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El Messi del Salento

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 19-02-2020

A sus 28 años, Filippo Falco está viviendo la segunda temporada de su carrera en la Serie A después de su paso de puntillas por el Bologna en 2015 y la primera que realmente disputa al completo y como titular en la máxima categoría del Calcio. Seguramente, esos datos no son en absoluto los que alguien que no conozca de antemano al número diez del Lecce hubiese imaginado al leer el titular y el apelativo por el que se conoce en su tierra al futbolista de Taranto. Sin embargo, aunque pueda parecer lo contrario, el obviamente desmedido y cariñoso sobrenombre no está del todo injustificado. 

Con sus escasos 171 centímetros de enorme talento y dueño de un pie zurdo hasta el extremo, de esos que sólo sabe usar la derecha para apoyarse y girar sobre sí mismo, Falco está completando una temporada magnífica, generando un impacto por encima de las expectativas con las que llegaba desde la Serie B y destacando por sus tres principales virtudes: su notable visión de juego, su sobresaliente regate y la calidad que atesora en su bota izquierda para proteger el cuero, para llevarlo cosido a la bota, para lanzar el balón parado y para buscar el remate desde la corona o el pico derecho del área.

Canterano del Bari primero y del Lecce después, con lo que un trasvase así supone en Apulia entre sus dos grandes clubes, Falco ha tenido que hacer un largo peregrinaje por el Calcio modesto, sobre todo de Serie B (Reggina, Juve Stabia, Trapani, Cesena, Benevento, Perugia y Pescara), antes de volver al mismo equipo en el que debutó como profesional en Coppa Italia en el año 2010 para poder al fin triunfar. En la primera de las múltiples cesiones que protagonizó, en el Pavia, su entonces entrenador, Benito Carbone, ya lo definió a la perfección: “Es un chico que aún logra divertirse con el balón en los pies, algo cada vez más extraño”.

Sería irreal afirmar que Falco es más de medio equipo en el actual Lecce, ya que es la dinámica estructura táctica de Fabio Liverani la que está permitiendo a los giallorossi competir de forma sólida con una de las plantillas más limitadas de la Serie A, pero sí se trata de una pieza vital para otorgar las dosis de calidad compesatorias que elevan el techo competitivo. Ya desde el curso pasado, el del ascenso, el técnico del Lecce se ha inventado una posición particular para consolidar el fehaciente salto de nivel de Falco, un jugador con todas las condiciones para ser el típico extremo a pie cambiado que necesita el pico del área para alimentar su zurda, muy en la línea de Suso, seguramente el futbolista al que más se asemeja.

Sin embargo, Liverani ha convertido a Falco en un híbrido entre un segundo punta y ese tipo de extremo más estándar y, con su talento como condimento, el entrenador romano está cimentando la salvación del Lecce con aplomo, sirviéndose de un sistema versátil que funciona de forma positiva ya tenga mayor o menor cuota de iniciativa o dominio territorial, ya ataque con espacios más o menos amplios. Liverani está empleando un 4-3-1-2 en el que Falco acompaña al delantero referencia, normalmente Gianluca Lapadula, pero en el que también cae asiduamente al costado para dar amplitud y otorgar su espacio al mediapunta o en el que pisa mucho el carril central por detrás del punta principal, sobre todo en escenarios de transición en los que el trequartista debe sumarse a la fase ofensiva desde su posición defensiva cerrando el costado izquierdo.

Ese 4-3-1-2 con balón se convierte sin él en un esquema mucho más líquido. Un dibujo muy particular que pasa rápidamente a un 4-3-3 a la hora de abordar la primera presión sobre la salida del rival y a un 4-4-2 para defender en bloque medio, con Falco descolgado arriba, cuando el rival cruza la medular. Todo ello configura un entramado táctico en el que los complejos y diferentes roles que ejecutan los interiores son fundamentales para acometer las ayudas laterales, cerrar espacios entre líneas, defenderse en campo propio, ofrecerse con tino y presteza a la hora de salir desde atrás, llevar a cabo el retorno, mantener una gran basculación del balance colectivo y estirar al equipo con su gran recorrido. 

El Lecce, además, pica claramente al alza en este último tercio de la campaña tras protagonizar uno de los mercados de invierno más acertados de la Serie A, en el que ha añadido una nueva dimensión a posiciones clave (Alessandro Deiola en el mediocentro, Antonin Barak en el interior derecho y un filtrador de últimos pases de primera categoría como Riccardo Saponara). Desde entonces, es un equipo que sabe esperar un poco más para salir de forma más vertical e incisiva, que ha aprendido a mezclar su voluntad de plantarse arriba con una mejor conciencia de sus limitaciones y que, por lo tanto, tiene claro cómo quiere llegar a campo contrario: de forma elaborada, pero sin complicarse en exceso, sin destaparse la cabeza para alcanzar a los pies.

Para ello, es clave encontrar cuantas más veces mejor a Falco para que ejerza de conductor de ataques, dinamice la posesión, le inyecte decisiones de calidad y aumente la velocidad de la transición y su peligrosidad con sus finos recursos. En ese particular contexto, Filippo Falco es el noveno futbolista de la élite del Calcio que más veces regatea con éxito por partido (2,4) –por encima de nombres como Paulo Dybala o Joaquín Correa y con un porcentaje de acierto muy elevado para la zona del campo que ocupa–, es el sexto jugador de las cinco grandes ligas (solo detrás de Jack Grealish, Neymar, Nabil Fekir, Rafinha Alcántara y Wilfried Zaha) y el primero del Calcio al que más faltas realizan por encuentro (3,1), lo que pone de evidencia lo difícil que es frenarle cuando tiene la pelota entre los pies bien controlada. Todo ello en el cuarto equipo con menos posesión (45,5%) del campeonato.

Una estadística que el Lecce registra más bien por un déficit de esa calidad que Falco tanto compensa, sobre todo a la hora de acudir a posiciones cercanas a la medular para hacer progresar la acción, que por la voluntad del estilo de Liverani, quien promulga un fútbol valiente y ofensivo dentro de sus posibilidades, abierto y descarado cuando se despliega hacia la mitad opuesta, aunque obviamente su equipo también posea alguno de los atributos más habituales de los clubes de la zona baja de la tabla en la que pelea cada fin de semana, tales como el poderío en la pelota parada (14 goles de estrategia por los tres del Udinese o los siete de SPAL o Genoa), donde Falco también es importante, o una firme defensa del punto de penalti (Fabio Lucioni y Luca Rossettini son la segunda pareja de Serie A que más despejes promedian: diez por encuentro).

La consolidación de Falco en el primer nivel de Italia ha sido evidentemente muy tardía, pero es que su talento necesitaba el marco del fútbol de élite, donde sus fantásticas cualidades técnicas, aplicadas con funcionalidad y asentadas en un sistema y una idea de juego bien ideados y con una propuesta atractiva detrás que los fundamente y potencie, pueden brillar con mayor facilidad y en su justa medida. Mucho más que en Serie B, donde el físico dominante del que Falco carece es un elemento más decisivo para sobresalir. Falco parecía un talento perdido para la Serie A, uno de tantos chicos superdotados en cuanto a calidad en los pies que terminan por no instalarse nunca en el lugar al que realmente pertenecen, pero el talento casi siempre termina por imponerse cuando se le presenta la oportunidad adecuada.

En ese sentido, la atractiva y refinada zurda del Messi del Salento no sólo no está notando en absoluto el salto de categoría en su primer curso verdadero en la primera división del Calcio, sino que está creciendo con cada partido que disputa en ella. Una paradoja que suele acontecer con los buenos futbolistas. Por ponerle tan solo un pero a su gran ascendencia dentro del Lecce de Fabio Liverani y a sus condiciones globales como jugador, Falco seguramente tenga el potencial dentro de su fútbol para ser todavía más importante en términos productivos, la capacidad para registrar unas cifras bastante superiores a los tres goles y las tres asistencias que suma hasta el momento en el campeonato. Tiene la personalidad innata para desarrollar su juego, pero no ha demostrado el liderazgo para imponerlo en el marcador con contundencia.

A pesar de ello, Filippo Falco es el atacante de la Serie A que mayor número de pases completa respecto al total de los que realiza su equipo. El tarentino es el generador de juego absoluto en el último tercio del campo para el Lecce, incluso más atrás. Un jugador con último pase, capaz de enviar el cuero por resquicios de difícil paso para así darle continuidad a la posesión y a la progresión del ataque a diferentes alturas, también cuando cae a campo propio a oxigenar. Con sus pasitos cortos pero céleres, una habilidad que hace que sea casi imposible arrebatarle el balón y su creatividad en conducción provoca que para sus compañeros sea la referencia más nítida a la que hacerle llegar el balón pese a no ser un constructor de juego, sino más bien un creador de jugadas, en ocasiones hasta con un cierto cariz individual nada reprochable.

Falco tiene ese reprís para ganar metros en conducción y también la pausa, el cambio de ritmo y la arrancada para saber culebrear, esperar y juntar arriba a su equipo y así generar acciones colectivas de peligro, erigir asociaciones por zonas exteriores, habilitar la banda para la subida del lateral o realizar el apoyo que lance por el carril intermedio el despliegue del interior izquierdo hacia zonas de gol, para dirigir desde el pico del área uno de sus peligrosos centros con rosca a favor de portería hacia el punto de penalti o el segundo palo o para buscar directamente el disparo con esa misma comba de balón. Una acción, esta última, en la que su forma de abrir camino a su pierna zurda, con dos o tres amagos horizontales, recuerda en parte a alguien muy especial, alguien del que precisamente toma su apelativo.

El futbolista pugliese posee además un interesante cambio de juego en largo, una buena lectura posicional, detecta muy bien los desmarques tanto a ras de suelo como con envíos por alto y sin balón es un activo comprometido a la hora de presionar la salida del rival por su sector, a pesar de que una vez el pase adversario sobrepasa la primera línea de presión giallorossaLiverani lo libera de toda responsabilidad defensiva para que su frescura e inteligencia ofensiva se enfoquen en los momentos inmediatamente posteriores a la recuperación del balón y pueda activar una transición de peligro con esperanzadores visos de éxito con una recepción entre líneas, un giro o un regate que despeje el panorama, una carrera que divida con la pelota, un pase al hueco o una apertura a la zona despejada.

“La calidad de ‘Pippo’ es devastadora. Con la mentalidad correcta puede llegar a un nivel que no podemos ni siquiera imaginar”, declaró su entrenador, Fabio Liverani, justo antes del inicio de la presente temporada, la de su explosión en la máxima categoría del Calcio. Considerado con toda justicia una de las grandes perlas del fútbol de Apulia después del gran Fabrizio Miccoli, que es también su ídolo futbolístico, Filippo Falco parece haber comprendido que su momento es ahora y que, a sus 28, años todavía no es tarde del todo para triunfar en la Serie A. Su calidad bien merece que su carrera le otorgue algún reconocimiento más que ser recordado como aquel chico al que llamaban el Messi del Salento que nunca llegó a instalarse en la élite del fútbol italiano. Hoy al fin lo está haciendo y con rotundidad. Allí mismo. En el Lecce en el que empezó todo.

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A sus 28 años, Filippo Falco está viviendo la segunda temporada de su carrera en la Serie A después de su paso de puntillas por el Bologna en 2015 y la primera que realmente disputa al completo y como titular en la máxima categoría del Calcio. Seguramente, esos datos no son en absoluto los que alguien que no conozca de antemano al número diez del Lecce hubiese imaginado al leer el titular y el apelativo por el que se conoce en su tierra al futbolista de Taranto. Sin embargo, aunque pueda parecer lo contrario, el obviamente desmedido y cariñoso sobrenombre no está del todo injustificado. 

Con sus escasos 171 centímetros de enorme talento y dueño de un pie zurdo hasta el extremo, de esos que sólo sabe usar la derecha para apoyarse y girar sobre sí mismo, Falco está completando una temporada magnífica, generando un impacto por encima de las expectativas con las que llegaba desde la Serie B y destacando por sus tres principales virtudes: su notable visión de juego, su sobresaliente regate y la calidad que atesora en su bota izquierda para proteger el cuero, para llevarlo cosido a la bota, para lanzar el balón parado y para buscar el remate desde la corona o el pico derecho del área.

Canterano del Bari primero y del Lecce después, con lo que un trasvase así supone en Apulia entre sus dos grandes clubes, Falco ha tenido que hacer un largo peregrinaje por el Calcio modesto, sobre todo de Serie B (Reggina, Juve Stabia, Trapani, Cesena, Benevento, Perugia y Pescara), antes de volver al mismo equipo en el que debutó como profesional en Coppa Italia en el año 2010 para poder al fin triunfar. En la primera de las múltiples cesiones que protagonizó, en el Pavia, su entonces entrenador, Benito Carbone, ya lo definió a la perfección: “Es un chico que aún logra divertirse con el balón en los pies, algo cada vez más extraño”.

Sería irreal afirmar que Falco es más de medio equipo en el actual Lecce, ya que es la dinámica estructura táctica de Fabio Liverani la que está permitiendo a los giallorossi competir de forma sólida con una de las plantillas más limitadas de la Serie A, pero sí se trata de una pieza vital para otorgar las dosis de calidad compesatorias que elevan el techo competitivo. Ya desde el curso pasado, el del ascenso, el técnico del Lecce se ha inventado una posición particular para consolidar el fehaciente salto de nivel de Falco, un jugador con todas las condiciones para ser el típico extremo a pie cambiado que necesita el pico del área para alimentar su zurda, muy en la línea de Suso, seguramente el futbolista al que más se asemeja.

Sin embargo, Liverani ha convertido a Falco en un híbrido entre un segundo punta y ese tipo de extremo más estándar y, con su talento como condimento, el entrenador romano está cimentando la salvación del Lecce con aplomo, sirviéndose de un sistema versátil que funciona de forma positiva ya tenga mayor o menor cuota de iniciativa o dominio territorial, ya ataque con espacios más o menos amplios. Liverani está empleando un 4-3-1-2 en el que Falco acompaña al delantero referencia, normalmente Gianluca Lapadula, pero en el que también cae asiduamente al costado para dar amplitud y otorgar su espacio al mediapunta o en el que pisa mucho el carril central por detrás del punta principal, sobre todo en escenarios de transición en los que el trequartista debe sumarse a la fase ofensiva desde su posición defensiva cerrando el costado izquierdo.

Ese 4-3-1-2 con balón se convierte sin él en un esquema mucho más líquido. Un dibujo muy particular que pasa rápidamente a un 4-3-3 a la hora de abordar la primera presión sobre la salida del rival y a un 4-4-2 para defender en bloque medio, con Falco descolgado arriba, cuando el rival cruza la medular. Todo ello configura un entramado táctico en el que los complejos y diferentes roles que ejecutan los interiores son fundamentales para acometer las ayudas laterales, cerrar espacios entre líneas, defenderse en campo propio, ofrecerse con tino y presteza a la hora de salir desde atrás, llevar a cabo el retorno, mantener una gran basculación del balance colectivo y estirar al equipo con su gran recorrido. 

El Lecce, además, pica claramente al alza en este último tercio de la campaña tras protagonizar uno de los mercados de invierno más acertados de la Serie A, en el que ha añadido una nueva dimensión a posiciones clave (Alessandro Deiola en el mediocentro, Antonin Barak en el interior derecho y un filtrador de últimos pases de primera categoría como Riccardo Saponara). Desde entonces, es un equipo que sabe esperar un poco más para salir de forma más vertical e incisiva, que ha aprendido a mezclar su voluntad de plantarse arriba con una mejor conciencia de sus limitaciones y que, por lo tanto, tiene claro cómo quiere llegar a campo contrario: de forma elaborada, pero sin complicarse en exceso, sin destaparse la cabeza para alcanzar a los pies.

Para ello, es clave encontrar cuantas más veces mejor a Falco para que ejerza de conductor de ataques, dinamice la posesión, le inyecte decisiones de calidad y aumente la velocidad de la transición y su peligrosidad con sus finos recursos. En ese particular contexto, Filippo Falco es el noveno futbolista de la élite del Calcio que más veces regatea con éxito por partido (2,4) –por encima de nombres como Paulo Dybala o Joaquín Correa y con un porcentaje de acierto muy elevado para la zona del campo que ocupa–, es el sexto jugador de las cinco grandes ligas (solo detrás de Jack Grealish, Neymar, Nabil Fekir, Rafinha Alcántara y Wilfried Zaha) y el primero del Calcio al que más faltas realizan por encuentro (3,1), lo que pone de evidencia lo difícil que es frenarle cuando tiene la pelota entre los pies bien controlada. Todo ello en el cuarto equipo con menos posesión (45,5%) del campeonato.

Una estadística que el Lecce registra más bien por un déficit de esa calidad que Falco tanto compensa, sobre todo a la hora de acudir a posiciones cercanas a la medular para hacer progresar la acción, que por la voluntad del estilo de Liverani, quien promulga un fútbol valiente y ofensivo dentro de sus posibilidades, abierto y descarado cuando se despliega hacia la mitad opuesta, aunque obviamente su equipo también posea alguno de los atributos más habituales de los clubes de la zona baja de la tabla en la que pelea cada fin de semana, tales como el poderío en la pelota parada (14 goles de estrategia por los tres del Udinese o los siete de SPAL o Genoa), donde Falco también es importante, o una firme defensa del punto de penalti (Fabio Lucioni y Luca Rossettini son la segunda pareja de Serie A que más despejes promedian: diez por encuentro).

La consolidación de Falco en el primer nivel de Italia ha sido evidentemente muy tardía, pero es que su talento necesitaba el marco del fútbol de élite, donde sus fantásticas cualidades técnicas, aplicadas con funcionalidad y asentadas en un sistema y una idea de juego bien ideados y con una propuesta atractiva detrás que los fundamente y potencie, pueden brillar con mayor facilidad y en su justa medida. Mucho más que en Serie B, donde el físico dominante del que Falco carece es un elemento más decisivo para sobresalir. Falco parecía un talento perdido para la Serie A, uno de tantos chicos superdotados en cuanto a calidad en los pies que terminan por no instalarse nunca en el lugar al que realmente pertenecen, pero el talento casi siempre termina por imponerse cuando se le presenta la oportunidad adecuada.

En ese sentido, la atractiva y refinada zurda del Messi del Salento no sólo no está notando en absoluto el salto de categoría en su primer curso verdadero en la primera división del Calcio, sino que está creciendo con cada partido que disputa en ella. Una paradoja que suele acontecer con los buenos futbolistas. Por ponerle tan solo un pero a su gran ascendencia dentro del Lecce de Fabio Liverani y a sus condiciones globales como jugador, Falco seguramente tenga el potencial dentro de su fútbol para ser todavía más importante en términos productivos, la capacidad para registrar unas cifras bastante superiores a los tres goles y las tres asistencias que suma hasta el momento en el campeonato. Tiene la personalidad innata para desarrollar su juego, pero no ha demostrado el liderazgo para imponerlo en el marcador con contundencia.

A pesar de ello, Filippo Falco es el atacante de la Serie A que mayor número de pases completa respecto al total de los que realiza su equipo. El tarentino es el generador de juego absoluto en el último tercio del campo para el Lecce, incluso más atrás. Un jugador con último pase, capaz de enviar el cuero por resquicios de difícil paso para así darle continuidad a la posesión y a la progresión del ataque a diferentes alturas, también cuando cae a campo propio a oxigenar. Con sus pasitos cortos pero céleres, una habilidad que hace que sea casi imposible arrebatarle el balón y su creatividad en conducción provoca que para sus compañeros sea la referencia más nítida a la que hacerle llegar el balón pese a no ser un constructor de juego, sino más bien un creador de jugadas, en ocasiones hasta con un cierto cariz individual nada reprochable.

Falco tiene ese reprís para ganar metros en conducción y también la pausa, el cambio de ritmo y la arrancada para saber culebrear, esperar y juntar arriba a su equipo y así generar acciones colectivas de peligro, erigir asociaciones por zonas exteriores, habilitar la banda para la subida del lateral o realizar el apoyo que lance por el carril intermedio el despliegue del interior izquierdo hacia zonas de gol, para dirigir desde el pico del área uno de sus peligrosos centros con rosca a favor de portería hacia el punto de penalti o el segundo palo o para buscar directamente el disparo con esa misma comba de balón. Una acción, esta última, en la que su forma de abrir camino a su pierna zurda, con dos o tres amagos horizontales, recuerda en parte a alguien muy especial, alguien del que precisamente toma su apelativo.

El futbolista pugliese posee además un interesante cambio de juego en largo, una buena lectura posicional, detecta muy bien los desmarques tanto a ras de suelo como con envíos por alto y sin balón es un activo comprometido a la hora de presionar la salida del rival por su sector, a pesar de que una vez el pase adversario sobrepasa la primera línea de presión giallorossaLiverani lo libera de toda responsabilidad defensiva para que su frescura e inteligencia ofensiva se enfoquen en los momentos inmediatamente posteriores a la recuperación del balón y pueda activar una transición de peligro con esperanzadores visos de éxito con una recepción entre líneas, un giro o un regate que despeje el panorama, una carrera que divida con la pelota, un pase al hueco o una apertura a la zona despejada.

“La calidad de ‘Pippo’ es devastadora. Con la mentalidad correcta puede llegar a un nivel que no podemos ni siquiera imaginar”, declaró su entrenador, Fabio Liverani, justo antes del inicio de la presente temporada, la de su explosión en la máxima categoría del Calcio. Considerado con toda justicia una de las grandes perlas del fútbol de Apulia después del gran Fabrizio Miccoli, que es también su ídolo futbolístico, Filippo Falco parece haber comprendido que su momento es ahora y que, a sus 28, años todavía no es tarde del todo para triunfar en la Serie A. Su calidad bien merece que su carrera le otorgue algún reconocimiento más que ser recordado como aquel chico al que llamaban el Messi del Salento que nunca llegó a instalarse en la élite del fútbol italiano. Hoy al fin lo está haciendo y con rotundidad. Allí mismo. En el Lecce en el que empezó todo.

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