balón de Plata y uno de Bronce) además de colectivos como la Copa de la UEFA y varios nacionales. Cuando cumplió los 24, sintió que su etapa en casa había llegado, y tomó la decisión de volar del nido. Porque sí, Dennis Bergkamp voló. Y mucho, pese a la creencia no del todo cierta de que le tenía miedo a volar.

Su último año en Ámsterdam fue una quimera, continuamente peleado con un Louis van Gaal que anteriormente le había considerado su jugador fetiche y que acabó desterrándole y marginándole hasta hacerle marchar. Antes de todo eso, Dennis había destacado como interior, como mediapunta y como falso nueve. Había jugado incluso en sus primeros años como defensa en un experimento en el que los creadores del fútbol total querían ver de qué pasta estaba hecho. Había desarrollado una facilidad descomunal para anotar goles sin ser delantero nato y había contribuido a los éxitos de un equipo que justo tras su marcha se acabaría alzando con la Copa de Europa. “En el puesto de Bergkamp hemos hecho jugar a Litmanen y ahora somos mucho mejores sin él”, llegó a admitir Van Gaal, pese a saber que el público que le escuchaba no tendría dudas en elegir al holandés por delante del finlandés 100 veces de cada 100.

Cruyff, el entrenador que le había dado la alternativa como profesional en el Ajax, le quería para el Barcelona. También el AC Milan que practicaba fútbol total desde Sacchi, donde estaban Van Basten, Gullit o Rijkaard. La otra gran oferta que tenía venía de Turín. “Entonces, uno piensa. Yo quería hacer mi propio camino. Si hubiera ido al Barcelona, me habrían visto como el hijo y el protegido de Cruyff; si hubiera ido al Milan, habría sido como el enchufado de los holandeses”, señala el propio Dennis, aunque admite que lo fácil habría sido ir a uno de los dos. La Juventus quedó descartada cuando su hermano y su agente se reunieron con los directivos y la opción que más le sedujo fue la del Inter.

Los neroazzurros, ultradefensivos, le habían prometido la construcción de un equipo que jugara de manera ofensiva, que calcara lo que había hecho años antes Sacchi con el equipo vecino y que tuviera siempre la posesión del balón. Bergkamp ni lo pensó, quedó rápidamente seducido, firmó y acabó pasando dos años en la oscuridad por las promesas rotas que hoy todos los directivos rechazan haber hecho. Porque aquel Inter que se anunciaba no tuvo nada de jogo bonito ni posesión. Pese a todo, como interista Bergkamp ganó una nueva Copa de la UEFA (de la que fue máximo goleador) antes de salir por la puerta de atrás. Parecía uno de los cientos de jugadores jóvenes que salen de su país y no dan la talla. “Es imposible jugar solo con dos delanteros contra cinco defensas”, resumía él, que encima tenía como pareja de baile a Rubén Sosa, un delantero que personalmente le detestaba y se lo hacía saber cada vez que se cruzaban.

A Dennis le llegó el momento de partir. No podía jugar en un equipo que debilitaba sus características ni tener como compañero más cercano a un tipo que no le pasaba el balón. Tras visitar Londres de manera fugaz, supo que el Arsenal era su sitio. Le daba igual que los gunners no fueran un equipo ganador, que en Newcastle le ofrecieran más dinero y que todo el mundo le recomendara fichar por el Tottenham. “Cuando pisé Highbury, sentí  que ahí se respiraba fútbol”. En el Arsenal pasó once años, marcó 120 goles, dio 120 asistencias y ganó once títulos (tres Premier League entre ellos, una con Los Invencibles en la que no perdieron un solo partido). Hoy, una estatua suya controlando un balón se levanta en los alrededores del Emirates Stadium.

“Dennis es un perfeccionista. Hasta el último entrenamiento de su carrera, él nunca hizo un mal control o un mal pase. Y cuando alguno de estos no era 100% perfecto, se enfadaba”, admite Arsene Wenger, quien le dirigió toda su carrera en el Arsenal. “Amo cada cosa de Dennis. Su manera de trabajar… nunca he vuelto a ver algo así. Cuando él no hacía un buen control, incluso pese a que el balón fuera imposible de bajar, se enfadaba consigo mismo”, señala Henry. “Era un absoluto perfeccionista. Por ejemplo, un día hacía viento, y mientras todos simplemente dábamos pases, él calculaba la fuerza del viento, la fuerza del pase, cómo se movería el balón, dónde lo tendría que golpear o dónde tendría que ponerse para recibirlo”, añade el galo. “Solo con verle como se vestía podías hacerte una idea del tipo de jugador y del tipo de persona que era. Elegante, inteligente, pero sencillo”, revela Sol Campbell. 

Ese perfeccionismo lo fue desarrollando en su infancia, gracias a uno de los muros de piedra grandes cercanos a su casa. Pasaba horas golpeándolo con el balón, provocando diferentes rebotes de distintas alturas y efectos, para tener que controlarlo siempre de una nueva manera. Admite ser de ese tipo de jugadores a los que les gustan los retos, y que eso le creara una fama de ser todo o ser nada en sus primeros años. El pase, cuanto más difícil, mejor. “A mí me gustaba marcar, pero acabé desarrollando un gusto indescriptible por dar el pase en vez del gol. Me divertía más simplemente dando juego que marcando”.

La carrera de Dennis Bergkamp estuvo siempre limitada por una aversión a volar. Aunque el miedo real no era el hecho de que el avión se estrellara, o cosas similares, como se tiene comúnmente ideado. Bergkamp había tomado más de un centenar de aviones cuando, durante el Mundial de 1994 sufrió una experiencia que le hizo tomar la decisión de no volver a embarcar nunca más. Primero, una amenaza de bomba hizo retrasar el despegue de uno de los vuelos. Después, una bolsa de aire provocó infernales turbulencias durante varios minutos. Dennis sintió la claustrofobia de no poder salir, la obligación de tener que estar quieto, el miedo a quedarse allí durante horas y, sobre todo el miedo a volver a sentir todo por lo que tuvo que pasar después de aquella experiencia que le agotó física y psicológicamente. Se sintió realmente exhausto, cansado, durmió durante 48 horas seguidas cuando llegó a casa y le pidió al Inter algo de tiempo extra para recuperarse, que no le fue concedido. No se sentía con fuerzas para absolutamente nada. Desde entonces, nunca más. Su posterior contrato con el Arsenal incluía una cláusula por la que se le excluía de volar y podía viajar con un componente del cuerpo técnico en coche.

Ver jugar a Dennis Bergkamp era como disfrutar de una representación de danza. La clase que atesoraba le hacía dibujar algunas de las jugadas más bonitas y armónicas que se recuerdan. Como aquella asistencia a Ljunberg contra la Juventus o aquel gol considerado uno de los mejores de la historia contra el Newcastle. “Dennis tenía confianza en sí mismo. La gente no entiende cómo pudo hacer ese gol. Para la mayoría de nosotros es imposible, para él es natural”, afirma Henry, que asegura a los que piensen que fue un control de fortuna que podría haberlo hecho muchas más veces si hubiera sido necesario.

Aquel gol, anotado en marzo de 2002, fue elegido por los fans como el mejor gol de toda la historia del club. Hay quien dice que el holandés no lo hizo queriendo, que le salió con suerte, que no quería controlar el balón de aquella manera inverosímil. “Que nadie lo ponga en duda”, admite Ian Wright. “He visto hacerle cosas parecidas, pero he visto hacer un gol exactamente igual en un entrenamiento, en ese caso le marcaba Martin Keown. Y a nosotros no nos sorprendió, porque era simplemente puro Dennis”. 

Aquel gol lo trataron de inmortalizar en los aledaños del Emirates Stadium en una estatua de bronce, pero los encargados de fabricarla se dieron por vencidos por la dificultar de representarlo. “Necesitaríamos que Boccioni resucitara para poder esculpir semejante proyecto”, dice el director de cine Paul Tickell. Por eso, la figura que hay del holandés en el nuevo estadio londinense es la del jugador ejecutando un control aéreo que la mayoría de mortales ni siquiera imaginarían poder hacer.

Cuenta el propio Bergkamp que su mejor cualidad era ver el fútbol antes que el resto. Que no miraba el campo viendo lo que estaba pasando, sino imaginando qué es lo que podía pasar y cómo podría ser la situación dos segundos después. 

La gran espina de Dennis Bergkamp siempre será la selección nacional. Jugó cinco grandes torneos y en cuatro la oranje fue eliminada por penaltis. Dennis fue semifinalista de la Eurocopa de 1992, cuando aún no tenía tanto peso en el equipo. Después, en EEUU en 1994, vivió en sus carnes el motín de los jugadores de raza negra, liderados por Seedorf y Davids, que aseguraban ser discriminados por Advocaat. En la Eurocopa de 1996, Francia les eliminó por penaltis y en los últimos dos torneos que disputó la decepción fue mayúscula. Holanda era la clara favorita tanto en el Mundial del 98 como en la Eurocopa de 2000 que se disputaba en Bélgica y Holanda. En ambos torneos cayeron en penaltis en semifinales, siendo tremendamente superiores en el trascurso de los partidos a Brasil e Italia, respectivamente, pero sin suerte.

“Es una locura que aquella generación de Holanda no ganara nada. Eran los mejores. No tengo ninguna duda. Celebramos su eliminación en semifinales en los dos torneos casi más que los títulos que luego ganamos, porque realmente pensábamos que no había posibilidad de ganarles”, admite Thierry Henry, que ganaría el Mundial del 98 y la Eurocopa del 2000 ante los verdugos de los holandeses.

Sus últimos años en el Arsenal tuvieron un episodio fugaz que fue algo gris. En verano de 2003, con 34 años, el club le ofreció una renovación a la baja, pensando que su nivel físico y futbolístico iría a menos y escudándose también en la cantidad de partidos que se seguía perdiendo por no volar con sus compañeros. La suma ofrecida, que suponía un sueldo de menos de la mitad de lo que percibía, enfadó a jugador y a su agente. Dos días después, Bergkamp firmó un contrato que le haría ganar incluso más de lo que percibía entonces. Sabía el Arsenal que, aunque tuviera 34 años, su presencia era esencial.

Y aquella decisión, posiblemente, trajo de la mano la creación de uno de los mejores equipos de la historia: el Arsenal de Los Invencibles, que ganó aquel curso la Liga sin perder un solo partido. Dennis, ya mayor, fue perdiendo peso en el equipo en los siguientes meses. “Arsene me dejaba decidir en cierto modo. Me preguntaba si quería jugar y cuánto quería jugar. Obviamente, yo quería hacerlo siempre, pero sabía que mi cuerpo no daba para más y que había chicos como Reyes o Adebayor que iban ya pidiendo paso”, se sincera. 

El verano de 2005, Dennis cumplió 36 años y durante la temporada iba a llegar a los 37. Wenger le confirmó que no le veía ya como un jugador indispensable del primer equipo para los 60 partidos que debían afrontar en la temporada y le preguntó que qué quería hacer. El galo sentía que debido a su gran carrera en Londres, el holandés tenía que ser dueño de su futuro. Bergkamp le dijo que quería ser parte del Arsenal que disputaría su último año en Highbury y luego retirarse. Y así fue.

Dennis se retiró del fútbol de una manera agria. A nivel de clubes, solo le restaba por ganar la Champions League y aquel curso, el Arsenal logró llegar a la final tras doblegar a Real Madrid, Juventus y Villarreal en las eliminatorias. Dennis, sin capacidad física para jugar 90 minutos, acordó con Wenger salir en la última media hora, pero todo se torció cuando Lehmann fue expulsado en el minuto 18 y los gunners jugaron casi todo el partido con 10. 

Aquel Arsenal, con un jugador menos, estuvo a punto de levantar la Champions ante el Barcelona de Ronaldinho, donde Messi ya daba sus primeros pasos. Un gol de Sol Campbell permitió a los de Wenger liderar la final, pero todo se oscureció en apenas unos minutos. En el 74, Wenger decidió gastar su segundo cambio para dar entrada a Flamini, medio defensivo, y retirar a un exhausto y jovencísimo Cesc Fábregas. Un minuto más tarde, el Barcelona empató y cinco minutos después, ya iba por delante. Siendo solo 10 hombres, el Arsenal nunca podía dominar el juego y Wenger se decidió por dar entrada a Reyes en busca de la verticalidad, los contragolpes y en cierto modo, la fortuna. Nunca llegó, y Dennis Bergkamp no pudo comparecer en la final de una Champions que el Arsenal había merecido durante toda la campaña.

Dennis Bergkamp se retiró en el verano de 2006 con 37 años. Marcó más de 300 goles, repartió cerca de 200 asistencias, ganó una cantidad de títulos individuales y colectivos inenarrables. Cuando dejó la selección, era el máximo goleador de la historia de Holanda (ahora superado por Huntelaar y Van Persie) y el día que decidió que se había acabado, nadie lo sabía. “No quería que se hablara de que era mi último partido. Por eso, decidí decirlo después de jugarlo. El entorno que se hubiera creado no hubiera sido positivo. No quería un homenaje, quería ganar el partido”. Su fútbol era música, magia, era arte en movimiento. Puro Dennis Bergkamp.

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